Dieta ante el “hiperpresentismo” o cómo evitar echar más horas que un reloj al trabajo

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Hemos caído en la era del hiperpresentismo: gracias a los dispositivos móviles trabajamos más que nunca incluso desde nuestras casas. Superarlo no solo depende de lo que hagan las empresas, sino también de la actitud que nosotros tomemos.

Francia ha reconocido el derecho del trabajador a desconectar del trabajo cuando ha terminado la jornada laboral. La nueva reforma laboral intenta poner límites a lo que vivimos casi diariamente: emails a las tantas de la noche o sensaciones de culpa o miedo por no haber contestado incluso un domingo. Parece que los dispositivos móviles nos han puesto un cartel de cara al mundo: “abiertos 24 horas por siete días a la semana”. Y es ahí donde reside la trampa. Internet no cierra, pero nuestro cerebro necesita desconectar. La hiperconexión nos agota.

No somos tan multitareas como nos pensamos. Según investigaciones de la universidad de Stanford, cuando hablamos por el móvil o consultamos algo en la tableta mientras hacemos otra cosa, reducimos nuestra atención y nuestra creatividad. Y recordemos que los dispositivos móviles se han hecho nuestros “amigos inseparables”. Consultamos el smartphone unas 150 veces de media, nos despertamos con él e incluso nos acompaña al baño a un 33 por ciento de personas, según el informe de Bank of America. Y cuando todas estas actitudes las aplicamos al trabajo conseguimos dar una vuelta de tuerca al presentismo o al hecho de “calentar el sillón” sin necesidad. Cuando el trabajo se adentra en nuestras vidas privadas a través de la tecnología podemos decir que sufrimos “hiperpresentismo”. Pero para abordarlo no solo los jefes no han de exigir más allá de la cuenta, sino ser nosotros mismos los que aprendamos a ponernos límites. Y el motivo es muy simple: por nuestra salud y por evitar un agotamiento severo que nos desgaste.

En 2016 el 53 por ciento de las empresas españolas sufría de presentismo, según la III Encuesta Adecco sobre el tema. Y lo que es peor, ha supuesto un incremento del 12 por ciento más que el año anterior. Existen muchas razones: hábitos culturales que ni se cuestionan, escasez de recursos para alcanzar un objetivo, tiempos perdidos en conversaciones innecesarias, “ganar puntos” (a determinadas horas es cuando se producen reuniones en los despachos importantes) o formas de gestión que dejan mucho que desear (egoísmo o “me siento grande si veo que todos están cuando yo llego o cuando me voy”). Pues bien, la tecnología amplifica todo lo anterior y dirigir equipos en la era digital supone entender que el talento es más que nunca el recurso más valioso, aunque esté detrás de los dispositivos o trabaje desde casa, y gestionarlo implica no exigir comportamientos ilógicos o que dañan la motivación futura.

Y por nuestra parte, también tenemos margen de maniobra. Comprender que responder emails o no saber desconectar tiene un precio, quizá no a corto plazo, pero sí a medio o largo: el erosionante agotamiento aunque se tengan veinticinco años. De hecho, tratar el agotamiento lleva mucho más tiempo y no se consigue con un fin de semana de ensueño, sino con crear espacios de cuidado personal: con saber dejar el móvil apagado durante unas horas diarias, no consultarlo los emails nada más levantarse o saber guardarlo cuando estamos en casa o con la familia. Todo ello porque necesitamos reconocer que consultamos el smartphone muchas veces no solo por lo que diga el jefe, sino porque nos aporta intensidad, que entretiene a la mente. Si no sabemos separarnos de él aun cuando estamos de vacaciones o en una cena con amigos, tampoco culpemos solo a la empresa de hábitos que nos hacen daño.

Así pues, si queremos comenzar el año con una mejor salud, empecemos por encontrar espacios para cuidarnos del hiperpresentismo en el trabajo o bien poniendo límites, o buscando otras alternativas laborales si estamos en una empresa que nos lo exige, o bien poniéndonos una dieta más saludable para estar mejor con nosotros mismos.

