Siete claves para superar el miedo al cambio en el trabajo

Nuestro cerebro está cableado para la supervivencia, no para la felicidad. Por eso, el cambio muchas veces nos abruma o nos asusta. Lo vemos como un ataque a nuestra querida “zona de confort” y nos ponemos a la defensiva. Y es curioso, porque el cambio es natural en nuestras vidas: las células de nuestro cuerpo se renuevan, la naturaleza se transforma y nosotros, sin embargo, nos quedamos bloqueados porque va a haber una reestructuración en el departamento, viene un nuevo jefe o tengo que “digitalizarme” (el último grito de moda en las empresas). Así pues, veamos qué podemos hacer para encontrar la parte amable a los cambios en nuestro entorno profesional:

Lo primero de todo, recoge información contrastada. Si quieres agobiarte, escucha solo los rumores de la empresa o ciertas redes sociales. Son como el virus del ébola en su día, que iba a arrasar España. Entran en nuestros móviles o los departamentos y campan a sus anchas. Además, hay auténticos contadores de malas noticias que disfrutan alarmando a todo el mundo. Por ello, escucha pero cuestiona. Acude a otras fuentes y contrasta, porque muy seguramente, todo cuanto se dice en “radio pasillo” no va a suceder.

Segundo, relativiza. Toma distancia de las consecuencias que puede tener el cambio en tu vida. Cuando éramos pequeños, sufríamos una barbaridad con los exámenes. Ahora, con perspectiva, vemos que no eran para tanto. Por ello, una buena manera de conseguirlo es con la regla 10-10-10, es decir, si esto sucede, ¿qué impacto tendrá en los próximos 10 minutos, 10 meses o 10 años? Otra opción es hacerte otra pregunta: ¿qué sería lo peor que me podría ocurrir? Y, desde ahí, ponte manos a la obra.

Tercero, ponte en acción. El miedo es un producto de la mente, que no para de dar vuelta a los problemas. La acción anestesia el miedo. Por ello, cuando veas que viene un cambio, da un paso al frente. Preséntate voluntario a liderar la digitalización (si fuera el caso), a ayudar a la reestructuración o a lo que sea. Sitúate en la actitud del aprendizaje. Y si lo ves todo negro, al menos, actualiza tu currículum y contacta con amigos. Pero no te quedes quieto. Piensa y actúa, que es la mejor manera para reducir el miedo.

Cuarto, rodéate de personas que afrontan el cambio con optimismo. Somos seres sociales, aprendemos imitando. Por ello, si crees que algo no se te da bien, ponte a la sombra de quienes son un ejemplo. No te rodees de otros “victimistas” que se quejan una y otra vez de lo mismo. Un rato de quejas puede estar bien, pero luego sal y busca tus referentes. Personas que te inspiren.

Quinto, entrena el músculo del cambio. No podemos pasar más de tres años haciendo siempre lo mismo. Necesitamos renovarnos para no caer en el aburrimiento, para encontrar nuevos retos y sobre todo, para entrenar nuestra mente. Encontrar la parte amable al cambio es también un hábito, que se puede practicar si lo hacemos en momentos más tranquilos en el trabajo o en nuestra rutina diaria, como, por ejemplo, regresar a casa por un sitio diferente, probar otro sabor o escuchar otro tipo de música. Lo que sea, pero distinto.

Sexto, encuentra tu “para qué”. A veces ver el cambio con optimismo no solo es por nosotros, sino por quienes nos acompañan: compañeros, equipo, familia… Por ello, cuando las cosas te cuesten, piensa en alguien importante para ti y da el paso por él o por ella. ¿Qué te gustaría que dijeran tus hijos de ti cuando esa reestructuración pase? ¿O tus hermanos, o tus amigos?

Y séptimo, nunca olvides que el cambio es inherente a la vida y tenemos la opción de contemplarlo como una oportunidad de superación y de aprendizaje si conseguimos apoyarnos en estos recursos internos.

Ser ‘búho’ o ‘alondra’ influye en tu longevidad y en la salud

Si eres noctámbulo, parece que tienes un 10% más de probabilidades de morir antes que si te levantas con las pilas puestas desde el primer rayo del día. Al menos, esta es la conclusión de un reciente estudio publicado por la Universidad de Northwestern Medicine y la Universidad de Surrey en Reino Unido.

