Instrucciones para sobrevivir con demasiados turistas a tu alrededor

Bajas a la playa y no tienes espacio para estirar la toalla por la cantidad de personas que están tomando el sol. Vas a un monumento maravilloso y no consigues hacer una foto sin un sinfín de desconocidos de fondo… Si en esos momentos te enfadas por el exceso de turistas y preferirías que desaparecieran todos de un plumazo, tranquilo, tranquila, es normal. Forma parte de nuestra “incomodidad animal” cuando perdemos nuestro espacio físico deseado, como se explica en la sociología.

Edward T. Hall publicó en 1959 un libro muy inspirador, El Lenguaje Silencioso, en el que analiza la relación que vivimos con el espacio. “Todo ser vivo tiene unos límites que lo separan de su entorno exterior”, escribía, y cuando dichos límites se alteran es cuando se nos despiertan emociones incómodas. Si alguien nos habla demasiado cerca, tendemos a dar un paso atrás para mantener el límite que necesitamos. Si una persona se aleja demasiado cuando le contamos algo importante, nos acercamos inconscientemente. Hall midió las diferentes distancias. Entramos en la “distancia mínima” cuando hablamos con familiares o amigos, y esta oscila de 15 a 45 centímetros; la “distancia social”, la que se utiliza para los negocios o reuniones sociales, es de 1,21 a 2,13 metros en la fase cercana, o de 2,13 a 3,65 metros, en la lejana.

Pues bien, cada persona tiene necesidad de mantener una determinada distancia física a su alrededor dependiendo de su cultura, de su carácter, de con quién hable o del humor del día. Pero cuando hay mucha gente, nuestra querida distancia se rompe. Por eso nos molesta, por una cuestión de supervivencia puramente animal (además de las lógicas incomodidades que acarrea).

Este malestar puede ser ocasional o puede derivar en auténtica fobia, la turismofobia, como la que sufren los habitantes de ciudades bellísimas. Así lo comprobé en Florencia, donde viví hace años; supe que los florentinos tenían sus propios carnés para entrar en restaurantes privados o incluso en sesiones exclusivas de cine con el único objetivo de estar lejos de los turistas. Pues bien, sin llegar a este extremo, ¿qué podemos hacer cuando nos asalta este malestar en vacaciones?

Lo primero, acepta que la sensación de desear estar con menos gente a tu alrededor es normal —y recíproca hacia ti, por cierto—. Tú también eres un extraño para el resto. Si te ocurre, no eres ni más ni menos raro (en todo caso, podrás ser más o menos transigente). Como hemos visto, la incomodidad es una respuesta animal. Ahora bien, vamos de vacaciones donde queremos ir. Nadie nos obliga. Si escogemos un sitio codiciado por el resto de los mortales, por algo será. Cualquier ciudad o paisaje tiene sus temporadas bajas, como sucede con las playas mediterráneas, que si fuéramos en febrero, estarían vacías aunque sería más difícil que nos bañáramos sin congelarnos. Por supuesto que siempre existen opciones “ermitañas”, aunque seguramente menos atractivas o solo accesibles para unos pocos. Así pues, si donde vas hay mucha gente, reconoce las ventajas, acepta el precio de la decisión que has tomado y no te amargues por ello.

Segundo, si estás en sitios muy concurridos, cambia los horarios para disfrutar en una cierta soledad. Almuerza antes o después, madruga o trasnocha para estar con menos gente a tu alrededor.

Y tercero, cuando estés rodeado de más personas de las que te gustaría, encuentra las ventajas, cambia de actividades y míralo en positivo. Quizá no puedas leer tranquilamente un libro, pero sí puedes conocer gente u observar comportamientos, como hacen los sociólogos.

En definitiva, todos precisamos mantener una cierta distancia física con extraños para sentirnos bien, pero también necesitamos descansar en vacaciones. Si hay demasiada gente, ya sabes, has decidido “bien”. Acéptalo, reconoce que tú también eres un extraño para el resto, busca tus momentos para estar tranquilo y encuentra nuevas actividades que hacer bajo esas circunstancias. Las vacaciones son para disfrutarlas y no para amargarnos porque el resto haya decidido exactamente lo mismo.

