¿Cómo evitar las discusiones navideñas? (o al menos salir airoso)

Se acercan las Navidades y, con ellas, los turrones, las comidas con la familia y alguna que otra posible discusión. Tenemos la intención de pasar un tiempo de paz, pero esta se tuerce con la típica bromita del hermano, el comentario desafortunado del cuñado o las manías de la suegra. Ahora bien, si esto ocurre, no te preocupes (ni te estreses anticipándolo). Veamos cómo podemos aprovecharlo como oportunidad para entrenar algunas otras habilidades. Para ello, nos vamos a basar en lo que sugiere David Kantor, psicólogo experto en comportamiento de grupo.

En cualquier conversación, las personas adoptamos distintos roles o papeles. Según el modelo de Kantor, estos pueden ser de cuatro tipos:

– El iniciador, o el que rompe el hielo y propone una acción. Puede ser el que saca las conversaciones sobre la situación de España, el resultado del fútbol o si se ha de pasar ya a los postres. Es un papel de liderazgo y en todas las familias siempre hay uno o más a los que les gusta llevar la voz cantante.

– El seguidor, o el que sigue la corriente. Le suele parecer bien lo que el iniciador propone y, simplemente, continúa la acción o la conversación. En este caso, seguiría la charla sobre el tema que se está tratando sin pensarlo demasiado.

– El opositor, o el que critica. Mientras que el iniciador propone, el opositor se enfrenta con comentarios más o menos constructivos. Este rol suele ser incómodo, especialmente para el iniciador.

– El observador, o el que comenta lo que sucede. Se coloca en una posición distante ante cualquier discusión y actúa de un modo pasivo, solo cuando ya la acción ha comenzado o cuando alguien le pide opinión.

Pues bien, muchas discusiones en un equipo de trabajo o en una familia están relacionadas con los roles que desempeñamos. Todos actuamos en las conversaciones como iniciadores, seguidores, opositores u observadores. Como es de suponer, los conflictos son más visibles cuando se enfrentan dos de ellos: el iniciador y el opositor. Y, curiosamente, cuando esto ocurre, es decir, cuando salta la chispa, ambos se empeñan en llevarse el gato al agua y comienzan una escalada de argumentos que no sirven para mucho, porque muchas veces el problema no está en lo que se discute, sino en el papel que cada uno ha asumido. Por ello, ¿qué podemos hacer?

Lo primero de todo, si quieres tener la fiesta en paz, evita conversaciones espinosas. No asumas el papel de iniciador sabiendo que tienes un opositor esperándote. Es posible que cuentes con seguidores, pero no es momento para demostrar que tienes razón en política, en fútbol o en cualquier tema que despierte pasión a raudales.

Segundo, si ya has entrado en harina y no tenías capacidad de preverlo (o directamente saltaste al ruedo), para y reflexiona. Pregúntate, ¿qué rol estoy jugando? ¿Cuál está representando el otro? ¿Esta discusión es la que realmente deseo en este preciso momento? En los temas familiares no se prefiere al que tiene la razón y deja un mal sabor de boca al resto por la discusión generada, sino al que sabe crear un buen ambiente. Así pues, medita llegado este punto.

Y tercero, y utilizando la propuesta de Kantor, cambia de papel. Si estás en modo iniciador y ves que te has topado con el opositor, juega a colocarte de seguidor de él o de observador. Saca otro tema de conversación, hazle alguna pregunta o utiliza el sentido del humor. De este modo, evitarás una espiral de discusión que no sirve para mucho.

En definitiva, si quieres que las Navidades sean un espacio de reencuentro bonito con familiares, evita conversaciones estériles y aprende a desempeñar los roles que te interesan en cada momento. Solo así seremos capaces de tener unas fiestas en paz y de disfrutar de nuestros seres queridos.

Qué ocurre cuando no le recomiendas tu trabajo a tu hijo

¿Qué es lo que te gustaría enseñar a tu hijo sobre el trabajo, que es un mal necesario porque da un salario para llegar a fin de mes y poco más, o, por el contrario, que puede ser un sitio apasionante en el que uno se realiza? ¿Qué mensaje te gustaría trasladarle? Pues bien, lo que tú consigas enseñarle no va a depender de lo que le digas, sino de cómo actúes tú. Ya sabemos: educamos con el ejemplo. Si decimos que el trabajo puede ser algo divertido pero llegamos con un humor de perros todos los días, tu hijo se quedará con lo que vea. Si, por el contrario, asumes riesgos, no te conformas con lo que tienes si no te gusta o eres capaz de encontrar un mensaje optimista a las situaciones que no puedes cambiar, le estarás enseñando valores que le ayudarán para su futuro.