Cada uno de nosotros tenemos un cronotipo o un ritmo interno que nos hace sentirnos más cómodos trabajando por la mañana (los conocidos “alondras” o matutinos) o por la tarde noche (los “búhos” o los vespertinos). Los investigadores de este estudio analizaron los datos médicos de casi medio millón de personas de 38 a 73 años y les preguntaron si se sentían más búhos o alondras. Después de un seguimiento de seis años y medio, la conclusión no es muy buena para los vespertinos: los búhos resultan más vulnerables a problemas metabólicos o cardiovasculares, lo que les hace sufrir un riesgo superior del 10% de morir antes; y presentan mayores índices de diabetes, trastornos psicológicos y trastornos neurológicos. Y la causa fundamental es la presión social, según los investigadores. Vivimos en un mundo pensado para los “alondras”, en el que un pobre búho sufre jet-lags casi diariamente. El estrés de tener que rendir desde primera hora cuando tu cuerpo no acompaña genera a la larga un problema de salud, como han demostrado los resultados de este estudio.

Los colegios y las empresas arrancan desde las nueve de la mañana y el vespertino se las ve y se las desea para llegar a tiempo. Además, como el cronotipo es genético, ya desde pequeños los búhos han entrado medio dormidos a las primeras horas de clase. No es de extrañar, por eso, que las profesiones con horarios más flexibles estén llenas de búhos, como escritores, periodistas, músicos, programadores… Quizá la huida de los difíciles madrugones sea un aliciente para buscar otros caminos profesionales. Pues bien, ¿qué podemos hacer?

Lo primero de todo, conocerse. Como hemos dicho, el cronotipo es genético. Hay personas que están entre búho o alondra (como algunos llaman, “colibrí”) y que se adaptan mejor. Pero si estás en uno de los extremos, es recomendable que tomes conciencia lo antes posible para organizar tus horarios y para programar las reuniones importantes cuando estés en tu mejor momento.

Segundo, aunque sea genético, no está todo perdido, como comentan los autores de la investigación. Nuestro cuerpo también se adapta y, para ello, recomiendan el uso de la luz. Para los búhos, que son quienes lo suelen tener más difícil, se sugiere encender una luz a primera hora con cierto tiempo de adelanto para que el cuerpo se vaya acostumbrando (y aceptar que con un único sonido del despertador te será imposible levantarte a la primera … vas a necesitar varios a pesar de las quejas de la persona que tengas al lado). Igualmente, se sugiere mantener la rutina de acostarse a la misma hora prudencial aunque el cuerpo no esté cansado.

Y tercero, revisa tu presión social. Se habla de las múltiples diversidades en la sociedad, pero esta es una más que apenas se tiene en cuenta. Sería recomendable dar horquillas de horario para entrar y para salir del trabajo, de manera que cada persona pudiera escoger la que le permite rendir mejor. Igualmente, es bueno conocerlo dentro de los equipos de trabajo o de las personas con las que compartes tu vida. No todos somos iguales y necesitamos un nivel de descanso diferente. En la medida en que lo hables y lo conozcas, podrás tomar mejores decisiones (y reducir incomodidades de parecer que el otro está dormido cuando tú estás la mar de sereno).

Un pequeño truco para ponerse las pilas, según la ciencia

Imagina que tienes que hacer algo muy difícil, como pasar un examen, un complicado ejercicio físico o una presentación que te impone. ¿Qué podrías hacer para ponerte las pilas y salir motivado? Además del optimismo y la autoconfianza, existe un pequeño truco que tiene un impacto positivo: leer y reflexionar sobre frases inspiradoras. Al menos, esa es la conclusión de la investigación realizada por Jesús Alcoba y Laura López publicada recientemente en Europe’s Journal of Psychology.

Como se suele hacer en estos casos, se dividieron dos grupos de personas para que hicieran un ejercicio difícil. Antes de afrontar la tarea, a los participantes del primer grupo se les dio a elegir unas citas motivadoras de un listado, como la famosa de Michael Jordan: “He fallado una y otra vez en mi vida. Por eso he conseguido el éxito”. Las personas del segundo grupo trabajaron con frases neutras y aburridas como: “La falta de mano de obra cualificada ha dificultado la recogida de la fresa en Huelva”. Pues bien, después de este ejercicio, se les solicitó hacer otro prácticamente imposible y aquí surgió la diferencia. Mientras que los segundos abandonaron al cabo de 758 segundos, los primeros, que habían reflexionado con las frases inspiradoras, llegaron a aguantar hasta 1.109 segundos, es decir, un 46% más de tiempo.

