Archivo de la etiqueta: Felicidad

26
nov

Humberto Maturana

La semana pasada tuve el placer de asistir a un seminario impartido por Humberto Maturana y Ximena Dávila del Instituto Matriztica de Chile. Fue una auténtica maravilla escucharles y aprender de ellos y del resto de compañeros. En especial, me encantó conocer a Maturana a quien había leído a finales de los 90. Por aquel entonces, estaba de moda la gestión del conocimiento, cuyo objetivo era identificar y compartir el conocimiento de los miembros de una organización. Ikujiro Nonaka e Hirotaka Takeuchi propusieron el modelo que se hizo famoso, el cual separaba al conocimiento tácito (el que reside en una persona) del explícito (que es la información). Maturana, sin embargo, defendía el proceso de conocer. Y estos días lo ha explicado con detalles desde el enfoque biológico. Lo importante no es el conocimiento sino el proceso que nos lleva a dicho conocimiento y al que tanto en las escuelas como en las universidades no se le presta la debida atención. Se valora más lo que se sabe que no el proceso de aprendizaje.
Son muchas las ideas que he extraído de su seminario y, por lo tanto, difíciles de condensar. Una de ellas es su concepto del cambio. Para Maturana, lo importante no es lo que se quiere cambiar sino lo que se quiere mantener. De esta forma, las organizaciones se explican mejor en base a las relaciones que desean perdurar (y ello podría ampliarse tanto a las parejas como a los amigos). Ximena Dávila habló por su parte del supuesto de que el dolor siempre tiene una base cultural, es decir, la del lenguaje interior que cada uno tenemos. Otro concepto interesante es el de la felicidad. Según Maturana, cada persona tiene un concepto de felicidad distinto. Lo adecuado no es hablar, por tanto de la felicidad, sino de la infelicidad que según él se produce por dos motivos: El apego y las expectativas sobre uno mismo. Cuantas más altas sean, más infelices seremos.

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20
nov

Laberinto de la felicidad

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“La felicidad no es una meta, sino un perfume” dicen Alex Rovira y Francesc Miralles en su nuevo libro: El Laberinto de la Felicidad. Es un relato de una joven que ha perdido todo y vive distintas aventuras y encuentros sobre las cosas realmente importantes en la vida. Hay conceptos muy bonitos, como que cada persona es un Banco de Amor que da ternura o que la risa es el disolvente universal de las preocupaciones. Pero posiblemente la idea que más destacaría es su manera de explicar el concepto de la vida y que ponen en boca de un camarero. Según éste, hay tres opciones cuando se encuentra con un cliente: Que el cliente después de interaccionar con él salga de la cafetería peor de cómo ha entrado, que salga indiferente o que se encuentre mejor. Y para los autores, la tercera opción es el camino:

“Todos tenemos cada día decenas de pequeños y grandes contactos con los demás. Nuestro reto es conseguir que su vida sea un poco mejor después de estar con nosotros. ¡Ese es el desafío y el premio gordo de cada encuentro!”

Una forma muy cercana de verlo. Pero para ello haría falta desarrollar la empatía y ser consciente del impacto que creamos en la vida de otros. Creo que nos pasamos mucho tiempo quejándonos de lo que nos hacen y muy poco de lo que hacemos a otros, tanto en la empresa como en nuestro entorno privado. No estaría mal plantearse el reto de gestionar las emociones para no dañar o para ser recordados de una manera agradable. De todo ello y en formato de relato, es sobre lo que se centra el libro; el cual, por cierto, está delicisiosamente escrito.

Libro recomendado: Alex Rovira y Francesc Miralles (2007): El laberinto de la felicidad, Aguilar.

Foto tomada de: http://pabloodell.com/

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13
nov

Sonría, por favor

¿Qué tienen en común un policía que le para por exceso de velocidad, un guardia de seguridad de un campo de fútbol o un portero de discoteca al que no le gusta la ropa que Ud. lleva? Seguro que se le ocurren varias, pero una de las mas probables es la de que ninguno sonríe. Es un proceso inconsciente pero efectivo. La ausencia de sonrisa es una de las mejores maneras para distanciarse emocionalmente y ejercer la autoridad, tantas veces anhelada por los cuerpos de seguridad o por los gorilas de discoteca de cualquier parte del mundo (puede que en los procesos de selección de estos últimos se solicite además de tener músculos de gimnasio la capacidad de no sonreír durante horas).
Sonreímos para agradar más que para exteriorizar nuestra felicidad. Esa fue la conclusión del estudio realizado por Robert Kraut y Robert Johnston, observando a personas que sonreían mientras jugaba al boliche, veían un partido de hockey o caminaban por el centro de la ciudad. Curiosamente y en términos generales, las personas sonrieron más cuando se involucraban en interacciones sociales que cuando experimentaban alegría. Los etólogos habían llegado a la misma conclusión. Los chimpancés usan la sonrisa voluntaria para desviar el comportamiento hostil del jefe dominante y para hacerse amigos de otros monos o humanos. Los psicólogos lo confirmaron además observando a los niños: Éstos prefieren acercarse a los extraños que les sonríen. Y los directores de cine también lo tienen claro. Los malos de las películas no sonríen y si lo hacen, es con un toque intencionadamente hipócrita (como el agente Smith de la película Matrix) o con la finalidad de confundir al espectador (como los de las películas con guión de Agatha Christie).
Si la sonrisa es un saludo universal cuya finalidad es la de agradar, la de su ausencia es atemorizar o generar distancias y si no, piense en los policías y en su frío saludo cuando le piden la documentación. De pequeños, la sonrisa de nuestros padres nos va dando seguridad en lo que hacemos. De adultos cuando nos equivocamos o nos avergonzamos socialmente porque hemos dicho algo incorrecto en plena exposición en público, solemos sonreír para rebajar el impacto de nuestro error. Y el hecho de que nos devuelvan la sonrisa, es un refuerzo positivo que necesitamos, en especial cuando alguien tiene poder sobre nosotros. Una forma de elevar abismos entre los empleados consiste, entre otras técnicas, en no sonreírles al verlos o al solicitarles alguna tarea. Si desea generar miedo entre su gente, ya conoce la primera regla: No sonría. Por cierto, ¿su jefe/a sonríe o su cara se parece más a la de los porteros de discoteca?

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