El absurdo ejercicio de lo que hubiera sido y no fue

Es un error pensar que la vida es un examen, que podamos copiar al de al lado. Cada uno tenemos un examen diferente. 

Si quieres sufrir de manera absurda, utiliza la expresión: “si yo hubiera hecho tal cosa, me habría pasado tal otra mejor”. “Si hubiera montado este negocio, me habría hecho rico” o “si hubiera estado con tal persona, habría sido más feliz”. Son pensamientos que no nos dejan nada tranquilos. Es más, estas ideas nos ayudan al “arte de automachacarnos” y favorecen a que se despierte la envidia, emoción que está en las antípodas de la felicidad. Y lo que es peor, son falsos, porque la trampa está en pensar que el éxito es replicable en otra persona o en otro contexto o en otro momento. El éxito y el fracaso son unipersonales, sujetos a un momento preciso en el tiempo y de las circunstancias. Por tanto, imaginar cosas que no ocurrieron es una proyección de nuestra mente, que tiene el riesgo de llevarnos al lamento. Como lo resumió un amigo, es un error pensar que la vida es un examen, que podamos copiar al de al lado. Cada uno tenemos un examen diferente, incluso con unas preguntas que cada cual decide. Pues bien, cuando nos machacamos por intentar copiar a alguien o por lamentarnos por otra situación diferente, estamos cayendo en el “efecto de lo que podía haber sido” y que no ocurrió.

El “efecto de lo que podía haber sido” se recoge en la película “La La Land”, la ganadora de tantos premios y que esta semana se enfrenta a la gran noche de los Oscar. En un momento dado, se revive lo que en la mente de cualquiera puede ocurrir cuando nos imaginamos qué vida hubiéramos tenido si hubiésemos tomado otra decisión diferente (hasta aquí puedo contar para no desvelar claves para quien no la ha visto todavía). En la película queda muy bien. Pero en nuestra cabeza no suele ser tan “resultón”, ya que el pensamiento se queda ahí enganchado. Por tanto, veamos qué podemos hacer para salir más airosos.

Evita la frase “si hubiera…”.Cuando te reconozcas en ella, ponte una alarma. Recuerda el éxito es personal, como lo es el fracaso. Pensar que si entrenas horas y horas al tenis, puedes convertirte en un Nadal, es falso. Lógicamente, si no entrenas, nunca llegarás a ser un jugador de élite, pero aunque lo hicieras, no sabes si podías haber tenido una lesión o caer en una desmotivación profunda. Quién sabe.

Plantéate alternativas más amables. Lo que nos hace sufrir es que ante una decisión del pasado imaginamos que nos hubieran ocurrido mejores cosas. Por ejemplo, si hubiera continuado con mi anterior relación de pareja, me hubiera ido mucho mejor que con la actual. O si no hubiera cambiado de trabajo, no lo estaría pasando tan mal. No se sabe. Quizá hubieras tenido que lidiar con una infidelidad o con un despido. Por tanto, si tu mente se va a otras opciones siempre muy positivas (mayor felicidad en la pareja o en el trabajo), aunque sean falsas, plantéate otras alternativas que hubieran sido también posibles, pero no tan positivas (posible infidelidad o despido, por ejemplo). Puestos a imaginar, al menos piensa algo que te sea más amable a ti mismo.

Acepta que cada día tomamos las decisiones como mejor podemos. La vida es muy fácil a posteriori. Es como pensar: “si hubiera ido a tal sitio a comprar ese décimo de lotería, me habría hecho rico….” Resulta absurdo, ¿verdad? Por lo tanto, si pensamos eso con nuestras decisiones cotidianas, quedaría igual de ridículo. Además, vamos cambiando con el tiempo, y lo que hacemos en un momento dado no es replicable con lo que hicimos en el pasado o haremos en un futuro. Eres humano y como tal, imperfecto, con capacidad de error. Ahí está la gracia de estar vivo.

Y por último, aprende. Evitar el “efecto de lo que podía haber sido” no es incompatible con aprender del pasado, con buscar referencias en otros y con atreverse a explorar. Simplemente, el objetivo es evitar el lamento, evitar sufrir de manera innecesaria y tomar elementos que nos ayuden a crecer como personas.

Por qué pensamos que Marilyn Monroe era menos inteligente que Einstein

Cuando Marilyn Monroe tuvo la oportunidad de conocer a Albert Einstein, le hizo la siguiente pregunta: “¿Qué dice, profesor, deberíamos casarnos y tener un hijo juntos? ¿Se imagina un bebe con mi belleza y su inteligencia?”. Einstein esbozó una sonrisa y le contestó, muy seriamente: “Desafortunadamente, me temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y con su inteligencia”.

