Si quieres encontrar nuevos puntos de vista, hazte preguntas poderosas

A veces nos atascamos con un tema y no somos capaces de ver más allá. Es entonces cuando una pregunta poderosa nos sería muy útil. Una pregunta poderosa es aquella que nos hace pensar, nos ayuda a contrastar opiniones o nos amplía el punto de vista. El motivo es sencillo: todos tenemos más información de la que somos conscientes; sin embargo, cuando nos obcecamos en algo, se nos escapan otras alternativas que existen y que no vemos. Unas preguntas bien formuladas nos ayudarían a cuestionarnos y a contemplar más opciones. Por este motivo se denominan poderosas, porque son muy útiles y porque nos aportan una reflexión muy rica para encontrar nuevas vías. Veamos cómo podríamos formularlas para aplicarlas en nuestro día a día o para echar una mano a alguien.

Lo primero de todo, son preguntas abiertas. Las preguntas cerradas son las que se responden con un sí o un no. Las abiertas requieren más elaboración. Si formulamos algo del tipo: “¿Te has adaptado bien a tu nuevo trabajo?”, muy probablemente la persona te responda con un “sí” y, con ello, existe poco margen de maniobra. En cambio, si indago con una pregunta abierta: “¿Qué dificultades estás viviendo en tu nuevo trabajo?”, le estoy obligando a meditar algo más y a encontrar nuevas respuestas, más allá de las sencillas.

Segundo, las preguntas poderosas ayudan a clarificar cuestiones o a aterrizar emociones. El objetivo es evitar caer en lugares comunes o en lugares trampa, que no nos ayudan, como la queja o el lamento. Por ejemplo, ante un comentario como: “Me va fatal”, las preguntas que podríamos hacer serían: “¿Qué es lo que te va tan mal? ¿Puedes concretarlo?”. De este modo, invito a la otra persona a aterrizar el problema para así poder abordarlo mejor.

Tercero, las preguntas poderosas sirven para cuestionarse a uno mismo. Por ejemplo, si lo que queremos es desafiar alguna idea preconcebida del tipo “esto se hace así”, las preguntas que servirían serían: “¿Quién lo manda?”, “¿quién te impide conseguirlo?”.

Si el objetivo es relativizar una queja como “no hay manera de convencer al otro departamento”, se le podría inquirir con: “¿Cómo harías para…?”, “¿qué sugerirías…?”.

Si lo que se desea es evitar echar balones fuera, nos sería útil decirle: “¿Qué papel has desempeñado en todo esto?”, “¿qué podrías haber hecho y no hiciste?”. Si se enfrenta a un miedo, una pregunta posible podría ser: “¿Qué sería lo peor que te podría ocurrir?”. Una vez identificado ese punto, se puede construir un plan de acción más adecuado.

En definitiva, las preguntas poderosas tienen como objetivo indagar, evitar los lugares comunes y llevar a la persona a la acción. No es de extrañar que sea la técnica más utilizada por los entrenadores personales (o coaches, como se denominan en el mundo de la empresa), por los jefes que buscan desarrollar el talento de sus equipos o por los profesores que intentan motivar a sus estudiantes. No es algo nuevo, puesto que ya Sócrates enseñaba a través de preguntas. Su método se conocía como mayéutica, nombre que en griego significa “técnica de asistir a los partos”. Su madre era comadrona y debió de encontrar la metáfora en el plano filosófico para dar a luz nuevas ideas. Por ello, vale la pena entrenar el músculo de hacer preguntas antes de lanzarse a ofrecer soluciones. Las personas podemos rechazar las opiniones de otros, los consejos o las recomendaciones. Pero es más difícil que demos la espalda a nuestras propias reflexiones o a aquellas ideas que nosotros hemos dado a luz.

