¿Qué le sucede al cerebro masculino cuando va a ser padre?

Aunque sea un hijo muy buscado, el mundo de las preocupaciones se puede despertar y tiene su momento más álgido entre la cuarta y sexta semana después de conocer la noticia, según un estudio realizado en Australia en más de 200 parejas.

Las preocupaciones de los futuros papás giran en torno a tres ejes: la relación de pareja, el trabajo y cómo no, el sexo (y ya no hablemos si no fuera deseado, que posiblemente las preocupaciones se convertirían en angustia). Como además, cada persona expresa lo que le inquieta de un modo distinto, no es de extrañar que al principio del embarazo el hombre se pueda mostrar más distante o más ensimismado, dándole vueltas a la cabeza. No es que no le ilusione (que en algunos casos puede que sea así), sino que sencillamente, la química le lleva a ello.

Durante el embarazo el mundo de las preocupaciones continúa, pero la química se encarga de reducir el interés sexual en un momento en el que la fecundación no es posible. Todo ello lo hace a través de dos hormonas, fundamentalmente: la testosterona y la prolactina. La testosterona es la hormona reina del hombre, que le lleva a la fuerza, al dominio y a la agresividad. Cuando la pareja está embarazada, esta hormona desciende y tiene su nivel más bajo durante las tres semanas previas al parto, que llega a ser hasta un 33 por ciento menos. Por el contrario, la prolactina aumenta hasta un 20 por ciento en el mismo periodo de tiempo. Gracias a ella, le ayuda a desarrollar nuevos instintos paternales como agudizar el oído cuando el bebé llore o a disminuir el instinto sexual durante los meses de gestación. Es también la responsable de que algunos padres, sobre todo primerizos, sufran el síndrome de Couvade o “embarazo empático” y que aumenten de peso como si ellos también estuvieran embarazados (si eso te ha ocurrido, al menos, ya tienes la explicación: la prolactina). Pasado un tiempo, las dos hormonas se reajustan, curiosamente, después de la cuarentena y cuando el hijo camina es cuando regresan a su nivel original, tal y como explica Louann Brizendine en su libro “el cerebro masculino”.

Cuando el hombre sabe que su pareja se ha quedado embarazada, comienza un baile hormonal en su cerebro

La química del cerebro del hombre también le lleva a despertar el instinto protector con su hijo y la sensación de satisfacción. Cuando el bebé sonríe a su padre al cambiarle el pañal o al hacerle una carantoña, el circuito de recompensa del hombre se activa, le hace sentirse muy bien y, sobre todo, le refuerza su lazo de unión con su hijo. Por eso, es muy importante que haya un contacto diario del padre con su hijo y que la mujer le deje ser parte de dicho cuidado desde el primer momento, aunque alguna crea que su pareja no es tan ducho en la materia y alguno prefiera escaquearse de ciertas rutinas. Todo ello tiene ventajas muy considerables, una de ellas para el padre, que le ayuda a desarrollar oxitocina, la hormona del placer y que le hace sentirse muy bien consigo mismo. También tiene ventajas para el niño o la niña. El papel coprotagonista del padre ayuda a que el pequeño gane más confianza en sí mismo. Igualmente, la forma de jugar del padre, que suele saltarse algunas reglas o que es bien distinta a la de la madre, es un estímulo para el aprendizaje del hijo. La ventaja del coprotagonismo durante los primeros meses es también para la pareja. Aunque un bebé es un factor de estrés para una relación (no nos engañemos), al menos si el padre se involucra desde el primer momento y la madre no critica lo que él hace, se refuerzan los lazos como pareja. Por todo ello, vale la pena intentarlo.

En definitiva, nuestro cerebro nos ha permitido llegar hasta aquí como especie. Por ello, no es de extrañar que las reacciones químicas del hombre comiencen cuando conoce la noticia de su paternidad y duren toda la vida. El objetivo es la crianza, pero el hecho de ser padre también tiene un beneficio personal para el hombre, que le ayuda a acceder a nuevos registros emocionales donde hay más cariño y más disfrute de las pequeñas recompensas

Los seis consejos que le darías a tu hija en su trabajo

Decía Michelle Obama que Fred Astaire y Ginger Rogers tenían el mismo trabajo. Los dos bailaban, solo que ella lo hacía con tacones.

