Los ocho pasos para impulsar el cambio y que la gente te siga

Si algún día tienes que impulsar un cambio, aquí tienes los ocho pasos necesarios para que la gente te siga. Puede ser en una empresa, en una familia o en una comunidad de vecinos. Si el cambio es muy deseado, posiblemente no tengas muchas resistencias. El problema se presenta cuando el resto no lo ve, no lo entiende o surge el miedo. Es ahí cuando necesitas definir una estrategia diferente. John Kotter, profesor emérito de Harvard, después de realizar diversas investigaciones propone los pasos necesarios para que el cambio sea posible, como cuando se lanza, por ejemplo, una nueva estrategia, un nuevo producto o simplemente se quiere implantar una idea innovadora. Veámoslos a continuación:

Primero, has de generar una necesidad real. La pregunta que tendrías que hacerte es: ¿qué pasaría si no se asume el cambio?; ¿realmente es necesario? Si creemos que no sucedería gran cosa si me quedo como estoy, será difícil que nos movamos. Es como cuando nos apuntamos al gimnasio sin una clara intención de cuidarnos… pagaremos la cuota alegremente, pero poco más. Si es por severa prescripción médica, la cosa cambia. Por eso, si quieres movilizar a otros, convence sobre el sentido de urgencia y de necesidad.

Segundo, busca los recursos y la autoridad para llevar a cabo el cambio. Queda muy bonito lanzar mensajes de abrir nuevas líneas de negocio, por ejemplo, pero a menudo luego no se hace ni una mínima inversión. Tampoco podemos pretender conseguir una transformación si no tenemos la autoridad para decidir. Por tanto, la pregunta que has de formularte es: ¿tengo los recursos y la autoridad para hacer frente al cambio?

Tercero, implica a las personas clave. Es posible que la transformación que buscas no puedas hacerla por ti mismo. Para eso es importante trazar un mapa de personas o departamentos que puedan ayudarte y analizar si estarían dispuestos a ello, o si se opondrían. Una vez realizado, define estrategias diferentes para cada uno.

Cuarto, comunica lo que no va a cambiar. Ante lo nuevo, dedicamos mucha energía a hablar de lo que será diferente. Pero recordemos que la sensación de falta de control suele generar miedo. Por ello, en todo momento, además de comunicar lo que va a cambiar, informa sobre lo que permanece constante, aunque sean los valores o la ilusión.

Quinto, elimina barreras que te impiden avanzar. A veces nos lanzamos al cambio sin planificar qué hacer ante los obstáculos. Como resume José Conejos, directivo experto en procesos de transformación: “Resulta más útil quitar el calzo de una rueda para que un camión avance, que animar a las personas a que empujen el camión”. El calzo es una resistencia que cuesta poco quitar pero que tiene un impacto muy fuerte. Por ello, ¿a qué calzos podrías enfrentarte?; ¿cómo podrías retirarlos?

Sexto, crea metas a corto plazo. Todos necesitamos saber si lo que hacemos es adecuado o no o, como se dice en el mundo de la empresa, tener feedback (y lo siento por el anglicismo). Si el reconocimiento solo está al final del proceso, las personas podemos caer en el desánimo y perder la motivación. Por ello, define metas intermedias, comunícalas y, sobre todo, celebra cuando se consigan.

Séptimo, mantén la energía con picos de intensidad.Cualquier transformación atraviesa momentos álgidos y desiertos. Un proceso de transformación necesita dinamismo, en especial para superar los baches. Por ello, lleva a cabo impactos de mejora continua para que la intensidad no se pierda, como iniciativas concretas dentro de todo el proceso.

Octavo, instaura la “nueva normalidad”. Una vez que el cambio haya terminado, necesitas institucionalizarlo a través de un ritual, como un reconocimiento o una comunicación. Cuando se ha conseguido, se ha de decir y, por supuesto, celebrar.