La resignación y la queja actúan como un cáncer silencioso, no solo por lo que nos afectan en nuestra vida, sino porque enseñamos parálisis y conformismo a nuestros hijos. Y este es un flaco favor, ya que el mundo laboral también puede ser un lugar para crecer como personas, para superarnos y para encontrar felicidad. Así pues, comenzar con nosotros mismos y buscar o crear un trabajo ilusionante es el primer paso para dar ejemplo (y para no tener un humor de perros en casa). Veamos qué cuatro características ha de reunir un trabajo que nos motiva, independientemente de nuestra edad, género o cultura, según un artículo publicado por Bruce Pfau en Harvard Business Review:

  • ¿Me siento realizado con lo que hago? A todos nos motiva desarrollar nuestro potencial. Si pensamos que podemos hacer más cosas de las que tenemos oportunidad, saltarán las alertas. Nos aburriremos, nos sentiremos frustrados y acabaremos quemados con trabajos que están por debajo de nuestras posibilidades.
  • ¿Me siento reconocido emocional y económicamente? El dinero es importante, pero lo intangible también cuenta, como cuando percibimos que nuestra opinión importa o cuando estamos en un ambiente donde nos encontramos a gusto.
  • ¿Me divierto? ¿Tiene sentido lo que hago? Si disfruto con mi trabajo, tengo un mayor aliciente para estar motivado. Y si además entiendo el para qué, le encuentro sentido, aún me sentiré más comprometido.
  • ¿Me siento orgulloso de la organización en la que trabajo? Nos gusta estar en empresas ganadoras o en aquellas que hagan cosas de las que nos sintamos satisfechos, que podamos comentar a amigos o a familiares.

Las cuatro preguntas anteriores definen los trabajos que realmente nos motivan. Pero, ¿qué ocurre cuando alguna de las preguntas no es un “sí” y no tenemos la posibilidad de cambiar tan alegremente de trabajo? Si queremos dar un buen ejemplo a nuestros hijos ante situaciones que no nos gustan, lo primero que tenemos que hacer es evitar la resignación, mover ficha. No debemos quedarnos en sitios desmotivantes, porque la vida es demasiado corta y porque se trata de una mala enseñanza para los que nos rodean. Ahora bien, si después de intentarlo, no se puede, el siguiente paso es encontrar lo positivo de lo que tenemos. Nadie está obligado a quedarse en un trabajo de por vida. Somos libres, podemos irnos y, si no lo hacemos, al menos quedémonos con aquello que nos aporta algo amable, aunque sea un salario para llegar a fin de mes. Si desarrollamos esta manera de verlo, evitamos la resignación y enseñamos optimismo, nos sentiremos más felices con nuestro día a día.

En definitiva, como dice mi amigo y conferenciante Luis Galindo, a nuestros hijos les tenemos que dar raíces y alas: raíces en formato valores, que les ayuden a sentirse fuertes y con seguridad en ellos mismos, y alas para que se atrevan a conquistar sus sueños. Y eso solo lo conseguimos si sabemos darles ejemplo con nuestra propia vida, incluyendo nuestras decisiones en el mundo laboral.

 

Qué puedes hacer para convertir una debilidad en una ventaja: la técnica del contrapeso

Todos tenemos alguna debilidad, o un área de mejora, como se dice de un modo “políticamente correcto”. Puede ser de cualquier tipo, desde tener mala memoria o ser disléxicos, hasta no gustarnos las matemáticas y tener que enfrentarnos a un examen. Lo que sea. Cuando esto nos ocurre, nos podemos obsesionar y agobiar, o tenemos otra opción: convertirlo en una ventaja si hacemos algo diferente. Así lo explica Malcolm Gladwell en su libro David y Goliat con distintos ejemplos históricos. A priori, nadie daba un duro por Vietnam cuando Estados Unidos le declaró la guerra. Era un país infinitamente más pobre y con unos recursos armamentísticos muy inferiores. Pero aguantó. Se convirtió en el infierno de los americanos y consiguió que estos quisieran salir de allí pasados unos años. ¿Su clave? Se defendió con una estrategia diferente. Como eran menudos de tamaño y conocían el terreno mucho mejor que cualquier mapa, crearon túneles imposibles de acceder y disimularon su posición con un sinfín de estratagemas. No podían competir con las armas del enemigo, por lo que se inventaron herramientas rudimentarias pero muy efectivas. Y todo ello les permitió sorprender al ejército de Estados Unidos una y otra vez. Igual sucedió con David cuando se enfrentó a Goliat según la Biblia. No se le ocurrió pelearse cuerpo a cuerpo, ya que era casi un niño en comparación con un gigante, sino que le lanzó una piedra con una honda a cierta distancia y le dejó KO. Pues bien, todo lo anterior lo podemos trasladar a nuestras debilidades (salvando las “kilométricas” distancias y sin peleas de por medio).

