Si supiéramos más ciencia, no tacharíamos a las personas por su tendencia sexual

Seguimos juzgando a los que tienen distinta tendencia sexual a la nuestra, cuando la ciencia demuestra que la conducta sexual es más compleja y rica en posibilidades. El reto pasa por conocernos más a nosotros mismos.

Nuestra conducta sexual es más compleja que la simple clasificación de hetero, gay o bisexual, como ha demostrado la ciencia. De hecho, nuestra “querida” tendencia a etiquetar lo que es diferente a nosotros no es correcta o incluso, se debe a motivos más profundos basados en el miedo, como han demostrado recientes estudios científicos.

Todo comenzó con un biólogo. Era 1948 y Alfred Kinsey sustituyó el microscopio por entrevistas a 12.000 personas, que narraron sus experiencias íntimas. Conclusión: el 37 por ciento de los hombres que participaron en el estudio habían tenido alguna vez alguna experiencia homosexual real o imaginaria.Lo publicó en un libro, todo un best-seller, y fue carne de críticas agresivas, como es de imaginar. Y no era para menos. La religión y la ética habían sido las dueñas y señoras de lo correcto o no en la materia (baste recordar que años después, en 1952, el gran genio Turing fue procesado por mantener relaciones con otros hombres).
 Desde que Alfred Kinsey puso la primera piedra, más allá de su rigor, ha servido para dar paso a un sinfín de estudios científicos que siguen insistiendo en la riqueza de nuestra conducta sexual, como el que se publicó recientemente apoyándose en un movimiento la mar de involuntario: la retina de nuestros ojosCuando algo nos excita, nuestra retina se dilata (puedes hacer la prueba a tu pareja mientras ve ciertas imágenes, por cierto). Hasta hace poco no era fácil de medir, pero Gerulf Rieger y Ritch C. Savin-William, profesores de la universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York), valoraron con un rastreador infrarrojo qué ocurría en los ojos de 325 voluntarios mientras veían videos eróticos de mujeres y hombres. Sus conclusiones son curiosas: la primera, las pupilas de los hombres bisexuales se dilatan del mismo modo viendo mujeres que hombres, es decir, no parece que existan preferencias a pesar de lo que popularmente siempre se ha creído. Y segundo, como era de esperar, los hombres heterosexuales mostraron fuertes respuestas pupilares a los videos sexuales de las mujeres y menos a los hombres (aunque también existían). Sin embargo, las mujeres heterosexuales mostraron respuestas pupilares a ambos sexos. En resumen: existe una amplia riqueza de respuestas posibles.

Sin embargo, a pesar de que la ciencia demuestra que no podemos encasillar lo que sentimos o deseamos, todavía siguen existiendo muchas cortapisas y culpabilidades a la diversidad. De hecho, en 2015 se pidió que una revista sumamente prestigiosa, Pyschology Today, dejara de promocionar terapeutas que “curaban” tendencias enmarcadas en LGTB. Quizá si conociéramos más qué se esconde detrás del rechazo, podríamos salir de él. Como ha demostrado un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Rochester, de la Universidad de Essex y de la Universidad de California en Santa Bárbara. Después de analizar cuatro estudios diferentes a un total de 160 personas, se comprobó la discrepancia entre la tendencia sexual expresada y la realmente sentida. Y la conclusión es reveladora: los homófobos en realidad rechazaban su propia tendencia sexual. La represión en casa, la educación, lo que debería ser y no se sentía, les condicionaba fuertemente y les llevaba a aborrecer su propia tendencia.

En definitiva, la conducta sexual es compleja, difícil de encasillar y todo aquello que nos impida reconocer la diversidad de otros y la nuestra propia, nos pone zancadillas en nuestra realización y felicidad personal. Vale la pena en vez de juzgar a otros, comenzar a preguntarse qué me ocurre cuando veo a personas diferentes a mí. Hasta que no miremos más hacia dentro, será muy difícil que podamos avanzar. Y mientras eso suceda, esperemos que la ciencia siga aportando datos para convencer a los más escépticos.

¿Cuándo un objetivo es un marrón o un desafío?