Cómo puedes tener más suerte: cuatro claves según la ciencia

Ni tocar madera o cruzar los dedos funciona. Si quieres tener más suerte, la ciencia ha descubierto cómo conseguirlo. Al menos, esa es la conclusión de Richard Wiseman, profesor de la Universidad de Hertfordshire en Reino Unido. Su investigación comenzó con una sencilla pregunta: ¿cómo es posible que haya personas que estén en el lugar adecuado en el mejor momento para que les ocurran cosas positivas y otras, sin embargo, parece que arrastran la mala suerte a sus espaldas? Wiseman, como buen científico social, quiso encontrar la respuesta y para ello realizó varios experimentos. Pidió a un grupo de voluntarios que se clasificaran conforme a su nivel de suerte y que participaran en distintas pruebas. Una de ellas era un experimento muy sencillo: tenían que contar el número de imágenes que veían en un periódico. En mitad del mismo, y sin que los participantes lo supieran a priori, dejó un mensaje fácil de leer que decía: “Dígale al investigador que ha visto esto y gane 250 libras”. Las personas que consideraban que tenían suerte, paraban de contar y leían en voz alta el mensaje del periódico para cobrar el dinero. Así de fácil. Sin embargo, aquellas que previamente se habían considerado como poco afortunadas, se ponían tensas y llegaban incluso a no decir nada. Aquel resultado le inspiró la idea central para su investigación: la suerte es una cuestión de actitud. “La mayoría de la gente simplemente no está abierta a lo que le rodea”, dice Wiseman. Es más, a su juicio, solo el 10% de nuestra existencia es aleatoria, el 90% restante se define por cómo afrontemos lo que no ocurre. Por tanto, estas son buenas noticias. Si queremos tener más suerte, tenemos que comenzar con nosotros mismos, con pensar de un modo más amable.

Así pues, veamos qué cuatro claves nos sugiere Wiseman para sentirnos más afortunados (y ojo, que suerte es diferente de azar; el azar sería que nos tocara la lotería, algo en lo que nuestro único margen de maniobra es comprar un décimo. La suerte es un concepto mucho más amplio):

Primero, ábrete a nuevas experiencias. Si buscas tener el control de todo al milímetro, se te escaparán cosas que se salen de tu objetivo inicial y que pueden ser muy positivas. Vivir de un modo más relajado no solo es bueno para la salud, sino también para la suerte.

Segundo, identifica tus corazonadas y préstales más atención. En nuestro sistema digestivo hay más de 100 millones de neuronas que nos dan pistas sobre lo que no vemos a priori de manera consciente y que nos aportan información muy relevante para tomar decisiones acertadas.

Tercero, confía en que lo que te puede ocurrir es positivo. Por supuesto, es una interpretación, pero ayuda. Sabemos que se vive mejor confiando en que estando siempre a la defensiva. Y parece que de este modo también se entrena la suerte.

Y cuarto, convierte las malas experiencias en positivas. Aprender de los errores con optimismo o imaginar que podría haber sido mucho peor nos alivia y nos hace relativizar los fallos.

Como vemos, la suerte es una percepción, depende de lo que hagamos y de cómo nos narramos lo que nos sucede. Por eso, se puede entrenar, como sugerían Fernando Trías de Bes y Alex Rovira en su libro La Buena Suerte, y como hicieron los participantes que asistieron a la Escuela de la Suerte que inauguró Wiseman en el Reino Unido. Escribieron un libro sobre todo lo bueno que les estaba ocurriendo y, pasado un tiempo, se sintieron mucho más afortunados. Así pues, como es una cuestión de actitud, ¿qué estás dispuesto a hacer hoy para mejorar tu suerte?