Cuando algo se nos da mal, tenemos tendencia a esforzarnos mucho y la solución no se encuentra ahí, sino en hacer algo diferente, una estrategia contrapeso, que nos ayude a conseguir nuestro objetivo, como la denomina Anxo Pérez. Veamos cómo aplicarla a nuestro día a día.

Primero, necesitas aceptar que tienes un área de mejora. Parece obvio, pero suele ser habitual negarlo y esto nos hace perder un tiempo precioso. Si se te da mal algo, no hay que echar balones fuera ni pelearse con la realidad. Tampoco ayuda quejarse de la mala suerte o de lo que sea… ¿o acaso conoces a alguien a quien todo se le dé bien al cien por cien? Cada uno tiene lo suyo, así que reconoce que eres humano, y no perfecto.

Segundo, busca el objetivo último y no lo pierdas de vista. Tomemos el ejemplo de mejorar la mala memoria. El objetivo es ser capaz de disponer de ciertas informaciones, y no tanto ganar el premio al que más recuerda lo que le rodea. Por ello, céntrate en lo esencial.

Y, tercero, define tu estrategia contrapeso. La estrategia habitual es entrenar la memoria con ejercicios y es posible que te ayude a mejorar algo, pero seguramente será difícil que te conviertas en el excelente “recordador de todo”. La otra alternativa es tu estrategia contrapeso, es decir, despertar tu creatividad para identificar qué se te da bien para conseguir tu objetivo último. En este caso, podría ser desde tomar apuntes en un cuaderno o hacerlo en el móvil con notas de voz hasta dibujar las ideas que en ese momento te parezcan relevantes. Con tu estrategia contrapeso, consigues acumular mucha información que luego, a la larga, te permite ser incluso más eficaz que aquel que hace gala de una memoria excelente.

En resumen, cualquier aparente debilidad puede ser el motor de partida para despertar la creatividad y buscar estrategias contrapeso, como sucedió con los vietnamitas o con David. La clave está en centrarse en el objetivo final y en reconocer que una aparente “debilidad” es una oportunidad que te ayuda a despertar la superación de ti mismo. Por ello, pregúntate: ¿qué se te da mal? ¿Qué estrategias contrapeso estás dispuesto a poner en marcha?

Instrucciones para sobrevivir con demasiados turistas a tu alrededor

Bajas a la playa y no tienes espacio para estirar la toalla por la cantidad de personas que están tomando el sol. Vas a un monumento maravilloso y no consigues hacer una foto sin un sinfín de desconocidos de fondo… Si en esos momentos te enfadas por el exceso de turistas y preferirías que desaparecieran todos de un plumazo, tranquilo, tranquila, es normal. Forma parte de nuestra “incomodidad animal” cuando perdemos nuestro espacio físico deseado, como se explica en la sociología.

Edward T. Hall publicó en 1959 un libro muy inspirador, El Lenguaje Silencioso, en el que analiza la relación que vivimos con el espacio. “Todo ser vivo tiene unos límites que lo separan de su entorno exterior”, escribía, y cuando dichos límites se alteran es cuando se nos despiertan emociones incómodas. Si alguien nos habla demasiado cerca, tendemos a dar un paso atrás para mantener el límite que necesitamos. Si una persona se aleja demasiado cuando le contamos algo importante, nos acercamos inconscientemente. Hall midió las diferentes distancias. Entramos en la “distancia mínima” cuando hablamos con familiares o amigos, y esta oscila de 15 a 45 centímetros; la “distancia social”, la que se utiliza para los negocios o reuniones sociales, es de 1,21 a 2,13 metros en la fase cercana, o de 2,13 a 3,65 metros, en la lejana.