El estado de flujo se provoca cuando el esfuerzo ante el desafío nos exige emplear a fondo nuestras capacidades. Por el contrario, cuando no hay desafío el aburrimiento dominará la situación.

Viene tu jefe entusiasmado y te dice: “Tengo un reto para ti”. Y tú piensas: “Menudo marrón”. Las opiniones distintas pueden ser por muchos motivos: porque intenta vender algo que es difícil de comprar o porque quizá haya diferencia de expectativas. Y esto último es lo que nos interesa. El director del Quality of Life Research Center de la Claremont Graduate University, en California, Mihaly Csikszentmihalyi, investigó sobre qué actividades nos entusiasman hacer y nos hacen felices o cuáles son realmente un marrón, aunque lógicamente utilizó otros términos. Para ello, propuso dos ejes, uno donde se recoge el nivel de desafío que supone, alto o bajo; y otro, las habilidades que tenemos para ello, altas o bajas. De este modo, obtuvo ocho tipos. El nirvana está en las actividades que nos hacen entrar en un estado de flujo, es decir, en aquellas que suponen un esfuerzo, porque existe desafío, pero al mismo tiempo, nos exigen dedicar un nivel elevado de nuestras capacidades. En esos momentos, necesitamos poner toda la atención y curiosamente, el tiempo pasa volando. Puede ser haciendo deporte, teniendo una conversación interesante, escribiendo o haciendo una marcha por la montaña. Lo que sea que te hace sentirte muy bien. Pero, junto a esas actividades conviven otras que son menos placenteras.

Cuando nuestro nivel de habilidades o conocimientos son bajos, es cuando entramos en el terreno del “marrón”. Si el desafío es escaso, como por ejemplo redactar el informe del informe del requeteinforme o hablar con alguien que se enrolla más de lo que te gustaría, puedes caer en el aburrimiento o la apatía. Hay otros marrones, sin embargo, que lo pasamos peor. Estos son cuando nuestro nivel de preparación es bajo para el desafío que nos supone, como hacer una presentación en público en un idioma extranjero o tener una conversación valiente con alguien que aprecias pero que no te gusta lo que está haciendo.

Existen otras actividades que nos estimulan algo más, aunque no nos ayudan a entrar en el estado de flujo, porque su nivel de desafío es bajo. Eso sucede en aquellas que controlamos mucho la materia o estamos, incluso, en una total relajación, como asistir a una reunión periódica o presentar unos datos a unos compañeros. Si el desafío es algo mayor pero todavía no suficiente, puede que incluso nos sintamos estimulados, pero no se llega todavía al estado de flujo.

¿Y se puede convertir un marrón en un desafío? Como siempre, tenemos margen de maniobra. Si el problema viene por la falta de capacidades, la solución es relativamente fácil: necesitamos entrenar más la presentación que nos angustia o ensayar esa conversación que tanto nos cuesta (por supuesto, hay cosas que requieren más trabajo que otras). Si el desafío es menor, podemos nosotros inventarnos el reto: como cronometrar el tiempo del informe para rebajar nuestra marca, observar a la persona que nos cuesta con otra mirada o incorporar alguna dificultad a aquello que nos hace estar tan relajados o simplemente estimulados.

En resumen, los marrones pueden dejar de serlo cuando aumentamos la percepción de desafío y mejoramos en las capacidades que se requieren poner en juego. Y no olvidemos que los estados de flujo tan deseados se perciben cuando conviven ambas variables. Por ello, no es de extrañar que actividades cómodas como ver la televisión esté en el furgón de cola, donde solo entre el 7 y 8 por ciento de las ocasiones nos ayudan a entrar en dicho estado. Así pues, busquemos desafíos y mejoremos nuestros niveles de capacidades requeridas.

Desarrolla una mentalidad de principiante, ¡rejuvenecerás!

Siempre existe algún compañero en el trabajo que se suele poner a la defensiva le digas lo que le digas. Vienes con una idea y se encarga de desmontarla sin indagar nada a priori. En cambio, hay otros que ante cualquier cosa, se muestran curiosos y sacan algún aprendizaje. Pues bien, ambos casos reflejan actitudes bien distintas y que condicionan el partido que sacamos a lo que nos ocurre.