 

 

La señal que te alerta de que has de cambiar de trabajo (o al menos, intentarlo)

Uno de los emprendedores más innovadores de Estados Unidos tiene su truco personal para saber cuándo ha de cambiar de trabajo: su despertador. Tony Hsieh en su libro autobiográfico explica que, cuando hace años trabajaba en LinkExchange, un buen día tuvo que sonar hasta seis veces la alarma para que se levantara. Fue entonces cuando decidió cambiar de empresa. Entró en Microsoft y, pasado un tiempo, le volvió a suceder. El despertador insistió otras seis veces. Dejó entonces la compañía y montó Zappos, empresa dedicada a la venta de zapatos online… Está claro que el caso anterior es solo un ejemplo y posiblemente de poca aplicación para el resto de los mortales: ni todos tenemos la genialidad de Hsieh, ni estamos en mercados laborales tan alegres como los tecnológicos en Estados Unidos, ni disfrutamos madrugando. Pero matizado todo lo anterior, es un ejemplo para reconocer que cualquiera de nosotros puede tener alguna señal que indique que necesitamos buscar trabajo en otra empresa, en otro departamento o con otro jefe, o al menos intentarlo. Pero, ¿cómo saber reconocerla y no confundirla con una mala etapa que pasa con el tiempo?

Pues bien, curiosamente la primera señal te la suele dar el cuerpo y las sensaciones como, por ejemplo, no tener ganas de levantarse, que descienda la motivación bajo mínimos los domingos por la noche o sufrir un humor de perros durante una temporada larga por culpa del trabajo. Después de estas señales, pasado un tiempo viene la cabeza a dar una explicación de lo más racional y justificada. Pero el orden suele ser así: primero, el cuerpo y las emociones, y después, la mente. Y tiene su explicación. La cabeza que anhela nuevos sueños o proyectos es también la que almacena los miedos y las inseguridades. Si yo deseo cambiar de trabajo es posible que durante el proceso de búsqueda me enfrente a dudas del tipo “¿y si me equivoco?”. Por eso, lo que el cuerpo nos diga es “más puro”, “más sincero”. Lógicamente, no hablamos de trabajos en los que no se llega a fin de mes, cuyo motivo es más que evidente; o de oportunidades muy deseadas, que de repente llegan… sino de aquellas decisiones más difíciles. Así pues, ¿qué podemos hacer?

Lo primero de todo, presta atención a tus sensaciones. Eso no significa que en cuanto tengas un pinchazo en el estómago o se te peguen las sábanas necesites buscar otro trabajo. No, significa no pasar por alto aquellas sensaciones que son una constante, como un estrés continuado todos los domingos, un agotamiento continuo o un carácter endemoniado sin necesidad.

Segundo, conversa sobre lo que te ocurre con honestidad. Para dar forma a lo que sentimos, necesitamos darle palabras. Para ello, puedes escribir para tomar distancia y entenderlo o aún más fácil, hablarlo con alguien de confianza sin juzgarte. Simplemente, conversa sobre ello y pregúntate el porqué.

Tercero, distingue dos momentos: el de tomar una decisión y el de ejecutarla. Quizá sepas que ese trabajo no es para toda tu vida pero tampoco el mercado laboral esté en su mejor momento. Por ello, es bueno no confundir la decisión con el instante en el que se ha de poner en marcha.

Y cuarto, diferencia el motivo por el que no te atreves a dar el paso: puede ser por miedo (hipoteca, hijos, incertidumbre…), porque no tienes claro qué es lo que quieres, o porque sigues confiando en esa empresa… En la medida en que lo identifiques te será más fácil gestionarlo con un plan de acción.

Sin duda el trabajo es una parte importante de nuestra vida. Le dedicamos demasiadas horas como para estar a disgusto. Prestando atención a las señales, estaremos mejor preparados para cerrar una etapa y definir una estrategia para comenzar otra nueva. ¡Buena suerte!

Siete claves para ser mejor padre o madre sin morir en el intento

Cuando se tiene un hijo, muchas veces se echa de menos un manual de instrucciones para saber qué hacer. Además, como los niños van creciendo, lo que te servía en un momento puede quedar caducado y obligarte a reinventarte. Casi todos lo hacemos lo mejor que podemos y no existe ningún padre o madre perfecta (¡para eso somos humanos, que no personajes de cuentos de hadas!). Pero, dicho todo lo anterior, con un reto de estas dimensiones, ¿qué está en nuestras manos para mejorar en nuestra paternidad de ahora y la de un futuro? El mejor camino es trabajar en nuestra actitud, según Elisabeth Fodor y Montserrat Morán, que se encuentran entre las principales pioneras en educación infantil de España. Aunque el contexto se mantenga igual, si nosotros cambiamos, la relación con nuestros hijos también se transforma. Basándonos en la experiencia de Fodor y Morán, veamos qué podemos entrenar como padres para ayudar a nuestros hijos en su desarrollo y disfrutar de esta parte de nuestra vida.