Siete claves para conseguir nuestros objetivos en 2017

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Si en el 2016 definiste objetivos que no conseguiste, tranquilo. Solo el 10 por ciento de lo que nos proponemos a principios de año lo logramos, según la Universidad de Scraton. Veamos a continuación qué podemos hacer para que nuestro porcentaje de éxito aumente en 2017.

Cuidarte más, hacer un viaje, aprender un idioma o cambiar de trabajo son clásicos objetivos de Año Nuevo, que implican nuevos hábitos. Y es ahí donde reside el problema. Porque si algo se nos resiste como gato panza arriba son los hábitos o los comportamientos que tenemos automáticos, aunque sea asaltar el frigorífico por más que no queramos. Pero la ciencia tiene también sus buenas noticias, porque según los expertos todos somos capaces de cambiar si sabemos cómo. Veamos qué siete claves nos proponen las investigaciones para ser un poco más exitosos en este año que empieza.

1. Define pocos objetivos y haz uno cada vez

Si hacemos la lista de los Reyes Magos sobre lo que queremos cambiar, tengamos por seguro que será muy difícil salirse de ese 90 por ciento de frustración. Nuestra mente no es capaz de focalizarse en muchos objetivos al mismo tiempo, aunque lo deseemos. Por ello, señalemos algunos (preferiblemente, tres importantes) y luego, centrémonos en uno en cada momento. La multitarea no es aliada de las buenas intenciones.
2. El objetivo ha de ser concreto

La ambigüedad es otro enemigo de nuestros objetivos. Si nos decimos “voy a hacer deporte”, la mente se confunde. Si nuestro sueño es hacer una maratón o simplemente, hacer alguna carrerita sin morir en el intento, pues pongámonos un objetivo específico tipo: “voy a andar todos los días treinta minutos”. Con una información así, la mente lo tiene más claro. Igual sirve para buscar otro trabajo, descansar más o incluso, aprender ese idioma que no hay manera.

3. Siempre en positivo

De nada sirve proponerse: “voy a dejar de comer chocolate”. Según el neurólogo Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, la mente “piensa” en imágenes y la palabra “no” no tiene consistencia. De modo que si me digo no voy a comer chocolate, inconscientemente estamos recordando este dulce y nos entrarán unas ganas increíbles de saborearlo. Por ello, el objetivo tendríamos que reformularlo “en el postre voy a tomar una infusión”. Evidentemente, no es lo mismo, pero por algo se empieza.

4. Apóyate en lo que ya haces e increméntalo

Si quieres hacer algo diferente, es mejor si te apoyas en aquello que ya tienes automatizado. Si deseas hacer deporte puedes sustituir el ascensor por subir las escaleras. O esos diez minutos que andas, añadirle algo más. De hecho, si vas incrementándolo poco a poco, será más fácil. Como hizo Madonna Buder que con 48 años comenzó con una carrera de 10 minutos y su objetivo fue aumentar diariamente un 10 por ciento. Pasado unos años, lleva más de 45 ironmans completados.

5. Busca tus propias estrategias

Norcross estudió qué hacían las personas que conseguían dejar de fumar. Después de dos años, vieron que todas las que tenían éxito (un 19%) habían definido estrategias anticipatorias, como ser capaz de no comprar el paquete de tabaco en el estanco. Ponerse fotos con pulmones destrozados no les ayudaron, por ejemplo. Por ello, para conseguir una meta, necesitamos definir nuestras propias estrategias, como evitar comprar ese chocolate o apuntarnos al gimnasio con otras personas y competir en número de abdominales. Cada cual, el que le sea más estimulante.

6. No te olvides de la repetición

Nuestro cerebro es plástico y sabe automatizar nuevos hábitos, pero requiere repetición. Algunos autores hablan de 21 días, otros de 66, incluso hay quien define siete veces nada más para hábitos sencillos. Está claro que solo hay un punto de consenso: hace falta repetir y repetir para convertir ese esfuerzo en algo natural.

7. Sin sufrir, por favor

Y por supuesto, para empezar el año con buen pie asumamos que aunque sigamos las seis claves anteriores, habrá algún día que sucumbiremos al chocolate o al sofá tentador, que nos aburriremos del idioma que no nos sale y que nos enfrentaremos a la frustración. Por ello, no suframos. Tomémoslo como algo natural y comencemos de nuevo. La buena noticia es que no somos perfectos, sino sencillamente humanos con hábitos y con objetivos que requieren a veces esfuerzo y muchas otras, grandes dosis de paciencia con nosotros mismos.