El primer caso, refleja una actitud de protección, de miedo o de defensa, donde lo fácil es cargarse con mil y un argumentos cualquier cosa que suene a amenaza. Mientras, la segunda actitud, la que se muestra curioso, es la de del aprendizaje o la del principiante, aunque se tengan 90 años de edad. Ambas actitudes son posibles y lo que llama la atención es que cuando nacemos, de manera instintiva tenemos la del principiante y si no, recuerda qué hace un bebé de unos meses, que intenta tocar todo, explorar todo y tirar al suelo todo. Su objetivo es conocer y, por supuesto, aprender. Pero algo ocurre en el camino. Llegamos a adultos y vemos señales de peligro en un sinfín de cosas, aunque sea una idea inofensiva del departamento de al lado. Podemos decir que la culpa la tiene el colegio, la enseñanza o el profe Fulanito. Y seguramente, parte de razón tendremos. Pero dicho esto, no valen las excusas. Tenemos la capacidad de cambiar y de decidir qué actitud queremos desarrollar.
  • Cuando caemos en la actitud de protección, estamos en la mente del experto, que se lo sabe todo, todo (o casi todo). No se deja sorprender porque está un poco de vuelta. Puede ser un jefe, un compañero, un padre o aquel amigo que tiene que demostrar que eso ya lo ha vivido. Se aferra a lo conocido, se centra en el pasado y ante alguna idea puede decir alguna “frase perla” tipo: “esto aquí ya se ha intentado”. La actitud de protección hace pocas preguntas, dedica energía a demostrar lo mucho que sabe y suele tender a echar balones fuera ante un problema. La culpa está siempre en otro. Como es de esperar, el inmovilismo de las compañías, de las familias y de las sociedades sucede cuando las personas se encierran en este tipo de actitudes. No hay escucha y solo demostraciones de saber más que nadie. ¿Te suena? Es una actitud habitual, pero terriblemente paralizante y frustrante.
  • Sin embargo, la actitud de aprendizaje es la mentalidad del principiante y el interés por conocer otras realidades. Se orienta hacia el futuro y hacia aquello en lo que ha contribuido (¿qué parte de responsabilidad he jugado en esto?, se pregunta hacia los problemas). Utiliza mucho la pregunta, porque el motor es la curiosidad. Ante una nueva idea, indaga y no juzga a priori. Y lo que es interesante, no depende de la edad y podemos desarrollarla. Al fin y al cabo, todos seguimos siendo curiosos, y si no recuerda qué interés ponemos en los cotilleos del fútbol, de los famosos o de la ciencia (cada cual, tiene su área de curiosidad preferente). Además, la curiosidad nos hace más longevos y por supuesto, nos ayuda a encontrar la parte positiva a todo cuanto nos rodea.

Pues bien, si queremos desarrollar la mentalidad de principiante en un equipo, planteemos como regla de partida el fomentar el papel del principiante, hacer preguntas, no cargarnos las ideas con el primer comentario y desarrollar la curiosidad por el otro a través de objetivos compartidos (por ejemplo, se puede solicitar al que tanto critica que haga una presentación sobre el área que tiene enfilada, así al menos se preocupará de conocerlo más). Y si lo que queremos es fomentarla en uno mismo, paremos a pensar si estoy echando balones fuera o si me pongo en la actitud de “yo ya me lo sé todo”. Si hacemos eso, comencemos a utilizar preguntas para mostrar un interés sincero por el otro y a escuchar con mayor atención. Atrevámonos a cuestionarnos. ¿No podremos estar equivocados en algo? En la medida que despertemos la curiosidad en otros terrenos, podremos desarrollar nuestra mentalidad de principiante, que tanto nos rejuvenece por dentro.

¿Por qué a algunos les encanta mandar hasta en la comunidad de vecinos?

Hay personas que se orientan a resultados pase lo que pase, otros que prefieren sentirse uno más del grupo de amigos y otros que les encanta mandar aunque sea en la comunidad de vecinos.

