¿Estás comprometido con tu trabajo?

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Solo el 30% de los trabajadores están comprometidos en la empresa, según el último estudio de Gallup realizado a escala internacional. La cifra es poco motivadora, la verdad.Si partimos del supuesto de que casi una tercera parte de nuestro tiempo lo pasamos en el trabajo, no deja de ser un tema sobre el que deberíamos preocuparnos si queremos sentirnos mejor con nosotros mismos. Veamos qué es el compromiso, qué tipos existen y qué podemos hacer para mejorar esta sensación.

¿Te gusta bailar? Aunque tu respuesta no sea afirmativa, seguro que sabrás que un buen baile -tango, sevillana o merengue- es algo de dos. Pues el compromiso es igual: una cosa de dos, del profesional y de la empresa. Un profesional por sí solo no se compromete (como tampoco uno baila un tango solo). Tendrá mayor o menor capacidad de comprometerse (o de bailar) dependiendo de lo que haga la organización. De hecho, la palabra compromiso proviene del término latino compromissum, lo que significa un acuerdo entre dos partes… cosa que en muchas organizaciones se “olvida”. Sigue leyendo

¿Por qué hablar del miedo?

miedoAlguna vez me han preguntado el motivo por el que escribí sobre el miedo. El origen se remonta a 1998 cuando estaba haciendo mi tesis doctoral sobre gestión del conocimiento (que luego se acabó convirtiendo en la gestión del talento). Lo que más me interesaba por aquella época era indagar en las causas por las que las personas no comparten todo cuanto saben. En aquel entonces, se hablaba de bases de datos, tecnología, calidad e incluso, gestión de personas. Pero yo no recuerdo que en ningún lugar se trataran las barreras a compartir información… excepto en un artículo del Harvard Business Review. Gerald Suárez, consejero de la Casa Blanca, introdujo un concepto realmente novedoso: El miedo. Y aquel artículo me ayudó a reflexionar sobre nuestros temores, casi siempre magistralmente encubiertos.

He de reconocer que aquel artículo fue una excepción y que el tema lo tocaba de puntillas. Cuando tuve la oportunidad de ir a Estados Unidos y de acceder a las bases de datos documentales de algunas universidades, descubrí que apenas se hablaba del miedo en el mundo de la empresa. Era (y es) un concepto tabú. Parece ser que reconocer que tienes miedo es una debilidad, cuando en el fondo es lo que nos ayuda a saber como sobrevivir. Gracias al miedo somos prudentes y eso es sano. Sin embargo, hay otra cara de la moneda que nos daña, la que nos impide desarrollarnos, arriesgar. Ese es el miedo tóxico  que merma nuestro talento.

A raíz de escribir y trabajar sobre el talento, descubrí también que el miedo es la otra cara de la moneda y que a veces es más interesante trabajar en la superación de los miedos que no incidir más en la motivación. Eso es lo que aplico en mis seminarios y en mis sesiones de coaching y observo que se obtienen importantes resultados positivos.

Yo también tuve miedo a hablar del miedo. Algo paradójico, quizá. Pensé: ¿a quién le va a interesar sacar a la luz una emoción que muchos se empeñan en ocultar? Pero creía y creo que todos somos capaces de dar mucho más, que nuestras barreras a la felicidad están intimamente relacionadas con nuestros temores y que, además, existe otro modo de vivir y de gestionar las empresas. Por eso escribí sobre NoMiedo (que no significa no tenerlo, porque es necesario, sino que no nos domine) y fui capaz de superar el mío.

Más mujeres directivas = Más dinero

Las empresas con mayor número de mujeres en sus puestos de dirección obtienen mejores resultados económicos en general, así es de contundente el artículo de El País refiriéndose al estudio realizado por la organización estadounidense Catalyst. Según dicha investigación y después de analizar a las quinientas mayores empresas del mundo, aquellas compañías con un mayor porcentaje de mujeres tienen un 53% más de ROE (rentabilidad sobre los recursos propios), un 42% más de beneficios por ventas y un 66% más de retorno sobre capital invertido. En otras palabras, dinero, dinero, dinero.

Aunque el sentido común ya nos hacía suponer dichos resultados superiores siempre es de agradecer que los datos  lo confirmen. Si queremos creatividad, necesitamos diversidad como hemos comentado otras veces. Los hombres y las mujeres pensamos de diferente manera (“¡viva la diferencia!” que dirían los franceses). Así pues, no aprovechar dicha diversidad es tirar por la ventana el dinero. Pero la solución no consiste en promocionar a unas mujeres y esperar a que se produzca el milagro de los ascensos y los panes, si no que hacen falta cambios muy profundos en las organizaciones y en la mentalidad de quienes las dirigen.

Está claro: El mercado va más deprisa que la capacidad de cambiar de muchas personas y estructuras organizativas. Pero como también parece claro, en una situación de mercados abiertos, aquellas empresas que sepan adaptarse estarán en mejores posiciones para ganar más dinero, como han demostrado los datos de Catalyst.

