Concedámonos el permiso de ser humanos

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A menudo pensamos que nuestro camino hacia la plenitud ha de labrarse en torno a la eliminación de elementos negativos. Creemos que en el momento que toquemos con las manos la felicidad, automáticamente nos liberaremos de sensaciones sombrías como el dolor, la tristeza, la pena… Y precisamente puede que sea esa la razón por la que no la alcanzamos, porque jugamos con una teoría de base errónea. Quizá es esa tesis equivocada la que nos hace frustrarnos, la que nos hace pensar que no lo conseguiremos, la que nos aleja de ese nirvana que habitualmente imaginamos cuando nos recreamos en el concepto de felicidad.

El experto en psicología positiva Tal Ben-Shahar, que lleva años abordando este aspecto con enorme determinación, asegura que solo hay dos tipos de personas capaces de anular los malos sentimientos, esos malos momentos que la vida nos trae de vez en cuando: los psicópatas y los muertos. Desde luego que visto así nadie querría situarse en ninguna de esas dos categorías. Todas nuestras emociones fluyen por la misma tubería emocional. No existe un conducto para lo bello y otro para lo feo, no hay cañería de alegría y otra paralela de pena. Todas las emociones se manifiestan por el mismo lugar, lo que produce que en el momento que bloqueamos las malas, sin querer hacemos lo mismo con las buenas. Este hecho se entiende perfectamente cuando vemos a un bebé llorar de forma desconsolada y, acto seguido, reír a carcajadas. O bien cuando aceptamos que un padre puede llegar a sentir algo de envidia por el plano prioritario que ha adoptado su hijo en su vida en pareja, al mismo tiempo que siente un amor descontrolado hacia él o ella. Es compatible, y lo es porque es humano.

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Abre tu mente, ‘apadrina’ a un extraño

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¡Cuántos genios ha dejado escapar la humanidad por los prejuicios! Las sociedades han ido avanzando a lo largo de la historia gracias a cambios producidos por personas brillantes, únicas en su tiempo, privilegiadas, iluminadas, incomprendidas… y casi siempre reconocidas mucho después. Pero el avance podría haber seguido un ritmo más alto de haber dejado brillar a todas esas personas a las que se condenó al olvido por ser mujeres, homosexuales o simplemente consideradas extrañas, no normales.

Alan Turing, padre de la inteligencia artificial y hombre clave para descifrar los códigos nazis durante la II Guerra Mundial, fue condenado en Gran Bretaña por “indecencia grave”. ¿Cuál fue su delito? Ser homosexual. Su tormento le llevó a quitarse la vida… y el mundo se perdió un científico brillantísimo. La condena tuvo lugar en 1952 y solo hace dos años, en 2013, el Parlamento intentó reparar socialmente su figura ‘perdonándole’ su pecado. Es solo un ejemplo, al igual que el gran Oscar Wilde, condenado a dos años de trabajos forzados por ser homosexual. Al igual que ellos dos ha habido cientos de miles de personas consideradas raras o extrañas en su tiempo que no han podido desarrollar su talento por las barreras que se les han impuesto. Hoy, aunque en menor medida,seguimos cayendo en ese gran error.

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El trabajo de tu vida

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¿Y si levantarse para ir a la oficina fuera algo apasionante? ¿Y si el dinero que percibimos fuera secundario? ¿Y si trabajar nos sirviera para ser más felices? Creedme, aunque parezca un tópico, para algunas personas esto es una realidad, porque no se levantan para ir a trabajar, sino que se levantan para ir a disfrutar. Dicho esto, os lanzo otra pregunta: ¿Por qué no nos movemos para estar junto a esos privilegiados? Desde luego que no es misión sencilla, pero se puede lograr.

El último informe Gallup sobre satisfacción laboral revelaba un dato bastante alarmante:Solo uno de cada ocho trabajadores en todo el mundo está contento con su trabajo. Y no es una encuesta realizada a la ligera, ya que se trata de resultados recogidos en 142 países y a 25 millones de trabajadores a lo largo del planeta. Los hay peores, pero España no sale muy bien parada. Hasta un 62 por ciento de los encuestados se muestran desconectados del trabajo que desempeñan, mientras que un 20 por ciento afirman sentirse muy desconectados. Solo un 18 por ciento está satisfecho. A nivel mundial el dato alcanza el 87 por ciento de personas “desconectadas emocionalmente de sus puestos de trabajo y con menos posibilidades de ser productivas”. En tu caso, ¿dónde te sitúas? Si estás en el primer grupo, sinceramente te felicito. Realmente no es fácil y es un motivo de alegría. En el caso de alinearte con los descontentos, todavía hay solución, no desesperes.