 

Los cinco niveles de conversación (y uno es el que te ayuda a tus relaciones personales)

Hay conversaciones que nos llenan y otras que nos dejan vacíos. Hay personas cuya charla es un placer y otras que aburren hasta las ovejas. Y todo ello está relacionado con los niveles de comunicación que tengamos en la pareja, con los amigos o en el trabajo. Veamos cuáles son los cinco niveles de conversación posibles para valorar en qué situación solemos estar con las personas que nos rodean.

Primer nivel. Hablar sobre las cosas, el fútbol, el tiempo… Es una conversación superficial, pero necesaria cuando conoces a alguien o estás en un ascensor. No nos ponemos a contar nuestra vida al vecino del cuarto. En este nivel se habla del tiempo, de lo que se ha comido o de qué se ha visto en el último viaje a Italia. El problema surge cuando en una relación solo y exclusivamente se habla de este tipo de cosas. Nos quedamos vacíos, en especial cuando pasamos momentos en los que necesitamos contar algo que nos afecta.

Segundo nivel. Hablar de los otros. Es una conversación también superficial, pero tiene algo más de sofisticación. En este caso repetimos lo que otros han dicho, sea en casa o en un libro, sin aportar nada de nuestra propia cosecha. Repetimos comentarios enlatados, lecturas o citas sin hacer ningún tipo de valoración. En este segundo nivel se engloba también el cotilleo que, como es de suponer, puede ser simpático, pero una vez más resulta muy escaso para edificar una relación personal duradera.

Tercer nivel. Hablar de mis ideas. En estas conversaciones empiezo a mostrarme más en lo que cuento. Pueden ser ideas políticas, sobre la sociedad o sobre cómo deberían ser las cosas. Este nivel es muy mental y se caracteriza por no involucrar al otro. Por ello, puede convertirse en una “magnífica” charla de monólogos, ya que no necesariamente se escucha o se muestra curiosidad por la otra persona.

Cuarto nivel. Hablar de mis sentimientos. Es un paso muy superior, más constructivo. Hablo de lo que me ocurre y de lo que siento. Requiere un nivel de intimidad mayor que los anteriores, ya que desde aquí incluso me puedo mostrar vulnerable. Si digo que esto me duele o me hace muy feliz, le estoy dando a otra persona una información más sensible que si simplemente comparto mis ideas o hablo de los otros. Ahora bien, continúa siendo insuficiente, porque es unidireccional. Puedo hablar de lo que me ocurre, pero sin esperar que el otro haga lo propio.

Quinto nivel. Compartir sentimientos. Es el nivel más avanzado. Aquí se construyen las relaciones duraderas. No solo se habla de lo que uno siente, sino que se escucha y se intenta entender al otro. Resulta un encuentro de verdad, no un recital de monólogos. Cuando se alcanza este nivel, uno se siente reconfortado en la conversación, en especial, a la hora de hablar de los problemas o de resolver los conflictos.

En definitiva, una relación personal duradera implica poder conversar en los cinco niveles de comunicación. Habrá situaciones en las que necesitemos ser superficiales, hablar de los otros, de nuestras ideas o de nuestras emociones. Pero llegará un momento en el que necesitaremos, además, tener más intimidad y sentirnos escuchados. Y esto último solo lo conseguiremos desde el nivel más avanzado en la comunicación. Si este no se practica, será difícil desarrollar una relación personal plena y duradera en el tiempo. Por cierto, ¿cuáles son los niveles que más vives en tu pareja, con tus amigos o en tu trabajo?