Imagen tomada de: http://www.eleconomista.es/imag/_v2/ilustraciones/economia/mujer-dinero.jpg

Diplomáticos estadounidenses y el origen de las competencias

En muchas empresas se lleva a cabo la gestión por competencias pero no siempre se sabe que su origen fue una investigación que realizó David McClelland, profesor de Harvard, sobre las diferencias entre los agregados culturales norteamericanos considerados excelentes con los de promedio. La investigación se la encargó el Departamento de Estado norteamericano a principios de los años 70, en una época especialmente difícil para los agregados culturales de las Embajadas de Estados Unidos. Se vivía el final de la guerra de Vietnam, estaba en pleno apogeo el escándalo de Watergate y la crisis económica afectaba a todos los países. Las actuaciones de estos profesionales tenían un especial impacto y su desempeño no tenía nada que ver ni con el coeficiente intelectual ni con las notas del examen obligatorio FSOR, para oficiales del Servicio Extranjero (tanto era así, que incluso los resultados de FSOR correlacionaban negativamente 0.22 con el desempeño del puesto).
Dada la importancia estratégica de los agregados culturales y la nula previsión de éxito de los métodos tradicionales de medición, McClelland y su equipo comenzaron a entrevistar en profundidad a los considerados excelentes comparándolos con los promedio y descubrieron que los primeros tenían tres actitudes o competencias comunes: la empatía transcultural (auténtico interés por la cultura del país donde residía, frente al etnocentrismo imperante), las expectativas positivas ante la provocación (una variedad de autoconfianza que no les hacía perder los nervios ante las provocaciones) y la rapidez en la comprensión de las redes de influencia (la capacidad de saber quién manda en el país y qué peligros reales existen). Las tres actitudes no se enseñaban en la escuela diplomática y sin embargo, eran clave para el éxito o, al menos, para salir airosos de tesituras realmente complejas, como la que vivió un agregado cultural en un país norteafricano cuando recibió un telegrama de Washington ordenándole que proyectara una película sobre un político norteamericano que no gozaba de muy buena prensa en ese país. Sabía que si no proyectaba la película molestaría a sus superiores pero, si lo hacía, encolerizaría a los naturales del país. ¿Qué solución adoptó? Proyectarla un día de fiesta religiosa que sabía que nadie acudiría a verla. Un claro ejemplo de empatía transcultural y que McClelland llamó competencias.
Tomado del libro: Jericó (2001): Gestión del Talento, Prentice Hall

Crear valor al profesional

En plena Guajira colombiana está la mina de Cerrejón, la más grande del mundo de carbón a cielo abierto y en donde he estado impartiendo un seminario de Gestión del Talento estos días. Ahí trabajan 10.000 personas. Cerca de la mina se encuentra el campamento, una ciudad tranquila y protegida, en donde viven los trabajadores más cualificados con sus familias. Son un total de 2.000, de entre ellos, una tercera parte niños o adolescentes. Las casas no son propiedad de los trabajadores, sino de la empresa que se las cede durante el tiempo que ahí trabajan. El origen de la mina se remonta a 1976 cuando ExxonMobil firma el contrato de Asociación del Carbón y construye un campamento “estilo norteamericano”, con el fin de que sus directivos cuando tuvieran que ir a Colombia se sintieran como en casa. Y lo consiguieron. Las reglas se respetan a la perfección. Nadie conduce más de lo indicado en los carteles, no hay suciedad por las calles, ni ruidos. Todo funciona adecuadamente.
Cuentan, además, con una de las mejores escuelas de Latinoamérica reconocida en Estados Unidos, un centro cultura y de ocio, un supermercado, un hotel… Hay de todo (o casi de todo) lo que las personas necesitan pero sólo un establecimiento de cada tipo. No se busca la competencia, sino satisfacer necesidades. Es gran ejemplo de la “ciudad perfecta” o como algunos trabajadores denominan, una “ciudad Malboro”, que contrasta enormemente con la realidad colombiana y de casi cualquier otro país del mundo sudamericano.
Trabajar en la mina de Cerrejón es un seguro de un tipo de vida tranquila y muy protegida. Si se le une, además, un importante esfuerzo formativo y unos salarios competitivos, no es de extrañar que el índice de rotación de las profesionales mayores de treinta años sea casi nulo a pesar de ser demandados por otras empresas del país. El problema está, lógicamente, en aquellos que necesitan el contacto con otras realidades y que consideren que Cerrejón es una ciudad “demasiado perfecta”. En otras palabras, el mejor ingeniero de minas que no desee vivir en el campamento, por muy bueno que sea y por mucho que se le motive, difícilmente se comprometerá con la empresa, al menos a medio y largo plazo. Por ello, es importante conocer cuál es la proposición de valor que se hace al profesional, es decir: qué le pedimos y qué vamos a ofrecerle el términos de salario, tipo de vida, desarrollo… Una vez más, el talento no es universal ni en Cerrejón ni en ninguna otra empresa del mundo.