Imaginemos por un momento que podemos volver a nuestra infancia y en el colegio nuestro profesor nos dice el primer día de clase: “Todos tenéis un 10 de nota. Lo único que tenéis que hacer es no perderlo”.

Seguro que algo hubiera cambiado en nosotros. Así comienzan sus clases algunos profesores de escuelas estadounidenses bajo un lema poderoso: hemos de impulsar nuestras fortalezas personales para convertirnos en la mejor expresión de nosotros mismos. Este concepto es el opuesto a estar preocupándonos continuamente en nuestras áreas de mejora, es decir, en nuestras limitaciones. De algún modo, parece que nuestra educación nos ha tratado como bonsáis, para estar siempre alineados con lo que deberíamos ser en todo momento y podarnos aquellas “ramas” que se salían de la norma. Con dicha filosofía, es imposible desarrollar nuestro talento innovador. No es de extrañar que personas muy creativas tengan infancias diferentes a las tradicionales. Así ocurrió con Steven Spielberg. Sus padres eran peculiares, le permitieron grabar a los doce años con la cámara de video que se había comprado imágenes de cómo quedaba la salsa de tomate sobre sus hermanas imitando a la sangre de las películas –hablamos de los años 50-. En nuestra cultura,  hubiera habido mayor preocupación por las manchas en la ropa que por la creatividad de los niños.

Así pues, si queremos que nuestros hijos desarrollen al máximo su talento, debemos crear los espacios para que puedan expresar todas sus fortalezas y jugar con la realidad. E igual en el mundo laboral. Si queremos desarrollar todo nuestro talento, no debemos solo fijarnos en nuestras áreas de mejora, sino impulsar también nuestras fortalezas. Cuando se aplica este cambio de actitud en las empresas, se obtienen resultados sorprendentes, como ha demostrado Jack Zenger después de estudiar a 24.657 directivos y mandos medios. A lo largo de un año de trabajo de desarrollo de liderazgo, aquellos que pusieron foco en sus fortalezas en vez de en sus áreas de mejora consiguieron duplicar la valoración en la satisfacción de sus empleados, mejoraron el ambiente de trabajo y, sobre todo, los resultados de negocio. No cabe duda que vale la pena el cambio.

Veamos algunas recetas de cómo desarrollar nuestras fortalezas.

Receta

  1. Identifica tus fortalezas personales. Seguro que hay algo que se te da especialmente bien. Piensa en algo que hiciste en el pasado y de cuyos resultados estés especialmente orgulloso y recoge qué tipo de habilidades pusiste en juego. Por ejemplo: haber aprobado aquel examen por tu constancia; haber conseguido aquel proyecto o aquella relación, que implicó gran confianza en ti mismo…
  2. Llama a tres personas que te conozcan bien y pregúntales qué tres habilidades destacarían de ti. Por favor, que no te hablen de las áreas de mejora, sino de aquello en lo que eres realmente bueno. A veces cuesta incluso preguntarlo, pero atrévete. La experiencia es bonita. Y si es posible, incluye a alguien de la familia, un amigo o un compañero de trabajo.
  3. Imagina, si pudieras desarrollar al máximo las fortalezas identificadas, qué cosas nuevas podrías hacer. Por ejemplo, si la confianza en mí mismo la desarrollara aún más, a qué me atrevería. Con todo ello, define después un plan de acción, es decir, qué nuevos pasos puedo hacer para desarrollar aún más lo que se me da bien.

Fórmula

Comienza a pensar en tus fortalezas, en aquello en lo que destacas, y piensa qué cosas nuevas podrías hacer si las desarrollaras aún más.

LABTAG