Ocho libros para ocho respuestas

Si en verano te apetece leer un poco, a continuación te sugiero algunos libros sobre temas que abordamos en el Laboratorio de la Felicidad. Algunos son clásicos y otros son más recientes, pero todos ellos muy interesantes:

– Si quieres dejar de machacarte por no ser perfecto:

“La búsqueda de la felicidad”, de Tal Ben-Shahar. Ben-Shahar es riguroso, explica el perfeccionismo como un problema para conseguir la felicidad y aporta claves para resolverlo. Escribe libros muy cercanos, en los que él se expone como uno más. No es de extrañar que sea uno de los profesores más admirados de Harvard, y lo confieso, este autor es de mis preferidos.

– Si necesitas un cambio en tu vida y no sabes cómo hacerlo:

“El oso, el tigre y el dragón”, ganador del II Premio Urano de Crecimiento Personal y Salud Natural, escrito por Andrés Pascual y Ecequiel Barricart, trata sobre un sastre que atraviesa un momento muy complicado en su vida hasta que recibe un misterioso regalo. Si eres de los que les gustan las fábulas, este es tu libro. Y si prefieres el ensayo, al final tienes una explicación narrada sobre los símbolos, que particularmente me ha encantado.

– Si quieres un método para cambiar pensamientos que no te ayudan:

“El arte de no amargarse la vida”, de Rafael Santandreu. Se apoya en el método de la psicología cognitiva, en el que ofrece herramientas sencillas para cambiar pensamientos que nos hacen daño. Su estilo resulta muy fresco, lleno de anécdotas y muy aterrizado en el día a día. Sigue estando en el top de ventas.

– Si necesitas resolver un conflicto que te tiene atrapado:

“Negociar lo imposible”, de Deepak Malhotra, premio Know Square en 2016. Este profesor explica cómo se puede llegar a acuerdos con éxito cuando no se tiene la fuerza o el dinero para resolverlos. Aunque se centra fundamentalmente en los negocios, se apoya en acontecimientos históricos, en el deporte… lo que permite que sus métodos se puedan aplicar a nuestras negociaciones cotidianas.

– Si piensas que tu vida es un desastre y quieres animarte:

“El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl. Un clásico, que debería ser obligatorio leer en nuestras vidas. Este médico judío austriaco estuvo preso en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y pudo analizar qué era lo que nos daba fuerza para superar situaciones límite. Y la clave está en la búsqueda de un propósito. Es un libro absolutamente maravilloso, aporta claves magistrales y nos permite, además, relativizar nuestros problemas.

– Si buscas inspirarte en personas influyentes:

“Aprendiendo de los mejores”, de Francisco Alcaide. El autor hace un recorrido a través del análisis de entrevistas o de la experiencia de personalidades que han tenido gran capacidad de influencia. Además, abarca todo tipo de ámbitos actuales o históricos e incluye a personas como Amancio Ortega, Madre Teresa de Calcuta, Ferrán Adriá o Lao-Tsé. Su estilo resulta muy ameno, en reflexiones breves e interesantes.

– Si quieres mejorar las relaciones con la familia:

“La familia: de las relaciones tóxicas a las relaciones sanas”, de Laura Rojas Marcos. En las familias se crean dinámicas que a veces resultan perjudiciales y de las cuales, no siempre somos conscientes. Laura las tipifica, las explica y ofrece una solución para que se transformen en algo positivo. Muy interesante para reflexionar sobre nosotros.

– Si quieres tomar decisiones que te cuestan muchísimo:

“¿Y si realmente pudieras?”. Sobre este libro ya he hablado en otras ocasiones y se centra en una fuerza desconocida pero poderosa, la de la determinación. Todos nacemos con ella y es la que nos permite superar obstáculos. El libro se centra en cómo despertar nuestra determinación para superar nuestros miedos o para identificar qué queremos a través de seis pasos sencillos, que podemos aplicar en nuestro día a día.

Estos ocho títulos son solo algunos del amplísimo abanico que existe en el mundo de los libros. De hecho, cuando lanzo esta pregunta en redes surgen muchas otras propuestas. Por ello, lo importante es encontrar aquel que te inspire en cada momento y que te permita responder a la pregunta que te esté rondando en ese instante.

El verano aumenta el deseo sexual, pero ¿y el amor?

Llega el verano y, con él, el incremento de la atracción física y los flechazos. El motivo tiene que ver con el mayor número de horas de sol y con nuestros bailes hormonales. ¿Y también incrementa el amor?