Y esta es una buena metáfora para reflejar las dificultades que viven muchas profesionales cuando quieren prosperar en el mundo laboral. Tampoco quiero decir que la carrera de los hombres sea un camino de rosas pero, reconozcámoslo, la incorporación de la mujer al trabajo retribuido es relativamente reciente. Por tanto, no es de extrañar que social y educativamente todavía suframos algunos desafíos, que dependen de nosotras y que tenemos (y debemos) plantarles cara para progresar. Y no sirve solo con culpar al mundo de lo que nos ocurre o de quejarnos que cobramos menos comparativamente, que es cierto y que hay que ponerlo encima de la mesa. El auténtico cambio se producirá cuando seamos nosotras las que comencemos a hacer cosas diferentes. Veamos en cuáles podemos comenzar:

Supera del síndrome de niña buena. A muchas nos han educado en ser buenas chicas, es decir, en buscar agradar a todo hijo de vecino para sentirnos queridas y valoradas. Está muy bien, se desarrolla una empatía extraordinaria, genera confianza pero, cuidado, desde ahí se olvida algo fundamental, que es a una misma. Lo que nosotras necesitamos tiene el mismo valor que cualquier otra necesidad, sea la pareja, los hijos, el jefe o los compañeros. No digo hacer todo cuanto se nos ocurra, sino tener el coraje de preguntarse honestamente: “¿Qué es lo que yo realmente deseo, más allá de sentirme querida por el resto?”. Solo así surge la fuerza de la determinación para tomar decisiones.

Gana visibilidad. Hay muchos jefes que te pueden proteger. Como hacen los pájaros, que cuidan a sus crías bajo el ala. Ahí se está a gusto, no hay peligros, pero tampoco se vuela. Muchos jefes que tienen esta tendencia suelen evitar dar visibilidad. Por ello, el camino del liderazgo personal sea en una empresa o en una familia requiere dosis de atrevimiento para salir de posiciones menos cómodas pero mucho más enriquecedoras.

Aprender a “vender” nuestro trabajo. Esta palabra suena mal, lo sé, pero necesitamos hacernos a la idea de que necesitamos poner en valor lo que hacemos. Como dice Sheryl Sandberg, la directora financiera de Facebook y considerada como una de las mujeres más poderosas de Estados Unidos: “A los hombres se les contrata por las expectativas y a las mujeres por los resultados”. Y esto no es responsabilidad de ellos, sino de nosotras mismas. No esperemos a que otros digan lo buenas que somos, sino tomemos nosotras la iniciativa.

Haz de tu pareja tu auténtico compañero. Este punto no siempre es fácil. En casa puedes tener un aliado o alguien que te ponga palos en las ruedas. Desarrollar una carrera profesional es bien complicado si cada vez que abres la puerta de casa se inaugura una batalla campal por el trabajo. El remedio es fácil (decirlo, que no siempre conseguirlo): sustituir los mensajes de o yo, por nosotrospara que tu pareja sea tu aliado. La pareja necesita confianza y sentir que es alguien muy importante en tu vida. Cuando te centras mucho en el trabajo, puedes olvidarte de darle ese espacio y luego surgen los problemas. Por supuesto, que dichos problemas pueden nacer por mil y otros motivos, pero lo que está claro es que la vida es más fácil si la persona que está a tu lado es un auténtico compañero, como así confirman los datos: de las 28 mujeres que han sido CEOs de las Fortune 500, 26 están casadas, una divorciada y una soltera.

Ten un mentor en tu vida. Un mentor o mentora es quien te comparte su experiencia de manera generosa para ayudarte. No tiene por qué gestionarse a través de programas formales de empresa, sino que puede ser una misma quien lo solicite a quien tenga tiempo y ganas de aportar. Por ello, escoge a alguien con quien has tenido una interesante conversación y tómalo como mentor o mentora para ayudarte.