En un segundo experimento se sometió a los participantes a un ejercicio diseñado para agotar su fuerza de voluntad y aburrirles. Después se les invitó a participar en un segundo ejercicio y, de nuevo, se hicieron dos grupos. Aquellos que reflexionaron con citas motivadoras aguantaron un 35% más. En resumen, las frases inspiradoras no solo te ponen las pilas, sino que también las recargan (o, en términos serios, recargan la fuerza de voluntad).

¿Por qué nos motivan las frases inspiradoras? Lo que decimos nos afecta. Y lo que nos decimos a nosotros mismos, aún más. Si nos repetimos que somos unos inútiles, por ejemplo, condicionamos la manera en la que afrontamos las dificultades. En sentido opuesto, si ante el mismo reto pensamos que podemos, que tenemos capacidad para conseguirlo, tendremos más probabilidades de lograrlo. O, como lo resumió el autor de El Arte de la Guerra, Sun Tzu: “El vencedor ya ha ganado antes de la batalla”. Pues bien, lo curioso de esta investigación es que estos mensajes que nos condicionan también pueden provenir de otras personas a las que admiramos (de ahí que hubieran sido seleccionadas previamente). O, como dice Jesús Alcoba, “las frases inspiradoras que constantemente compartimos en las redes sociales no solo nos ayudan a reflexionar, sino que pueden ser un poderoso aliado en el logro de nuestros objetivos”. Así pues, si nuestra mente funciona de este modo, aquí tenemos un buen truco para activarnos, en especial en momentos que estamos más decaídos o tenemos un reto para el que necesitamos un empujón. Y ¿cómo hacerlo en tu día a día?

Escoge citas que te ponen las pilas de personas que admires y ponlas a tu vista, ya sea en la nevera, en tu mesa de trabajo o en la sección de preferidos en tus redes sociales. Léelas y reflexiona sobre ellas antes de afrontar el problema o el desafío. Y es bueno que las vayas renovando, para que la mente no se llegue acostumbrar y te aburras.

El lenguaje crea nuestras realidades, pero también influye en nuestras capacidades, como demuestran investigaciones como esta. De ahí lo poderoso de repasar nuestros discursos internos antes de hacer algo que nos importa o de echar mano a frases que de verdad nos inspiren.

No fue por tu culpa, pero afrontarlo sí es tu responsabilidad

Si quieres perder energía en algo inútil, culpa al mundo de lo que te ocurre. Buscar culpables es una de las actitudes más agotadoras y estériles que existen, aunque nos puede pasar a cualquiera: cuando suspendemos un examen y decimos que ha sido porque el profesor ha puesto unas preguntas muy difíciles, cuando discutimos con la pareja y atribuimos el cien por cien de los motivos a la actitud de la otra persona, o cuando pensamos que si no somos más felices en el trabajo se debe solo y exclusivamente a nuestro jefe. Todos podemos tener esa tendencia, pero hay quienes la practican con tanta asiduidad, que se convierten en auténticos profesionales “buscadores-de-culpables”. Pues bien, echar balones fuera puede aliviarnos un rato, pero encierra un gravísimo problema: nos debilita, nos convierte en víctimas y nos incapacita para tomar decisiones (además de aburrir a los que nos rodean). La clave está en asumir el protagonismo, es decir, transformar la culpa en responsabilidad, como propone el actor Will Smith en uno de los vídeos más virales. Veamos a continuación cómo conseguirlo:

Primero, identifica el discurso “buscador-de-culpa”. Como hemos dicho, todos podemos caer en ello. Es ese momento en el que criticas, criticas y criticas, y parece que tú sales de rositas de una situación, ya sea con la familia, con amigos o en el trabajo. Toma conciencia de las conversaciones recurrentes, que te dejan agotado, enfadado o con un poco de mal sabor de boca (por no hablar de los que te escuchan). Son discursos que vacían profundamente y en los que no existen soluciones posibles.

Segundo, valora qué es lo que deseas: si tener la razón o ser feliz. Sé muy sincero contigo mismo. Podremos criticar lo que nos rodea, pero las palabras hacen bien poco. Movilizan las acciones inteligentes. Si antepones la razón a tu felicidad y a la de los que te rodean, no podrás avanzar. Sin embargo, si te apetece encontrarte mejor contigo mismo, con más energía y con mejor humor, entonces, pasa al punto siguiente.

