Empieza a ser consciente de que tu cerebro está lleno de trampas

Las consecuencias de pensar demasiado rápido.

No todo es lo que parece. Basta con un sencillo experimento para comprobarlo. Supongamos que Steve es una persona seleccionada al azar de una muestra representativa. Un vecino le describe como alguien “muy tímido y retraído, siempre servicial, pero poco interesado por la gente o por el mundo real. De carácter disciplinado y metódico, necesita ordenarlo y organizarlo todo. Además, tiene una obsesión por el detalle”. ¿Qué es más probable que Steve sea un bibliotecario o un agricultor? Piénsalo rápidamente y contesta sin demasiada reflexión. Quizá, la primera respuesta que se nos venga a la cabeza es que Steve es bibliotecario. Al fin y al cabo, parece reunir las cualidades típicas de estos profesionales. Sin embargo, la respuesta correcta es agricultor. En los países occidentales, como Estados Unidos, existe un bibliotecario por cada 20 agricultores. Si Steve ha sido elegido aleatoriamente, lo más probable es que se dedique a cultivar la tierra. Nuestra mente nos engaña. O, mejor dicho, nos engaña pensar rápido.

El sistema 2, o consciente, está relacionado con el pensamiento lento, el que necesita tiempo para elaborar la conclusión. Se activa cuando la atención es plena. Es el encargado de los cálculos complejos y de la concentración. Entra en acción cuando el sistema 1 está atascado o cuando se activa en nosotros una alerta que nos despierta del modo automático. Todos tenemos estos dos sistemas, pero lo más curioso es que el sistema 2 está normalmente en un segundo plano. Como reconoce Kahneman en su interesantísimo libro Pensar rápido, pensar despacio, nuestro cerebro es perezoso por pura supervivencia. Consume en torno al 20% de la glucosa y del oxígeno que está en nuestro cuerpo, a pesar de que suponga menos del 5% de su masa. Para evitar un consumo excesivo activamos el modo automático, el sistema 1 o reactivo. En otras palabras, respondemos y actuamos según lo primero que se nos viene a la cabeza, sin elaborarlo demasiado.

Este hacer sin pensar nos lleva a poner etiquetas a las personas que vemos o acabamos de conocer. Nos dejamos arrastrar por su estilo a la hora de vestir, por su forma de ser, por su tendencia sexual y por tantos otros sesgos inconscientes que evitan que tomemos decisiones más reflexivas e inteligentes. Diversas investigaciones han demostrado que la gente que se mueve por el sistema 1 suele tomar decisiones más egoístas, más superficiales y, por supuesto, utilizan un lenguaje más sexista. Pero no está todo perdido. Tenemos la capacidad de evitar caer en los brazos del sistema reactivo a la primera de cambio. La clave consiste en reflexionar antes de tomar una decisión importante o cuando hemos conocido a alguien. En el fondo, es despertar al sistema 2, prestar una mayor atención. Por eso no es de extrañar que muchas empresas punteras que buscan diversidad e innovación formen a sus empleados en cómo evitar los sesgos inconscientes. Este trabajo lo podemos realizar nosotros mismos teniendo presente cómo opera nuestro cerebro, siendo conscientes de que está lleno de trampas. Si este aprendizaje lo aplicamos en el ejercicio de Steve, valdría la pena preguntarse si no existen agricultores meticulosos. Esa pregunta nos abriría nuevas posibles respuestas.