Pues bien, cada persona tiene necesidad de mantener una determinada distancia física a su alrededor dependiendo de su cultura, de su carácter, de con quién hable o del humor del día. Pero cuando hay mucha gente, nuestra querida distancia se rompe. Por eso nos molesta, por una cuestión de supervivencia puramente animal (además de las lógicas incomodidades que acarrea).

Este malestar puede ser ocasional o puede derivar en auténtica fobia, la turismofobia, como la que sufren los habitantes de ciudades bellísimas. Así lo comprobé en Florencia, donde viví hace años; supe que los florentinos tenían sus propios carnés para entrar en restaurantes privados o incluso en sesiones exclusivas de cine con el único objetivo de estar lejos de los turistas. Pues bien, sin llegar a este extremo, ¿qué podemos hacer cuando nos asalta este malestar en vacaciones?

Lo primero, acepta que la sensación de desear estar con menos gente a tu alrededor es normal —y recíproca hacia ti, por cierto—. Tú también eres un extraño para el resto. Si te ocurre, no eres ni más ni menos raro (en todo caso, podrás ser más o menos transigente). Como hemos visto, la incomodidad es una respuesta animal. Ahora bien, vamos de vacaciones donde queremos ir. Nadie nos obliga. Si escogemos un sitio codiciado por el resto de los mortales, por algo será. Cualquier ciudad o paisaje tiene sus temporadas bajas, como sucede con las playas mediterráneas, que si fuéramos en febrero, estarían vacías aunque sería más difícil que nos bañáramos sin congelarnos. Por supuesto que siempre existen opciones “ermitañas”, aunque seguramente menos atractivas o solo accesibles para unos pocos. Así pues, si donde vas hay mucha gente, reconoce las ventajas, acepta el precio de la decisión que has tomado y no te amargues por ello.

Segundo, si estás en sitios muy concurridos, cambia los horarios para disfrutar en una cierta soledad. Almuerza antes o después, madruga o trasnocha para estar con menos gente a tu alrededor.

Y tercero, cuando estés rodeado de más personas de las que te gustaría, encuentra las ventajas, cambia de actividades y míralo en positivo. Quizá no puedas leer tranquilamente un libro, pero sí puedes conocer gente u observar comportamientos, como hacen los sociólogos.

En definitiva, todos precisamos mantener una cierta distancia física con extraños para sentirnos bien, pero también necesitamos descansar en vacaciones. Si hay demasiada gente, ya sabes, has decidido “bien”. Acéptalo, reconoce que tú también eres un extraño para el resto, busca tus momentos para estar tranquilo y encuentra nuevas actividades que hacer bajo esas circunstancias. Las vacaciones son para disfrutarlas y no para amargarnos porque el resto haya decidido exactamente lo mismo.

Los tres pasos para cambiar una emoción que no te gusta

Un mal recuerdo, un error, una preocupación… seguro que tienes alguna emoción que no te gusta demasiado y que te encantaría cambiar. Veamos un sencillo método que puede ayudarte, el PRP.

El PRP parte de un idea clave: lo que nos despierta una emoción no es el hecho en sí, sino la interpretación que hagamos del mismo. Eso explica por qué dos personas reaccionan de manera bien distinta ante un mismo acontecimiento como, por ejemplo, suspender un examen, un fracaso amoroso o un error en un proyecto. Uno puede estar machacándose durante un tiempo inmemorable mientras que otro, sin embargo, lo considera un aprendizaje y pasa página. Por ello, si somos capaces de reinterpretar una experiencia que no nos hace demasiada gracia, podremos encajarla mejor y recordarla de un modo más saludable. Y esto es lo que busca el método PRP, el cual fue impulsado por la psicología cognitiva y que Tal Ben-Shahar recoge en su libro “La búsqueda de la felicidad”. Veamos con algo de detalle las tres fases de las que consta: Permiso-Reconstruir-Perspectiva.

Darse Permiso para aceptar lo ocurrido: Es el primer paso para integrar algo. Si nos empeñamos en negarlo (tipo, “no me pasa nada”) o en culpar al mundo de lo que nos ocurre (“pobrecito de mí”), no conseguiremos salir de dicha emoción. ¿Qué ayuda a aceptarlo? Dejarnos de excusas, asumir que nos equivocamos o, como dice Ben-Shahar, darnos permiso para ser humanos. A veces el problema surge porque no somos capaces de reconocer una emoción. Podemos tener miedo, tristeza o enfado y no saber qué palabras ponerle. Para ello, es útil hablarlo aunque no seamos precisos, escribirlo o, al menos, experimentarlo físicamente a través de preguntas, como ¿qué sensaciones me genera?