Cómo puedes encontrar oportunidades cuando estás en una vía muerta laboral

La directora de una guardería que conocí dejó su carrera para cuidar a su hija recién nacida. Ella había estudiado Trabajo Social, pero durante aquel tiempo se formó también en economía. Pasados dos años cuando quiso regresar al mundo laboral, se reinventó como community manager de redes sociales de economistas. Y fue gracias a aquel periodo en el que abandonó su “carrera tradicional”. En la actualidad, es autónoma, gestiona su tiempo, está contenta y tiene proyectos para seguir creciendo. Pues bien, el caso de esta mujer es un ejemplo de cómo se pueden aprovechar las vías muertas para reinventarse. Todos en algún momento corremos el riesgo de caer en una vía muerta laboral, es decir, en una decisión que frena el desarrollo de nuestra carrera (también las hay personales y de pareja, pero este es otro cantar). Las vías muertas pueden ser de muchos tipos: empresas que no resultan nada sexys para buscar otro empleo luego, departamentos que no son nada estratégicos, temporadas que tomamos para cuidar a nuestros hijos o parientes, o meses sabáticos. Por supuesto, hay veces en que no nos queda más remedio que tomar dichas decisiones, que la vida no es solo trabajo y existen muchas otras dimensiones apetecibles. Pero aclarado todo lo anterior, veamos qué podemos hacer para convertirlas en oportunidades futuras.

Primero, necesitas reconocer una vía muerta. Puede ser muy deseable un determinado proyecto, dejar el trabajo o tomarse un tiempo de descanso, pero cuidado, es posible que acarree un cierto precio futuro. Los departamentos de selección suelen ser muy tradicionales y no siempre ven con buenos ojos los perfiles que se atreven a hacer cosas diferentes. Y esto no solo ocurre en el mercado laboral: las vías muertas también existen dentro de las empresas. Puedes cambiar de departamento porque te apetece, pero si el nuevo no tiene tanto peso estratégico puede resultar un freno en un posible ascenso. Por ello, si estás en una vía muerta, el primer paso es reconocerla para encontrar la oportunidad y saber que algo nuevo has de comenzar a hacer.

Segundo, necesitas asumir que una vía muerta es un periodo de hibernación, no de retirada. Al igual que los osos que hibernan en invierno siguen manteniendo funciones básicas para la supervivencia, nosotros podemos seguir haciendo ciertas tareas para mantenernos activos en el mercado laboral aunque no estemos trabajando. Realizar cursos gratuitos por Internet en universidades de prestigio que nos actualicen, alimentar las redes sociales, asistir de vez en cuando a conferencias o estudiar cosas que nos gusten, como le pasó a la profesional del caso anterior… El objetivo es demostrar que hemos estado activos y eso se consigue con algo que lo acredite. En caso de que la vía muerta sea dentro de una gran empresa, lo ideal es seguir manteniendo contactos con las personas influyentes o participando en proyectos transversales que ofrezcan visibilidad. Es decir, has de mantener actividades que sean un trampolín para tu futuro más allá del trabajo que hagas en el día a día.

Tercero, necesitas asumir que después de determinadas experiencias, es difícil regresar al punto del que se partía. Igual ocurre cuando uno se toma una baja prolongada en el tiempo: las cosas suelen haber cambiado, bien porque alguien ha ocupado nuestra posición, bien porque nosotros mismos hemos evolucionado. Por ello, después de periodos de ausencia en la “carrera laboral tradicional” vale la pena pararse a reflexionar sobre qué es lo que deseamos, en qué podemos aportar más valor añadido y abrir nuestro abanico de posibilidades. En vez de anhelar un puesto similar al de antes de la vía muerta, podemos reinventarnos e imaginarnos trabajando como autónomos, montando un negocio o tomando parte en un proyecto que nos satisfaga. En otras palabras, puedes aprovechar la vía muerta para repensarte a ti mismo y hacer un viraje en tu carrera profesional.

En definitiva, todos nos enfrentamos a decisiones más o menos complicadas en nuestro trabajo y podemos caer de manera consciente o sin darnos cuenta en una vía muerta. La idea no es evitarlas, porque a veces no es posible, porque no queremos o porque nos apetece vivirlas; sino ser conscientes de lo que implican y poner los medios para convertirlas en oportunidades de aprendizaje y de reinvención personal.

