Trump ha ganado por la emoción

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Ante argumentos que ganan por la emoción, el cerebro racional reduce su capacidad crítica

Trump ha ganado por la emoción. Lo fundamental era convertir su campaña en un eslogan de anuncio publicitario. La fórmula para captar la atención aunque fuera con exabruptos, ha sido describir la situación en la que una gran parte de los votantes se sentían identificados y proponer planes que poco importa si van a ser viables o no. El muro o los supuestos aranceles son lugares comunes o conversaciones de barbacoa para remediar los problemas de la globalización (barbacoa, porque bares pocos existen en Estados Unidos). Y no porque no sea listo, sino porque Trump es evidentemente más inteligente que la media y comprende cómo funcionan las marcas personales, el marketing y el cerebro. Si ganas por la emoción, la razón queda relegada. Así lo demuestra la ciencia, más allá de las elecciones.

Hace años Paul MacLean de la Universidad de California explicaba que nuestro cerebro está formado por tres partes diferenciadas: una es la reptiliana, donde se albergan los instintos básicos; otra, la emocional y donde se encuentra una glándula fundamental, la amígdala; y la última, la racional o neocortex, la que nos diferencia a los humanos del resto de los animales. Tiempo después, Joseph Ledoux comprobó que cuando la amígdala se inflama, no se piensa con claridad. Se produce el “secuestro de la amígdala”, como se dice científicamente. En otras palabras, cuando te domina la ira, el miedo o, incluso, la alegría, se toman decisiones de las que luego nos podemos arrepentir. Las comisarías y las bodas en Las Vegas podrían corroborar este dato.

Cuando alguien da argumentos que ganan por la emoción, el cerebro racional reduce su capacidad crítica. Por eso, para los países extranjeros o para las ciudades estadounidenses de más de un millón de habitantes Trump era un showman sin posibilidades de ganar. El cerebro racional imperaba. Sin embargo, para otra parte de los votantes, Trump conectaba con su sentimiento imperante y escuchaban las verdades que ellos mismos repetían entre sus amigos. El cerebro emocional dirigía. Estos últimos votaron desde la brecha cultural y económica que divide a Estados Unidos. Por dar algún dato, menos del 33 por ciento de los estadounidenses tienen el pasaporte cuando se obtiene en cualquier oficina de correos. Un trabajador en McDonalds cobra 15 dólares a la hora y el seguro médico de una familia con un hijo es una cuota de 700 dólares mensuales, copago de 50 dólares por consulta y una franquicia de 5.000 para cada uno de sus miembros (es decir, los primeros 5.000 dólares en gastos médicos los paga el propio enfermo). Existe un problema muy real para las familias. La Ley Obama no ha dado respuesta. Y según Trump los políticos no van a hacerlo. Él, en cambio, sí aunque poco importa cómo.

La crisis económica en Occidente conserva todavía la nostalgia del tiempo pasado y los políticos están muchas veces lejos de los problemas de los ciudadanos. Las redes sociales son autopistas para los eslóganes cargados de emocionalidad y donde la capacidad de la autocrítica no tiene mucha cabida. Da lo mismo que criticara a las mujeres o a los inmigrantes para que mujeres y latinos le votaran bajo sus propios argumentos. Si la emoción impera, se encuentran las excusas racionales para ello. Y este fenómeno no solo ocurre en Estados Unidos, sino en Occidente. Se están dibujando líderes que campan en el corazón de los votantes y cuyos datos están manipulados o, simplemente, son imposibles de implantar. Pero tiene un por qué. Cuando hay desesperanza y frustración, mucha gente necesita creer en un salvador que rescate al país de la situación. Y, claramente, Clinton no se ganó su confianza.

Las grandes ciudades se quedaron atónitas en la noche electoral, como lo viví personalmente en la fiesta de The Washington Post. Pero quizá si algo han demostrado estos resultados es que existe otra realidad conformada por personas cuyos votos valen lo mismo y quienes sufren las consecuencias de los problemas culturales y económicos. Ellos han confiado en un personaje vanidoso, impulsivo y quien ha abierto el miedo profundo en la comunidad hispana y una brecha social de dimensiones difíciles de estimar. Confiemos que ahora Trump como presidente entierre los eslóganes emocionales y ponga su inteligencia al servicio del futuro para no dividir aún más a un país tremendamente polarizado.