Y olvídate de la culpa. Posiblemente, el sentimiento de culpa es una de nuestras especialidades. No hablamos de la emoción que surge por cometer un delito, sino de algo más cotidiano y sutil: por no estar a la altura, por no ser mejor madre y profesional, por no estar más tiempo con la pareja… en fin, un sinfín de motivos que nos hacen daño. Pues bien, detrás de la culpa hay dos claves: expectativas de una misma más cerca de superwoman que de otra humana y un perfeccionismo imposible. Así pues, quitémonos la capa de superheroína que puede con el mundo, aceptemos que somos lo que somos y divirtámonos con ello.

¿Preocupación o influencia?

Tenemos dos maneras de contemplar lo que nos ocurre: desde las preocupaciones o quejas o desde nuestra capacidad de influencia o margen de maniobra. Decidir una u otra depende de uno mismo. Veamos cómo.

Si queremos ser más efectivos, centrémonos en lo que está en nuestras manos. Así lo sugería hace años Stephen Covey después de analizar qué diferenciaba a las personas que eran más efectivas con su vida personal y profesional. De algún modo, todos tenemos preocupaciones como la salud, el trabajo, el dinero o la felicidad de nuestros hijos. Todo lo que nos inquieta conforma nuestro círculo de preocupaciones, según Covey. Al mismo tiempo, también tenemos margen de maniobra, como llevar una dieta sana, estar en un aprendizaje continuo, ser prudentes con nuestros gastos o dedicar tiempo a la educación de nuestros hijos. Dichos ejemplos conforman nuestra capacidad de influencia. Nuestro círculo de influencia recoge, por tanto, todo cuanto podemos hacer. Y dependiendo de a qué círculo pongamos nuestra atención, definiremos nuestro carácter.

Las actitudes reactivas son aquellas que se centran fundamentalmente en las preocupaciones o en las quejas (círculo de preocupación). Es lo que se vive con intensidad en las máquinas de café de muchas empresas, cuando nos quejamos del jefe, de la compañía o de qué mal va el mundo. También habita en muchas conversaciones familiares, cuando se hace un recorrido de todos los problemas y enfermedades. Seguro que se te ocurren ejemplos de momentos donde el círculo de las preocupaciones campa por sus anchas. Desde esa energía, uno se queda sin fuerzas y hastiado de todo cuanto ocurre. Por ello, una actitud reactiva espera que la solución venga desde fuera y anula la sensación de serenidad.

Cuando parece que no se puede hacer nada, siempre tenemos la posibilidad de cambiar nuestra actitud ante lo que se vive.

Las actitudes proactivas, sin embargo, ponen su atención en aquello que está en tus manos (círculo de influencia). Dichas actitudes contemplan las dificultades como desafíos y acaban desarrollando una visión más optimista de la vida. Cuando una persona desarrolla esta mirada y se enfrenta a un problema, pone creatividad en resolverlo, lo que le permite ver la botella medio llena, que no medio vacía. Todo ello, incluso, en cuestiones donde parece que hay poco margen de maniobra, como la enfermedad de un familiar, por ejemplo. Cuando parece que no se puede hacer nada, siempre tenemos la posibilidad de cambiar nuestra actitud ante lo que se vive. Verlo así nos da fuerza y nos ayuda a desarrollar la proactividad. Por tanto, una actitud proactiva busca la solución que depende de uno mismo y eso le confiere mayor capacidad para ser feliz.

Pues bien, según la investigación que realizó Covey descubrió que las personas que tienen tendencia a ser proactivas identifican que tienen un mayor círculo de influencia en su vida. Sin embargo, aquellos que son más reactivos perciben que su círculo de preocupaciones es mayor. Y esto es lo realmente interesante. Tanto nuestras inquietudes como nuestros márgenes de maniobra son percepciones de la realidad. En la medida que le pongamos más energía a lo que nos inquieta, dejaremos de ponérsela a lo que nos da fuerza. Es una cuestión de “ancho de banda”. Nuestros pensamientos habitan en un espacio finito y el porcentaje que le dediquemos a una u otra cosa, nos define como personas.

