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22
may

¿Miedo a envecejer?

La vejez tiene dos ventajas: dejan de dolerte las muelas y dejas de escuchar las tonterías que se dicen a tu alrededor

Dijo el escritor Bernand Shaw. Sin embargo, y a pesar de estas “convincentes” ventajas, nos resistimos a envejecer. Buscamos la eterna juventud comprando cremas que nos prometen resultados inalcanzables, llenamos nuestros carritos del hiper con productos light y bio-saludables, y cuando nada de lo anterior se nos antoja suficiente recurrimos a la cirugía plástica. En España se realizan 800 intervenciones al día de este tipo de cirugía que mueve 900 millones de euros al año, lo que nos posiciona en el primer lugar en la Unión Europea y en el tercero a nivel mundial, según datos de la Sociedad Española de Cirugía Estética. Y los motivos por los que deseamos la eterna juventud hemos de buscarlos en nuestros miedos.
Todos tenemos miedos: A fracasar, a no llegar a fin de mes, a la muerte… pero quizás, uno de los que más nos condiciona sea el miedo a no ser aceptados, a no ser queridos. Como resumió el filósofo Arthur Schopenhauer:

El instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad.

La necesidad de ser aceptados se ve dificultada en el mundo que nos ha tocado vivir, donde los valores mas encumbrados son la belleza y la juventud. La edad madura parece estar de capa caída, en especial en las mujeres. Un hombre con canas resulta interesante; una mujer intenta disimularlas. La búsqueda de la juventud es una forma de buscar el amor y el reconocimiento de los demás, pero a un precio demasiado alto para nuestra felicidad, además de ser poco práctico: Buscar la satisfacción personal en algo con fecha de caducidad es apostar por un caballo perdedor, aunque los anuncios se empeñen en vendernos otra cosa.
En una encuesta realizada hace años en Francia, el 89 por ciento de los participantes reconocieron que el hombre necesitaba encontrar un sentido a su vida. El psiquiatra Viktor Frankl afirma que la neurosis de nuestra sociedad es el vacío existencial. Y para evitarlo, lo rellenamos con aquello que después tememos perder, ya sea juventud, belleza, una casa envidiable o un puesto de prestigio en una empresa. En definitiva, creemos que nuestra identidad y nuestra valía personal dependen del tener, que no del ser. Y ese es el origen de nuestros miedos. Difícilmente podremos perder lo que somos, pero sí lo que poseemos; y, sin lugar a dudas, perder la juventud es ley de vida. Quizá nos hemos empeñado en buscar la felicidad donde no se encuentra. Como recoge Daniel Gilbert, profesor de psicología de la Universidad de Harvard:

La sociedad quiere que consumamos, no que seamos felices.

Si pensamos en quiénes han sido relevantes en nuestras vidas, difícilmente destacaremos a los más atractivos, sino a los que nos han querido tal y como somos, con nuestros defectos y nuestras arrugas. Aquellos que nos han hecho sentirnos importantes y únicos. Antoine de Saint-Exupèry, autor de El Principito, lo resumía del siguiente modo:

Lo esencial es invisible a los ojos.

Y qué razón tenía. La auténtica belleza no puede verse y todos podemos aspirar a ella, independientemente del cuerpo que tengamos. En la medida en que sepamos aceptarnos y querernos como somos, podremos ser más felices. ¿Y acaso no es la felicidad lo que todos buscamos?

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20
oct

El luchador y la necesidad de apoyo ante los cambios

Cualquier cambio requiere el apoyo de nuestro entorno para que se lleve a cabo… aunque sea sólo un amigo. Y si esto no ocurre, resulta fácil regresar al punto de partida. Así podemos verlo en nuestro trabajo y en nuestra vida privada cuando intentamos cambiar algo, y así queda recogido en una película magnífica que he visto en DVD: El luchador, protagonizada por el resucitado Mickey Rourke, nominado para un Oscar por su interpretación.

El argumento de la película trata de un luchador de Pressing Catch que fue un vieja gloria en los 80 y que sigue activo, a pesar de que el cuerpo no le acompaña. En un combate sufre un ataque al corazón que le obliga a retirarse y a enfrentarse a lo más odiado del ser humano: La soledad. Me ha gustado porque pone de manifiesto la diferencia entre los “conocidos” y los amigos; la diferencia entre ser simplemente una persona agradable y apreciada ante la capacidad de mantener relaciones más profundas…. No quiero contar el final, pero es una obra que aborda magnificamente el precio que somos capaces de asumir por evitar la soledad y cómo cualquier cambio de nuestros hábitos requiere un apoyo importante que no siempre tenemos en cuenta. Si quieres transformar algo en ti (un cambio de trabajo, tu forma de ser o de vivir…), ¿cuentas con el apoyo de alguien querido? Si no es así, ten presente que la travesía va a ser más dolorosa.

Por último, me ha gustado una escena que recoge el apego a la fama y la necesidad de ser vistos o de sentirnos importantes, aunque para ello podamos caer en la decadencia. Lo he comprobado en personas que algún día tuvieron su momento de gloria y no paran de recordarlo a todo el mundo. Dijo Kiplin,

“si tropiezas el triunfo, si llega tu derrota

y a los dos impostores les tratas de igual forma”

El éxito es un impostor o un mero accidente. Quien lo confunde con su ser está perdido porque tarde o temprano le llegará la factura. Por ello, el fracaso muchas veces puede ser un favor y son los amigos y los apoyos,  fundamentales para recordarte quien eres de verdad.

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