Nuestra química varía a lo largo del año y en verano se activa la relacionada con la atracción sexual y los flechazos. Al menos esa es la conclusión de la experta Helen Fisher, profesora de la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, y quien se puso de moda hace unos años con su libro Por qué amamos: Naturaleza y química del amor romántico (Punto de lectura). Según está bióloga y antropóloga, la testosterona es uno de los protagonistas en el mundo de la atracción sexual y alcanza su nivel álgido en verano. Motivo: los días son más largos. Por eso, la seducción vive su agosto en fiestas, playas y demás eventos sociales. El clima ayuda. Pero no solo le pasa a la testosterona, sino también a la serotonina y a las feromonas.

La serotonina, el neurotransmisor que influye en el placer, tiene su mayor actividad en verano. Y las feromonas, las sustancias que desprendemos por la piel y que actúan como atractor sexual, están más expuestas en los meses de calor. Por ello, no es de extrañar que el verano “haga su trabajo” y mayo haya sido durante años el mes con más nacimientos de niños en España. Ahora bien, aunque la química nos lleve al deseo sexual, esta no podemos confundirla con el amor romántico o con la necesidad de apego o de establecer vínculos estables con una persona. Por supuesto que están relacionadas, pero son diferentes incluso en su impacto en nuestros mecanismos cerebrales.

El amor romántico despierta zonas del cerebro vinculadas a la atención, al aprendizaje y a la recompensa (“dejo de perder tiempo en el flirteo, para centrarme en quien me importa”, podríamos resumir en términos sencillos). La experiencia del amor es algo más que una emoción o una respuesta química. Está relacionada con decisiones y con motivaciones profundas, que activan otras zonas de nuestro cerebro, como las áreas del septum o el área ventral tegmental (AVT). Por ello, podríamos decir que el amor está en el cerebro y que es un impulso incluso más fuerte que el sexo. Como lo explica Fisher: “Si le pides a alguien que se vaya contigo a la cama y te rechaza, no entras en una depresión, ni te suicidas, ni matas a nadie; pero la gente sufre terriblemente, y puede hacer estas cosas, tras la ruptura de una relación romántica”.

En definitiva, el verano ayuda a que haya mayor predisposición a la atracción sexual y a los flechazos. Nuestras hormonas, neurotransmisores y sustancias químicas ayudan a que eso ocurra. Y es divertido y apasionante. De hecho, casi todas las canciones del verano se basan en esta experiencia, como está ocurriendo ahora con Despacito. Pero esto es algo diferente al amor romántico o al apego, que puede relacionarse o no. Depende de la motivación de la persona y de sus deseos más profundos. Así pues, en verano disfrutemos de los buenos momentos que podamos sabiendo que el amor romántico pertenece a otro capítulo de nuestro cerebro.

Por qué hay que tomarse también vacaciones de la familia

Hace años conocí a una persona que me explicó que distribuía sus vacaciones del siguiente modo: tres semanas con su familia, dos con su pareja y una para él solo, que aprovechaba para irse con amigos o sencillamente para estar solo. Aquello era un acuerdo que tenía con su mujer desde hacía tiempo y les funcionaba a las mil maravillas. Esta persona era alemana, tenía seis semanas de descanso a lo largo del año y en su opinión, se trataba de algo muy común en su país. Más allá de que esta práctica estuviera realmente extendida, no cabe duda de que encierra muchas ventajas, siempre y cuando sea aceptada por ambos cónyuges y no se sientan culpables por ello.

Cuando somos más jóvenes, pasamos las vacaciones con familia o con amigos. La dificultad se presenta cuando tenemos una relación estable o aún más, cuando hay hijos de por medio. En ese momento, se presentan las expectativas cruzadas, no siempre coincidentes. Escaparse la pareja a solas puede ser difícil por logística o por posibles culpabilidades de dejar a los niños con otra persona, pero el problema se agrava cuando el planteamiento es irnos solos si el otro no lo ve con buenos ojos. Y curiosamente para recargar pilas y sentirnos bien, necesitamos también tiempo para nosotros mismos.