 

Cómo salir de la frustración con el principio de reacción positiva

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Cuando tienes la sensación de darte golpes contra un muro corres un riesgo invisible: agotar tu depósito de reacción positiva, que te ayuda a recuperarte y a lograr lo que deseas. La buena noticia es que se puede evitar e, incluso, prever. Veamos cómo.

Hay personas que van a una entrevista de trabajo como si fueran al matadero. Han pasado por tantos “no” que inconscientemente piensan: “será otro no”. Actúan con esa sensación de fondo y después no consiguen el trabajo. El resultado le da un nuevo argumento para confirmar que ellos tenía razón, que era un “no” de partida. Y puede que hubiera un mejor candidato, que su perfil no se ajustara o quizá que su actitud tampoco le ayudó. Esto mismo ocurre cuando queremos encontrar una nueva pareja, lanzar un proyecto, aprender un idioma o cualquier cosa que se nos resiste. La frustración continuada genera residuos invisibles que se van acumulando, nos van llenando de energía negativa y al final conseguimos que cualquiera que se acerque a nuestro alrededor quiera salir escopetado. El motivo es sencillo: nuestro depósito de energía interior, es decir, nuestra actitud y fuerza con la que vivimos las cosas, impacta en la reacción que tenga el resto hacia nosotros. Esta relación podríamos denominarla como el principio de reacción positiva: yo estoy bien, el otro tiene más probabilidades de estar también bien (esta relación no significa que sea inmediata, sino que ayuda enormemente).

Un comercial amargado tendrá menos probabilidades de vender que otro que esté ilusionado. El producto puede ser el mismo, pero la actitud con la que lo cuenta influye en las ganas del comprador. Y todos lo hemos vivido desde una tienda a un restaurante. En algunos te hacen sentir como un rey y la tarjeta de crédito reluce con fuerza y en otros deseas salir lo antes posible (y contigo también tu tarjeta de crédito). Por ello, no es que esta crisis económica haya dejado un sinfín de conversacionesácidas y quejumbrosas, que lo único que atraen es precisamente de lo que tanto se quejan: no lograr los resultados. El principio de reacción positiva se apoya en una premisa: la actitud con la que abordamos los desafíos condiciona los resultados. Henry Ford lo resumía maravillosamente: “Si crees que puedes, tienes razón; y si crees que no puedes, también tienes razón”. Entonces, ¿qué podemos hacer?

Primero, tomar conciencia: la frustración acumulada o las heridas mal cerradas tienen impacto en nuestro futuro e incluso en aquello en lo que inicialmente no estaba ni relacionado. Como cuando a alguien le va mal en el trabajo, llega a casa cabreado, tiene broncas y, al final, también tiene problemas con la pareja. La frustración en alguna de las dimensiones de nuestra vida tiene impacto en otras. Por ello, identifiquemos señales que nos advierten que no estamos bien como un enfado constante, malhumor o falta de ilusión (lógicamente, estamos hablado de situaciones no patológicas, que en ese caso requieren otras soluciones).

Segundo, aceptar nuestras emociones y vivirlas aunque sean negativas. Salir del atolladero no se resuelve llenándonos de actitud positiva y punto. Eso solo ocurre en las teorías fáciles. Giorgio Nardone sugiere dos maneras de salir de la tristeza. Una de ellas es crear un espacio al día para darle rienda suelta y así dejamos el resto del tiempo libre. Y otra, concentrarnos para estar muy muy tristes y paradójicamente cuando lo hacemos, la cabeza se va al lado opuesto. En cualquier caso, necesitamos vivir la emoción de la que nos queremos liberar.

Y tercero, crear espacios de reconstrucción para variar nuestra actitud: momentos spa personales, agradecimientos diarios aunque sean pequeños y modificar nuestra mirada. Si nos estamos dando golpes contra un muro, no vale la pena insistir, sino cambiar la estrategia para buscar una puerta.

