Cuatro claves para romper con una amistad tóxica

amistades toxicas

Cada vez que quedas con un cierto amigo o amiga (o hablas por whatsapp), te quedas con sabor amargo. Puede que sea por sus comentarios sutiles, bromas pesadas que no te hacen ni pizca de gracia o porque abre el muro de las lamentaciones que te dejan agotado. Sea lo que sea, te hace sentirte mal. Pues bien, ha llegado el momento de darte cuenta de que quizá te estés enfrentando a una relación tóxica, aquella que te desgasta de energía y que no aporta en ambos sentidos. Las personas cambiamos y aquella amiga o amigo del alma, con el que compartías penas y glorias, ya no es el mismo y se ha convertido en alguien que es mejor evitar. Veamos cuáles pueden ser los motivos para que una amistad se haya convertido en “tóxica”:

  1. Porque tu “amigo” te tiene envidia. Puede que sea la principal causa. Es una emoción profundamente escurridiza. Quizá ni hayas sido consciente de que esa persona a lo largo del tiempo ha ido labrando una envidia hacia a ti, que le lleva a darte malos consejos en tu relación con hombres o mujeres, que se alegra de que hayas fracasado en algo o que critica cualquier cosa que te haya ido bien.
  2. Porque te coge de chivo expiatorio para hacerse el gracioso. Le gusta el poder en el grupo y se aprovecha todo el tiempo de ti para quedar por encima de todos. Te puede hacer comentarios, que te dejan en un mal lugar o llega a ridiculizarte bajo la excusa: “son bromas, no te lo tomes así”. Normalmente, ese tipo de personas van con su séquito, que le ríen las gracias aunque sea a costa de ti. Y, cuidado, tanto su séquito como él son tóxicos.
  3. Porque tiene una gran rigidez mental y no para de cuestionarte. Esto ocurre si tu “amigo” es de los que se sienten jueces del mundo y carecen de autocrítica para ellos mismos. Puede que en el pasado los dos estuvierais más alineados en gustos o en formas de ver la vida (de pequeños todos somos más parecidos). Sin embargo, uno ha cambiado profundamente y la diferencia con el otro es abrumadora. En vez de entenderlo tu “amigo” o “amiga” como respeto o aprendizaje, la diferencia la convierte en una crítica constante. ¿Motivo? Puede ser de nuevo envidia, nostalgia o inseguridad. En cualquier caso, los comentarios y los constantes juicios vuelven a ser tóxicos.
  4. Porque es cansino con sus problemas. Se apoya en ti para contar lo mal que va su vida y no para de hablar de sus desgracias, no escucha, su vida siempre es peor que la tuya y etc., etc., etc. Normalmente, las personas que refuerzan su autoestima en dar pena a otros necesitan de alguien que les escuche. Si te ha escogido a ti y tú no compartes esta tendencia, las conversaciones te pueden agotar profundamente.

Todo lo anterior puede que no sea ni la primera ni la segunda vez pero tú sigues viéndole, por diversos motivos. Pues bien, veamos qué podemos hacer para comenzar a cuidarte un poco más:

  1. Deja de fantasear con que tu “amiga” vaya a cambiar. Las personas somos lo que somos y, con el tiempo, vamos acentuando una de nuestras facetas. Es posible que tu “amiga” o “amigo” sea muy simpático, te rías mucho pero te tiene envidia, por ejemplo. Esto último no lo puedes tú cambiar y es lo que te lleva a aguantar muchos comentarios incómodos. Por lo tanto, acepta que él es así y acepta también que esa parte te hace daño.
  2. Pon límites. Aunque compartáis una misma pandilla, quizá sea el momento de decir basta. Tienes derecho a que se te respete. Ni aceptes bromas que no te gustan ni comentarios a tus espaldas. Confróntale. Puedes quedar un día con él o con ella, se lo dices y le das una oportunidad. Si no lo reconoce o si persiste, es mejor buscar otros amigos que aguantar el dolor de no ser respetado (y al fin y al cabo, a los amigos los escogemos, ¿no?).
  3. Desahógate y agradece. Escríbele una carta aunque no se la mandes para agradecer el pasado, desearle suerte en el futuro y comenzar una vida separados. La rabia tampoco es una buena emoción para ti y no vale la pena mantenerla hacia nadie.
  4. Y sé firme en tu decisión. Puede que te hayas dicho muchas veces que no querías volver a verlo o verla, pero por influencia de otros o porque te da pena la situación, tiendes un puente y pasado un tiempo vuelves a las andadas. En ese momento te enfadas con él y contigo mismo por haber recaído. Por ello, y si ya te ha ocurrido más veces, sé firme. Nada es eterno, ni la amistad. Y esa persona perteneció a tu pasado y muy probablemente, el futuro te aguarde mejores amigos para crear relaciones mucho más saludables si eres capaz de romper con las tóxicas.