Si quieres resolver un problema con alguien, sigue estos cuatro pasos

En ocasiones los conflictos se enquistan porque no hemos sabido ver lo que la otra persona necesita. Cuando esto ocurre, el otro se enfada o llega a tener comportamientos agresivos aunque no sepa el por qué. Sencillamente, deja de hablarnos, nos grita o actúa con cualquier otra respuesta que tenga en su catálogo habitual. En esos momentos, si decimos “no te enfades” conseguimos lo contrario, que el otro aún se cabree más. Por tanto, reconducir un conflicto requiere un modo diferente de comunicación. Así lo comprobó Marshall B. Rosenberg después de trabajar en situaciones realmente complicadas durante los años 60 en el sur de Estados Unidos. Allí reinaba la segregación racial y los actos de violencia estaban a la orden del día. Este psicólogo desarrolló una metodología denominada Comunicación No Violenta (CNV), que le permitió acercar posiciones y reducir la agresividad de ambos bandos. Y dicha metodología podemos aplicarla en nuestro día a día cuando nos enfrentamos a una discusión o a un conflicto.

La CNV parte del supuesto de que el enfado, la agresividad o la violencia, en último extremo, son expresiones de la desesperación o de la impotencia de alguien ante una necesidad no atendida. Por ello, una comunicación efectiva ha de ver más allá de las palabras, de los hechos o de las emociones (aunque algunas nos saquen de quicio). Ha de reparar en las necesidades de fondo que existen y que no están satisfechas, para conseguir una conexión sincera con el otro y con uno mismo. Y eso es lo que propone la CNV, a través de cuatro fases.

La primera fase consiste en observar la situación sin juicio, tanto lo que ocurre fuera como lo que se nos mueve dentro. Una conversación reparadora comenzaría con una exposición sin valoración. No consiste en frases que le hagan al otro sacar el escudo defensivo como, por ejemplo: “trabajas demasiado”, “eres un desastre” o “te enfadas con cualquier tontería”. La idea es comenzar con algo que no se puede cuestionar, como: “cuando te hablo de algo importante para mí y coges el móvil para consultar tu correo…”. Si ha pasado, no se puede negar.

En el segundo paso se han de identificar los sentimientos que surgen tanto al interlocutor como a uno mismo y que pueden ser emociones o sensaciones físicas. Tampoco sirve acusar al otro pensando que él o ella es responsable de todo cuanto me ocurre, con frases como “por tu culpa me siento fatal” o “me enfadas muchísimo”. Si lo hacemos, recordemos, el otro volverá a sacar su escudo protector y la conversación habrá terminado. El objetivo es expresar lo que nos pasa sin juicios. Si seguimos con el ejemplo anterior, sería “cuando te hablo de algo importante para mí y coges el móvil para consultar tu correo, me duele…” (o “me entristezco…”).

La tercera fase es la más difícil de todas porque significa identificar las necesidades de fondo. Todos tenemos necesidades de sentirnos queridos, de pertenencia a un grupo, de ser válidos o reconocidos y de sentirnos autónomos. Cuando dichas necesidades no se ven atendidas, se expresan en emociones poco amigables, como el miedo, la ira o la tristeza. Por ello, si somos capaces de profundizar más allá del sentimiento, podremos tender un puente para una comunicación más efectiva. Si retomamos el ejemplo, la conversación podría ser: “Cuando te hablo de algo importante para mí y coges el móvil para consultar tu correo, me duele porque necesitaría que ayudaras a encontrar una solución a mi problema”.

Y la cuarta fase consiste en exponer la petición concreta que satisface la necesidad. En este punto hay que hablarlo con claridad y no esperar a que el otro saque una bola de cristal para deducirlo. El ejemplo anterior se terminaría añadiendo: “Por tanto, en la medida en que pudieras, me gustaría que escucharas mirándome y compartieras tu opinión”. Lógicamente, lo que el otro haga o diga ya no depende de ti. Pero esta comunicación resulta más eficaz que la opción de decirle directamente: “deja el maldito móvil” o “eres tal y cual porque no me escuchas”.

En definitiva, la CNV ofrece un método para tener conversaciones más auténticas, sin tanta carga emocional y que permita resolver los conflictos. Si somos capaces de hacerlo, seguramente nos ahorraremos muchos problemas.