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No dejes que tu paciencia coja el AVE

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Estamos en la era del minuto a minuto, del resultado inmediato, de la conexión en directo, de las dietas milagro, de la comida rápida, de las descargas por Internet instantáneas, del tren de alta velocidad… La tecnología nos ha hecho la vida mucho más fácil, pero por otro lado también ha creado auténticos devoradores de satisfacción inmediata. Hoy más que nunca, en la edad de la impaciencia, es la paciencia la que emerge como virtud más que necesaria si no queremos que la frustración nos visite con frecuencia.

Si revisamos uno de los experimentos con más ‘paciencia’ que se recuerdan, el psicólogo de la Universidad de Stanford Walter Mischel, realizó un estudio cuyas conclusiones llegaron muchos años después de iniciarse. Mischel reunió a un grupo de niños de cuatro años y les puso delante una golosina ante sus ojos. Un momento muy complicado y sin duda muy tentador para los pequeños. Antes de darles vía libre para devorarla, les propuso que si eran capaces de esperar veinte minutos sin comerse el dulce, les daría otro. Si por el contrario no podían controlar su primer impulso y se lo comían, no recibirían un segundo. Dos de cada tres pequeños no pudieron aguantar y se la llevaron a la boca rápidamente, mientras que solo uno de cada tres logró reprimir sus ganas, a pesar de sus miradas de sufrimiento. Ahí quedó la primera parte del testeo, en ‘stand by’, hasta que muchos años después, cuando los niños ya se afeitaban y estaban en la universidad, Mischel volvió a fijarse en ellos. El descubrimiento fue extraordinario cuando se dio cuenta de que los que en su día consiguieron esperar, obtenían mejores calificaciones y mejor empleo que aquéllos que años atrás no consiguieron controlar su paciencia. Este experimento, cuyo éxito también se basó en la espera, desembocó en el llamado Principio del éxito, que resume que las personas que tienen la habilidad de aplazar la gratificación son más propensas a tener éxito que los que buscan la recompensa a corto plazo.

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Reivindica tu nostalgia para soñar tu futuro

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Hagamos una sencilla prueba: Tratemos de recordar junto a varios amigos, pareja o familiares un mismo hecho que vivimos con ellos. Una situación cotidiana, un viaje, una anécdota divertida que compartimos… Este sencillo ejercicio servirá para dos cosas: Por un lado, uniremos mucho más los lazos con nuestros seres queridos, ya que según Psychology Today, compartir recuerdos hace fortalecer las relaciones. Por otro, podremos constatar que todos coincidiremos en la gran mayoría de los detalles, pero que cada uno hará suya la experiencia de una manera diferente. Esto ocurre porque nuestra memoria es selectiva y guarda las partes que más le interesan. Dependiendo de la percepción de cada uno, tendemos a moldear las historias vividas para ajustarlas a nuestro bienestar. Es algo común, y no resulta preocupante salvo que distorsionemos la realidad a nuestro antojo, como algunas personas hacen de forma compulsiva para crear una realidad inventada o un pasado de ciencia ficción.

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Dale la mano al niño que llevas dentro

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‘Mi vida son recuerdos de un patio de Sevilla’, escribía Machado con nostalgia de un tiempo pasado feliz que no volverá. Como el poeta, de alguna manera todos miramos hacia atrás con añoranza, al tiempo que quemamos etapas en ese recorrido en el que cometemos el error de olvidar lo que un día fuimos. Pero todavía podemos volver allí o, mejor dicho, todavía podemos traer a nuestro hoy lo mejor de esa niña o niño que un día fuimos.

Tratemos de ser inteligentes y aprovechemos la mejor parte de cada estación que nos brinda la vida. Quedémonos con lo mejor de cada parada pero no olvidemos meter en el vagón locomotora nuestra infancia o, por lo menos, lo mejor de ella. La evolución es seguir el camino y dejar atrás elementos impropios de nuestra edad, por supuesto. No se trata de actuar de forma irresponsable, no forcemos actitudes que no nos corresponden con la edad, pero incorporemos a nuestro presente eso que un día fue único, esas sensaciones de la primera vez, de aquella inocencia extraordinaria, de la constante curiosidad, de esa ausencia de prejuicios, o de la creatividad sin límites ni barreras.

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