 

La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad.

Sir Francis Bacon

Fuente imagen: Kampaii.com

Cuidado con el amor ciego hacia nuestros hijos (o padres)

hijos

No todos las formas de amar son sanas. Cuando los dos crecemos, es saludable. El problema surge cuando quieres y quieres, pero es a costa de perder una parte de ti mismo importante. Ese es un amor ciego, que nos lleva a espirales que pueden llegar a ser autodestructivas para ti o para la otra persona. En el caso de la pareja, lo reconocemos fácilmente cuando uno está tan “coladito” por alguien que le lleva a perder la cabeza (menos mal que el enamoramiento tiene sus hormonas oscilantes que pasado un tiempo nos hacen recuperar la razón). El problema surge en espacios mucho más sutiles, más controvertidos, como son la relación entre padres e hijos. Hay padres que quieren a sus hijos profundamente, con toda la buena fe del mundo, pero sin embargo, están creando relaciones que no son positivas para ninguno de los protagonistas. Querer y querer pero sacrificando todo cuanto tenemos, es un flaco favor que nos hacemos como padres y que le hacemos a nuestro hijo. Es un tipo de amor ciego, muy difícil de reconocer en uno mismo y, como siempre, muy fácil de ver en otros y sobre todo en quien se ha separado o al que no le va bien la relación con su pareja. Veamos cuándo vivimos el riesgo de caer en el amor ciego:

  1. Cuando te va mal en la pareja y proyectas de manera inconsciente la falta de cariño en uno de tus hijos. Se genera un vínculo muy especial, pero hay dos riesgos: no dejas espacio a reconstruir tu vida con una nueva pareja (el espacio que no le corresponde lo ocupa tu hijo) y segundo, se corre el riesgo de que ese hijo crea que sus futuras parejas no están a la altura del cariño que le dio su papá o su mamá (lo que llamamos vulgarmente enmadrado oempadrado, solo que ya con pelo en pecho). Y seguro que conocemos a más de uno con un vínculo excesivo a sus padres y posiblemente sea por un amor ciego entre su progenitor y él o ella. Si alguien está muy empadrado o enmadrada o “hijodrado e hijadrada” (perdón por el vocablo inventado) es difícil que tenga espacio para una relación de pareja saludable.
  2. Cuando vives una separación y por culpa o por soledad, colocas a tu hijo en el absoluto epicentro de tu vida a costa de sacrificar cualquier proyecto personal y profesional. Es una variante de la anterior, que ocurre muchísimo en las separaciones y, en especial, en el progenitor que ha perdido la custodia (normalmente, el padre). Los hijos se convierten en una obsesión, muy superior a cuando incluso vivían juntos en familia, y vuelven a colocar en ellos un amor ciego que no les corresponde con un altísimo sacrificio personal.
  3. Cuando como padre le recuerdas una y otra vez lo durísimo que fue haberle tenido, la cantidad de sacrificio que te supuso, las renuncias que tuviste que hacer y etc… Se busca un constante reconocimiento absurdo. Seamos sinceros: la decisión es personal. Si tenemos un hijo no es porque él nos haya escrito una carta pidiéndonos nacer o ser adoptados. Lo hemos decidido (o hemos asumido un riesgo sabiendo cuál podría ser la consecuencia). ¿Cuál es el precio desde esta actitud que le hacemos pagar a nuestro hijo? La culpa. Desde la culpa hacemos muchas tonterías, como rechazar al padre que te repite la misma cantilena de lo mucho que sufrió o evitar tener hijos o tantas otras decisiones inconscientes, que pueden ser también igualmente absurdas.
  4. Cuando esperas que tu hijo cumpla con tus sueños no conquistados por ti mismo. Otra tontería inconsciente que nos lleva a sobredimensionar la agenda extraescolar de los niños y a hacerles vivir una vida que ellos no han escogido. No olvidemos que los hijos, sobre todo de pequeños, buscan agradar a sus padres y pueden estar dispuestos a sacrificar sus propios deseos en aras de sus progenitores… y esa decisión de adultos les puede pasar factura a la relación.