 

Cuando estás cerca de un pasivo agresivo y no lo sabes (aunque lo sufras)

Tienes una fiesta y a tu pareja no le apetece nada ir. Te dice que va, pero pierde el tiempo de tal manera que, cuando está listo, la fiesta casi ha terminado. O puede que trabajes con un compañero al que constantemente le pides informes que nunca envía y que, cuando se lo recuerdas, se hace “el sueco”. Si has vivido algunos de los ejemplos anteriores, ya conoces los comportamientos pasivos agresivos o la agresividad silenciosa. Todos hemos sufrido alguno y puede incluso que los hayamos protagonizado. Si estas actitudes son la única manera que tiene una persona de relacionarse, es cuando se dice que sufre un trastorno. Pero no hace falta llegar a ese extremo para sufrirlo en el día a día. De hecho, la agresividad silenciosa es mucho más común de lo que nos imaginamos. La encontramos en las relaciones laborales, entre amigos y, por supuesto, en la pareja. Es el resultado de diversos factores: conflictos de autoestima, sensaciones de abandono en la infancia, habitualmente de la madre, de conductas aprendidas… Y la experimentan tanto hombres como mujeres. Los comportamientos agresivos silenciosos son difíciles de reconocer a simple vista, resultan en ocasiones resbaladizos, pero son muy dolorosos para quien lo sufre y para ellos mismos. Veamos cómo actúan para entenderlos.

El silencio es su principal arma

Un pasivo agresivo se enfada como cualquier otro mortal, pero no lo verbalizará y lo expresará de otro modo: ignorando a la otra persona durante tiempos dilatados. Detrás de esa actitud hay dolor, pero una mezcla de orgullo de fondo y de miedo les impide expresar sus necesidades reales. De este modo, si un tercero le expone el conflicto, rehuirá hablarlo. Lo negará o hará como que no existe.

Contigo pero sin ti

Un pasivo agresivo es muy dependiente, aunque no lo reconozca. Le gusta que le cuiden pero al mismo tiempo, desea la libertad, su autonomía y que no le den órdenes. Eso hace que sea un carácter ambivalente e incoherente muchas veces con lo que dice o con las expectativas que tiene la otra persona hacia él o hacia ella.

Agresividad escondida

Su dificultad para expresar lo que quiere, su dependencia y el enfado cuando no se siente querido es un cóctel molotov en las relaciones personales, principalmente. Le lleva a actuar con estrategias de no confrontación: no habla, no presta atención al otro apagando el móvil, olvida lo que se le ha dicho antes… Si la otra persona se enfrenta a su comportamiento, él o ella buscará “salir de rositas” en la discusión, negando la mayor.

Victimismo en estado puro

El pasivo agresivo tiene dificultades para reconocerse a sí mismo lo que le ocurre o de reconocérselo a los demás. Su falta de autocrítica y de flexibilidad le lleva a entender que está en lo correcto y que el resto del mundo es culpable de lo que le sucede. Por ello, aunque se haya pasado varios días sin hablar con la pareja o con un amigo que le insiste con llamadas de preocupación, tiene tendencia a ver solo su propio dolor.

¿Y cómo actuar con un pasivo agresivo? Con tres estrategias. La primera, reconoce al otro cuando ha caído en ese estado y deja que se le pase. Si necesitas discutir o hacerle ver que se ha equivocado, estás perdido. El pasivo agresivo se encerrará más en sí mismo. Por ello, dale tiempo. Su miedo al abandono le hará recular en algún momento. Segundo, toma distancia. No lo vivas como un ataque personal, sino como una respuesta a su dolor mezclado con dificultades para expresarlo. Por ello, aunque te duela, mírale con compasión. Y tercera estrategia, cuando haya pasado la intensidad de su comportamiento, razónaselo de manera calmada, sin acusaciones personales, expresando qué te ocurre a ti cuando él o ella actúan de ese modo. El objetivo es encontrar soluciones conjuntas. Lógicamente, si la actitud es sumamente recurrente, la mejor opción es buscar ayuda profesional.