En resumen: el principio de reacción positiva se apoya en una idea. En la medida que nosotros estemos bien, habrá más posibilidades de generar una reacción positiva en el resto que nos ayude a conseguir nuestros objetivos. Por ello, para salir de los atolladeros, además de crear planes de acción y de tareas, necesitamos poner nuestro estado de ánimo como una de las prioridades a resolver.

 

Dominante, influyente, concienzudo o estable. ¿Cómo eres tú?

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¿Por qué hay personas con las que tienes mucha química y a otras a las que no entiendes para nada?

La respuesta puedes encontrarla en uno de los modelos de comportamiento más utilizados por las empresas desde hace décadas. Veámoslo para conocer cómo eres y cómo son el resto sin desfallecer en el intento.

Escuchas a cuatro personas abordando un problema del equipo o de la familia. Uno se muestra asertivo y dice todo el tiempo cómo se han de hacer las cosas. Otra, sin embargo, te expresa entusiasmo y te pone en contacto con gente que puede ayudarte. Un tercero te aporta un sinfín de datos analíticos para entender los distintos enfoques. Y el cuarto se muestra calmado y ofrece alternativas para colaborar conjuntamente. Pues bien, cada uno de ellos representa cuatro formas distintas de comportarnos, según el modelo desarrollado por Marston allá por los años veinte. Marston estudió psicología en Harvard, fue profesor en American University y, sin duda, tenía la suficiente genialidad para desarrollar un modelo que sigue vigente hasta ahora. Además de trabajar en el terreno de la psicología, se considera el pionero del polígrafo, fue autor del comic de la Mujer Maravilla, declarado feminista convivía en familia con su mujer y con su amante y, sobre todo, le preocupaba comprender cómo era la gente normal (aunque él, seguramente, no debía ser considerado “muy normal” para su época, algo clásico para muchos genios).

Martson desarrolló el modelo DISC, que son las siglas de los cuatro tipos de comportamiento que podemos tener: Dominio, Influencia, Sumisión y Conformidad a normas (aunque en el gráfico le llamamos estable y concienzudo, que se entiende mejor). Su modelo partió del estudio de Jung y se construyó en función de dos ejes diferentes: introversión versus extroversión; racional versus emocional. Con todo ello, definió los cuatro tipos de comportamiento que podemos tener (ojo, que no es personalidad, lo que significa que podemos variarlo a lo largo del tiempo). Veámoslos:

Una persona dominante proyecta su energía al mundo y utiliza la razón para alcanzar sus objetivos. Es confiable, tenaz, exigente, orientado al poder y puede ser agresivo en las formas. Aquí están las personas que les gusta decir lo que el resto ha de hacer. Por ello, no es de extrañar que muchos líderes tengan bastante carga D en sus comportamientos, así como los que solemos llamar “marimandones”.

Un influyente llevará su energía al mundo de las relaciones personales. Su comportamiento es el resultado de la extroversión y la emoción, por lo que su energía la dirige a las personas. Es abierto, locuaz, inspirador , pero como no hay nada perfecto, también puede ser descuidado, impulsivo y poco discreto. En este grupo están muchos vendedores, conferenciantes y tienen muchos amigos (de verdad, no del Facebook).

Los concienzudos o los conformes a las normas son analíticos, introvertidos y cerebrales. Son muy precisos y formales, sobre todo con los datos. Y como buenos introvertidos-racionales, las emociones no son su fuerte, por lo que suelen ser tímidos y les cuesta expresar qué sienten. Muchos científicos, informáticos y financieros suelen estar en este grupo.

Los estables son calmados, confiables y muy buenos “soldados” en las empresas o en el grupo de amigos. Son introvertidos, por lo que su energía la volcarán hacia dentro y con un fuerte peso en la emoción. Por ello, les gusta escuchar y aceptan bien al resto de personas. Sin embargo, también pueden ser lentos y les cuesta el cambio.

Como es de suponer, todos tenemos un poco de las cuatro energías o letras, pero dependiendo de dónde pongamos más foco en cada momento se definirá nuestro comportamiento.

Por último, el modelo DISC no lo patentó Martson, por lo que hubo empresas que lo desarrollaron utilizando estas siglas u otras versiones del mismo. Y como siempre, lo importante no es si estamos en un cuadrante u otro, sino entender la diversidad y la riqueza de estar con personas diferentes a uno mismo.