Las preguntas que te pueden hacer en una entrevista de selección (y cómo prepararlas)

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¿Cómo puedes saber si la persona que tienes delante tiene iniciativa? ¿O si sabe trabajar en equipo? Si se lo preguntas directamente, muy probablemente te dirá que sí, que es “el rey de proponer cosas nuevas” y el mejor de los compañeros posibles. Esta respuesta es la normal. Cuando alguien quiere algo, intenta sacar sus mejores galas. Eso ocurre en la seducción amorosa y, por supuesto, en las entrevistas de selección. Por eso, para conocer tus habilidades un buen entrevistador va a utilizar otras técnicas.

Lo primero de todo, va a buscar coherencia en el currículo y entender por qué has tomado unas decisiones y otras. Si dejaste de trabajar durante un tiempo, necesitarás explicar el por qué: porque en mi empresa hubo un ERE, porque quise acompañar a mi pareja que la destinaron a Singapur o porque decidí estudiar inglés, que era mi asignatura pendiente. Lo que quieras. Pero ten una explicación preparada a las situaciones importantes de tu currículo y que ayuden a dar una imagen positiva de ti, especialmente de las difíciles. En el caso de haberte quedado sin trabajo, por ejemplo, puedes explicar que durante ese tiempo has aprovechado para aprender cosas nuevas. O si te marchaste a Asia, la experiencia te ha ayudado a conocer otras culturas y a ser más creativo.

Segundo, es posible que te pregunten el porqué quieres ese puesto. Y aquí resulta importante que hayas estudiado previamente la compañía. Puedes preguntar a gente que trabaja allí o leer la web de arriba abajo (no te quedes solo en la primera página, porque eso se nota). Ha de verse que has hecho los deberes previos y que conoces los objetivos, los valores, los clientes… y además, puedes vincularlo a tus gustos o a lo que a ti se te da bien. Puedes decir que sabes que en esa empresa el trato a los clientes es crucial y que a ti te gusta anticiparse a sus problemas, por ejemplo.

Tercero, si el entrevistador está entrenado, es muy posible que se apoye en la técnica de “entrevista sobre incidentes críticos”. ¿Qué quiere decir? Muy sencillo. Te van a preguntar sobre experiencias pasadas para que las cuentes con cierto detalle y conforme lo que digas, deducirá cuáles son tus habilidades. Por ejemplo, si explicas que un día le propusiste a tu jefe una revisión de los precios de los proveedores, el entrevistador pensará que tienes iniciativa y te comprometes con la empresa. Si le cuentas que envías los emails a los compañeros animándoles a dar ideas, deduciría que sabes trabajar en equipo. La base sobre la que se apoya esta técnica es fácil: las habilidades que has tenido en el pasado reciente siguen existiendo en el futuro. La entrevista de incidentes críticos fue desarrollada en 1972 por la universidad de Harvard y continúa vigente. Tanto es así que incluso Google, además de algunos test curiosos, incluye este tipo de preguntas.

Si el entrevistador está utilizando esta técnica, te dirá que le expliques cómo conseguiste un éxito pasado. O cómo superaste un error. Si está buscando iniciativa, te preguntará sobre una experiencia en la que tú decidiste de manera proactiva. O si quiere saber cómo trabajas en equipo, estará interesado en situaciones en la que tuviste que moverte con compañeros. La clave está en escuchar atentamente y en ser sincero. Si exageras y dices que fuiste tú a quien se le ocurrió la mejor idea de la compañía y no fue cierto, muy probablemente te descarten.

Por último, existen otro tipo de cuestiones más abiertas y al gusto de quien te entrevista. Una famosa es pedirte que cuentes cuál es tu principal defecto (en este caso, no es un derroche de innovación). La respuesta es preferible que juegue a tu favor como, por ejemplo, soy muy exigente conmigo mismo o muy perfeccionista. También el entrevistador puede ser creativo y te pregunte por el mueble que guarda el perfume. Y aquí, una vez más, sé tú mismo. En este tipo de preguntas no hay una respuesta correcta.