Esta anécdota, puede que apócrifa, ocurrió en 1949 y resulta simpática, no tanto por la ocurrencia de Einstein, sino por su propio error. Marilyn Monroe tenía un cociente intelectual de 165, cinco puntos por encima al de Einstein, pero nadie a priori podría suponerlo. ¿Por qué? Por un simple motivo: los estereotipos. Einstein era un genio en física, en algo que a la mayor parte de los mortales se nos hace muy complicado de entender. Marilyn, sin embargo, era actriz, rubia, con unas curvas que la hicieron famosa en el mundo entero y con un trabajo, el cual no parece que fuera tan complicado como el del físico. Creemos que en determinadas profesiones la inteligencia no resulta tan necesaria para triunfar y nos fijamos en otras cosas. Y todo ello sucede porque contemplamos la realidad bajo ciertos estereotipos, aunque no seamos conscientes de ellos.

Los estereotipos son creencias colectivas que etiquetan la realidad. Nacen de nuestra mente programada para la supervivencia, que no para la felicidad. Una de las claves para sobrevivir es la velocidad a la hora de procesar la información. Por ejemplo, si vemos un león por la calle, la mente no se pone a analizar el origen del león, si viene de África o de un zoo, sino que directamente nuestros circuitos mentales nos van a gritar: ¡Sal corriendo! Para llegar a esa orden, hemos tenido que etiquetar la realidad: “León por la calle, peligro”. Y dichas etiquetas inconscientes las aplicamos a todo y pensamos que las rubias son tontas o que todos los mexicanos son violadores como alguno ahora va diciendo en Estados Unidos. De este modo se crean los estereotipos, que tanto daño hacen a las personas.

Las discriminaciones nacen de estereotipos injustos. Etiquetamos a las personas de un determinado país o pensamos que lo más importante que han de hacer las actrices está en su físico, que no en su inteligencia o en su trabajo. Por ello, no es de extrañar que décadas después de la anécdota de Marilyn y Einstein las actrices se hayan puesto en pie de guerra y se rebelen contra los estereotipos que siguen acosándoles. Hagan peinetas si se les pregunta sobre qué ropa o qué joyas llevan en una entrega de premios o decidan no maquillarse. Al fin y al cabo, los estereotipos se fortalecen con el comportamiento colectivo, pero también se pueden desmontar.

Todos sufrimos un determinado estereotipo. En algunos casos, porque se es mujer y no se piensa que sea inteligente; o porque se es hombre y se tiene que actuar de una determinada manera… Etiquetas y etiquetas que a quien lo sufre, no le hace la menor gracia. Pues bien, si quieres salir de un estereotipo, cuestiónalo. No lo aceptes a priori. Porque cuando se cuestiona se avanza. Es posible que quien te rodea no lo entienda, pero no importa. Si crees que algo no es justo, dilo. Por eso, aplaudo las iniciativas de las famosas que se resisten a los estereotipos de analizar solo su trabajo por su ropa, que no por su inteligencia. O aquellos que se rebelan contra etiquetas por su lugar de origen. Y todo ello porque es injusto, porque se pierde talento, porque es miope y porque se comete errores, como el que le ocurrió al mismo Einstein.

Siete claves para conseguir nuestros objetivos en 2017

Claves

Si en el 2016 definiste objetivos que no conseguiste, tranquilo. Solo el 10 por ciento de lo que nos proponemos a principios de año lo logramos, según la Universidad de Scraton. Veamos a continuación qué podemos hacer para que nuestro porcentaje de éxito aumente en 2017.

Cuidarte más, hacer un viaje, aprender un idioma o cambiar de trabajo son clásicos objetivos de Año Nuevo, que implican nuevos hábitos. Y es ahí donde reside el problema. Porque si algo se nos resiste como gato panza arriba son los hábitos o los comportamientos que tenemos automáticos, aunque sea asaltar el frigorífico por más que no queramos. Pero la ciencia tiene también sus buenas noticias, porque según los expertos todos somos capaces de cambiar si sabemos cómo. Veamos qué siete claves nos proponen las investigaciones para ser un poco más exitosos en este año que empieza.