Reconstruir lo vivido: Una vez que se ha aceptado, se puede reconstruir, es decir, darle una interpretación más positiva. El objetivo es dejar de considerarlo como un problema, un marrón… y contemplarlo como un desafío que te invita a dar lo mejor de ti mismo. Lo que ayuda en este punto es comenzar a hacerse nuevas preguntas: ¿Qué puedo aprender de todo ello? ¿Qué beneficio me aporta? También es interesante contar con alguien que te ayude a ser un buen frontón, no que te refuerce en la espiral de mal rollo, sino que te dé un enfoque diferente, más amplio.

Tomar perspectiva: El último apartado consiste en relativizar la experiencia para no ahogarse en un vaso de agua. Un suspenso se puede vivir como un drama, pero en perspectiva no significa tanto. Al igual que sucede con un error en una presentación en público. La regla 10-10-10 ayuda a conseguirlo, porque nos obliga a contemplar el impacto de lo sucedido en los próximos 10 minutos, 10 meses o 10 años. Cuando tenemos el músculo entrenado para tomar perspectiva, nos damos cuenta de que las cosas que nos dañan son solo una parte y que tenemos muchas otras cosas positivas que agradecer.

En definitiva, el método PRP ayuda a transformar emociones y eso se logra si somos capaces de aceptarlas, contemplarlas de un modo más amable y tomar perspectiva para relativizarlas en su justa medida. De este modo conseguiremos que una mala experiencia se convierta en un aprendizaje útil para el futuro.

¿Por qué necesitamos “hacer nada” para encontrar soluciones a nuestros problemas?

Si eres de los que te sientes culpable por no hacer nada, hay una buena noticia: tu cerebro lo necesita para ser luego más creativo. Veamos cómo puedes aprovechar esta cualidad para encontrar la solución a tus problemas.

Si consideras que no hacer nada es un síntoma de vagancia o te sientes culpable por ello, estás equivocado. Lo necesitas para luego ser más creativo, tener mejores ideas y encontrar soluciones a tus problemas. Así lo explica Marta Romo en su libro “Entrena tu cerebro”. La mayor parte de las investigaciones neurocientíficas se centran en lo que nos ocurre cuando hacemos determinados ejercicios, pero apenas se estudia qué nos sucede cuando estamos ensimismados o “en Babia”. Los científicos del Spanish Resting State Network (SRSN) se han puesto manos a la obra y han analizado qué “cableado neuronal” se activa en esos momentos. Y es curioso, porque se despierta una red formada por varias regiones de nuestro cerebro (corteza frontal ventromedial, el cíngulo anterior, el hipocampo…), todas ellas relacionadas con la introspección o la memoria autobiográfica. Es decir, cuando alguien nos dice algo y nosotros nos quedamos con la mirada perdida, es porque nos ha hecho recordar alguna experiencia del pasado, recreamos una sensación, nos imaginamos algo… Y todo ello desaparece cuando el de enfrente nos dice algo así como: “¿Me estás escuchando?”. En ese momento si caemos del guindo, es porque la red se ha desactivado y comienzan otras zonas de nuestro cerebro relacionadas con la atención. Y como dice Marta Romo: “ambos circuitos, atención y “no hacer” se relacionan pero de forma inversa: cuando la señal se incrementa en un circuito, se disminuye en el otro. Es decir, si activamos la atención, desactivamos la introspección y viceversa, son dos circuitos cerebrales que no pueden funcionar a la vez”.

Lógicamente, a la hora de encontrar buenas soluciones, necesitamos introspección, meditar bien las cosas… y para conseguirlo, un buen aliado es poner el cerebro en reposo. No consiste en ver la televisión o estar con el móvil, sino en hacer tareas sencillas, agradables o directamente “hacer nada”, tumbados en el sofá, contemplando una puesta de sol o mientras perdemos la mirada en algo que nos distraiga. Es entonces cuando puede aparecer una solución a algo que se nos estaba atascando. Por ello, no es de extrañar que las buenas ideas nos surjan en la ducha, paseando o conduciendo tranquilamente. Y esto también les ocurre a los grandes científicos. Se dice de Newton que la caída de una manzana le inspiró la teoría de la gravedad; o que Einstein vio la solución para la teoría de la relatividad mientras paseaba de camino al trabajo con un ingeniero amigo, o que a Bohr se le encendió la bombilla sobre la estructura de los átomos cuando contemplaba una carrera de caballos. Ninguno de ellos estaba en su despacho. Habían introducido mucha información en sus cabezas, pero la red del cerebro en reposo fue la que les ayudó a conectar las piezas necesarias.