Cómo evitar el sentimiento de culpa

CULPA

¿Te sientes culpable por no hacer las cosas mejor? Tranquila, no eres la única.

Uno de los grandes problemas que vivimos las mujeres es el sentimiento de culpa que nos atrapa en todos los ámbitos y en especial, en la maternidad.

Nos sentimos culpables por no ser mejores, por no poder estar en el partido del hijo porque tenemos que trabajar o por no haber acertado con la ropa en una cena. Da igual, nos inventamos mil y un motivos para sentirnos mal con nosotras mismas. Lógicamente, cuando hablo de culpa no me refiero a la que nos atormenta en el caso de que cometiéramos un delito o un agravio a otra persona. Esa culpa es sana y tiene un sentido evolutivo, porque nos ayuda a evitar dañar de nuevo, como escribe Laura Rojas Marcos. Sin embargo, existe otra que no es tan beneficiosa y que surge cuando no hemos alcanzado un objetivo deseado, aunque fuera imposible. Esta última se conoce como sentimiento de culpa y no tiene ningún sentido evolutivo. Es decir, no sirve para mucho, sino para hacernos daño. Pues bien, tristemente las mujeres ganamos por goleada en la intensidad del sentimiento de culpa en comparación con los hombres, como lo hemos vivido en propias carnes y como se han encargado de ratificar los psicólogos.

Según un estudio realizado por Itziar Etxebarria de la Universidad del País Vasco a 156 adolescentes, 96 jóvenes y 108 adultos, las mujeres, independientemente de la edad, tenemos el “deporte” de sentirnos mal con nosotras mismas más a menudo que los varones y parece, además, que las que más sufren el sentimiento de culpa son las mujeres de entre 40 a 50 años. Por suerte, en esa edad, los hombres son más empáticos que de adolescentes, por lo que al menos, nos pueden entender mejor.

¿Por qué surge el sentimiento de culpa? Existen varios motivos. Uno de ellos es nuestra mayor sensibilidad social desde pequeñas. El cerebro de las niñas procesa antes el miedo del rechazo social que el de los niños, ya que la amígdala, la zona responsable de las emociones, se desarrolla antes. Así no es de extrañar que las niñas sean más prudentes a la hora de ciertos juegos o más susceptibles a los mensajes de “buenas chicas” para ganar la aprobación social (por supuesto, hay excepciones y está claro que depende también de la educación recibida). Otro motivo, ya de adultas, nace del error en la interpretación de nuestras posibilidades.

El sentimiento de culpa está relacionado con expectativas hacia nosotras mismas que nos autoimponemos o que nos impone la sociedad. El caso de la maternidad es un buen ejemplo. Deseamos ser buenas madres y nos encanta ver imágenes de mujeres felices con sus bebés. Sin embargo, cuando aborrecemos tener que dar el pecho en plena noche, nos sentimos culpables porque pensamos que no queremos suficiente a nuestro hijo. Este sentimiento de culpa es absurdo y como sabemos que no es práctico, busquemos qué soluciones están en nuestras manos.

Primero, necesitamos aceptar que somos humanas, y no superheroínas de los comics Marvel que pueden con todo: con agradar al jefe, a la pareja, a los hijos y a aquel que se cruce por el camino. Somos lo que somos, por tanto, rebajemos nuestras autoexigencias que, sencillamente, son imposibles. Segundo, reconozcamos las emociones que sentimos sin juzgarlas. En el caso de la maternidad, por ejemplo, hablemos también de la dureza que significa, más allá de lo bonito que es tener hijos. No nos convierte en peores personas, sino sencillamente, nos hace reales, porque lo otro solo habita en los anuncios de productos infantiles. Y por último, divirtámonos con nuestros errores y con nuestra torpeza. Si no hemos acertado con una ropa, pues riámonos de ello con los amigos. Si creemos que no somos buenas madres, pues hagamos nuestro propio cuaderno de “mala madre” y hablémoslo con otras mujeres. Seguro que no eres la única.

En definitiva, vale la pena desterrar el sentimiento de culpa que no es práctico. Con machacarnos más de la cuenta, no vamos a evitar errores futuros, así que comencemos a reconocer nuestros límites y a disfrutar de ellos.