1. Define pocos objetivos y haz uno cada vez

Si hacemos la lista de los Reyes Magos sobre lo que queremos cambiar, tengamos por seguro que será muy difícil salirse de ese 90 por ciento de frustración. Nuestra mente no es capaz de focalizarse en muchos objetivos al mismo tiempo, aunque lo deseemos. Por ello, señalemos algunos (preferiblemente, tres importantes) y luego, centrémonos en uno en cada momento. La multitarea no es aliada de las buenas intenciones.
2. El objetivo ha de ser concreto

La ambigüedad es otro enemigo de nuestros objetivos. Si nos decimos “voy a hacer deporte”, la mente se confunde. Si nuestro sueño es hacer una maratón o simplemente, hacer alguna carrerita sin morir en el intento, pues pongámonos un objetivo específico tipo: “voy a andar todos los días treinta minutos”. Con una información así, la mente lo tiene más claro. Igual sirve para buscar otro trabajo, descansar más o incluso, aprender ese idioma que no hay manera.

3. Siempre en positivo

De nada sirve proponerse: “voy a dejar de comer chocolate”. Según el neurólogo Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, la mente “piensa” en imágenes y la palabra “no” no tiene consistencia. De modo que si me digo no voy a comer chocolate, inconscientemente estamos recordando este dulce y nos entrarán unas ganas increíbles de saborearlo. Por ello, el objetivo tendríamos que reformularlo “en el postre voy a tomar una infusión”. Evidentemente, no es lo mismo, pero por algo se empieza.

4. Apóyate en lo que ya haces e increméntalo

Si quieres hacer algo diferente, es mejor si te apoyas en aquello que ya tienes automatizado. Si deseas hacer deporte puedes sustituir el ascensor por subir las escaleras. O esos diez minutos que andas, añadirle algo más. De hecho, si vas incrementándolo poco a poco, será más fácil. Como hizo Madonna Buder que con 48 años comenzó con una carrera de 10 minutos y su objetivo fue aumentar diariamente un 10 por ciento. Pasado unos años, lleva más de 45 ironmans completados.

5. Busca tus propias estrategias

Norcross estudió qué hacían las personas que conseguían dejar de fumar. Después de dos años, vieron que todas las que tenían éxito (un 19%) habían definido estrategias anticipatorias, como ser capaz de no comprar el paquete de tabaco en el estanco. Ponerse fotos con pulmones destrozados no les ayudaron, por ejemplo. Por ello, para conseguir una meta, necesitamos definir nuestras propias estrategias, como evitar comprar ese chocolate o apuntarnos al gimnasio con otras personas y competir en número de abdominales. Cada cual, el que le sea más estimulante.

6. No te olvides de la repetición

Nuestro cerebro es plástico y sabe automatizar nuevos hábitos, pero requiere repetición. Algunos autores hablan de 21 días, otros de 66, incluso hay quien define siete veces nada más para hábitos sencillos. Está claro que solo hay un punto de consenso: hace falta repetir y repetir para convertir ese esfuerzo en algo natural.

7. Sin sufrir, por favor

Y por supuesto, para empezar el año con buen pie asumamos que aunque sigamos las seis claves anteriores, habrá algún día que sucumbiremos al chocolate o al sofá tentador, que nos aburriremos del idioma que no nos sale y que nos enfrentaremos a la frustración. Por ello, no suframos. Tomémoslo como algo natural y comencemos de nuevo. La buena noticia es que no somos perfectos, sino sencillamente humanos con hábitos y con objetivos que requieren a veces esfuerzo y muchas otras, grandes dosis de paciencia con nosotros mismos.

 

Ante los problemas, busca tu spa personal

spa personal

“¡Paren el mundo que me quiero bajar!” gritaba Mafalda. Y hay veces que muchos de nosotros querríamos que así ocurriera: que los problemas frenaran, que nos dejaran de dar la lata el jefe, la pareja, la familia o el banco. Hay tantos y tantos frentes por los que los problemas pueden adentrarse, que es casi imposible estar en un estado de armonía donde todo sea perfecto. Así que hagámonos a la idea: hemos de aprender a convivir con los problemas, nos guste o no. Es más, los conflictos forman parte de los avances, a veces aparecen como oportunidades vestidas de faena, pero que nos ayudan a progresar.

Pero dicho esto, aunque racionalmente sepamos que es así, nos cuesta mucho exclamar: ¡qué bien, un nuevo problema! La racionalidad va muchas veces por un lado y las emociones, por otro. Nos enfadamos cuando abrimos un email que vaticina una dificultad. Y hay veces que incluso nos vemos asfixiados por tantos frentes. En estas situaciones, podemos acudir a varias alternativas, pero veamos un truco que, si bien no te soluciona el problema, te ayuda a tomar más fuerzas para contemplarlo de un modo más saludable: crear un spa personal. ¿En qué consiste?