Cuando una monja gana ‘ironmans’

“El único error es no intentar” dice la hermana Buder. Esta monja católica estadounidense empezó a correr con 48 años. Tenía sobrepeso, pero se lanzó al mundo del deporte tras la sugerencia de un sacerdote para armonizar la mente, el cuerpo y el espíritu.

A la hermana Buder le pareció un argumento de fuerza y corrió sus primeros 10 minutos con un objetivo espiritual y otro práctico: cada día aumentaría un 10% más. Así, poco a poco, hasta que a sus 50 años terminó su primera carrera popular. Le fue cogiendo el tranquillo y con 52 años completó su primer triatlón. Y no contenta con ello, dio unos cuantos pasos más y a sus 55, consiguió su primer ironman, la prueba deportiva más exigente para atletas de élite (3,86 km de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de carrera a pie). Eso ocurrió hace varias décadas y en 2013 la hermana Buder consiguió en Hawái el récord mundial de la persona más longeva en terminar un ironman a la friolera de 82 años de edad. En la actualidad, lleva sobre sus espaldas 340 competiciones de triatlón y 45 de ellas en la distancia ironman. Gracias a ella, se ha abierto la categoría de mayores de 80 años y, por si fuera poco, es modelo en uno de los anuncios de Nike

La hermana Buder ha tenido unas cuantas lesiones: se ha roto huesos en brazos, manos, costillas e incluso, la cadera. Pero, ahí sigue al pie del cañón. Y ¿cuáles son las claves de su éxito (más allá de la dieta y una genética extraordinaria, que ella misma reconoce)? Muy sencillo. Tiene una determinación de hierro, por lo que no es de extrañar que su apodo sea “la monja de hierro”.

La determinación es la fuerza poderosa, que nos empuja a conseguir lo que queremos. Gracias a ella, nos ponemos el mundo por montera si hiciera falta, con prejuicios incluidos. Seguramente, cuando Buder comenzó hace cuatro décadas, más de uno debió de pensar que era una locura y que era absolutamente imposible que alguien con 82 años consiguiera un ironman. Pero la determinación consigue romper los “imposibles” y lo que es apasionante, todos tenemos esta capacidad. Para despertar esta fuerza, el primer paso consiste en conectar con nuestro argumento de fuerza, con ese deseo genuino que nos “da la vida”, como se dice a veces. Si no, es realmente muy difícil conseguirlo. Podremos comenzar, pero en la tercera vuelta, tiraremos la toalla bajo mil y una excusas. Para Buder era un objetivo espiritual. Pero cada uno ha de buscar el suyo: por uno mismo, por verse más delgado, por dar ejemplo a sus hijos, por lo que sea… Pero el deseo solo es la primera parte. La segunda fase es la convicción.

La hermana Buder se propuso un plan: correr un 10 por ciento más cada día y entrenar en todo momento que le fuera posible. Ella no practicaba en un centro de alto rendimiento, sino en lugares comunes: va corriendo o en bici a misa, a las casas de acogida y hace natación en la piscina popular del YMCA. Es decir, le apasiona lo que hace, monta su propia estrategia de entrenamiento y busca los recursos para conseguir su sueño. Y eso es lo que la convierte en una mujer con tanta fortaleza.

El ejemplo de Buder nos enseña algo: si queremos conseguir un objetivo, necesitamos despertar la fuerza de la determinación y esto solo se consigue cuando nos conectamos con el deseo profundo y cuando tenemos la convicción o la estrategia para ello. Solo así, daremos el primer paso para romper imposibles y para lograr nuestro propio “ironman particular”.

Cuatro pasos para reducir la envidia

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Reconozcámoslo: todos en algún momento hemos sentido envidia. La envidia es una emoción que daña profundamente nuestras relaciones personales pero sobre todo, a nosotros mismos.