En definitiva, el amor hacia los hijos es posiblemente el más intenso y el más puro que podamos sentir. Llegaríamos a dar la vida por ellos, pero dicho esto, reconozcamos algo políticamente incorrecto: además de padres, somos algo más, somos personas que tienen parejas, familia, amigos, proyectos profesionales, aficiones…, aunque podamos pensar que esa parte de nosotros no sea tan importante. Hacer girar absolutamente toda nuestra vida en torno a nuestros hijos (al igual que toda nuestra atención), tiene consecuencias negativas para ellos y para nosotros mismos como hemos visto. Si queremos tener hijos autónomos y libres en sus decisiones, aprendamos a controlar nuestros amores ciegos, porque les hacemos un flaco favor a ellos y también a nosotros mismos.

woman-918707_960_720

En Asia las mujeres se cubren la cara para no tomar el sol mientras que en Europa nos tostamos en la playa en cuanto podemos. Está claro: los cánones de belleza varían con la cultura, pero también con el tiempo. Si no, contemplemos el cuadro de las Gracias de Rubens lo lejos que queda de lo que ahora anhelaríamos por un cuerpo 10. Sin embargo, la ciencia nos aporta un nuevo enfoque y nos dice que más allá de los gustos, los hombres y las mujeres con salud resultan más sexys que aquellos que no gozan de una salud de hierro. Y aún más, según un reciente artículo publicado por los psicólogos canadienses Daniel Re y Nicholas Rule, la salud la llevamos escrita en la cara. Como concluyen los investigadores, cualquier observador no experimentado (léase, cualquier mortal) podemos identificar tres rasgos faciales que nos dan pistas sobre la salud del que tenemos enfrente: dos de ellos están relacionados con el color de la piel y el tercero, con la adiposidad o grasa acumulada.

El primer rasgo es el enrojecimiento de la piel. Si tenemos una piel oxigenada gozamos de un color rojizo, bien diferente a la palidez o a la piel azulada que se nos pone cuando estamos enfermos. El rojo es un color sexy en la naturaleza y no solo para los humanos, sino para nuestros primos, el resto de primates. ¿Motivos? Varios. Como apuntan distintos primatólogos, el rojo está relacionado con la receptividad sexual de las hembras, con la fruta madura o con el color saludable de la cara de los chimpancés o bononos, por ejemplo. En cualquier caso, los humanos hemos heredado este color como algo sexy y no es de extrañar que el rojo sea el “rey del mambo” en los colores preferidos en sus distintas versiones para los lápices de labios y colorete. Pero más allá de los maquillajes y de una manera mucho más saludable, según los psicólogos Re y Rule, podemos lograr un mayor enrojecimiento si dedicáramos al menos una hora a la semana de ejercicio aeróbico.