Un spa personal es un espacio físico o emocional que nos da fuerzas. Todos necesitamos uno. Y no consiste solo en ponerse la televisión para anestesiarse y que Juego de Tronos o lo que sea nos lleve a un mundo de muchísimos más problemas que el nuestro para sentirnos aliviados. No. Un spa personal es algo que nos conecta con nuestra serenidad interior, nos impulsa energía y los hay de diferentes tipos. Veamos algunos:

  1. Amistades SPA. La amistad genera endorfinas, un neurotransmisor que nos ayuda a que la vida sea más fácil. De hecho, como ha demostrado Katerina Johnson en la Universidad de Oxford, las endorfinas pueden ser mejor que la morfina para evitar el dolor y estas las generamos cuando estamos con amigos con los que nos sentimos bien. Esto último es importante. Aquí, en las amistades SPA no podemos incluir amigos por compromiso o tóxicos, sino aquellos con los que nos divertimos, conversamos o nos reímos de nosotros mismos. O como dice Ecequiel Barricart un amigo llorador, con aquel que eres capaz de desnudarte interiormente sin pensar que te va a juzgar. ¿Quiénes son tus amigos SPA?
  2. Aficiones SPA. El deporte es una de las aficiones que más energía nos produce y con el que generamos un sinfín de neurotransmisores y hormonas, como la adrenalina, endorfina y serotonina. Pero no hace falta matarse corriendo, podemos escoger aquel que nos haga sentirnos bien o incluso, si no eres de los que te atrae mover el cuerpo, existen otras aficiones SPA además del deporte que vacían la mente como son los trabajos manuales. Curiosamente, cuando cosemos, construimos maquetas, cocinamos o plantamos macetas, nuestra mente se focaliza en la acción y no en las preocupaciones. Pero aún hay más. El movimiento de las manos requiere una activación de circuitos neuronales de tal intensidad que incluso somos más permeables al aprendizaje. Por eso, no es de extrañar que después de realizar trabajos manuales, puedan haber surgido nuevas ideas o enfoques para resolver ese problema que te preocupa.
  3. Espacios SPA. En este apartado la naturaleza es la reina, ya que nos conecta con sentimientos oceánicos, como diría Maslow, que nos hacen sentirnos pequeños y grandes al mismo tiempo. Escaparnos al mar, a la montaña o a un parque que nos desconecte de nuestra rutina es un buen hábito para recuperar la energía. También hay lugares especiales, como determinados templos o espacios que te conectan con emociones agradables de tu pasado, por ejemplo. Pero si no tienes esa posibilidad, crea tu propio espacio SPA en casa. Un “sitio sagrado”, que respeten el resto, con tu música, una luz especial, quizá una lectura amable, pero algo que sea tuyo, solo tuyo, y que distraiga a tu mente de las preocupaciones.

En definitiva, los problemas nos ayudan a crecer, pero mientras encontramos la solución, necesitamos recuperar energía y conseguir nuevos enfoques para contemplarlos. Y estos son los SPA personales: amigos, aficiones o espacios que nos ayudan a conectar con nosotros mismos y a sentirnos bien. ¿Cuáles son los tuyos?

Cuatro claves para romper con una amistad tóxica

amistades toxicas

Cada vez que quedas con un cierto amigo o amiga (o hablas por whatsapp), te quedas con sabor amargo. Puede que sea por sus comentarios sutiles, bromas pesadas que no te hacen ni pizca de gracia o porque abre el muro de las lamentaciones que te dejan agotado. Sea lo que sea, te hace sentirte mal. Pues bien, ha llegado el momento de darte cuenta de que quizá te estés enfrentando a una relación tóxica, aquella que te desgasta de energía y que no aporta en ambos sentidos. Las personas cambiamos y aquella amiga o amigo del alma, con el que compartías penas y glorias, ya no es el mismo y se ha convertido en alguien que es mejor evitar. Veamos cuáles pueden ser los motivos para que una amistad se haya convertido en “tóxica”:

  1. Porque tu “amigo” te tiene envidia. Puede que sea la principal causa. Es una emoción profundamente escurridiza. Quizá ni hayas sido consciente de que esa persona a lo largo del tiempo ha ido labrando una envidia hacia a ti, que le lleva a darte malos consejos en tu relación con hombres o mujeres, que se alegra de que hayas fracasado en algo o que critica cualquier cosa que te haya ido bien.
  2. Porque te coge de chivo expiatorio para hacerse el gracioso. Le gusta el poder en el grupo y se aprovecha todo el tiempo de ti para quedar por encima de todos. Te puede hacer comentarios, que te dejan en un mal lugar o llega a ridiculizarte bajo la excusa: “son bromas, no te lo tomes así”. Normalmente, ese tipo de personas van con su séquito, que le ríen las gracias aunque sea a costa de ti. Y, cuidado, tanto su séquito como él son tóxicos.
  3. Porque tiene una gran rigidez mental y no para de cuestionarte. Esto ocurre si tu “amigo” es de los que se sienten jueces del mundo y carecen de autocrítica para ellos mismos. Puede que en el pasado los dos estuvierais más alineados en gustos o en formas de ver la vida (de pequeños todos somos más parecidos). Sin embargo, uno ha cambiado profundamente y la diferencia con el otro es abrumadora. En vez de entenderlo tu “amigo” o “amiga” como respeto o aprendizaje, la diferencia la convierte en una crítica constante. ¿Motivo? Puede ser de nuevo envidia, nostalgia o inseguridad. En cualquier caso, los comentarios y los constantes juicios vuelven a ser tóxicos.
  4. Porque es cansino con sus problemas. Se apoya en ti para contar lo mal que va su vida y no para de hablar de sus desgracias, no escucha, su vida siempre es peor que la tuya y etc., etc., etc. Normalmente, las personas que refuerzan su autoestima en dar pena a otros necesitan de alguien que les escuche. Si te ha escogido a ti y tú no compartes esta tendencia, las conversaciones te pueden agotar profundamente.

Todo lo anterior puede que no sea ni la primera ni la segunda vez pero tú sigues viéndole, por diversos motivos. Pues bien, veamos qué podemos hacer para comenzar a cuidarte un poco más:

  1. Deja de fantasear con que tu “amiga” vaya a cambiar. Las personas somos lo que somos y, con el tiempo, vamos acentuando una de nuestras facetas. Es posible que tu “amiga” o “amigo” sea muy simpático, te rías mucho pero te tiene envidia, por ejemplo. Esto último no lo puedes tú cambiar y es lo que te lleva a aguantar muchos comentarios incómodos. Por lo tanto, acepta que él es así y acepta también que esa parte te hace daño.
  2. Pon límites. Aunque compartáis una misma pandilla, quizá sea el momento de decir basta. Tienes derecho a que se te respete. Ni aceptes bromas que no te gustan ni comentarios a tus espaldas. Confróntale. Puedes quedar un día con él o con ella, se lo dices y le das una oportunidad. Si no lo reconoce o si persiste, es mejor buscar otros amigos que aguantar el dolor de no ser respetado (y al fin y al cabo, a los amigos los escogemos, ¿no?).
  3. Desahógate y agradece. Escríbele una carta aunque no se la mandes para agradecer el pasado, desearle suerte en el futuro y comenzar una vida separados. La rabia tampoco es una buena emoción para ti y no vale la pena mantenerla hacia nadie.
  4. Y sé firme en tu decisión. Puede que te hayas dicho muchas veces que no querías volver a verlo o verla, pero por influencia de otros o porque te da pena la situación, tiendes un puente y pasado un tiempo vuelves a las andadas. En ese momento te enfadas con él y contigo mismo por haber recaído. Por ello, y si ya te ha ocurrido más veces, sé firme. Nada es eterno, ni la amistad. Y esa persona perteneció a tu pasado y muy probablemente, el futuro te aguarde mejores amigos para crear relaciones mucho más saludables si eres capaz de romper con las tóxicas.

 

La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad.

Sir Francis Bacon

Fuente imagen: Kampaii.com

¡Cuidado, la mente confunde “amor” con subidón de adrenalina!

La mente confunde

¿Queremos resultar más atractivos? Tenemos un pequeño truco: que la otra persona nos conozca después de haber vivido alguna emoción “intensa positiva”. Así lo demostraron en 1974 dos psicólogos, Donald Dutton y Arthur Aron. Les pidieron a dos grupos de voluntarios (solo hombres, es importante el dato), que cruzaran dos tipos de puentes: el primer grupo tenía que atravesar un puente cortito y seguro; y el segundo grupo debía caminar por un puente colgante de 137 metros sobre el cañón del Capilano en Canadá. Este último puente había sido construido en 1889, es de madera, se tambalea con el viento y “solo” tiene una caída de 70 metros, como se ve en la foto. En fin… un puente de infarto.

