Somos unos afortunados. Sé que puede sonar a comentario hueco con cuatro millones de desempleados en nuestro país y en un entorno con noticias económicas tan pesimistas. Pero si observamos la realidad con un poco de perspectiva, entenderemos que tenemos suerte de vivir en esta época.

Hace apenas siglo y medio, la esperanza de vida en España no sobrepasaba los cuarenta años y la población alfabetizada tan sólo alcanzaba al 24 por cierto, por no hablar de las condiciones laborales u otra serie de derechos que ahora consideramos normales. Si tomamos perspectiva mundial, en la actualidad países de Asia y de Latinoamérica están creciendo a doble dígito, por lo que su ánimo es bien diferente. Sin embargo, nosotros estamos tristes.

Las empresas están esperando decisiones estructurales para hacer resurgir una economía debilitada pero no podemos olvidar nuestra propia responsabilidad. Cualquier organización supone también un estado de ánimo, al que nosotros de un modo u otro contribuimos. Es difícil competir desde la apatía o imaginar un nuevo futuro si arrastramos la nostalgia de los años de bonanza. Ya han pasado y no volverán en mucho tiempo, si es que han de volver. No vivimos una crisis económica, sino un cambio histórico que a pesar de sus connotaciones negativas, sigue siendo mucho mejor que cualquiera de los que vivieron nuestros antepasados. Además de medidas estructurales, también necesitamos entusiasmo, palabra que etimológicamente proviene de en-teos, divinidad interna.

El entusiasmo no proviene de fuera, sino de dentro y depende de cada una de las decisiones que tomemos en nuestro trabajo, en nuestro diálogo interior o en nuestras conversaciones. No son momentos fáciles, lo sabemos, pero si comenzamos a contemplarlos de otro modo, tendremos más fuerzas para afrontarlos y para cambiar este estado de ánimo colectivo.

Publicado en Expansión.com 30/09/2011