El segundo rasgo que identificamos de manera innata de una persona sana es el brillo amarillo de la piel, distinto una vez más a la palidez. Lo que otorga este brillo son los carotenoides de las frutas y de las verduras, que son antioxidantes y que ayudan al sistema inmune y a frenar el envejecimiento. Ambos rasgos, el color rojizo y el brillo amarillo han de tener una medida adecuada, porque un exceso deja de gustar y se convierte en enfermedad, como quemaduras del sol o problemas hepáticos. Por eso, Re y Rule recomiendan (y como era de esperar), que comamos tres piezas de fruta al día para tener una piel sana y resultar más sexys a los ojos del resto.

Y el último rasgo es la grasa acumulada. Si tenemos obesidad se refleja en nuestra cara y los demás lo perciben de manera innata. La obesidad implica problemas de hipertensión, coronarios…, más allá de cuestiones atractivas, por lo que no es de extrañar que una persona se considere más sexy si no tiene un índice de obesidad preocupante (otra cosa es caer en cuerpos anoréxicos, que parece que es una de las tendencias de los últimos años y que resultan igualmente preocupantes en términos de salud física y psicológica).

En definitiva, cuidar nuestro cuerpo nos hace resultar sexys y eso lo percibimos de una manera innata, porque tenemos una piel más oxigenada, porque contamos con un sistema inmunitarios más poderoso y porque no tenemos problemas de hipertensión o coronarios. Por ello, aprender a cuidarnos es también aprender a ganar belleza, independientemente de la edad que tengamos.

No creas todo lo que recuerdas

recuerdos3_pixabay

Quizá te has pasado toda la vida recordando que de pequeño te pasó tal cosa y un buen día, pasado el tiempo, en una conversación con un hermano, te das cuenta de que no era cierto, de que tu memoria quizá te había fallado.  Motivo: nuestra colección de archivos del pasado está llena de defectos. Y esto es una mala y una buena noticia al mismo tiempo. Veamos qué le pasa a nuestra memoria para no ser tan fiable, como explica la psicóloga Julia Shaw.

  1.  Podemos evocar recuerdos que nunca ocurrieron. Los investigadores hicieron el siguiente experimento con estudiantes universitarios: les indujeron a imaginar una infracción que no habían cometido, como un robo o un asalto. Durante dicha persuasión, además, mezclaron hechos reales de alta carga emocional que habían obtenido de sus propios familiares con sucesos que nunca sucedieron. Y después de crear ese cóctel, les entrevistaron a ver qué recordaban. Pues bien, el 70 por ciento de los estudiantes dieron detalles del incidente que nunca habían vivido. Parece que así funciona nuestra mente… y lo que consigue, por cierto, la persuasión social (como la publicidad o mensajes subliminales)
  2. Nuestra memoria es selectiva. En los años 60 se hizo una encuesta entre hombres y mujeres acerca del porcentaje de las tareas domésticas que hacía cada uno. El resultado fue curiosamente el mismo para ambos sexos. Tanto las mujeres como los hombres consideraban que hacían el 70 por ciento de las tareas de la casa. Como las matemáticas no engañan, no cabe duda de quesomos expertos en organizar los armarios de la memoria conforme a unos criterios previos y que recordamos aquello que más nos interesa (aunque sea en detrimento de otras personas).
  3.  Diferenciar los recuerdos verdaderos de los inventados a veces es difícil. Científicos de la Universidad de Northwestern en Chicago han descubierto que lo que imaginamos se superpone a aquello que realmente hemos vivido, lo que hace que nuestro cerebro no sea capaz de diferenciar entre lo que ha vivido y lo que ha imaginado. Eso significa que si visualizamos algo con muchísima intensidad podemos confundirlo con algo que realmente haya existido. Esta investigación publicada en la revistaPsychological Science levantó un debate interesante en la comunidad científica entre partidarios y detractores, que todavía sigue abierto… pero lo que parece que hay consenso es que podemos llegar a confundir la realidad con la imaginación.

