Diplomáticos estadounidenses y el origen de las competencias

En muchas empresas se lleva a cabo la gestión por competencias pero no siempre se sabe que su origen fue una investigación que realizó David McClelland, profesor de Harvard, sobre las diferencias entre los agregados culturales norteamericanos considerados excelentes con los de promedio. La investigación se la encargó el Departamento de Estado norteamericano a principios de los años 70, en una época especialmente difícil para los agregados culturales de las Embajadas de Estados Unidos. Se vivía el final de la guerra de Vietnam, estaba en pleno apogeo el escándalo de Watergate y la crisis económica afectaba a todos los países. Las actuaciones de estos profesionales tenían un especial impacto y su desempeño no tenía nada que ver ni con el coeficiente intelectual ni con las notas del examen obligatorio FSOR, para oficiales del Servicio Extranjero (tanto era así, que incluso los resultados de FSOR correlacionaban negativamente 0.22 con el desempeño del puesto).
Dada la importancia estratégica de los agregados culturales y la nula previsión de éxito de los métodos tradicionales de medición, McClelland y su equipo comenzaron a entrevistar en profundidad a los considerados excelentes comparándolos con los promedio y descubrieron que los primeros tenían tres actitudes o competencias comunes: la empatía transcultural (auténtico interés por la cultura del país donde residía, frente al etnocentrismo imperante), las expectativas positivas ante la provocación (una variedad de autoconfianza que no les hacía perder los nervios ante las provocaciones) y la rapidez en la comprensión de las redes de influencia (la capacidad de saber quién manda en el país y qué peligros reales existen). Las tres actitudes no se enseñaban en la escuela diplomática y sin embargo, eran clave para el éxito o, al menos, para salir airosos de tesituras realmente complejas, como la que vivió un agregado cultural en un país norteafricano cuando recibió un telegrama de Washington ordenándole que proyectara una película sobre un político norteamericano que no gozaba de muy buena prensa en ese país. Sabía que si no proyectaba la película molestaría a sus superiores pero, si lo hacía, encolerizaría a los naturales del país. ¿Qué solución adoptó? Proyectarla un día de fiesta religiosa que sabía que nadie acudiría a verla. Un claro ejemplo de empatía transcultural y que McClelland llamó competencias.
Tomado del libro: Jericó (2001): Gestión del Talento, Prentice Hall

Atrevámonos a soñar

“Soñé con abrir una tienda Zara enfrente de Harrods de Londres” dijo Amancio Ortega, el fundador del imperio Inditex a la revista Times en una de las poquísimas entrevistas que ha concedido. Y lo consiguió. Los sueños son poderosos. Nos dan libertad, nos permite crear otros escenarios de uno mismo, en definitiva, nos da alas al más puro estilo Red Bull. Y el sueño es el punto de partida de cualquier emprendedor, como comentamos ayer en la jornada que me invitaron a participar en Valencia el CEEI, Centros Europeos de Empresas Innovadoras (muy interesante, por cierto) y como he podido comprobar en otras ocasiones hablando con empresarios, como en el Forum de Millora Continua, promovido por Josep Gajo. El punto de arranque de los emprendedores es tener un sueño, después el tiempo y el esfuerzo te acercará a dicho sueño o, incluso, te ayudará a superarlo.

Sin embargo, en la escuela tradicional no se fomenta la capacidad de soñar. Los métodos clásicos están más basados en la obediencia, en ajustarse a unas reglas y en memorizar unos datos (todo ello importante, por supuesto), pero no a desarrollar la creativad, a cuestionar lo establecido y mucho menos a soñar con poner en juego el potencial que toda persona lleva dentro. No me extraña que cuando somos adultos nos cueste montar empresas o ser innovadores. Nuestro entorno educativo no ha sido el más adecuado… A pesar de ello (y para no caer en la excusa de la víctima que no lleva a nada), también decidimos. Podemos comenzar a soñar ahora y pensar en los proyectos que nos gustaría hacer o en lo que nos gustaría convertirnos.

Reivindico el derecho a soñar (o la obligación para nuestra salud mental) y luego trabajar, por supuesto, pero siempre desde la fuerza del sueño que uno ha creado para sí mismo, no el que le han impuesto, sea padre, pareja o sociedad, sino el que cada uno decide.

El futuro pertenece a aquellos que creen en la belleza de sus sueños.

Eleanor Roosevelt

Para leer más: www.innocova.com/modules/news/

Un circo en el océano azul

Cuarenta millones de visitantes en noventa ciudades del mundo. Es el Cirque du Soleil, espectáculo creado en 1984 por artistas callejeros canadienses. Lo llaman circo, aunque es totalmente diferente a los espectáculos circenses tradicionales, algunas veces un tanto tristes. No hay fieras y sí una estética única en los trajes (¿inspirada en el Carnaval de Venecia?), la música (con un toque de estilo Broadway) y las acrobacias. Su público no son los niños, sino adultos y clientes corporativos dispuestos a pagar un precio varias veces más elevado al circo tradicional. Y en apenas veinte años ha facturado más de lo que no alcanzaría ni en un siglo de trabajo el mayor circo del mundo. En definitiva, el Cirque du Soleil ha creado un nuevo mercado o, en términos de Chan Kim y Renée Mauborgne, se ha adentrado en un océano azul (libro muy recomendable).
Los océanos azules, a diferencia de los rojos, lo constituyen las empresas que crean espacios sin competencia en el mercado, captando y creando nuevos clientes, como los apasionados seguidores del Cirque du Soleil. La clave del éxito, según los autores, se basa en la innovación en el valor, es decir, crear valor al cliente al mismo tiempo que reducir los costes.
La innovación se ha convertido en el “pan nuestro de cada día” de las empresa y en el pulmón para respirar en mercados tan competitivos. La globalización ha hecho que hoy sea más difícil que nunca liderar en precios. De la noche a la mañana una empresa de cualquier parte del mundo puede irrumpir en el mercado con mejor estructura de costes y terminar con dicha ventaja competitiva. Además, los clientes somos promiscuos… ¡hasta los norteamericanos en la década de los 80 compraron automóviles japoneses! La única opción que queda, entonces, es la innovación.
El Cirque du Soleil, Apple con su iPod, Toyota con la marca Lexus, Nokia con su diseño y tecnología… son empresas que han sido capaces de revolucionar su sector o de crear incluso uno nuevo. La innovación no es una moda o una elección, es una necesidad en el mercado global en el que vivimos. Y la mejor receta es gestionar el principal (y único) activo de la Innovación: el Talento de sus profesionales.