Tercero, acepta lo que te rodea. Lo pasado, pasado está. Will Smith lo resume de una manera extraordinaria: no tienes la culpa si tu pareja te engaña o si tu padre es alcohólico, pero sí tienes la responsabilidad de lidiar con los posibles traumas para tener una vida feliz. No culpar no significa ponerse una venda y mirar para otro lado. Significa reconocer lo que existe, aceptarlo y encontrar el margen de maniobra para actuar.

Y cuarto, identifica qué puedes hacer. Y aquí no valen las excusas. Hasta personas que han sufrido situaciones terribles defienden nuestra libertad para actuar. Por ello aboga Viktor Frankl, psiquiatra judío que estuvo prisionero en Auschwitz durante la II Guerra Mundial. Él defendió la responsabilidad de la actitud, de decidir qué emoción puedes tener ante una situación que nadie hubiera deseado. Si se puede conseguir en momentos tan complicados, ¿cómo no podríamos lograrlo nosotros ante discusiones, errores, problemas en el trabajo o con la pareja? Y además, cuando comienzas a dar el paso en la responsabilidad en un área de tu vida, poco a poco se va extendiendo en el resto de facetas.

En resumen, cuando culpamos al mundo de lo que nos rodea, pretendemos protegernos de aquello que no ha salido como esperábamos. Pero esta actitud defensiva en el fondo tiene un precio muy elevado: nos vacía por dentro y nos convierte en esclavos de las críticas y del mal rollo. Por eso, preguntarnos qué podemos hacer y cómo nos vamos a responsabilizar de lo que me sucede es el primer paso para ser felices y liberarnos de lo ocurrido y de nuestro pensamiento recurrente.

Si quieres que te vaya mejor en el trabajo (y en la vida), ten un ‘currículum B’

Hace años tuve la oportunidad de entrevistar a Pedro Luis Uriarte, uno de los banqueros más brillantes de España. Cuando profundizamos en la conversación, más allá de su extraordinaria trayectoria, me impresionó su otra vida, aquella que no era tan conocida, pero que explicaba su alta sensibilidad hacia las personas y su liderazgo. Era escritor de poesía, entre otras aficiones, lo que le había proporcionado una increíble capacidad autorreflexiva. Al igual que le sucede a Antonio Garrigues, uno de los mejores abogados de las últimas décadas, quien ha escrito numerosas obras de teatro y tiene una de las mentes más preclaras con respecto al ser humano.

Los casos anteriores son ejemplos de lo que denomino el currículum B, aquel que no aparece en los currículums tradicionales, pero que nos ayuda a mejorar nuestro autoconocimiento. Saber qué sentimos, o qué les ocurre a las personas que nos rodean, nos aporta valiosas herramientas para manejarnos en la vida. Puede ser a través de cursos de crecimiento personal, de escribir poesía o hacer teatro; o sencillamente, de navegar para conectarse con uno mismo y descubrir los propios límites. En definitiva, aquella actividad que nos ayude a la autorreflexión desde un punto de vista crítico y constructivo.

El currículum B permite que avancemos a nivel personal y, lo que es curioso, también en el trabajo. Nos entrena para desarrollar la empatía y ganar capacidad de negociación con los clientes o los jefes, o a desarrollar la intuición en los negocios, o a gestionar las emociones y evitar saltar a la primera de cambio ante una discusión en el trabajo. Por eso, no es de extrañar que Lee Iaccoca, uno de los directivos estrella de los años ochenta, reconociera en sus memorias que los estudios que más le ayudaron en su carrera profesional no fueron los de ingeniería, donde destacó en su promoción, sino los de psicología aplicada y los de teatro: los primeros para entender a quienes le rodean y los segundos, para saber hablar bien en público. Así pues, al igual que la escuela nos prepara para engrosar nuestro currículum tradicional, nosotros deberíamos buscar los medios para ir construyendo nuestro currículum B,aquel que no siempre está reglado, pero que nos aporta las herramientas importantes para la vida y para el trabajo. Y, ¿cómo hacerlo?