Primero, necesitamos conocernos mejor. ¿Cómo vamos a enseñarles inteligencia emocional si no sabemos hablar de lo que nos ocurre, si caemos en el reproche, en el silencio o en sentimientos que nos superan? El primer paso para gestionar algo es conocerlo. Por ello, dediquemos tiempo para la autorreflexión. Hagámonos preguntas sobre qué nos está ocurriendo realmente, tengamos personas de confianza para conversar sobre ello y encontrar nuevos puntos de vista.

Segundo, demos rienda suelta a la ternura. Es el primer lenguaje con el que nos comunicamos con nuestros hijos y el que se ha de mantener a lo largo de los años. La ternura significa desear que la otra persona esté bien y cuidarla desde nuestra vulnerabilidad y cercanía, sin corazas. Y para ello una vez más, necesitamos aprender a tratarnos bien a nosotros mismos. Si caemos en la culpabilidad constante o en la autoexigencia, la ternura desaparece por arte de magia… Por ello, cuando nos asalte un pensamiento dañino, relativicémoslo y busquemos la manera de darnos cariño también a nosotros mismos.

Tercero, dejemos los juicios de lado. Nuestros hijos serán lo que quieran ser, no lo que nosotros nos empeñemos en que sean. Si estamos continuamente comparándolos con lo que nos gustaría que fueran, les estamos haciendo un flaco favor. Aceptarles sin expectativas es darles la libertad para ser ellos mismos. Por tanto, aparca lo que “podría haber sido” y valora lo que es.

Cuarto, recuperemos el valor de la lentitud. Posiblemente sea uno de los grandes desafíos. Los móviles y la velocidad son una tentadora distracción para todos. Pero es difícil educar a golpe de WhatsApp. Las emociones requieren su tiempo para ser digeridas y construir una relación sana exige paciencia. Busquemos recursos para entrenar la paciencia y evitar que salten nuestros botones calientes.

Quinto, escuchemos activamente. Cuando nuestros hijos son pequeños, muchas veces nos cuesta escucharles con interés. Sus temas no siempre atrapan nuestra atención, pero si no lo practicamos, será más difícil que de mayores nos cuenten sus problemas. Necesitamos, por tanto, preguntarles por sus cosas con sinceridad y darles un tiempo de calidad de conversación a nuestros hijos.

Sexto, juguemos y pensemos en positivo. Necesitamos retomar el juego, disfrutar, sacar esa parte infantil que todos llevamos dentro. Y, por supuesto, construir una forma de pensar amable. A todos nos asaltan algunos momentos de victimismo o pesimismo. Y un rato puede estar bien. Pero si caemos constantemente en ello, les estamos entregando un lastre, que les vaciará de fuerza y de vitalidad. Comencemos a mirar el vaso medio lleno y a reírnos un poco más de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

Y séptimo, orientémonos al aprendizaje. Como dicen Fodor y Morán, “la vida no es solo esperar a que pase la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”. Y esto lo conseguimos cuando encontramos el aprendizaje en aquello que no nos gusta y conseguimos reinventarnos a pesar de la dificultad. De este modo, les estaremos dando pistas para entrenar la resiliencia. Por tanto, pregúntate: ¿qué me está enseñando este acontecimiento ahora?

En definitiva, los mejores regalos que podemos dar a nuestros hijos se resumen en dos: raíces para crecer y alas para volar, y esto solo lo logramos cuando cultivamos una actitud cercana, sin juicios y orientada al aprendizaje y con ternura. Aunque hagamos todo lo anterior, seguramente nos equivocaremos mil y unas veces, porque seguiremos siendo humanos; pero si consideramos a nuestros hijos maestros de nosotros mismos o espejos en los que nos vemos reflejados, podremos aprovechar esta relación como entrenamiento para completarnos mejor como personas.