En definitiva, los resultados anteriores podemos leerlo como una mala o una buena noticia. La “mala”: nuestra memoria no es tan fiable como nos imaginamos, por lo que posiblemente necesitemos revisar ciertas cosas que “recordamos” con datos, fotografías u opiniones de otros, aunque sean tan subjetivas como las nuestras. Y la “buena noticia”: si nuestra memoria es un tanto caprichosa eso significa que podemos adaptarla a entender la vida de un modo más amable. Podemos seguir machacándonos con aquello que vivimos en nuestra infancia o bien, enmarcarlo en un contexto más favorable para nosotros. En la medida que podamos reescribir nuestra memoria, podemos reescribir nuestra vida. Como resume, Milton Erickson:

 “Nunca es tarde para una infancia feliz”

Así que atrevámonos a revisar los armarios de nuestra memoria.

Hablemos de nuestros errores

errores

– ¿Cuántas veces has fracasado en tu empresa? – le preguntó un posible inversor a un emprendedor, que se afanaba en hablar de las excelencias de su producto.

– He montado antes dos empresas que no funcionaron. Esta es la tercera – respondió, serenamente.

El inversor le sonrió y le dijo: “Está bien, sigamos hablando”.

Esta conversación la escuché en una ronda de inversores en Silicon Valley, uno de los lugares más innovadores del mundo. Es la cuna de las empresas más punteras de Internet, como Google, Facebook o Airbnb, entre las más conocidas; además de otras más entradas en años, como Visa, Levi´s o Häagen-Dazs. Allí el fracaso se vive como algo inherente al aprendizaje y está tan asumido, que los emprendedores tienen a gala sus anteriores errores. De hecho, se calcula que en Silicon Valley fracasan el 78 por ciento de las start-ups (o empresas jóvenes digitales). No está mal. El fracaso está a la orden del día de la realidad empresarial, pero también de la personal y de la propia naturaleza.

En los famosos documentales donde vemos cómo la leona caza a la gacela en una carrera, la estadística demuestra que la leona solo acierta en el 10 por ciento de las ocasiones (precisamente, lo que se ve en el documental). Y la leona no deja de intentarlo aunque le suponga fracasar el 90 por ciento de las veces. Sería absurdo. Moriría, como nos pasa a cualquiera de los mamíferos que vamos vestidos. Si el error nos impide volver a intentarlo, “morimos”, quizá no físicamente, pero sí nuestro espíritu de aprendizaje o de exploradores. Por eso, no es de extrañar que cualquier iniciativa que ponga de manifiesto que detrás de nuestros aciertos hay un sinfín de errores, tiene un éxito increíble. Así ha ocurrido con Johannes Haushofer, un profesor de Princeton, universidad de gran prestigio. Ha publicado su curriculum vitae de errores, donde recoge las universidades donde no fue aceptado como docente, los artículos que escribió que le rechazaron las revistas científicas y las becas o los fondos de investigación que le fueron denegados. En fin… lo habitual que contiene un curriculum que no solo mostrara los éxitos, sino también los esfuerzos y los errores. Y curiosamente, su CV de fallos ha tenido muchísimo más impacto en las redes sociales que todo su trabajo durante años. Y es que quizá, estamos cansados de mostrar una máscara sobre el éxito que nos cuesta mucho de mantener.

Todos nos equivocamos, porque somos mamíferos, porque la vida no se somete a las hojas de Excel o a lo que debería ser. La vida es y punto. Podemos dejarnos la piel y no conseguir nuestros objetivos, pero quizá lo importante sea otra cosa, sea avanzar, atrevernos, aprender y saber que nuestros resultados también están sujetos a un porcentaje de azar o de decisión de otros. Y esto nos pasa absolutamente a todos. A mí incluida. Yo tampoco conseguí trabajos a los que optaba, he fracaso en dos empresas anteriores que monté, he perdido dinero en inversiones que han sido un desastre, he escrito algún libro que ha pasado sin pena ni gloria (por no hablar de algún post de este Laboratorio que no gustó demasiado aunque a mí me entusiasmara) y me he equivocado en conferencias, en las que no he sabido llegar al público. Sí, he vivido muchos errores y confío en vivir muchos más, porque significará que estoy viva. Dejemos de dar una imagen de éxito a toda costa, porque es falsa, porque es cansina y porque, además, es mentira.Somos eternos aprendices de un proyecto que se llama vida. Así que atrevámonos a experimentar y a aprender, en vez de obsesionarnos con el éxito y con el fracaso en nuestra vida profesional y personal.