Por ello, ante una preocupación piensa: ¿Qué puedes hacer? ¿Cuál es tu margen de maniobra? Si crees que es ninguno, recuerda que siempre te queda variar tu actitud, es decir, entender lo que estás viviendo como un aprendizaje. Todo ello lo puedes entrenar en cada preocupación a la que te enfrentes y cuando lo conviertas en un hábito verás, además, que tendrás una mayor sensación de capacidad de influencia.

 

El absurdo ejercicio de lo que hubiera sido y no fue

Es un error pensar que la vida es un examen, que podamos copiar al de al lado. Cada uno tenemos un examen diferente. 

Si quieres sufrir de manera absurda, utiliza la expresión: “si yo hubiera hecho tal cosa, me habría pasado tal otra mejor”. “Si hubiera montado este negocio, me habría hecho rico” o “si hubiera estado con tal persona, habría sido más feliz”. Son pensamientos que no nos dejan nada tranquilos. Es más, estas ideas nos ayudan al “arte de automachacarnos” y favorecen a que se despierte la envidia, emoción que está en las antípodas de la felicidad. Y lo que es peor, son falsos, porque la trampa está en pensar que el éxito es replicable en otra persona o en otro contexto o en otro momento. El éxito y el fracaso son unipersonales, sujetos a un momento preciso en el tiempo y de las circunstancias. Por tanto, imaginar cosas que no ocurrieron es una proyección de nuestra mente, que tiene el riesgo de llevarnos al lamento. Como lo resumió un amigo, es un error pensar que la vida es un examen, que podamos copiar al de al lado. Cada uno tenemos un examen diferente, incluso con unas preguntas que cada cual decide. Pues bien, cuando nos machacamos por intentar copiar a alguien o por lamentarnos por otra situación diferente, estamos cayendo en el “efecto de lo que podía haber sido” y que no ocurrió.

El “efecto de lo que podía haber sido” se recoge en la película “La La Land”, la ganadora de tantos premios y que esta semana se enfrenta a la gran noche de los Oscar. En un momento dado, se revive lo que en la mente de cualquiera puede ocurrir cuando nos imaginamos qué vida hubiéramos tenido si hubiésemos tomado otra decisión diferente (hasta aquí puedo contar para no desvelar claves para quien no la ha visto todavía). En la película queda muy bien. Pero en nuestra cabeza no suele ser tan “resultón”, ya que el pensamiento se queda ahí enganchado. Por tanto, veamos qué podemos hacer para salir más airosos.

Evita la frase “si hubiera…”.Cuando te reconozcas en ella, ponte una alarma. Recuerda el éxito es personal, como lo es el fracaso. Pensar que si entrenas horas y horas al tenis, puedes convertirte en un Nadal, es falso. Lógicamente, si no entrenas, nunca llegarás a ser un jugador de élite, pero aunque lo hicieras, no sabes si podías haber tenido una lesión o caer en una desmotivación profunda. Quién sabe.

Plantéate alternativas más amables. Lo que nos hace sufrir es que ante una decisión del pasado imaginamos que nos hubieran ocurrido mejores cosas. Por ejemplo, si hubiera continuado con mi anterior relación de pareja, me hubiera ido mucho mejor que con la actual. O si no hubiera cambiado de trabajo, no lo estaría pasando tan mal. No se sabe. Quizá hubieras tenido que lidiar con una infidelidad o con un despido. Por tanto, si tu mente se va a otras opciones siempre muy positivas (mayor felicidad en la pareja o en el trabajo), aunque sean falsas, plantéate otras alternativas que hubieran sido también posibles, pero no tan positivas (posible infidelidad o despido, por ejemplo). Puestos a imaginar, al menos piensa algo que te sea más amable a ti mismo.

Acepta que cada día tomamos las decisiones como mejor podemos. La vida es muy fácil a posteriori. Es como pensar: “si hubiera ido a tal sitio a comprar ese décimo de lotería, me habría hecho rico….” Resulta absurdo, ¿verdad? Por lo tanto, si pensamos eso con nuestras decisiones cotidianas, quedaría igual de ridículo. Además, vamos cambiando con el tiempo, y lo que hacemos en un momento dado no es replicable con lo que hicimos en el pasado o haremos en un futuro. Eres humano y como tal, imperfecto, con capacidad de error. Ahí está la gracia de estar vivo.