Piensa en tu biografía tradicional, ¿qué otras actividades realizas que te ayudan a conocerte mejor y que no siempre están ahí recogidas? Puede ser hacer teatro, escribir poesía, meditar, hacer voluntariado, pintar… y, curiosamente, cuanto más opuesta sea de tu formación de partida, mejor. Más te completa. Recuerda que el currículum B no se refiere solo a las aficiones, sino también a las actividades que te ayudan a reflexionar y a mejorar a nivel personal. Si estás buscando trabajo, valdría la pena añadirlo y ponerlo en valor en los posibles procesos de selección. Igualmente, en las entrevistas, sería recomendable explorar esta otra parte de la persona, porque es lo que aporta pistas sobre las inquietudes de quien está enfrente.

En definitiva, la capacidad de desenvolvernos con éxito en nuestra vida privada y profesional no depende de lo que aprendemos solo en la escuela o universidad, sino también de la formación o actividades alternativas. Solo cuando invertimos tiempo, esfuerzo y ganas en mejorar como personas, somos capaces de sortear los momentos difíciles, entrenar las actitudes positivas y convertirnos en mejores profesionales. Cada cual tiene que escoger su camino y saber que la aventura del autoconocimiento es infinita, porque, como diría Oscar Wilde, “solo los superficiales llegan a conocerse a sí mismos”.

Dime qué edad tienes y te diré qué clase de jefe eres

Cada generación tiene una forma diferente de dirigir. Al menos, esta es la conclusión del informe presentado por el Observatorio de Generación y Talentoen colaboración con la Universidad Europea de Madrid. Cada persona es diferente, lo sabemos, pero las circunstancias sociales que vivimos condicionan la manera de entender el poder, la jerarquía o las relaciones personales y, por supuesto, la gestión de personas. El objetivo del informe no es encasillar, sino destacar las posibles diferencias y sensibilizar sobre la aportación de valor de cada generación, independientemente de que cada cual se sienta más o menos cómodo con los resultados. Así pues, sabiendo que cada jefe es un mundo, veamos muy en síntesis qué rasgos comunes presentan según los años en los que nacieron, de acuerdo con este estudio (que te puedes descargar desde este enlace).

• Generación Tradicionalista (nacidos antes de 1956).Vivieron bajo la dictadura e impulsaron el cambio político hacia la democracia. No es de extrañar que sus principales dificultades estén en la conciliación (había que trabajar muy duro y no cuestionarse nada) o la comunicación eficaz, más allá del ordeno y mando. Por el contrario, destacan en unos valores muy arraigados y en el trabajo en equipo.

• Generación ‘Baby Boomer’ (entre 1956 y 1970). Esta generación lideró el cambio social en España y son los considerados actualmente profesionales senior. Otorgan gran importancia a los objetivos organizacionales, se esfuerzan en transmitirlos y en identificar las oportunidades de desarrollo de sus colaboradores, como puntos fuertes. Sin embargo, siguen teniendo dificultades en la conciliación y en trasladar el disfrute en los equipos como parte inherente al trabajo bien hecho.

Generación X (entre 1971 y 1981). Se conoce como generación sándwich o puente entre los cambios importantes sociales y tecnológicos. Disfrutan de la democracia, de las ventajas de apertura de España a Europa y son los primeros que empiezan a cuestionar tímidamente la autoridad en las empresas. Como jefes, sus fortalezas están en trasladar los valores en el día a día y en la consecución de objetivos. Sin embargo, sus áreas de mejora se centran en el trabajo en equipo con sus compañeros o el liderazgo colaborativo, que la generación posterior les reclama.

Generación Y o Millennial (entre 1982 y 1992). Han crecido con la tecnología en una sociedad abierta. Están más preparados, entienden las ventajas de la colaboración, hacen un reconocimiento y una comunicación más directa y rápida que las generaciones anteriores, como puntos fuertes. Sin embargo, su compromiso con la organización no es tan sólido. Por ello, la identificación de valores organizativos o la búsqueda de objetivos comunes quedan en un segundo plano, debido a su visión más cortoplacista y a su capacidad de cambiar de empresa más alegremente.