Pues bien, al final del puente les esperaba una atractiva mujer que les hacía una encuesta sobre el paisaje a cada uno de los voluntarios. Y lo más importante: les daba un número de teléfono por si querían llamarla otro día para comentar los resultados de la encuesta. Y ¿qué grupo llamo más, el primero o el segundo? Curiosamente, los voluntarios que atravesaron el puente colgante llamaron en tropel. Y no solo eso, sino que sus explicaciones eran mucho más emocionales. Sin embargo, los voluntarios del primer grupo apenas llamaron y los que lo hicieron fueron mucho más neutros en sus conversaciones. ¿Motivo? Los hombres del segundo grupo sufrieron lo que se conoce por el “sesgo de atribución”, algo que nos pasa a todos los mortales.

Los voluntarios que atravesaron el puente colgante contestaron a la encuesta con la respiración entrecortada, los nervios a flor de piel y suponemos que con grandes dosis de adrenalina en el cuerpo (los primeros estaban tan tranquilos). Y todas esas reacciones les llevaron a confundir las cosas e interpretar una cierta atracción física por la señorita de la encuesta por haber atravesado con éxito un puente de infarto. El experimento demuestra que nuestra mente necesita justificar lo que nos ocurre y funciona asociando conceptos, “si me pasa tal cosa será por esto”, pero el problema es que a veces se equivoca a la hora de identificar las causas. Ese es el motivo por el que surge el sesgo de atribución y que es importante tener en cuenta cuando nos enfrentamos a situaciones físicas intensas. Por cierto, tiempo después este experimento se hizo también con voluntarias y ocurrió el mismo resultado.

Pues bien, si nuestra querida mente se equivoca, necesitamos ser conscientes de ello y aprovecharlo a nuestro favor. Veamos algunas claves:

  1. Si queremos seducir, tendremos más éxito si la persona a la que queremos impresionar vive emociones intensas positivas, que pueden ser desde un descenso de esquí, un parque de atracciones o, incluso, una película que produzca adrenalina. Ahora bien, ha de tener final feliz. Forzar las reacciones físicas y llevarlas al extremo, tampoco es una gran idea. Si los pobres voluntarios hubieran pasado mucho miedo a la hora de cruzar el puente, el resultado hubiera sido bien distinto.
  2. Si estamos en el otro lado, en el mundo de los seducidos, ¡cuidado!Aprendamos a diferenciar las reacciones físicas de las emocionales. A veces las cosas no tienen tantas explicaciones como nosotros pretendemos dar y, simplemente, son el resultado del juego de neurotransmisores que tenemos en el cerebro. Si sentimos la respiración entrecortada, pensemos que no es porque nos atraiga la otra persona sino porque hemos vivido una experiencia intensa en el esquí, el buceo o la actividad que sea.
  3. Y como hemos mencionado en otras ocasiones, si las emociones afectan en el cuerpo, el cuerpo también afecta a las emociones. Si estamos tristes, aunque no nos apetezca, es una buena idea “forzarnos” a generar adrenalina aunque sea corriendo para ir transformando los estados de ánimo.

En definitiva, somos más grandes que nuestras emociones y podemos influir en ella positivamente, solo necesitamos saber cómo.

Foto: Tim Welbourn, Flickr, creative commons.

Ponle banda sonora a tu vida

bandasonora

¿Te imaginas que el primer contacto con el mundo, antes incluso de nacer, fuera escuchar la guitarra de Paco de Lucía o la música de John Lennon, Freddie Mercury o Bach? ¿No sería un mal inicio, verdad? Desde hace tiempo sabíamos que mientras estamos en el vientre escuchamos la música que oyen nuestras madres. De hecho, allá por los ochenta se llegó a observar que los bebés recién nacidos de madres enganchadas a la famosa telenovela Dinastía cesaban su llanto con la música de la serie. Pues bien, ahora hemos dado un paso más. El Institut Marquès de ginecología de Barcelona ha conseguido un hito extraordinario: comunicarse con el feto a través de la música. Lo han hecho con un prototipo de altavoz de silicona introducido en un centenar de embarazadas que se prestaron a este curioso y musical ensayo clínico. ¿Qué ocurrió? Que las ecografías demostraron cómo las criaturas se despertaban, movían la boca e incluso la lengua ante los estímulos musicales. Además de servir para descartar problemas auditivos en fetos de más de 16 semanas, el estudio reveló que sus hits musicales preferidos son piezas de Mozart, Bach o Queen.

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