Los buenos momentos son aquellos en los que uno disfruta haciendo algo que le gusta. Por supuesto que es preferible vivirlo con quien nos apetece, pero, aceptémoslo, no siempre se coincide en gustos o en momentos tanto con la pareja como con los amigos o con la familia. La solución habitual es negociar y sacrificarse. Pero, a la larga, sacrificarse continuamente tiene un precio a medio y largo plazo. Puede que no seamos conscientes al principio, pero pasado el tiempo, genera un mar de fondo que nos lleva, por ejemplo, a enfadarnos por cualquier tontería. Por tanto, vale la pena quizá buscar una tercera vía: las vacaciones a la alemana, tomando el gentilicio de la persona que conocí. Es decir, incluyamos en la dinámica de pareja, de amigos o de familia un tiempo compartido y un tiempo para estar solo, para hacer el Camino de Santiago en bici, subir a una montaña o estar tirado a la bartola en una hamaca un día sí y otro también. Lo que sea.

La calidad de una relación de pareja (y amigos) se puede medir por el miedo y las suspicacias que se levantan por la otra parte si decidimos irnos solos unos días. Pero las relaciones se construyen con los pasos que vamos dando. Por tanto, para vivir unas vacaciones a la alemana necesitamos ser conscientes de que es una práctica muy saludable pasar tiempo con la familia, como pareja y solos haciendo lo que nos gusta. Para ello, requiere que seamos muy honestos y preguntarnos qué queremos hacer realmente. ¿De verdad que te apetece ir a la playa o te gustaría escaparte a ese sitio al que llevas años queriendo ir y nunca encuentras el apoyo para hacerlo? Segundo, es necesario negociarlo con la otra parte. La decisión ha de ser en ambos sentidos. Los mismos días que se toma uno los ha de permitir al otro sin reproches o quejas. Y tercero, aceptar la culpabilidad de no agradar siempre al 100 por cien de los que nos rodean, pero es el precio de ser también uno mismo. Así pues, si ya tenemos la agenda de vacaciones cerrada, al menos, tomémonos un rato para estar con la pareja si la tenemos, o para estar solos, y disfrutemos de lo que realmente nos gusta.

Cómo gestionar los seis segundos que te pueden cambiar la vida (a peor)

Seguro que alguna vez has hecho algo en caliente y después te has arrepentido. Puede ser responder rápidamente un email que te ha molestado o decir lo primero que se te pasa por la cabeza ante un comentario desafortunado. Lo que sea, que no haya sido meditado.

Entre esa respuesta incendiaria y nuestra capacidad de razonar pasan al menos seis segundos. Veamos cómo funciona nuestro cerebro y qué podemos hacer para pulsar el botón de pausa en este tipo de situaciones.

Tenemos dos partes diferenciadas en nuestro cerebro, podríamos decir de un modo sencillo: la corteza cerebral, con la que razonamos; y el sistema límbico, el encargado de las emociones. En este último, se encuentra nuestra amígdala y la responsable, fundamentalmente, de registrar respuestas automáticas ante las amenazas, como la huida, el ataque o la inmovilidad. Cuando algo despierta nuestra emoción con intensidad, consigue que nuestra amígdala se inflame y que respondamos de manera automática, sin pensar demasiado. Es decir, contestamos al email enfadados sin valorar si es lo más adecuado. El motivo es evolutivo. En la época de las cavernas dicha respuesta nos podía salvar de un mamut, ahora no tiene mucho sentido si es un mensaje del jefe. Pero así somos. Todos tenemos un botón caliente, que provoca una respuesta exagerada. Lógicamente, el umbral para que se pulse dicho botón dependerá de la persona. Hay quien salta a la mínima de cambio y hay quien tiene muchas más tragaderas. Dependiendo de nuestra edad, nuestra forma de ser y el entrenamiento que tengamos, podremos frenar el botón caliente por otro, el “botón de pausa”.

El “botón de pausa” es aquel que impide que actuemos con lo primero que se nos pasa por la cabeza durante los primeros seis segundos. Dicho botón se entrena a través de diversas técnicas y tiene como objetivo que la corteza cerebral tome las riendas lo antes posible. ¿Cómo lo pulsamos? La primera clave es desviar la atención.En vez de repetirnos la ofensa que parece que hemos tenido, necesitamos trasladar nuestra atención a nuestro cuerpo como, por ejemplo, sentir los pies en el suelo o fijarse en la respiración. Lo ideal es tomar conciencia de la respiración, para que esta sea profunda y abdominal. De este modo, conseguimos distraer nuestra mente y ayudar a que la amígdala se desinflame. Otra técnica que ya nos decían las abuelas es contar hasta 10. En algunos casos, seguro que es necesario contar hasta 100 o incluso, darse una vuelta, porque una vez más el ejercicio físico ayuda a poner el foco en otras cosas.