La envidia tiene un componente evolutivo universal y su efecto es tan fuerte que incluso genera dolor físico. Puede que para reconocerla tengamos que remontarnos a nuestra adolescencia, como cuando aquel compañero sacaba mejores notas; o a anécdotas cotidianas, como cuando vemos al vecino con un maravilloso coche. Pero no cabe duda que campa a sus anchas en las empresas, en las redes sociales y en las vidas personales de cualquier mortal. Y si tenemos éxito, muy probablemente lo generemos a nuestro alrededor aunque no siempre seamos conscientes. Así pues, si deseamos neutralizar su efecto, veamos qué cuatro pasos podemos dar para conseguirlo.

1. Reconoce la emoción y qué te lo produce

La envidia surge cuando alguien tiene algo que uno no posee y que querría también. Puede ser desde una relación de pareja, un mejor tipo físico o un ascenso en la empresa. Hay dos tipos de envidia: la sana y la nociva, podríamos decir. La sana es cuando solo deseamos el objeto que el otro posee como, por ejemplo, las vacaciones del compañero de trabajo a un destino paradisíaco. Cuando sentimos envidia sana no nos alegramos por el mal ajeno, sencillamente queremos también lo que el otro tiene, como ha demostrado Niels van de Ven. Sin embargo, la envidia a secas es más complicada y nos alegramos de que al otro le vayan mal las cosas, como que le caiga un diluvio y no pueda salir del hotel durante esos días. En Brasil o en Rusia las diferencian como envidia blanca y negra, y como es de suponer, aunque ambas son dañinas, es peor la negra. Así pues, el primer paso es identificar con honestidad qué tipo de envidia sientes y qué es exactamente lo que te lo despierta.

2. Observa qué comportamiento te genera

Tenemos dos tipos de reacciones posibles ante la envidia: la respuesta depresiva o la hostil. La primera nos sumerge en el lamento tipo “calimero”: el “pobrecito de mí”, “soy peor”, “no valgo”… Pero no hacemos nada más que “automachacarnos” (que ya es mucho, la verdad). La respuesta hostil es más agresiva y nos lleva desde criticar como locos el éxito del otro bajo mil excusas o a acciones más feas. El mundo de las redes sociales ha dado voz a esta emoción y no es de extrañar que críticas feroces que sufren los famosos tengan de telón de fondo la envidia (aunque quien lo hace difícilmente lo reconocerá). Por ello, como segundo paso, hazte una pregunta: ¿a qué tiendes más, a la queja o a la crítica?

3. Focalízate en ti mismo, no en otros

Comparamos y comparamos aunque no seamos conscientes. Pero, ¿sabes? Siempre hay alguien mejor que nosotros en algo. O es más listo, o más rico o más atractivo. Por ello, el mejor termómetro que podemos tener es compararnos contra nosotros mismos en el pasado. En el caso de hablar otro idioma, por ejemplo, no te compares con el que es bilingüe, sino contigo mismo un año atrás. De este modo, se estimula el aprendizaje y se entierra esta emoción oscura.

4. Céntrate en tus fortalezas (sin menospreciar el éxito del otro)

Y por último, el gran avance consiste en alegrarse por el éxito deseado ajeno. Para ello, una buena técnica es ganar en autoestima, que lo conseguimos si tenemos presente nuestras fortalezas personales y nuestros propios logros, como han demostrado Tanya Menon y Leigh Thompson. Se pidió a un grupo de profesionales pensar en el último plan de un competidor del que sentían envidia. A la mitad de ellos se les solicitó además que hicieran un listado de sus éxitos personales y a la otra mitad, no. Pues bien, cuando se valoró el tiempo que estarían dispuestos a estudiar el plan de su competidor, los que habían pensado también en sus fortalezas, dedicarían un 66 por ciento más que los que no lo habían hecho. Motivo: la envidia te evita aprender de otros porque los desprecias. Por ello, si nos sentimos también fuertes tendremos más capacidad de aprender, de disfrutar de ser nosotros mismos y de sufrir menos. Vale la pena, ¿verdad?