Y por último, aprende. Evitar el “efecto de lo que podía haber sido” no es incompatible con aprender del pasado, con buscar referencias en otros y con atreverse a explorar. Simplemente, el objetivo es evitar el lamento, evitar sufrir de manera innecesaria y tomar elementos que nos ayuden a crecer como personas.

Cómo mantener conversaciones cruciales con éxito

Lo que nos molesta y no decimos nos pasa factura con el tiempo. Para evitar que se dañe una relación personal o profesional necesitamos conversar los temas cruciales de un modo saludable. No es fácil, pero es posible. Veamos cómo.

Seguro que hay temas de conversación que se te hacen difícil tratar con la pareja, con un amigo o con una persona del trabajo. Puede que sea para decirle a un colega que no colabora, pedirle a un amigo que te devuelva un dinero, poner un límite a tu hijo adolescente o tratar con tu pareja algo de su familia. Como no sabes cómo abordarlo, puedes optar por varias opciones, desde callarte y pasar página, lanzar algún reproche más o menos velado, utilizar un humor mordaz que no le hace gracia a nadie o entregarte a la causa de la discusión abierta. Pues bien, cualquiera de las anteriores respuestas no son precisamente el modo más adecuado para resolver una conversación crucial. Según Patterson, Grenny, McMillan y Swiltzler, una conversación crucial es aquella que reúne tres características: hay emociones intensas, te enfrentas a opiniones contrarias y existen factores importantes en juego. Y lo que es peor, no estamos preparados (ni nos hemos educado) para mantener con serenidad conversaciones de este estilo. Nos sabemos por dónde empezar, las emociones nos ciegan, improvisamos, y acabamos diciendo cosas poco afortunadas. Pero no está todo perdido. La buena noticia es que aunque no nazcamos con esta habilidad, se puede entrenar la respuesta, como proponen dichos autores y como he comprobado en el acompañamiento de personas a lo largo de estos años.

El primer paso consiste en reconocer cuándo una conversación es crucial. Puede que hayas comenzado hablando del tiempo y, de repente, se comience a sacar trapos sucios del pasado mal resueltos. O puede que lo supieras de antemano, porque fueras a tratar un tema delicado. Sea una opción u otra, necesitas tomar conciencia de que esa conversación, con esa persona y en ese preciso momento es crucial y que muy probablemente, te pueda sacar de tus casillas.

Segundo, necesitas identificar qué te está ocurriendo en dicha conversación. De algún modo, esta habilidad te requiere ser “más inteligente” que tu propio enfado (cosa que suele ser “de nota”). No culpar al otro sino preguntarse, ¿qué me está sucediendo con todo esto? Porque al final, nuestras emociones dependen en gran medida de la lectura que hacemos de la realidad. No es tanto lo que el otro diga, sino la interpretación que tú hagas con eso. Para ello, te puede ayudar reflexionar una pregunta: ¿Qué actitud tomas bajo presión o cuáles son tus descarriladores? Puede ser ironía, salir escopetado, abrir un silencio incómodo o lanzar comentarios agresivos. Cada uno tenemos un “descarrilador preferido”, así que identifica cuál es el tuyo para poder gestionarlo.

El tercer paso consiste en dar seguridad a la otra persona. Si tú te sientes atacado por la situación, el otro seguramente también. Detrás de la ira o del silencio, suele haber dolor y miedo. Si te quedas en el ataque de sus palabras, no habrá manera de salir con éxito de la situación. Por ello, necesitas ampliar la mirada y preguntarte, ¿qué le está ocurriendo al otro más allá de lo que dice o hace? Si eres capaz de ver su miedo, serás capaz de darle más seguridad con tu actitud y no reparar tanto en su reproche o en su silencio.

Y el último paso consiste en encontrar un objetivo común. Si te quedas solo en las diferencias, no habrá manera de avanzar. Lo importante es encontrar qué os une (si hay algo que os una). Para ello, vale la pena preguntarse: ¿Qué deseo realmente para mí mismo? ¿Qué deseo para el otro? ¿Qué deseo realmente para la relación? ¿Cómo me comportaría si realmente deseara estos resultados? De este modo, se construye una respuesta mucho más saludable para vosotros dos.