En definitiva, es absurdo sentirse culpable por no hacer nada y permitir que la mente vague tranquilamente. Necesitamos poner el cerebro en “modo avión” y aparcar el móvil y todo aquello que nos robe nuestra atención. Además, como ha demostrado la ciencia, cuando “hacemos nada”, estamos poniendo la base para encontrar soluciones a problemas que nos cuestan, conocernos más a nosotros mismos y ser más creativos.

Los cinco miedos que te frenan para el éxito en tu trabajo

Si existe algo que te puede frenar tu éxito profesional, es el miedo. Quizá no lo llames así o pienses que a ti no te afecta, pero se esconde detrás de muchas excusas o quejas.

Por ejemplo, cuando no te atreves a dar tu opinión, cuando te cuesta dejar un trabajo aunque lo aborrezcas o cuando no tomas decisiones por evitar tu rumia mental… Todo lo anterior son temores más o menos velados, pero que impiden que puedas desarrollar todo tu potencial y sentirte mejor contigo mismo. Veámoslos con más detalle para poder identificarlos en tu trabajo.

Miedo a la no supervivencia o a no llegar a fin del mes. Es instintivo y desgraciadamente ha sido el protagonista para muchas personas después de esta larga crisis. Al igual que los animales defienden su comida, nosotros necesitamos proteger aquello que nos permite tener cobijo o alimento. Ocurre cuando no se tiene trabajo y se necesita, cuando te agarras al que tienes aunque no te guste, o cuando te angustia mirar la cuenta corriente.

Miedo al rechazo. Este es un clásico de las culturas latinas. Tiene que ver con el qué dirán en todas sus versiones: desde el miedo al éxito, a hablar en público, o a expresarse en un idioma que no controlas, hasta el miedo al ridículo. Tiene otras versiones más limitantes, como no expresar puntos de vista distintos y buscar agradar a todo el mundo aunque sea a costa propia.

Miedo al fracaso. Este es de los más habituales. Sucede cuando te cuesta asumir errores, cuando caes en los brazos del perfeccionismo más exagerado o cuando deseas el reconocimiento a cualquier precio. Es también muy paralizante, porque puede llevarte a no avanzar o a no tomar decisiones con tal de no equivocarte.

Miedo a la pérdida de poder. A la mayor parte de las personas les gusta tener cierto poder o capacidad de influencia aunque sea en la junta de vecinos o en el grupo de amigos. Cuanto más fuerte sea dicha necesidad, más acentuado será este miedo. Caerás en él si te cuesta perder un puesto de responsabilidad, si necesitas estar cerca (muy cerca) de la gente con poder o cuando el reconocimiento social te mueve muchísimo.

Miedo al cambio. Es el cajón de sastre donde se reúnen todos  anteriores y que caracteriza a muchísimas personas. Se observa cuando te resistes a cambios por pequeños que sean o cuando las nuevas ideas te resultan una amenaza.

¿Cuál es tu miedo más importante? Como suele suceder, depende de muchos factores: edad, posición en la jerarquía, nivel de autoestima… Mientras que a un parado de larga duración le preocupará cómo llegar a fin de mes, a un directivo de una multinacional le inquietará perder su tarjeta de visita y todo lo que eso conlleva. A pesar de ello, ambas personas seguramente compartirán varios de los miedos que aquí mencionamos. Nadie se escapa, ni siquiera los maestros budistas, que suelen decir: “Muy pocas veces no tenemos miedo. Solo cuando sentimos pánico”. Por ello, el reto no consiste en no sentirlo porque es imposible e, incluso, poco inteligente, ya que gracias al miedo somos prudentes. El objetivo, por tanto, es que no te paralice. Para conseguirlo, como primer paso hay que reconocer su impacto e identificar entre los tipos anteriores cuál te daña más y te impide alcanzar tus objetivos.