Libro recomendado: Kim, Chan y Mauborgne, Renée (2007): La estrategia del océano azul, Granica.

Páginas web:

http://www.insead.edu/kim/
http://www.insead.edu/mauborgne/
http://en.wikipedia.org/wiki/Blue_Ocean_Strategy

Crear valor al profesional

En plena Guajira colombiana está la mina de Cerrejón, la más grande del mundo de carbón a cielo abierto y en donde he estado impartiendo un seminario de Gestión del Talento estos días. Ahí trabajan 10.000 personas. Cerca de la mina se encuentra el campamento, una ciudad tranquila y protegida, en donde viven los trabajadores más cualificados con sus familias. Son un total de 2.000, de entre ellos, una tercera parte niños o adolescentes. Las casas no son propiedad de los trabajadores, sino de la empresa que se las cede durante el tiempo que ahí trabajan. El origen de la mina se remonta a 1976 cuando ExxonMobil firma el contrato de Asociación del Carbón y construye un campamento “estilo norteamericano”, con el fin de que sus directivos cuando tuvieran que ir a Colombia se sintieran como en casa. Y lo consiguieron. Las reglas se respetan a la perfección. Nadie conduce más de lo indicado en los carteles, no hay suciedad por las calles, ni ruidos. Todo funciona adecuadamente.
Cuentan, además, con una de las mejores escuelas de Latinoamérica reconocida en Estados Unidos, un centro cultura y de ocio, un supermercado, un hotel… Hay de todo (o casi de todo) lo que las personas necesitan pero sólo un establecimiento de cada tipo. No se busca la competencia, sino satisfacer necesidades. Es gran ejemplo de la “ciudad perfecta” o como algunos trabajadores denominan, una “ciudad Malboro”, que contrasta enormemente con la realidad colombiana y de casi cualquier otro país del mundo sudamericano.
Trabajar en la mina de Cerrejón es un seguro de un tipo de vida tranquila y muy protegida. Si se le une, además, un importante esfuerzo formativo y unos salarios competitivos, no es de extrañar que el índice de rotación de las profesionales mayores de treinta años sea casi nulo a pesar de ser demandados por otras empresas del país. El problema está, lógicamente, en aquellos que necesitan el contacto con otras realidades y que consideren que Cerrejón es una ciudad “demasiado perfecta”. En otras palabras, el mejor ingeniero de minas que no desee vivir en el campamento, por muy bueno que sea y por mucho que se le motive, difícilmente se comprometerá con la empresa, al menos a medio y largo plazo. Por ello, es importante conocer cuál es la proposición de valor que se hace al profesional, es decir: qué le pedimos y qué vamos a ofrecerle el términos de salario, tipo de vida, desarrollo… Una vez más, el talento no es universal ni en Cerrejón ni en ninguna otra empresa del mundo.

El dulce encanto del fracaso

El empresario Manuel Jové Capellán ha comprado el 5% de BBVA, lo que le convierte en el mayor accionista del banco. Jové es uno de los hombres más ricos de España, con un patrimonio que asciende a 4.000 millones de euros y lo que más me impresiona de su vida es su capacidad de salir del aparente “fracaso”. Nació hace 66 años. Emigró a Alemania a trabajar y al cabo de pocos años, regresó para colaborar en la carpintería familiar. Montó dos empresas y quebró en dos ocasiones, hasta que finalmente edificó el imperio que tiene ahora. En otras palabras, supo salir de la quiebra y salió fortalecido de la misma.

Y eso me encanta. Me encanta que se hable del fracaso, porque es lo que humaniza el éxito. Parece que en nuestra cultura sólo está bien visto hablar de lo maravillosos que somos, cuando todos sabemos que detrás de un triunfo hay una serie de errores importantes. El fracaso y el éxito son dos caras de una misma moneda y posiblemente, si fuéramos capaces de contemplarlo en el continuo del tiempo, veríamos que ambos son necesarios. De hecho, en la biografía de Jové se dice que su segunda quiebra le ayudó a fortalecerse en su relación con los bancos.

Hablemos del fracaso. Sugiero que en los seminarios y en las ponencias donde las empresas se visten de gala podrían comentar dónde se equivocaron. Eso ayudaría a aprender. De hecho, en British Petroleum se premia a aquellos que son capaces de reconocer sus fracasos en medio de una reunión. El fracaso de una persona es la antesala del éxito de otra. Pero hay una barrera cultural. No nos gusta reconocer que nos equivocamos. Cuando estuve en Estados Unidos, me impresionó escuchar varias charlas de directivos que entre los comentarios de lo que hacían en sus compañías incluían un apartado de sus fracasos importantes. ¿Por qué no podemos hacerlo nosotros? Además, detrás de fracasos importantes pueden existir éxitos redondos como ha demostrado la experiencia de Jové.

Para tener más información: http://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Jove