El pensamiento grupal o cuando no se admite la crítica

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¿Por qué personas inteligentes a veces toman decisiones poco afortunadas en equipo? Hay comportamientos en grupo que nos “restan” cociente intelectual, aunque no nos demos ni cuenta.

Así sucede en las empresas, en las familias y en la política. Y ahora que Trumpestá formando gobierno conviene recordar la investigación que realizó Irving Janis, profesor de la Universidad de Yale (Connecticut). Allá por los sesenta cuando Estados Unidos estaba enfrascada en la guerra de Vietnam, el presidente Johnson tomó decisiones poco acertadas. Janis analizó los motivos y descubrió que durante el proceso de análisis, todo el mundo estaba de acuerdo con la idea principal. Nadie proponía algo distinto. Creían sin fisuras que había que permanecer en Vietnam. No había voces disonantes. Y no era porque no se atrevieran, sino porque nadie lo pensaba. Este fenómeno Janis lo bautizó como “pensamiento grupal”, que ocurre cuando un equipo está muy cohesionado, tiene un fuerte enemigo común y además comparten un ideal común (Janis, por cierto, a raíz de esta investigación fue considerada persona non-grata para más de uno). Años antes, Kennedy, lo consiguió evitar cuando introdujo civiles en la toma de decisiones de guerra, como se recoge en la película Trece Días, pero parece que fue una práctica que no creó precedentes.

En los grupos de amigos, en algunas empresas y en la política habita el pensamiento grupal. Por tendencia, solemos rodearnos de personas similares a nosotros y escogemos la información acorde a nuestros intereses de partida. Digamos que somos fieles a nuestros pensamientos y nos gusta hablar de fútbol con los de nuestro mismo equipo o de política con simpatizantes de nuestro partido preferido (quizá por ese motivo no somos capaces de prever resultados electorales sorprendentes). Por supuesto, tenemos también momentos de curiosidad sobre lo que hacen otros, pero en general, nos sentimos más seguros en terrenos conocidos. Y como somos así, corremos el riesgo de hacer equipo con personas muy parecidas. De este modo, evitamos las opiniones opuestas y nos sentimos tan contentos pensando que estamos en lo cierto. Y ahí reside el problema, por lo que estas dinámicas son peligrosas y nos pueden hacer caer en la miopía.

El pensamiento grupal o de grupo, como algunos lo llaman, también afecta a los comités de dirección de las grandes empresas líderes. Así sucedió con Nokia. En pleno éxito sus directivos estadounidenses advirtieron a la central de los peligros que acechaban. Los finlandeses no contemplaron ningún riesgo, porque sencillamente Nokia era la número uno. El lema que se respiraba por aquel entonces era “somos los mejores y nadie puede con nosotros”. Esta frase, por cierto, es muy recurrida en el fútbol y evito dar nombres, porque todos tenemos en mente cuáles. Pues bien, la historia ha demostrado que cualquier gigante puede caer si se cree invulnerable.

Por tanto, si somos animales sociales y tenemos cierta tendencia a poder actuar como corderitos, tomemos conciencia de ello y pongamos remedios. Si estamos dirigiendo un grupo de personas, contemos con personas que opinen de manera diferente. Aunque nos fastidie o nos canse, incluyamos lo que tradicionalmente se ha denominado un abogado del diablo. Si nos va muy bien, escuchemos las críticas amables que nos ayudan a crecer. Si somos unos fanáticos del fútbol, escuchemos a personas de otros equipos sin necesidad de vender que somos los mejores. Y si se está montando un gobierno, hay que recordar el riesgo de no contar con voces disonantes (esto afecta a cualquier país, incluyendo España, por supuesto). De algún modo, abramos continuamente una ronda interna de opiniones y debatamos sobre nuestras certezas, porque si algo es peligroso en una democracia, en un mercado competitivo o en las relaciones personales es creerse invencible y no abrir espacios para la duda. Y si tú no eres capaz de hacerlo, al menos rodéate de personas que lo hagan por ti. Solo de este modo evitarás el pensamiento grupal en equipo.