En definitiva, la agresividad silenciosa es muy frecuente y muy dolorosa. No hace falta tener un trastorno para manifestarla. En la medida en que sepamos reconocerla en la otra persona o, incluso en uno mismo, sabremos actuar con mayor serenidad y eficacia.

¿Cómo puedes remontar una situación?

Hay veces en que las cosas no te salen como te gustaría. Puede ser una relación o un proyecto, algo en lo que has invertido tiempo y esfuerzo y te gustaría remontarlo. Esto le ocurre muy a menudo a los deportistas profesionales cuando están en una final y el resultado no les acompaña. Si pudiéramos identificar qué hacen ellos cuando consiguen dar la vuelta a un marcador, podría darnos claves para saber qué podemos hacer nosotros en nuestra vida personal o profesional. Y esto es lo que analiza de modo muy interesante José Luis Llorente Gento, el que fuera jugador de la selección española de baloncesto, ganadora de la primera medalla olímpica de plata en 1984 en Los Ángeles. José Luis, en su libro Espíritu de remontada, explica qué técnicas utilizan los jugadores de élite de diversos deportes para remontar situaciones difíciles. Veamos su propuesta para aplicarlo en tu día a día.

La primera clave es el deseo. Las cosas que se resisten requieren pasión y esfuerzo. Si no las deseas con fuerza, es difícil que las consigas. Los jugadores quieren un triunfo, pero esa motivación por sí misma no es suficiente. Como dice José Luis, “la remontada comienza con el deseo de ganar una medalla o de pasar la eliminatoria, pero cuando estás enfrascado en el partido, lo que determina que perseveres en el esfuerzo es, por ejemplo, la sensación de que estás haciendo un buen trabajo”. Por ello, el deseo es el punto de partida, pero tiene que haber algo más, un propósito o un disfrute de lo que haces en cada momento. Si este no existe, es difícil que aguantes para estudiar unas oposiciones o preparar ese informe que parece infinito. Por tanto, ¿qué te mueve exactamente en ese proyecto que tienes entre manos? Y, mientras estás haciéndolo, ¿con qué disfrutas?

El segundo elemento clave en una remontada (y en la vida) son los valores. Los valores no son los compañeros del éxito, son la causa y el sello que nos caracteriza. Cuando las cosas no pintan bien o tenemos dudas en decisiones trascendentes, necesitamos acudir a nuestros valores, a lo que nos identifica como personas y que necesitamos tener muy presente cuando queremos remontar una situación. Por ello, pregúntate, ¿qué valores quieres que te definan en estos momentos?

El deseo y los valores son el punto de partida, pero hacen falta más cosas para que la remontada se produzca. Por una parte, necesitamos trabajo y esfuerzo, confianza en uno mismo y en el equipo, generosidad en lo que hacemos y un entorno que nos rete. El trabajo, aunque sea rutinario, nos ha de entrenar para nuestro objetivo final. Como resume José Luis con la metáfora de la película Karate Kidde fondo: “dar cera, pulir cera: conecta lo que haces con la mejora de tus capacidades”. Las remontadas se consiguen cuando hay energía para ello, porque una vocación sin esfuerzo solo es imaginación. No se consiguen los grandes objetivos sin sudar la camiseta y sin paciencia. Por ello, ¿cuánto estás dispuesto a trabajar para lograrlo?

Otras dos claves importante son la confianza y la generosidad. La confianza en uno mismo y en otros nos crea los espacios de libertad necesarios para sacar lo mejor de nosotros mismos. La confianza es la puerta de la creatividad, tan necesaria para buscar las soluciones a problemas que se nos resisten. La generosidad es la vertiente ética de los valores, la virtud más apreciada en los equipos y una motivación poderosa. Lo que hacemos por otras personas a veces es muy superior a lo que haríamos por nosotros mismos. Por eso es tan importante un entorno retador, con el que compartamos valores y que nos anime a esa remontada. Si piensas en ese proyecto que tienes entre manos, ¿tienes confianza en ti y en quienes te rodean?, ¿estás siendo generoso?, ¿tu entorno te apoya?