Todo lo anterior necesita entrenamiento y mucha autocrítica. Si tienes interés en continuar la relación, no sirven las frases “es que el otro…”, porque desde ahí no se avanza. Tu única y mejor alternativa consiste en identificar tu margen de maniobra en las conversaciones cruciales y desde ahí, construir juntos una relación más saludable para los dos.

Por qué pensamos que Marilyn Monroe era menos inteligente que Einstein

Cuando Marilyn Monroe tuvo la oportunidad de conocer a Albert Einstein, le hizo la siguiente pregunta: “¿Qué dice, profesor, deberíamos casarnos y tener un hijo juntos? ¿Se imagina un bebe con mi belleza y su inteligencia?”. Einstein esbozó una sonrisa y le contestó, muy seriamente: “Desafortunadamente, me temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y con su inteligencia”.

Esta anécdota, puede que apócrifa, ocurrió en 1949 y resulta simpática, no tanto por la ocurrencia de Einstein, sino por su propio error. Marilyn Monroe tenía un cociente intelectual de 165, cinco puntos por encima al de Einstein, pero nadie a priori podría suponerlo. ¿Por qué? Por un simple motivo: los estereotipos. Einstein era un genio en física, en algo que a la mayor parte de los mortales se nos hace muy complicado de entender. Marilyn, sin embargo, era actriz, rubia, con unas curvas que la hicieron famosa en el mundo entero y con un trabajo, el cual no parece que fuera tan complicado como el del físico. Creemos que en determinadas profesiones la inteligencia no resulta tan necesaria para triunfar y nos fijamos en otras cosas. Y todo ello sucede porque contemplamos la realidad bajo ciertos estereotipos, aunque no seamos conscientes de ellos.

Los estereotipos son creencias colectivas que etiquetan la realidad. Nacen de nuestra mente programada para la supervivencia, que no para la felicidad. Una de las claves para sobrevivir es la velocidad a la hora de procesar la información. Por ejemplo, si vemos un león por la calle, la mente no se pone a analizar el origen del león, si viene de África o de un zoo, sino que directamente nuestros circuitos mentales nos van a gritar: ¡Sal corriendo! Para llegar a esa orden, hemos tenido que etiquetar la realidad: “León por la calle, peligro”. Y dichas etiquetas inconscientes las aplicamos a todo y pensamos que las rubias son tontas o que todos los mexicanos son violadores como alguno ahora va diciendo en Estados Unidos. De este modo se crean los estereotipos, que tanto daño hacen a las personas.

Las discriminaciones nacen de estereotipos injustos. Etiquetamos a las personas de un determinado país o pensamos que lo más importante que han de hacer las actrices está en su físico, que no en su inteligencia o en su trabajo. Por ello, no es de extrañar que décadas después de la anécdota de Marilyn y Einstein las actrices se hayan puesto en pie de guerra y se rebelen contra los estereotipos que siguen acosándoles. Hagan peinetas si se les pregunta sobre qué ropa o qué joyas llevan en una entrega de premios o decidan no maquillarse. Al fin y al cabo, los estereotipos se fortalecen con el comportamiento colectivo, pero también se pueden desmontar.

Todos sufrimos un determinado estereotipo. En algunos casos, porque se es mujer y no se piensa que sea inteligente; o porque se es hombre y se tiene que actuar de una determinada manera… Etiquetas y etiquetas que a quien lo sufre, no le hace la menor gracia. Pues bien, si quieres salir de un estereotipo, cuestiónalo. No lo aceptes a priori. Porque cuando se cuestiona se avanza. Es posible que quien te rodea no lo entienda, pero no importa. Si crees que algo no es justo, dilo. Por eso, aplaudo las iniciativas de las famosas que se resisten a los estereotipos de analizar solo su trabajo por su ropa, que no por su inteligencia. O aquellos que se rebelan contra etiquetas por su lugar de origen. Y todo ello porque es injusto, porque se pierde talento, porque es miope y porque se comete errores, como el que le ocurrió al mismo Einstein.