 

 

 

Objetivo en 2018: recuperar tiempo para vivir

“Mi objetivo para este año es asistir a los entrenamientos de mi hijo”, me comentó hace unos días un directivo de una gran empresa. Si no iba más veces, era porque en su departamento siempre saltaba algún problema de última hora: un informe importantísimo, una reunión inexcusable o cualquier otro “fuego que apagar”, que le impedía estar los viernes por las tardes viendo a su hijo. “Y lo que es peor –añadió–, la mayoría de las veces lo que se pide no es nada urgente”. El problema reside en los caprichos de la alta dirección o en rutinas en las que caemos sin darnos ni cuenta. Así pues, un buen objetivo para el 2018 es recuperar tiempo para hacer lo que realmente queremos y valoramos: estar con nuestra familia o con nuestros amigos, o disfrutar de series de televisión. Lo que queramos. Para conseguirlo, veamos qué podemos hacer, según nos propone Gustavo Piera en su libro El arte de gestionar el tiempo.

El primer paso consiste en frenar. ¿A qué única persona eres capaz de cambiar? La respuesta es a ti mismo o a ti misma. Por mucho que te gustaría que tu jefe o que tu pareja hicieran algo diferente, resulta un objetivo imposible. Podrás influir, aconsejar o, incluso, dar la tabarra, pero el cambio es una puerta que se abre solo desde dentro. Para recuperar tiempo, necesitamos detener la rutina habitual, preguntarnos qué queremos, adónde vamos, por qué actuamos de tal manera, qué nos hace felices, en qué somos buenos… Y las buenas respuestas surgen cuando despertamos del síndrome del hámster, de dar vueltas sin parar, pero sin llegar a ningún sitio.Por tanto, frenemos un poco y hagámonos preguntas incómodas.

El segundo paso es reflexionar sobre qué nos hace sentirnos bien. La autoconciencia es un automatismo que tenemos perfectamente diseñado. Vemos una foto en grupo o un vídeo e inmediatamente nos localizamos y nos juzgamos. Sin embargo, cuando se trata de cuidarnos, este automatismo muchas veces se diluye. Nos orientamos a los otros, a los objetivos en eltrabajo, pero nos olvidamos de dedicarnos tiempo de calidad a nosotros mismos. Y ahí nos equivocamos, porque si estamos bien, la gente de nuestro alrededor también estará bien. El equilibrio interior nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida y la de las personas que nos rodean, y a sacar lo mejor de nosotros mismos en cualquier ámbito donde estemos. Por ello, ¿qué tendrías que hacer para trabajar más tu equilibrio interior?

Y, como tercer paso, analicemos y decidamos. Para poder recuperar tiempo, necesitamos salirnos de ciertas creencias. Parece que el éxito se asocia con un gran puesto, una extraordinaria carrera profesional o mucha popularidad en redes sociales. Pero, detrás de todo ello, en muchas ocasiones se esconde otra realidad no tan amable. Existen renuncias que duelen con el tiempo o excesos de estrés o de una vida muy escorada hacia el trabajo, que dejan vacíos otros aspectos de la vida. Por eso, el análisis que necesitamos hacer es global: ¿hasta qué punto mi concepto de éxito me ayuda a tener equilibrio interior o me desestabiliza aún más? Una vez que lo hayamos analizado, podemos tomar decisiones y encontrar fuerzas para ello. Podremos establecer ciertos hábitos en nuestra vida personal o en el trabajo, como tener tiempo para nuestras aficiones o aprender a decir “no” a determinadas cosas los viernes por la tarde para asistir al entrenamiento de un hijo, como en el caso del directivo anterior.