 “Sé tú mismo, los demás puestos ya están ocupados” Oscar Wilde

Si quieres liderar, no busques agradar a todo el mundo

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“Si hubiera preguntado a mis clientes qué necesitaban, hubieran dicho un caballo más rápido” dijo Henry Ford. El magnate de la industria automovilística lo tenía claro: pedir opinión no es un buen consejo si quieres innovar.

El motivo es sencillo. Los genios tienen la capacidad de ver más allá mientras que el resto de los mortales nos contentamos con tener nuestras necesidades cubiertas o un caballo más veloz. Si Picasso hubiera hecho un análisis de mercado sobre el cubismo, seguramente se habría deprimido con los resultados. El riesgo de pedir opiniones a la hora de tomar decisiones valientes se ve también en la política. El Brexit o el no al proceso de paz propuesto en Colombia no hablan solo del fracaso de las encuestas previas, sino del riesgo a este tipo de liderazgo, entre otras cosas.

Todos queremos que los jefes cuenten con nuestra opinión. De hecho, es una de las mejores técnicas para desarrollar el talento de los equipos. Ahora bien, hay circunstancias en las que un líder no puede buscar el consenso e intentar contentar a todos. Si el equipo tiene pocos conocimientos sobre lo que se está tratando, puede generar frustración. “Si yo no entiendo nada, ¿para qué me preguntas?”, pensaría más de uno. Tampoco es recomendable cuando hay que tomar una decisión rápida. No me imagino a los bomberos abriendo un debate incluidos los recién llegados mientras se está incendiando una casa. En momento de emergencia, el tiempo es oro. Tampoco la búsqueda de consenso es el mejor método para producir cambios radicales. Por eso, no es de extrañar que Suiza fuera el país europeo que más tarde permitió el sufragio femenino. Utilizó la técnica del consenso… entre los hombres, claro está. Se logró en 1971 por detrás de otros países como Marruecos o Libia, por ejemplo. Y tampoco es una buena idea si se va a hacer oídos sordos a lo que la gente diga. Preguntar implica un acto de responsabilidad con los resultados obtenidos. Por lo tanto, hay que valorar previamente las consecuencias de hacerlo.

Reconozcamos algo: Los jefes que consultan en exceso encubren el miedo a tomar decisiones. “Si esto fracasa, al menos no estoy solo. Lo hemos decidido entre todos”, se puede pensar. Esta técnica puede ser adecuada en muchas ocasiones, pero si estás enfrentándote a una decisión estratégica o algo en lo que crees profundamente, hay que arriesgar a pesar de la soledad que eso implique. Y todo lo anterior, por supuesto también nos afecta a nosotros mismos.

Liderar nuestra vida significa tomar nuestras propias decisiones, aunque nos equivoquemos y no sean del agrado de todo el mundo. Si estamos continuamente buscando la aprobación, viviremos la vida de otros, pero no la nuestra. Habremos seguido los sueños que no cumplieron nuestros padres o la proyección de nuestras parejas, jefes o amigos. Pero no nuestras propias inquietudes. Esto no significa caer en el extremo opuesto, en el que no pedimos ningún consejo o tenemos la prepotencia de pensar que todo nos lo sabemos, porque si actuamos así, quizá estemos encubriendo otro tipo de inseguridades.

En definitiva, liderar tu vida también pasa por abrirse al mundo, aprender de otros, recoger experiencias, pero sin olvidar que eres tú quien has de tener la última palabra. Y si a los demás no les gusta, pues bueno… ya tendrás tiempo para demostrar que estabas en lo cierto o para rectificar si hiciera falta. Porque es preferible un fracaso del que podamos aprender que un éxito de una vida que no deseamos tener.

Los cuatro estilos de aprendizaje o el por qué algunos leen los manuales y otros no

Grafico Eda

Hay personas que se leen hasta la letra pequeña de los manuales mientras que otros se lanzan a pulsar todos los mandos para ver qué ocurre. No es ni bueno ni malo. Simplemente, nos da pistas de nuestra manera de aprender. Veamos los cuatro tipos de aprendizaje que existen para identificar cuál es el tuyo.