Cuidado con los momentos de la verdad

road-sign-663368_1280

Cuidado cuando estés con alguien que esté atravesando un periodo delicado. Puede que sea un momento de la verdad y conforme tú actúes, él o ella te lo recordará durante mucho tiempo. Veamos un ejemplo.

Hace años realicé un estudio sobre el compromiso de los profesionales. Tuve la oportunidad de entrevistar a una persona que trabajaba en un banco. Había sido un buen trabajador, pero llevaba un tiempo “decepcionado con la empresa”, como él me dijo. En aquella entrevista me explicó el porqué: era director de una oficina bancaria y, un buen día, entró un ladrón. Les amenazó a los clientes y a los empleados y aunque no ocurrió nada grave, lo pasó realmente mal. Cuando llamó a su jefe para contarle lo ocurrido, lo primero que escuchó fue: “¿Cuánto se ha llevado? ¿Lo sigue la policía?”. Su jefe no preguntó nada sobre ellos, si estaban bien, si les había pasado algo o cómo estaban recuperándose del susto. Sin duda, fue una metedura de pata, pero este profesional se lo tomó tan a pecho, que estaba realmente decepcionado. Y el motivo era porque para él había sido un momento de la verdad.

Vivimos un momento de la verdad cuando estamos especialmente vulnerables y esperamos que el otro tenga una respuesta a la altura de nuestras circunstancias.Puede ser que estemos muy fastidiados con algo, una enfermedad, una ruptura o que hayamos pasado un día muy aciago, y nuestro jefe, amigo o pareja nos diga algo realmente desafortunado. No ha de ser enfrentarnos a un ladrón, como el caso del ejemplo. Pueden ser cosas menos importantes, pero que a nosotros se nos hagan un mundo. Son momentos muy sensibles y que además se nos pueden quedar grabados en la memoria por “los siglos de los siglos”. Así que veamos algunas claves para saber gestionarlos adecuadamente:

  • Identifica los momentos de la verdad de quienes nos rodean. Lógicamente, necesitamos tener algo de empatía y ponernos en el lugar del otro. Un momento de la verdad, no es un periodo de tiempo. Es un momento puntual, de alta intensidad emocional, como un funeral, que nos cuente que se está divorciando o que haya recibido una notificación de Hacienda que le haya caído como una losa.
  • Muestra afecto en un momento de la verdad. Lo que la otra persona espera es comprensión y apoyo, no exigencia. Por ello, es bueno dejar espacio a que el otro se exprese y nos cuente lo que le está pasando hasta donde quiera explicar. En el caso del jefe del director de la oficina hubiera sido mejor si se hubiera interesado por cómo estaban… y al final de la conversación, muy al final, preguntar por el dinero. Por ello, si alguien está en un momento de la verdad y necesitamos pedirle algo, es mejor posponerlo o dejarlo para el final de la diálogo.
  • Si has metido la pata, discúlpate. Todos recordamos qué estábamos haciendo cuando nos enteramos del 11S y del 11M. Motivo: la memoria emocional. Recordamos fuertemente las experiencias de alto impacto emocional. Pues bien, nuestros momentos de la verdad son experiencias que se quedan grabadas en la memoria sean positivas o no. Por ello, si no has sabido reconocer en el otro su momento de la verdad, es bueno una conversación de disculpas. Al menos, le otorgas un reconocimiento de la situación vivida.
  • Y relativiza lo vivido. Y si eres tú quien has vivido un momento de la verdad y la otra persona no ha sabido estar a la altura de las circunstancias, relativízalo. Todos somos humanos, nos equivocamos y quizá andamos demasiado despistados con lo nuestro. La memoria es selectiva y de nosotros depende guardar un recuerdo más amable o no.