En definitiva, solo cuando encontramos un argumento de fuerza somos capaces de producir un cambio importante en nuestra vida. Y, para ello, necesitamos aprender a frenar, a reflexionar, a analizar nuestra vida en su conjunto y a tomar las decisiones para que el equilibrio interior sea nuestro principal objetivo.

¿Cómo evitar las discusiones navideñas? (o al menos salir airoso)

Se acercan las Navidades y, con ellas, los turrones, las comidas con la familia y alguna que otra posible discusión. Tenemos la intención de pasar un tiempo de paz, pero esta se tuerce con la típica bromita del hermano, el comentario desafortunado del cuñado o las manías de la suegra. Ahora bien, si esto ocurre, no te preocupes (ni te estreses anticipándolo). Veamos cómo podemos aprovecharlo como oportunidad para entrenar algunas otras habilidades. Para ello, nos vamos a basar en lo que sugiere David Kantor, psicólogo experto en comportamiento de grupo.

En cualquier conversación, las personas adoptamos distintos roles o papeles. Según el modelo de Kantor, estos pueden ser de cuatro tipos:

– El iniciador, o el que rompe el hielo y propone una acción. Puede ser el que saca las conversaciones sobre la situación de España, el resultado del fútbol o si se ha de pasar ya a los postres. Es un papel de liderazgo y en todas las familias siempre hay uno o más a los que les gusta llevar la voz cantante.

– El seguidor, o el que sigue la corriente. Le suele parecer bien lo que el iniciador propone y, simplemente, continúa la acción o la conversación. En este caso, seguiría la charla sobre el tema que se está tratando sin pensarlo demasiado.

– El opositor, o el que critica. Mientras que el iniciador propone, el opositor se enfrenta con comentarios más o menos constructivos. Este rol suele ser incómodo, especialmente para el iniciador.

– El observador, o el que comenta lo que sucede. Se coloca en una posición distante ante cualquier discusión y actúa de un modo pasivo, solo cuando ya la acción ha comenzado o cuando alguien le pide opinión.

Pues bien, muchas discusiones en un equipo de trabajo o en una familia están relacionadas con los roles que desempeñamos. Todos actuamos en las conversaciones como iniciadores, seguidores, opositores u observadores. Como es de suponer, los conflictos son más visibles cuando se enfrentan dos de ellos: el iniciador y el opositor. Y, curiosamente, cuando esto ocurre, es decir, cuando salta la chispa, ambos se empeñan en llevarse el gato al agua y comienzan una escalada de argumentos que no sirven para mucho, porque muchas veces el problema no está en lo que se discute, sino en el papel que cada uno ha asumido. Por ello, ¿qué podemos hacer?

Lo primero de todo, si quieres tener la fiesta en paz, evita conversaciones espinosas. No asumas el papel de iniciador sabiendo que tienes un opositor esperándote. Es posible que cuentes con seguidores, pero no es momento para demostrar que tienes razón en política, en fútbol o en cualquier tema que despierte pasión a raudales.

Segundo, si ya has entrado en harina y no tenías capacidad de preverlo (o directamente saltaste al ruedo), para y reflexiona. Pregúntate, ¿qué rol estoy jugando? ¿Cuál está representando el otro? ¿Esta discusión es la que realmente deseo en este preciso momento? En los temas familiares no se prefiere al que tiene la razón y deja un mal sabor de boca al resto por la discusión generada, sino al que sabe crear un buen ambiente. Así pues, medita llegado este punto.

Y tercero, y utilizando la propuesta de Kantor, cambia de papel. Si estás en modo iniciador y ves que te has topado con el opositor, juega a colocarte de seguidor de él o de observador. Saca otro tema de conversación, hazle alguna pregunta o utiliza el sentido del humor. De este modo, evitarás una espiral de discusión que no sirve para mucho.

En definitiva, si quieres que las Navidades sean un espacio de reencuentro bonito con familiares, evita conversaciones estériles y aprende a desempeñar los roles que te interesan en cada momento. Solo así seremos capaces de tener unas fiestas en paz y de disfrutar de nuestros seres queridos.