En definitiva, todos necesitamos remontar situaciones que nos resultan difíciles y estas pueden resultar más fáciles si nos apoyamos en un deseo real, una motivación que nos anime, valores, confianza y generosidad en un entorno retador. Así sucede a los deportistas de élite según José Luis Llorente, así puede sucedernos al resto.

Las doce preguntas clave para saber si tu ambiente de trabajo ilusiona (o no)

¿Qué caracteriza a los mejores ambientes de trabajo respecto a aquellos que no ilusionan? Esta pregunta se la formularon hace años Marcus Buckingham y Curt Coffman de la empresa Gallup. Estaban interesados en el ambiente de trabajo, no en el mobiliario o en las condiciones físicas, sino en aquello que se respira, que anima o que desmotiva profundamente y que depende del jefe, los compañeros y las políticas organizativas. Para encontrar la respuesta, Gallup realizó una investigación que duró veinte años y por la que pasaron más de un millón de personas. El resultado fueron doce claves. Dependiendo de las respuestas que dieran los trabajadores a doce preguntas, se podría valorar si era un ambiente óptimo o no. Veámoslas a continuación y, si quieres y por simplificar, intenta responderlas con un “sí” o un “no” pensando en tu situación laboral. Después, cuenta el número de respuestas de cada tipo:

  1. ¿Sé lo que se espera de mí en el trabajo?
  2. ¿Dispongo de los materiales y el equipamiento que necesito para hacer correctamente mi trabajo?
  3. En mi trabajo, ¿tengo la oportunidad de realizar diariamente lo que mejor sé hacer?
  4. En los últimos siete días, ¿he recibido algún reconocimiento o elogio por hacer bien mi trabajo?
  5. ¿Tengo la sensación de que mi jefe u otra persona de la empresa se interesan por mí como persona?
  6. ¿Hay en la empresa alguna persona que me anima en mi desarrollo?
  7. ¿Tengo la impresión de que mis opiniones son importantes en mi ámbito de trabajo?
  8. ¿La misión de mi compañía me hace sentir que mi trabajo es importante?
  9. ¿Las personas que trabajan conmigo están comprometidas para hacer un trabajo de calidad?
  10. ¿Tengo un buen amigo en la empresa donde trabajo?
  11. En los últimos seis meses, ¿alguna persona de la empresa me habló sobre mis progresos?
  12. ¿La empresa me brindó oportunidades de aprender y de crecer durante el último año?

Si has contestado a todas “sí”: enhorabuena. Estás en un ambiente motivador, tu jefe se preocupa por ti y la empresa pone los medios para que puedas dar lo mejor de ti mismo. Si, por el contrario has puntuado todas “no”, quizá sea momento de pensar en un cambio. En caso de respuestas intermedias, valora qué porcentaje pesa más para reflexionar sobre ello.

Como habrás podido observar, muchas de las preguntas están relacionadas con la manera en la que dirigen los jefes. Y es lógico. El jefe tiene la capacidad de comunicar con claridad, de darle sentido a lo que haces, de reconocerlo y de preocuparse por ti como persona. Por eso no es de extrañar que en la investigación de Gallup se concluyera que las doce claves que caracterizan a los mejores ambientes de trabajo también son las que definen a los jefes extraordinarios. Aquellos líderes que motivan, ilusionan y, además, obtienen resultados a largo plazo consiguen buenos ambientes de trabajo, es decir, cumplen con las doce claves anteriores, según la investigación posterior que realizó Gallup a 400 jefes.

En definitiva, si tienes equipo, intenta preocuparte por esas doce claves para crear un ambiente de trabajo ilusionante; y si no tienes gente a tu cargo, valora la situación, mira qué cojea en tu empresa y toma decisiones si fuera necesario. Septiembre es un buen mes para plantearse cambios.