Esas diferencias dependen de la motivación que tengamos. Lo que nos mueve a las personas ha sido un tema de estudios desde hace más de un siglo, pero fue David McClelland, profesor de Harvard, quien sugirió una clasificación más sencilla. McClelland clasificó las necesidades sociales que tenemos cualquiera de nosotros en tres grandes grupos: logro, afiliación y poder. Todos tenemos de las tres necesidades, pero lo interesante es entender cuál es la que más nos mueve o cuál es más importante en el trabajo que desempeñamos. Veámoslas:

  • A las personas orientadas al logro les motiva alcanzar resultados, superarse a sí mismas (o a otros), les gustan los retos, aguantan bien el estrés y, por supuesto, son exigentes. Pueden trabajar bien solos y les gusta cualquier retroalimentación positiva. Si tomáramos de referencia el deporte no profesional, sino el que hacemos la mayor parte de los mortales, la práctica del atletismo sería un buen ejemplo de motivación al logro.
  • Los afiliativos ponen el foco en las relaciones con las personas, les cuesta trabajar solos, prefieren la colaboración a la competición y tienden a conformarse con las normas del grupo. En el caso del deporte, las personas afiliativas preferirían todos aquellos que se practiquen en equipo o como me dijo una persona en un taller de liderazgo, “a mí me gusta jugar al fútbol con los amigos por las cañitas de después”. Un buen ejemplo afiliativo, sin duda.
  • A las personas orientadas al poder les atrae influir en otros, expresan emociones abiertamente y se esfuerzan porque el resto puedan seguirles. En este apartado, necesitamos diferenciar dos tipos de poder: el individualista o personal, que podría resumirse en “el poder lo tengo para salirme con la mía a costa de otros” (cuando alguien se aprovecha de un determinado puesto, ya sabemos qué clase de motivación tiene); o poder institucional o socializante, que su capacidad de influencia lo orienta a la consecución de objetivos comunes, como caracteriza a muchos líderes. En el caso del deporte, las personas orientadas al poder preferirán ser capitán, entrenador o árbitro (en las artes marciales o boxeo, por ejemplo, también se observa mucho este perfil y no siempre institucional).

Pues bien, todos tenemos las tres motivaciones. Ninguna es mejor o peor. Simplemente, su eficacia depende del tipo de trabajo que estemos desarrollando. De una forma u otra, a cualquiera de nosotros nos atrae orientarnos a los resultados, sentirnos parte de un equipo e influir en el resto. La diferencia está en la intensidad. Hay personas que por alcanzar un objetivo son capaces de sacrificar su tiempo libre sin problemas (logro), hay quien prefiere quedarse en un trabajo por el ambiente con los compañeros, aunque se aburra como una ostra (afiliación), y hay quienes prefieren trabajar en una casa regional porque tienen el cargo de tesorero (poder). Lo curioso es que dichas motivaciones van cambiando con el tiempo y nos condicionan qué trabajos nos gustan más o menos y en cuáles somos más brillantes.

Si eres una persona muy orientada al logro, busca retos y desafíos. No te contentes con un trabajo estable pero que te estimula poco. Te acabará quemando. Si por el contrario, crees que la motivación afiliativa es la más importante para ti, cuida las relaciones personales y acepta puestos en donde se prime la colaboración, que no la competitividad interna. Y si lo tuyo es el poder institucional (del otro no hablamos), selecciona trabajos que te den visibilidad, que te permitan influir en otros aunque no sea con una posición jerárquica. Todo ello es por una razón muy simple: si tu trabajo no alimenta tus motivaciones, tarde o temprano entrarás en conflicto. Por ello, vale la pena conocer la motivación más importante que se requiere en el trabajo que realizas.

Si quieres tener buenas relaciones, sé auténtico

Si quieres liderar, ten conversaciones auténticas. Y si quieres que una relación funcione, preocúpate para que lo que se hable aporte valor a todos.