Trump ha ganado por la emoción

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Ante argumentos que ganan por la emoción, el cerebro racional reduce su capacidad crítica

Trump ha ganado por la emoción. Lo fundamental era convertir su campaña en un eslogan de anuncio publicitario. La fórmula para captar la atención aunque fuera con exabruptos, ha sido describir la situación en la que una gran parte de los votantes se sentían identificados y proponer planes que poco importa si van a ser viables o no. El muro o los supuestos aranceles son lugares comunes o conversaciones de barbacoa para remediar los problemas de la globalización (barbacoa, porque bares pocos existen en Estados Unidos). Y no porque no sea listo, sino porque Trump es evidentemente más inteligente que la media y comprende cómo funcionan las marcas personales, el marketing y el cerebro. Si ganas por la emoción, la razón queda relegada. Así lo demuestra la ciencia, más allá de las elecciones.

Hace años Paul MacLean de la Universidad de California explicaba que nuestro cerebro está formado por tres partes diferenciadas: una es la reptiliana, donde se albergan los instintos básicos; otra, la emocional y donde se encuentra una glándula fundamental, la amígdala; y la última, la racional o neocortex, la que nos diferencia a los humanos del resto de los animales. Tiempo después, Joseph Ledoux comprobó que cuando la amígdala se inflama, no se piensa con claridad. Se produce el “secuestro de la amígdala”, como se dice científicamente. En otras palabras, cuando te domina la ira, el miedo o, incluso, la alegría, se toman decisiones de las que luego nos podemos arrepentir. Las comisarías y las bodas en Las Vegas podrían corroborar este dato.

Cuando alguien da argumentos que ganan por la emoción, el cerebro racional reduce su capacidad crítica. Por eso, para los países extranjeros o para las ciudades estadounidenses de más de un millón de habitantes Trump era un showman sin posibilidades de ganar. El cerebro racional imperaba. Sin embargo, para otra parte de los votantes, Trump conectaba con su sentimiento imperante y escuchaban las verdades que ellos mismos repetían entre sus amigos. El cerebro emocional dirigía. Estos últimos votaron desde la brecha cultural y económica que divide a Estados Unidos. Por dar algún dato, menos del 33 por ciento de los estadounidenses tienen el pasaporte cuando se obtiene en cualquier oficina de correos. Un trabajador en McDonalds cobra 15 dólares a la hora y el seguro médico de una familia con un hijo es una cuota de 700 dólares mensuales, copago de 50 dólares por consulta y una franquicia de 5.000 para cada uno de sus miembros (es decir, los primeros 5.000 dólares en gastos médicos los paga el propio enfermo). Existe un problema muy real para las familias. La Ley Obama no ha dado respuesta. Y según Trump los políticos no van a hacerlo. Él, en cambio, sí aunque poco importa cómo.

La crisis económica en Occidente conserva todavía la nostalgia del tiempo pasado y los políticos están muchas veces lejos de los problemas de los ciudadanos. Las redes sociales son autopistas para los eslóganes cargados de emocionalidad y donde la capacidad de la autocrítica no tiene mucha cabida. Da lo mismo que criticara a las mujeres o a los inmigrantes para que mujeres y latinos le votaran bajo sus propios argumentos. Si la emoción impera, se encuentran las excusas racionales para ello. Y este fenómeno no solo ocurre en Estados Unidos, sino en Occidente. Se están dibujando líderes que campan en el corazón de los votantes y cuyos datos están manipulados o, simplemente, son imposibles de implantar. Pero tiene un por qué. Cuando hay desesperanza y frustración, mucha gente necesita creer en un salvador que rescate al país de la situación. Y, claramente, Clinton no se ganó su confianza.

Las grandes ciudades se quedaron atónitas en la noche electoral, como lo viví personalmente en la fiesta de The Washington Post. Pero quizá si algo han demostrado estos resultados es que existe otra realidad conformada por personas cuyos votos valen lo mismo y quienes sufren las consecuencias de los problemas culturales y económicos. Ellos han confiado en un personaje vanidoso, impulsivo y quien ha abierto el miedo profundo en la comunidad hispana y una brecha social de dimensiones difíciles de estimar. Confiemos que ahora Trump como presidente entierre los eslóganes emocionales y ponga su inteligencia al servicio del futuro para no dividir aún más a un país tremendamente polarizado.