Nuestros queridos autoboicots: Cómo identificarlos

woman-674977_960_720

Comer de manera compulsiva, comprarse muchos bolsos o ropa sin necesitarla o hacer un exceso de deporte. Todos los casos anteriores son ejemplos de comportamientos de compensación, en términos refinados; o de la ley de la venganza, en términos de andar por casa. Es decir, como no me gusta lo que vivo, pues intento equilibrarlo a mi manera, con bolsos, bollos o machacando mi cuerpo, sin duda. Y todo ello son señales de que algo no va bien, aunque no sepamos el qué.

Tenemos grabado a fuego el concepto de justicia, que nos lleva a medir lo que yo hago y lo que yo recibo en comparación con otros. Y si no, piensa en los niños que están continuamente comparándose con el hermano o recuerda al resto de primates de un zoo y sus discusiones sobre quién tiene el juguete. El motivo también es biológico, según Sapolsky, profesor de Stanford.

Nuestros ojos tienen células en la retina que no responden a un solo color, sino a un color en relación con los otros que lo rodean (como el rojo contrapuesto al verde y si no, que se lo digan a los daltónicos). Eso significa que no buscamos ser solo listos e inteligentes o lo que sea, sino ser más listos e inteligentes que el vecino. Es decir, comparación, comparación y más comparación. Y esto ha sido crucial para la supervivencia: ¿Cuán rápido he de correr para librarme de un león? Como dice Sapolsky, “la respuesta es siempre la misma: Más que la persona que está a mi lado”. Pues bien, tenemos internamente un radar que está continuamente escaneando lo que yo hago versus lo que las otras personas hacen por mí. Y si por cualquier motivo creemos que es injusto, compensamos, y esa es la señal de que algo no va bien. Así ocurre a veces con el alcohol o con el tabaco. Paso un mal día, pero tengo mi copita o mi cigarrito de descanso.

 Sospecha de comportamientos tuyos repetidos que te hacen un agujero en la cuenta económica, emocional o en la báscula.

Además de la compensación, existen otros comportamientos “sospechosos” de autoboicots. Para decir “no” o, mejor dicho, para que nuestra cabeza racional se entere de que estamos hartos de algo, a veces necesitamos traspasar nuestros límites. Por eso, hay personas que para dejar un trabajo necesitan quemarse mucho, mucho y contar a todo el mundo y a sí mismo: “¿Ves cómo tengo razón?”. Buscan enfadarse por cualquier nimiedad y con ello construyen la catedral de la queja. O se quedan trabajando hasta el infinito y mucho más en la empresa aunque sea innecesario. En el fondo, el problema no es el email ni las horas, sino que están acumulando “quesitos” del trivial para completar el juego y decir: ¡Necesito un cambio! Así se animan a ir a Recursos Humanos o a actualizar el perfil de LinkedIn y buscar trabajo. También sucede en el plano personal: Personas que, inconscientemente, buscan bronca tras bronca para dejar o para ser abandonados por la pareja y decir a todos: “¿Ves cómo tengo razón? No se podía convivir con él o con ella”. De algún modo, parece que en determinadas situaciones necesitamos llegar al límite de lo que no queremos para identificar lo que sí deseamos.

 En determinadas situaciones necesitamos llegar al límite de lo que no queremos para identificar lo que sí deseamos.

Puedes creer que tienes el trabajo que quieres, la pareja que quieres… y, sin embargo, no paras de comprarte bolsos o necesitas comer todos los bollos de chocolate que se ponen en tu camino o llegas a situaciones límites. Por eso, ante rutinas que son un agujero en la cuenta económica, emocional o en la báscula, es bueno preguntarse con calma ¿qué estoy viviendo que no quiero? (y no respondas ¡me encantan los bolsos o los bollos!… nos estaríamos engañando). El cuerpo expresa muchas de las cosas que te están ocurriendo aunque ni tu cabeza sea consciente. Es bueno prestarle atención, ser muy honestos con nosotros mismos y tomar una determinación para vivir un cambio.

Fuente de la imagen: Pexels.