La autenticidad es mucho más que sinceridad a pecho descubierto. No vale con decir lo primero que se te pasa por la cabeza, tipo “te queda fatal lo que llevas” o “qué desastre de trabajo has hecho”. Esas frases podrán ser “técnicamente” muy sinceras, pero no sirven de mucho. Al otro lo has dejado hecho una lástima y con ganas, seguramente, de devolvértela. La autenticidad va mucho más allá: crea valor a las personas e indaga en los propósitos de lo que nos mueve. Pero la autenticidad no siempre es fácil. No se nos educa para ser auténticos, no nos engañemos. Muchas veces vamos corriendo, diciendo lo primero que se nos pasa por la cabeza o teniendo charlas superficiales, sin darnos cuenta de que, de ese modo, no construimos relaciones sólidas. Pero hay una buena noticia: la autenticidad se puede entrenar y todo pasa por tener conversaciones de calidad con los otros y con nosotros mismos. Veamos cómo conseguirlo, tomando como referencia el modelo de Connolly, Motroni y McDonald en su libro “The vitality imperative”:

  • Apariencia o “no te veo”. Aquí se engloban las broncas, los reproches, las charlas banales y huecas o aquellas en las que hacemos oídos sordos al otro. Todas ellas tienen algo en común: vamos a la nuestra y nos importa bien poco el otro. Ni lo vemos, ni nos interesa ni mostramos realmente lo que nos ocurre. Los minutos que invirtamos en este tipo de charlas son un tiempo perdido. ¿Y cómo pasar al otro nivel? La llave maestra es la escucha. Para ello, cuando alguien está en la apariencia y quiere mejorar su relación ha de comenzar con escuchar y con preguntar. De este modo, salimos de los lugares comunes y de demostrar que solo nosotros tenemos la razón. Por ejemplo, si en vez de echarle la bronca por retrasarse, le preguntas (y escuchas): “¿Por qué me entregas esto tarde?”. O si en vez de demostrar que solo tú tienes la solución, indagas “¿Qué crees que deberíamos hacer?”.
  • Sinceridad o “me da igual lo que sientas con lo que te digo”. La sinceridad tiene una implicación mayor que la apariencia. En este caso, la persona hace una reflexión de sí misma y habla de lo que le ocurre. Pero, claro, en aras de la sinceridad se pueden soltar misiles que hacen mucho daño al otro. Dar un paso más en la sinceridad no significa mentir con lo que nos sucede, sino expresarlo de un modo que ayude también al otro. ¿Y cómo? A través de aportar datos concretos, no solo interpretaciones personales, y desarrollar la empatía para entender el otro punto de vista. En el ejemplo anterior, podría decirse “cuando tú te demoras en la entrega de tu parte, nos retrasamos en nuestro compromiso y eso me hace sentirme muy mal con el otro departamento, por lo que te pido que…” (en vez de decirle que te sientes muy mal con lo que ha hecho. De este modo, le aportas datos para mejorar en las siguientes ocasiones).
  • Precisión o “estamos de acuerdo con los hechos que te cuento”. En este punto se puede comenzar a construir relaciones más sólidas. No nos movemos solo en el mundo de las interpretaciones o de las emociones, sino que llegamos a un acuerdo con lo que está sucediendo. Y todo ello se alcanza cuando somos precisos y hablamos de datos o de hechos. En este nivel se pasa de conversar sobre uno mismo a conversar sobre nosotros. Pero una vez más, se puede avanzar para construir una relación más sólida. La clave está en incorporar la autenticidad, es decir, pasar de las conversaciones basadas en hechos a las basadas en el propósito o en las intenciones. Todo ello se consigue cuando preguntas sobre lo que le mueve a la otra persona. Por ejemplo: “¿Qué es lo más importante para ti?”, “¿cuál es tu objetivo y preocupación principal en el compromiso que alcanzamos?”.
  • Autenticidad o “creamos valor juntos”. Es el nivel más alto para construir relaciones. Hemos superado los hechos y nos basamos en lo que a los dos nos importa conseguir, nuestros propósitos o necesidades. Desde este nivel podemos valorar si lo que los dos buscamos coincide y cómo llevarlo a buen término. Implica ver al otro, sinceridad, conversar sobre los hechos pero lo más importante, compartir los propósitos comunes. Por ejemplo, “si para mí esto es importante y para ti no, ¿qué podemos hacer para ayudarnos el uno al otro?”, “¿qué es lo que tenemos en común en este compromiso?”. Solo así se movilizan voluntades.

En definitiva, las conversaciones crean realidades, pero para que estas realidades sean amables necesitamos tener conversaciones auténticas. Esto no se logra solo con la sinceridad, sino que necesitamos desarrollar otras cualidades, como la empatía, la capacidad de hablar de hechos y lo más importante, buscar cuáles son los propósitos que nos mueven. Cuando llegamos a tener conversaciones a este nivel, es más fácil alcanzar acuerdos, trabajar en equipo y tener relaciones personales que nos ayuden a todos a crecer.