El botón de pausa también se activa cuando provocamos que se despierte nuestra corteza cerebral, que se consigue haciéndonos preguntas, ¿qué ha querido decir? ¿qué ha provocado que esta persona me haya dicho esto?… Las preguntas nos sacan de la respuesta automática. En otras ocasiones, ayuda “simular la respuesta”. Si lo que te ha molestado es un email, escribes la respuesta tal cual la sientes, pero no la envías. La dejas en bandeja de salida un día. Pasado ese tiempo, probablemente rebajes el tono incendiario. También ayuda hablar con alguien para desahogarse y que te ofrezca otra perspectiva. Y por último, la técnica más elaborada consiste en contemplar la emoción sin juzgarla. Esto último se consigue a través de la meditación diaria y es, posiblemente, la mejor manera pero también la que requiere más entrenamiento.

En definitiva, muchas tonterías que hemos hecho en nuestra vida se deben a nuestra intensidad emocional durante los seis segundos que nos gobierna la amígdala. Los años atenúan la respuesta, pero también podemos lograrlo si entrenamos diversas técnicas para pulsar el botón de pausa.

A más años, más placer sexual

La edad en la que experimentamos mayor placer sexual es a partir de los cincuenta y los sesenta, pero solo si somos capaces de entrenar nuestra forma de ver las cosas en dos sentidos. Veamos cuáles.

Si pensamos en el éxito sexual, nos vienen a la cabeza mujeres y hombres con cuerpos atractivos y… jóvenes. Pero eso es solo una parte de la realidad y, posiblemente, la más pequeña. Sabemos que a los veinte estamos en nuestros mejores momentos para el deporte y para las demás proezas sexuales. Como, además, la corteza cerebral todavía sigue madurando, somos capaces de hacer bastantes tonterías en aras del sexo (aunque hay quien sigue haciéndolas a pensar de la edad). Sin embargo, la sexualidad es algo más que nuestra resistencia física, nos recuerda David Schnarch en sus libros. El sexo tiene dos caras: una es la capacidad física, que es la que permite la reproducción y la que nos une al resto de mamíferos; la otra es la capacidad de alcanzar la intimidad y de disfrutar con el erotismo. Mientras que la primera se pierde con el tiempo, la segunda se va ganando a medida que vamos teniendo canas. Pero para que esto no parezca el premio de consolación de nuestros cumpleaños, necesitamos entrenar nuestra forma de ver las cosas en dos sentidos: primero, siendo muy prácticos; y segundo, desarrollando la mentalidad de crecimiento.

El optimismo es sobre todo una cualidad práctica, que nos ayuda a darnos cuenta de que cumplir años es la mejor opción, si contemplamos la otra alternativa, claro está. Nos podemos pelear con la realidad, pero eso no nos sirve de nada. La gente más feliz no es la que busca tener la razón constantemente, sino la que utiliza lo que le ocurre en su favor. Por eso no es de extrañar que los índices de felicidad sean superiores a los cincuenta que a los veinte, como concluyen los estudios científicos. Con la madurez relativizamos mejor los problemas, no nos ahogamos en un vaso de agua y dejamos de complicarnos la existencia con demostraciones de “cuantas (o cuantos) más, mejor”. Es entonces cuando estamos mejor preparados para el placer de los detalles o de los momentos sutiles. Por ello, desde un punto de vista práctico, aceptemos lo que hay y disfrutemos de lo que la madurez y los años nos ayudan a nuestra sexualidad.

Y, segunda clave, entrenemos la capacidad de crecimiento. Como dice Carol Dweck, psicóloga de Stanford, podemos ver el éxito desde dos perspectivas: desde la mentalidad fija, es decir, dependiente de habilidades innatas o genéticas; o desde la mentalidad de crecimiento, esto es, procedente del esfuerzo. Cuando lo aplicamos al sexo sucede lo mismo. Si nuestra mentalidad es fija, pensamos que el disfrute solo depende de la edad de nuestro cuerpo. Sin embargo, si somos de los que creemos que los resultados dependen de nuestro trabajo, podremos dedicar más tiempo a mejorar la relación sexual, a cultivar la intimidad o a saborear del erotismo. Esto último depende de nosotros, no de nuestros años.

