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5
dic

En busca de la justificación perdida

disonanciaCuando creemos estar en lo cierto, a la hora de tomar decisiones, nos molestan las contradicciones internas que puedan surgir e inventamos todo cuanto se nos ocurre para poder seguir haciendo lo que nos gusta o bien para evitar aquello que nos duele. En 1957 Festinger denominó a este fenómeno “disonancia cognitiva”, se produce cuando valoramos dos conceptos que están en contradicción como, por ejemplo, “fumar es malo” asociado a “me gusta fumar”; o “soy votante de un partido de derechas (o de izquierdas)” asociado a “me parece más coherente el programa político de los partidos de izquierdas (o de derechas)”. Esta dualidad nos genera un conflicto interno y como tenemos tendencia a evitar el dolor intentamos justificarnos con los argumentos que se nos ocurren y de estos, los tenemos de todo tipo y colores: “los estudios del cáncer de pulmón por fumar no están científicamente comprobados” o “los programas de los partidos políticos no sirven para nada”.

Nuestra capacidad de autoengaño es observable hasta en los pequeños errores cometidos para justificarnos. “Cuando presenté el proyecto la gente estaba demasiado cansada para atenderme”, en vez de reconocer que la presentación fue realmente aburridísima; o “no, si me da igual lo que me ha dicho”, cuando realmente nos ha molestado, y mucho. También se observa en decisiones más cruciales de tantas personas que no se atreven siquiera a cuestionarse su vida porque implicaría tomar decisiones, potencialmente traumáticas, de separación o de cambio de trabajo. El primer paso para evitar estas disonancias consiste en tomar conciencia de su existencia y, posteriormente, decidir en base a nuestras posibilidades reales tanto personales como circunstanciales.

En definitiva, otro motivo por el que negamos la realidad es el de evitar tomar decisiones que nos duelen, seguir haciendo algo que nos gusta o, al menos, evitar el sufrimiento a corto plazo. Y como ha demostrado la ciencia, la mente está encantada de darnos argumentos ya que crea realidades a “nuestra medida” y nos permite ser selectivos con lo que vemos y recordamos. El problema es que las “disonancias cognitivas” que surgen por nuestra necesidad de coherencia, nos convierten en esclavos de nosotros mismos.

9
jun

Decálogo para construir compromiso

Este fin de semana he publicado en Expansión y Empleo el siguiente artículo:

En momentos de incertidumbre se requiere estar más cerca de los clientes, aunar esfuerzos y que cualquier gramo de talento se ponga al servicio de la empresa. Y en este escenario, el compromiso es un actor protagonista.

1. El compromiso es recíproco: La palabra compromiso surgió en la Roma Clásica para expresar un acuerdo cuando existía un litigio. Las partes involucradas debían depositar una fianza que perdían en el caso de no cumplir el trato. Así pues, compromiso significa “acuerdo entre ambas partes”. Es decir, éste no se entiende si no es recíproco y bidireccional.

2. Dar lo mejor de uno mismo y no pensar en otro: El compromiso es una decisión personal que tiene dos efectos fundamentales en la empresa y en la vida privada: Dar lo mejor de uno mismo, esforzarse más de lo acordado y no pensar en cambiar de organización.

3. Da resultados: Lo demostró Corporate Executive Board. La gente altamente comprometida se esfuerza un 57% más, consigue un 20% más de resultados y es un 87% menos propensa a dejar la compañía, en relación a empleados de menores niveles de compromiso.

4. Nace de la libertad. Los índices de rotación han descendido, ¿existe más compromiso? No, sólo hay menos posibilidades de cambio y se incrementa el miedo a no llegar a fin de mes. Aunque las personas estén en la empresa, no significa que sus cabezas les acompañen. El compromiso no es deber, nace de una decisión tomada en libertad y así ha de gestionarse.

5. El ingrediente más potente, el emocional. Hace varias décadas se identificaron dos tipos de compromisos: el racional y el emocional. Investigaciones recientes han demostrado que la rotación está relacionada con el compromiso racional. Sin embargo, el deseo de aportar y de comenzar a buscar otro empleo se vincula con las emociones. Cuando uno no está a gusto, abandona el barco, mental o físicamente.

6. Se construye. No se compra ni se fabrica en un día. Requiere tiempo construirlo y, sin embargo, es muy fácil perderlo. ¿Motivo? El compromiso se apoya en la confianza y ésta es como un vaso de cristal. Una vez roto, cuesta mucho volver a recomponerlo sin dejar cicatrices.

7. Se gestiona en las distancias cortas. Los responsables de equipos tienen la llave para gestionar el compromiso. En ocasiones las personas no se van de sus empresas sino de sus jefes, en especial, en países de cultura latina donde el impacto del ambiente de trabajo es muy relevante. En las grandes firmas, los mensajes de la central no son los que generan compromiso. Este se refuerza en el día a día, en la relación con los compañeros, con el jefe o con las funciones que uno desempeña. Es, en definitiva, una cuestión de distancias cortas.

8. No es eterno. Los valores han cambiado y la inmediatez ha ganado protagonismo. La consultora McKinsey dice que la media de cambios a lo largo de una vida laboral en 1990 era de dos; en 2010 se prevén diez. El reto está en que, mientras dure la relación profesional, sea lo más comprometida posible.

9. El primer paso, la empresa. Si queremos que los empleados se comprometan, tienen que empezar a hacerlo los directivos. No se puede pedir un comportamiento si no se está llevando a cabo por quien representa el poder formal de la empresa.

10. Y sin olvidar la coherencia. La frase de “nuestro principal activo son las personas” se da de bruces con políticas que suceden en muchos equipos. Sin coherencia, ni hay confianza ni compromiso. Como diría Molière, “todos los hombres se parecen por sus palabras; sólo las obras evidencian que no son iguales”. En este caso, son las obras, que no las buenas voluntades, las que ayudan a construir compromiso.

27
abr

Arriba se vive mejor

Así se desprende de una encuesta realizada a 4000 personas por la consultora Deloitte, según recoge Management Issues y Tendencias21. El tema que estudiaba era el equilibrio de la vida laboral y la familiar y la conclusión es que este equilibrio dependen del nivel de ingresos. De este modo, el 40% de las personas que cobran más de 75.000 dólares al año afirman conciliar adecuadamente su vida, en comparación con menos de la tercera parte de aquelllos que lo consiguen y que cobran de entre 25.000-35.000 dólares. La diferencia en las respuestas no me parece excesivamente amplia (33% frente a 40%), pero sí que creo que el nivel de toma de decisiones y de calidad de vida (en todos los sentidos) varía considerablemente en la posición jerárquica que uno se encuentre. Unas de las posiciones más complejas es la de los mandos medios, que viven la presión de arriba y de abajo. Mientras, en la Alta Dirección de las grandes empresas la presión no es tan acentuada, al menos en este campo. Existen otras incertidumbres, como las luchas de poder y las maniobras políticas, pero creo que en general se vive una mayor calidad de vida. Si no fuera así, ¿por qué la gente querría ascender?

El estudio también hace mención a la necesidad de honestidad, cosa que comparto firmemente. Una de las cualidades que más valoro es la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, como ya hemos hablado en alguna ocasión, porque creo que es de las cosas que más faltan en las empresas. No sé cómo se pretende buscar el compromiso en los profesionales si primeramente las personas que ocupan puestos de poder no se comprometen. El compromiso, la motivación y la confianza se apoyan en la honestidad o en la coherencia de los hechos. Creo que sería un maravilloso deporte que se comenzara a practicar en las empresas.

Fuente de la imagen: http://www.brianhayes.com/images/hierarchy-bird-tree.jpg