¿Por qué necesitamos hablar las cosas que nos molestan?

Seguro que alguna vez un familiar o un amigo te ha contestado de malas maneras cuando tú has hecho un comentario la mar de inocente. O puede que hayas sido tú quien se haya puesto como una fiera sin venir a cuento. Si es así, olvídate de justificarlo por ese “simple” comentario, porque te ha dicho tal cosa o porque estabas estresado. Seguramente, va más allá.

La realidad es que cuando nos salimos de nuestras casillas suele ser por una acumulación de pequeñas molestias que nos hemos callado a lo largo del tiempo. Tenemos una fantasía que nos hace daño. Pensamos que si no decimos ciertas cosas que nos molestan será mejor para los dos. Ahí nos equivocamos. En una relación todos tenemos dos contadores inconscientes. El primer contador recoge lo que haces por el otro: invitaciones, favores o ayudas. El segundo contador recoge lo que el otro hace por ti en los mismos términos: invitaciones, favores y ayudas. Pues bien, el problema surge cuando sientes que das más que lo que recibes, que el contador de lo que haces por él o por ella es muy superior. Cuando tú colaboras en el departamento, mientras que tu compañero se aprovecha una y otra vez. Cuando eres tú quien recoges la habitación y el otro la desordena sin parar. Llega un momento, casi siempre inconsciente, que saltas. Puede que sea por una tontería, que no venga a cuento. Pero es el momento en el que intentas equilibrar ambos contadores, en lo que se denomina el efecto compensación o “ley de la venganza” en términos coloquiales.

Todos tenemos un concepto interior de la justicia. Por supuesto, es subjetivo. Pero si piensas que una determinada relación no es equilibrada y no es justa, de manera inconsciente vas a intentar compensarla. Suele ser a través de maneras indirectas, como hacer comentarios sarcásticos a la otra persona o ponerte como un basilisco cuando se ha vuelto a dejar el vaso encima de la mesa de las fotos. Lo que sea. El efecto compensación es también una de las claves para comprender los conflictos en el mundo de la empresa. Cuando un jefe es demasiado duro con su equipo, este va a buscar compensar la situación con las herramientas que tengan a su alcance, como criticarle, cometer errores de manera consciente o inconsciente, ponerse enfermos y muchas otras acciones que, lógicamente, dependerá de la escala de valores de cada uno. Pero lo interesante es entender cómo somos. Si los dos contadores están continuamente funcionando en nuestra cabeza aunque no nos demos ni cuenta, hagamos algo para corregirlo. Y la buena noticia es que se puede conseguir.

Si sabemos decir las cosas a tiempo, evitaremos que se acumulen en el tiempo. Pongamos un ejemplo muy gráfico y cotidiano: si lavamos los platos después de comer, será más fácil que se vaya la suciedad. Si por el contrario, los platos sucios se quedan en el lavavajillas durante días o se van acumulando en el fregadero, cuando queramos limpiarlos nos dará más grima. Igual sucede con las palabras no dichas. Cuanto antes hables de lo que te molesta, será más fácil de corregir los posibles malentendidos. Pero para eso, necesitamos aprender a hacerlo. Necesitamos entrenar lo que se conoce como el “feedback inmediato” (y lo siento por el anglicismo), es decir, hablar de lo que te ha molestado u ofendido sin que se pudra en el tiempo. Igualmente, si tienes una actitud que puede ofender a otros como ocurre cuando un jefe es muy coercitivo, por ejemplo, piensa que eso tendrá consecuencias de manera indirecta. Y ahora, por ejemplo, que el mercado laboral está activándose, es muy probable que incremente la rotación no deseada como efecto de compensación de personas que han aguantado y que están esperando dar el salto.