En definitiva, Schnarch dice que “la celulitis y el potencial sexual están altamente relacionados” y es cierto si sabemos también entrenar nuestra mente para que así lo contemplemos. Necesitamos ser tremendamente prácticos con nuestras posibilidades y nuestros límites físicos, así como con lo que la madurez nos permite. Y, segundo, alimentemos la mentalidad de crecimiento, comprendiendo que el placer sexual es también un resultado que depende de la atención o de aspectos más sutiles, que podemos mejorar.

El truco que utilizan las rebajas para que tu cerebro pique

Seguro que alguna vez has comprado algo que luego se ha quedado como accesorio de decoración del armario. Y es posible que cuando lo compraras estuviera rebajado y te convencieras a ti mismo sobre sus maravillosas ventajas.

Si te ha ocurrido, tranquilo, tranquila. Tu cerebro se ha visto conquistado por un truco, que el mundo del marketing conoce muy bien y que en las rebajas campa a sus anchas. Vamos a verlo para poder inmunizarnos.

Uma Karmakan junto a unos colegas hicieron un experimento a un grupo de pacientes estudiantes de la Universidad de Stanford. Les dieron un presupuesto de 40 dólares y les mostraron 80 opciones de compra, para que ellos decidieran con cuáles se quedarían. La gracia del experimento consistía en el orden en que aparecía la información. En un caso, les mostraban primero el precio con una importante rebaja y después, el producto. En otra ocasión, se cambiaba el orden y se les enseñaba primero el producto y luego el precio. Y en otro momento, las dos cosas a la vez. Pues bien, mientras que los voluntarios veían la información, los investigadores analizaban qué parte del cerebro se activaba a través de una resonancia magnética funcional. Y aquí vino la sorpresa, porque en temas de “compras” el orden de ver primero el producto o el precio sí altera el resultado.

Cuando lo primero que vemos es un producto que nos gusta, se activa el núcleo accumbens de nuestro cerebro, que es el encargado del placer, el que nos dice: “esto me gusta o no”. Sin embargo, cuando lo primero que contemplamos es el precio, se despierta la corteza prefrontal medial, que es la que se encarga de analizar si vale la pena o no, o si es una buena oportunidad. Pues bien, esta última está relacionada con la satisfacción de haber ganado, de haber sido tan astutos de haberlo conseguido, que difumina si realmente el producto nos gusta para adquirirlo. En otras palabras, cuando paseamos por los grandes almacenes o navegamos por internet, si vemos que hay una oferta por la que nos vamos a sentir muy satisfechos con nosotros mismos, existen más posibilidades de que sucumbamos aunque el producto no nos acabe de convencer. Por ello, las rebajas se decoran con grandes y llamativos carteles, donde no siempre aparecen los productos pero sí los “increíbles descuentos”. Por supuesto, no todo el mundo escucha el canto de sirenas con la misma intensidad, pero si nuestro cerebro actúa de este modo, ¿qué podemos hacer?

Lo primero de todo, es recomendable ir a las rebajas con una lista o con un presupuesto. Al menos, de este modo podremos atinar en base a nuestras necesidades. Segundo, evitemos ir de compras (en rebajas o no), cuando tengamos un mal día. El efecto compensación, es decir, hago esto para sentirme mejor, es especialmente sensible en nuestros momentos de vulnerabilidad. “Me ha salido mal el proyecto, pero me he comprado una cazadora de marca muy barata”, equivaldría a decir. Si no podemos evitar ir de compras en dichos instantes, al menos tengamos alternativas cuando lo meditemos un poco. Y por último, recordemos que la satisfacción no solo se produce con el placer de haber comprado a un buen precio en el momento presente, sino con el de adquirir cosas de un modo adecuado a un medio y largo plazo. Como lo resume muy bien el refrán, muchas veces lo barato sale caro. Por ello, cuidado con dejarnos seducir solo por los precios (o movidos por la corteza prefrontal medial, como dirían los científicos).