En definitiva, como diría Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Las circunstancias sociales nos condicionan a todos y aunque cada persona sea un mundo, no cabe duda de que existen diferencias generacionales más o menos acentuadas. Este es el motivo por el que se comienza a proponer dentro de las empresas una nueva habilidad en los líderes: entender y apreciar la diversidad, la cual no solo es de género, sino también generacional. En la medida en que los jefes tengan sensibilidad a las diferencias entre las personas, podrán aprovechar mejor el talento de los profesionales independientemente de su edad. Y el primer paso comienza por entender qué aportan y cuáles son sus ventajas competitivas. Solo así se consiguen crear empresas más robustas y más eficientes y una sociedad más justa con las oportunidades profesionales.

Las tres claves para convertir la longevidad en un regalo para tu vida

Cada vez viviremos más años y la longevidad puede ser un regalo o una maldición, dependiendo de lo que hagamos ahora. Al menos, esta es la reflexión de dos profesores de la London Business School, Andrew Scott y Lynda Gratton, autores de La vida de cien años, una obra que ha ganado el premio al mejor libro del año según Knowsquare. La propuesta parte de un hecho indiscutible. La esperanza de vida ha aumentado, tanto que en la actualidad un niño que nazca en Occidente tiene más del 50% de posibilidades de vivir hasta los 105 años. Esta cifra era inferior al 1% hace apenas un siglo. Además, la incorporación de las nuevas tecnologías al cuidado de la salud ayudará a que tengamos más cumpleaños y conseguirá, incluso, “curar” el envejecimiento, como afirman José Luis Cordeiro y David Wood en su provocador libro La muerte de la muerte.

Más allá de adivinar hasta cuándo viviremos, parece claro que en términos generales superaremos a nuestros padres y nuestros hijos nos superarán a nosotros. Por ello, si vamos a disponer de más tiempo y con una mejor salud, ¿qué podemos hacer para disfrutar de una vida plena todos los años que tenemos por delante? Andrew Scott y Lynda Gratton sugieren que, independientemente de la edad que tengamos, revisemos nuestra agenda de decisiones vitales en tres grandes áreas:

– Reinventarnos en las distintas etapas. La longevidad abre nuevas fases vitales, como lo hizo en su día el siglo XX. Hasta entonces, no existía la adolescencia o la jubilación, era todo un continuo. Ahora hay otras etapas distintas, como la que se abre desde los 18 a los 30, caracterizada por no asumir las responsabilidades que tomaron nuestros padres, por ejemplo; o las que se inauguran a partir de la tercera edad. No existen modelos anteriores, por lo que tendremos que reinventarnos en base a dos preguntas: ¿quién soy yo? y ¿cómo voy a vivir? Esto significa que no esperemos hacer siempre lo mismo, sino que nos demos permiso para buscarnos la vida haciendo cosas distintas.

– Planificar y experimentar. La longevidad nos va a enfrentar a unas necesidades económicas superiores, lo que nos requerirá una mejor planificación financiera y un mayor ahorro o inversión. Igualmente, si necesitamos reinventarnos como personas en cada una de las fases, tendremos que planificarlo con antelación. Y esto va a estar relacionado con atrevernos a experimentar, a curiosear sobre qué otras cosas se nos han quedado en la recámara y que teníamos ganas de hacer, como ser pintores, cocineros, dar clases, o lo que cada uno decida.

– Pasión por aprender. Lo que nos hará sentirnos vivos será la actitud constante hacia el aprendizaje. Si creemos que las últimas fases de nuestra vida las vamos a pasar frente a una televisión, muy probablemente la longevidad sea una carga. En cambio, si alentamos nuestras ganas de aprender, fomentamos la creatividad, disfrutamos del arte o de cuestionarnos a nosotros mismos… podremos entrenar una mente joven independientemente de la edad que tengamos. Y ejemplos de ello hay muchos, como Peter Drucker, escritor del mundo de la empresa, que murió a los 96 años de edad habiéndose especializado también en temáticas tan dispares como los arreglos florales japoneses o los métodos de guerra medieval, entre otras. Su afán por aprender le permitió ser una mente preclara en el terreno de las empresas y un hombre feliz. Al igual que mi amigo Josep Gajo, presidente de la Corte Europea de Arbitraje, quien a sus 79 años es un insaciable lector y experto en muchas otras áreas de humanidades.

En definitiva, vivir más de cien años puede ser un regalo si tomamos decisiones desde nuestro presente, orientadas a darnos permiso para reinventarnos, a planificar y experimentar y a mantener viva la pasión por aprender. Si hacemos todo ello, muy probablemente seamos capaces de disfrutar de una vida con sentido.