En definitiva, tanto a en nuestra vida privada como profesional tenemos contadores sobre lo que hacemos y lo que el resto hacen por nosotros. En la medida en que se desequilibre, intentaremos compensarlo con acciones normalmente indirectas. Por ello, en la medida que sepamos hablar de lo que nos ha molestado lo antes posible, conseguiremos reducir posibles conflictos. Y en la medida que seamos conscientes de que lo que hacemos afecta a otros y que el resto buscará compensar aunque no sea conscientemente, podremos cuidar mejor nuestras relaciones personales y profesionales.

¿Preocupación o influencia?

Tenemos dos maneras de contemplar lo que nos ocurre: desde las preocupaciones o quejas o desde nuestra capacidad de influencia o margen de maniobra. Decidir una u otra depende de uno mismo. Veamos cómo.

Si queremos ser más efectivos, centrémonos en lo que está en nuestras manos. Así lo sugería hace años Stephen Covey después de analizar qué diferenciaba a las personas que eran más efectivas con su vida personal y profesional. De algún modo, todos tenemos preocupaciones como la salud, el trabajo, el dinero o la felicidad de nuestros hijos. Todo lo que nos inquieta conforma nuestro círculo de preocupaciones, según Covey. Al mismo tiempo, también tenemos margen de maniobra, como llevar una dieta sana, estar en un aprendizaje continuo, ser prudentes con nuestros gastos o dedicar tiempo a la educación de nuestros hijos. Dichos ejemplos conforman nuestra capacidad de influencia. Nuestro círculo de influencia recoge, por tanto, todo cuanto podemos hacer. Y dependiendo de a qué círculo pongamos nuestra atención, definiremos nuestro carácter.

Las actitudes reactivas son aquellas que se centran fundamentalmente en las preocupaciones o en las quejas (círculo de preocupación). Es lo que se vive con intensidad en las máquinas de café de muchas empresas, cuando nos quejamos del jefe, de la compañía o de qué mal va el mundo. También habita en muchas conversaciones familiares, cuando se hace un recorrido de todos los problemas y enfermedades. Seguro que se te ocurren ejemplos de momentos donde el círculo de las preocupaciones campa por sus anchas. Desde esa energía, uno se queda sin fuerzas y hastiado de todo cuanto ocurre. Por ello, una actitud reactiva espera que la solución venga desde fuera y anula la sensación de serenidad.

Cuando parece que no se puede hacer nada, siempre tenemos la posibilidad de cambiar nuestra actitud ante lo que se vive.

Las actitudes proactivas, sin embargo, ponen su atención en aquello que está en tus manos (círculo de influencia). Dichas actitudes contemplan las dificultades como desafíos y acaban desarrollando una visión más optimista de la vida. Cuando una persona desarrolla esta mirada y se enfrenta a un problema, pone creatividad en resolverlo, lo que le permite ver la botella medio llena, que no medio vacía. Todo ello, incluso, en cuestiones donde parece que hay poco margen de maniobra, como la enfermedad de un familiar, por ejemplo. Cuando parece que no se puede hacer nada, siempre tenemos la posibilidad de cambiar nuestra actitud ante lo que se vive. Verlo así nos da fuerza y nos ayuda a desarrollar la proactividad. Por tanto, una actitud proactiva busca la solución que depende de uno mismo y eso le confiere mayor capacidad para ser feliz.

Pues bien, según la investigación que realizó Covey descubrió que las personas que tienen tendencia a ser proactivas identifican que tienen un mayor círculo de influencia en su vida. Sin embargo, aquellos que son más reactivos perciben que su círculo de preocupaciones es mayor. Y esto es lo realmente interesante. Tanto nuestras inquietudes como nuestros márgenes de maniobra son percepciones de la realidad. En la medida que le pongamos más energía a lo que nos inquieta, dejaremos de ponérsela a lo que nos da fuerza. Es una cuestión de “ancho de banda”. Nuestros pensamientos habitan en un espacio finito y el porcentaje que le dediquemos a una u otra cosa, nos define como personas.

Por ello, ante una preocupación piensa: ¿Qué puedes hacer? ¿Cuál es tu margen de maniobra? Si crees que es ninguno, recuerda que siempre te queda variar tu actitud, es decir, entender lo que estás viviendo como un aprendizaje. Todo ello lo puedes entrenar en cada preocupación a la que te enfrentes y cuando lo conviertas en un hábito verás, además, que tendrás una mayor sensación de capacidad de influencia.