Qué ocurre cuando no le recomiendas tu trabajo a tu hijo

¿Qué es lo que te gustaría enseñar a tu hijo sobre el trabajo, que es un mal necesario porque da un salario para llegar a fin de mes y poco más, o, por el contrario, que puede ser un sitio apasionante en el que uno se realiza? ¿Qué mensaje te gustaría trasladarle? Pues bien, lo que tú consigas enseñarle no va a depender de lo que le digas, sino de cómo actúes tú. Ya sabemos: educamos con el ejemplo. Si decimos que el trabajo puede ser algo divertido pero llegamos con un humor de perros todos los días, tu hijo se quedará con lo que vea. Si, por el contrario, asumes riesgos, no te conformas con lo que tienes si no te gusta o eres capaz de encontrar un mensaje optimista a las situaciones que no puedes cambiar, le estarás enseñando valores que le ayudarán para su futuro.

La resignación y la queja actúan como un cáncer silencioso, no solo por lo que nos afectan en nuestra vida, sino porque enseñamos parálisis y conformismo a nuestros hijos. Y este es un flaco favor, ya que el mundo laboral también puede ser un lugar para crecer como personas, para superarnos y para encontrar felicidad. Así pues, comenzar con nosotros mismos y buscar o crear un trabajo ilusionante es el primer paso para dar ejemplo (y para no tener un humor de perros en casa). Veamos qué cuatro características ha de reunir un trabajo que nos motiva, independientemente de nuestra edad, género o cultura, según un artículo publicado por Bruce Pfau en Harvard Business Review:

  • ¿Me siento realizado con lo que hago? A todos nos motiva desarrollar nuestro potencial. Si pensamos que podemos hacer más cosas de las que tenemos oportunidad, saltarán las alertas. Nos aburriremos, nos sentiremos frustrados y acabaremos quemados con trabajos que están por debajo de nuestras posibilidades.
  • ¿Me siento reconocido emocional y económicamente? El dinero es importante, pero lo intangible también cuenta, como cuando percibimos que nuestra opinión importa o cuando estamos en un ambiente donde nos encontramos a gusto.
  • ¿Me divierto? ¿Tiene sentido lo que hago? Si disfruto con mi trabajo, tengo un mayor aliciente para estar motivado. Y si además entiendo el para qué, le encuentro sentido, aún me sentiré más comprometido.
  • ¿Me siento orgulloso de la organización en la que trabajo? Nos gusta estar en empresas ganadoras o en aquellas que hagan cosas de las que nos sintamos satisfechos, que podamos comentar a amigos o a familiares.

Las cuatro preguntas anteriores definen los trabajos que realmente nos motivan. Pero, ¿qué ocurre cuando alguna de las preguntas no es un “sí” y no tenemos la posibilidad de cambiar tan alegremente de trabajo? Si queremos dar un buen ejemplo a nuestros hijos ante situaciones que no nos gustan, lo primero que tenemos que hacer es evitar la resignación, mover ficha. No debemos quedarnos en sitios desmotivantes, porque la vida es demasiado corta y porque se trata de una mala enseñanza para los que nos rodean. Ahora bien, si después de intentarlo, no se puede, el siguiente paso es encontrar lo positivo de lo que tenemos. Nadie está obligado a quedarse en un trabajo de por vida. Somos libres, podemos irnos y, si no lo hacemos, al menos quedémonos con aquello que nos aporta algo amable, aunque sea un salario para llegar a fin de mes. Si desarrollamos esta manera de verlo, evitamos la resignación y enseñamos optimismo, nos sentiremos más felices con nuestro día a día.

En definitiva, como dice mi amigo y conferenciante Luis Galindo, a nuestros hijos les tenemos que dar raíces y alas: raíces en formato valores, que les ayuden a sentirse fuertes y con seguridad en ellos mismos, y alas para que se atrevan a conquistar sus sueños. Y eso solo lo conseguimos si sabemos darles ejemplo con nuestra propia vida, incluyendo nuestras decisiones en el mundo laboral.