Quieres hacer un viaje con tu pareja y uno de vosotros necesita leer hasta el mínimo detalle sobre el sitio a donde vais, mientras que el otro se pone de los nervios porque preferiría lanzarse a la aventura. O en una reunión de trabajo un compañero no para de dar ideas sin concretar nada, mientras que a otro le agobia no trabajar en una sola. ¿Has vivido algo de esto? Si es así, bienvenido a los diferentes modos de aprender y a sus dificultades (y oportunidades).

En 1984 un profesor universitario, David Kolb, descubrió que los adultos tenemos distintas maneras de aprender que dependen de cómo percibamos la realidad y de cómo la procesemos. Hay personas que captan la realidad fundamentalmente a través de la experiencia y otros, creando teorías. Los primeros son más empáticos y tienden a hacer varias tareas al mismo tiempo (multiplicidad). Es más, si no lo hacen se pueden aburrir soberanamente. Los segundos prefieren centrarse en una sola tarea, se manejan muy bien en la teoría y se perderían con varias cosas al mismo tiempo (unicidad).

Con respecto a la manera de captar la información, algunos la procesarán si se ponen manos a la obra (acción) y otros si reflexionan sobre lo que observan (pensamiento). Pues bien, las anteriores características definen los ejes de las maneras de aprender y de los cuatro estilos. Veámoslos con algo más de detalle:

Adaptadores o los “hacedores”

Difícilmente leerán un manual. Son el resultado de la multiplicidad y la acción.  Prefieren trabajar rodeados de personas y se buscan la vida para conseguir recursos y alcanzar resultados. Les gusta asumir riesgos y saben adaptarse a las circunstancias. En una empresa abundan en los departamentos de ventas. Y la pregunta clave que necesitan contestar es ¿cuándo?

Asimiladores o expertos en la conceptualización

Su estilo es opuesto a los adaptadores. Son extraordinarios creando modelos teóricos y definiendo claramente los problemas. Les interesan más las ideas abstractas que las personas, por lo que no es de extrañar que destaquen en el campo de las matemáticas o de las ciencias. En una empresa pueden estar en posiciones de investigación o de planificación estratégica. Y la pregunta clave que necesitan contestar es ¿por qué?

Divergentes o los reyes de las mil y una ideas creativas

Disfrutan analizando los problemas en su conjunto y trabajando con personas. Son empáticos, emocionales y ocurrentes. No es de extrañar que lancen un sinfín de propuestas diferentes en una reunión. En este estilo se encuentran artistas, músicos y todos los creativos en el mundo de la empresa. Y la pregunta clave que necesitan contestar es ¿y si…? o ¿por qué no?

Convergentes o el poder de la aplicación en una sola cosa

Son los opuestos a los divergentes.  Necesitan la aplicación práctica a las ideas para testar teorías o resolver problemas. Se pierden con muchas alternativas. Sin embargo, son excepcionales en situaciones donde haya un único camino para ser resueltas. Muchos ingenieros se enmarcan en este estilo de aprendizaje. Y la pregunta clave que necesitan contestar es ¿para qué?

Como es de imaginar hay personas cuyo estilo de aprendizaje está más marcado que otros como, por ejemplo, Sheldon Lee Cooper, protagonista de la serie The Big Bang Theory, quien es un asimilador total. Lo normal es que no sea así y que todos tengamos un poco de los cuatro aunque nos solamos sentir más cómodos con uno.

En definitiva, todos tenemos un estilo de aprendizaje que nos define más que otros y para desarrollarnos mejor a nivel personal y profesional sería recomendable estar con personas que nos complementaran y cuyo estilo estuviera en el extremo del nuestro. Por ello, si eres de los que no lees los manuales, estate cerca de quienes disfrutan haciéndolo (o viceversa). Porque más allá de este hábito, existe una manera interna distinta de percibir y de procesar la realidad que te puede ayudar a mejorar y a superarte a ti mismo en muchos otros ámbitos de la vida.