Si quieres triunfar, haz valer tu trabajo

TRIUNFO

Si quieres progresar en una organización, no solo trabaja bien, sino haz valer lo que consigues, porque si tú no lo haces, puede que alguien lo haga por ti.

Pones en marcha una iniciativa, confías que tu jefe se dé cuenta, pero no es así. Un compañero en una reunión de equipo lo comenta como si fuera una idea suya. Y tu jefe, que a veces parece que está en las nubes, le gusta, le pone a él como ejemplo ante el resto y tú te quedas con cara de póquer por lo ocurrido. ¿Situación atípica? En absoluto. Aceptemos que no es justo, que el jefe no ha hecho bien su trabajo y que el compañero se ha colgado una medalla que no le pertenece. De acuerdo, pero en lo que has de fijarte es en tu margen de maniobra: tú podías haberlo comentado antes.

Muchas personas se resisten a hablar de sus éxitos por pudor, por humildad o porque consideran que es el jefe quien ha de saberlo. En un mundo ideal no sería necesario, pero las organizaciones no son perfectas y muchas veces no ascienden los mejores, sino los que mejor han sabido vender su trabajo. Y como siempre, podemos pelearnos por lo que debería ser o bien podemos aceptar la evidencia y actuar desde un punto de vista práctico. Y si quieres reconocimiento o desarrollar tu carrera profesional, vale la pena aprender a poner en valor lo que haces aunque te cueste. Veamos cómo.

Hacer valer tu trabajo forma parte de tu responsabilidad

A casi todo el mundo le gusta el reconocimiento. Algunos lo disimulan más y hay quien se le ve desde lejos. Sin embargo, lo que sí es común es que nos molesta que alguien se atribuya méritos que son nuestros. Por ello, en la agenda de tareas también necesitas incluir el dedicar tiempo para comentar lo que estás haciendo. Al fin y al cabo, vender es humano, como dice Daniel Pink, y de un modo u otro todos lo hacemos. Eso no significa colgarse todo el tiempo medallas, sino en reuniones con jefe o con otras áreas, habla de los proyectos, del posible esfuerzo que te está suponiendo o de lo que estás consiguiendo. No esperes que sea el jefe el que se siente y te lo valore desde el primer momento, porque puede que esté en otros temas o que sinceramente, no sea tan bueno en la gestión de personas.

No olvides al equipo

Cuando decimos hacer valer el trabajo no significa caer en el “yo, yo y solo yo”. Los grandes logros requieren colaboración y trabajo en equipo. Por ello, cuando hables de lo que estás consiguiendo, incluye y reconoce también a las personas que te están ayudando. Al igual que es poco recomendable pasar desapercibido, es preocupante no valorar a quienes colaboran contigo.

Sé sincero y sin exageraciones

Cuando se piensa en hablar de los méritos entra el pudor de qué dirán. Este miedo es, por cierto, muy latino. En la cultura estadounidense no se “cortan” en absoluto y son capaces de venderse a sí mismos en cualquier situación. Pero a nosotros nos cuesta. Por ello, has de encontrar tu estilo sin caer en exageraciones, que rechinarían en nuestra forma de ser. Tampoco hay que atribuirse méritos que no te corresponden. Habla con sinceridad y con humildad (en este contexto podemos decir que humildad no significa no hablar de los logros, sino no amplificarlos y no creérselo tampoco en exceso).

Acepta los reconocimientos sin echar tierra sobre tu propio tejado

Y por último, el pudor excesivo nos impide aceptar los reconocimientos, aunque sean muy deseados. Los comentarios del tipo “no, si no importa… no es nada… no vale la pena…” ocultan muchas veces una falsa modestia o un matiz cultural. Si te nacen, de acuerdo, no pasa nada, pero no te excedas. Por agradar al otro no caigas en la tentación de desmontar tu propio esfuerzo. Por ello, ante un reconocimiento, reconoce también a quien te ha ayudado y aguanta el tipo sin echar tierra sobre tu propio tejado.