 

Cuando la inteligencia es una amenaza en la pareja

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¿Preferimos compartir nuestra vida sentimental con alguien más brillante socialmente que nosotros? Muchas mujeres parece que no tenemos demasiado problema en estar con una pareja más exitosa socialmente. Incluso, es un gran atractivo. Pero ¿y los hombres? Pues depende, depende de la seguridad en sí mismos que tengan. A algunos la inteligencia de una mujer les atrae y a otros les supone una amenaza aunque no lo reconozcan. En el primer grupo parece estar George Clooney, quien reconoce abiertamente que su esposa es más inteligente que él. O Juan Roig, presidente de Mercadona, quien dijo que pasó de ser un estudiante gris a un buen estudiante en la universidad gracias al talento de su futura pareja, Hortensia Herrero, a la que quería impresionar. Sin embargo, para otros la brillantez de la mujer es un peligro a la autoestima, como se observó en un curioso experimento de la psicóloga Lora Park y su equipo de la State University of New York en Buffalo.

Se pidió a un estudiante que hiciera un examen en matemáticas y en lenguaje. Cuando supo su nota, también conoció la que había obtenido una bella y atractiva compañera que estaba sentada en la mesa de al lado. Cuando él conseguía mejor resultado, se acercaba y comenzaba a mostrar interés romántico, es decir, “intentaba ligar” en términos de andar por casa. Sin embargo, “curiosamente” cuando su nota era inferior a la de su compañera, el pobre chico se mostraba poco interesado en ella e, incluso, llegaba a alejar su silla. Todo ello son reacciones no meditadas, porque el inconsciente protege la autoestima y esta también se refuerza en la comparación con el resto.

Tanto hombres como mujeres tenemos miedo a no sentirnos queridos, a que nos rechacen nuestras parejas o nuestro entorno. Para evitarlo, inconscientemente nos hemos construido un rol de lo que tenemos que ser: tengo que tener mucho éxito, he de ser muy guapa, muy buena madre o muy simpático. Cada cual tiene su propia “neura”, que se acentúa con el nivel de seguridad en uno mismo. Cuanto más inseguro sea un hombre, menos atracción sentirá por una mujer más brillante que él para formar pareja o más tenderá a bombardear sus éxitos con mil y unas excusas: minusvalorándolos, haciéndole sentir culpable o prefiriendo otro tipo de mujer para compartir su vida. Por eso, no es de extrañar que Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook y considerada una de las mujeres más poderosas del mundo, diga que una decisión crucial para una mujer que quiere ser directiva es saber escoger un marido que la apoye (por supuesto, esto también es viceversa).

¿Y qué hacer si sentimos que nuestra pareja tiene más éxito socialmente que nosotros? Lo primero de todo, las personas cambiamos. Uno a priori no sabe cuál va a ser el éxito que va a conseguir el otro. Por ello, si de repente el otro ha logrado un resultado extraordinario, hemos de comprender que la pareja es un equipo y mientras uno brilla en algo, el otro lo hace en otra cosa. Cuanto más cambie el término “yo” por “nosotros”, menos comparación existirá y más conseguirá reducir los conflictos internos, como demostró Rebecca Pinkus, psicóloga de la Universidad de Sydney.

Segundo, dentro la pareja no se ha de hacer constante automarketing de lo que se ha conseguido. Además de resultar aburrido, es poco práctico y un signo de falta de autoestima. No significa esconder los éxitos propios, sino poner en valor lo que el otro consigue… Además, tampoco hay darle demasiada importancia al éxito. Ya sabemos que es tremendamente pasajero.

Y tercero, rodearse de talento es un estímulo, como le ocurrió a Juan Roig. Por ello, si quieres tener éxito, busca personas que lo tengan, que sean ambiciosas y que trabajen para conseguirlo. No olvidemos: somos animales sociales, dependiendo de con quién estemos construiremos también nuestro carácter. Y una pareja es un gran estímulo y un gran reto para nosotros mismos.

Gracias a todos los comentarios por Twitter y por Facebook, que me han inspirado para este artículo.

Fuente imagen: Pixabay.