Si quieres encontrar nuevos puntos de vista, hazte preguntas poderosas

A veces nos atascamos con un tema y no somos capaces de ver más allá. Es entonces cuando una pregunta poderosa nos sería muy útil. Una pregunta poderosa es aquella que nos hace pensar, nos ayuda a contrastar opiniones o nos amplía el punto de vista. El motivo es sencillo: todos tenemos más información de la que somos conscientes; sin embargo, cuando nos obcecamos en algo, se nos escapan otras alternativas que existen y que no vemos. Unas preguntas bien formuladas nos ayudarían a cuestionarnos y a contemplar más opciones. Por este motivo se denominan poderosas, porque son muy útiles y porque nos aportan una reflexión muy rica para encontrar nuevas vías. Veamos cómo podríamos formularlas para aplicarlas en nuestro día a día o para echar una mano a alguien.

Lo primero de todo, son preguntas abiertas. Las preguntas cerradas son las que se responden con un sí o un no. Las abiertas requieren más elaboración. Si formulamos algo del tipo: “¿Te has adaptado bien a tu nuevo trabajo?”, muy probablemente la persona te responda con un “sí” y, con ello, existe poco margen de maniobra. En cambio, si indago con una pregunta abierta: “¿Qué dificultades estás viviendo en tu nuevo trabajo?”, le estoy obligando a meditar algo más y a encontrar nuevas respuestas, más allá de las sencillas.

Segundo, las preguntas poderosas ayudan a clarificar cuestiones o a aterrizar emociones. El objetivo es evitar caer en lugares comunes o en lugares trampa, que no nos ayudan, como la queja o el lamento. Por ejemplo, ante un comentario como: “Me va fatal”, las preguntas que podríamos hacer serían: “¿Qué es lo que te va tan mal? ¿Puedes concretarlo?”. De este modo, invito a la otra persona a aterrizar el problema para así poder abordarlo mejor.

Tercero, las preguntas poderosas sirven para cuestionarse a uno mismo. Por ejemplo, si lo que queremos es desafiar alguna idea preconcebida del tipo “esto se hace así”, las preguntas que servirían serían: “¿Quién lo manda?”, “¿quién te impide conseguirlo?”.

Si el objetivo es relativizar una queja como “no hay manera de convencer al otro departamento”, se le podría inquirir con: “¿Cómo harías para…?”, “¿qué sugerirías…?”.

Si lo que se desea es evitar echar balones fuera, nos sería útil decirle: “¿Qué papel has desempeñado en todo esto?”, “¿qué podrías haber hecho y no hiciste?”. Si se enfrenta a un miedo, una pregunta posible podría ser: “¿Qué sería lo peor que te podría ocurrir?”. Una vez identificado ese punto, se puede construir un plan de acción más adecuado.

En definitiva, las preguntas poderosas tienen como objetivo indagar, evitar los lugares comunes y llevar a la persona a la acción. No es de extrañar que sea la técnica más utilizada por los entrenadores personales (o coaches, como se denominan en el mundo de la empresa), por los jefes que buscan desarrollar el talento de sus equipos o por los profesores que intentan motivar a sus estudiantes. No es algo nuevo, puesto que ya Sócrates enseñaba a través de preguntas. Su método se conocía como mayéutica, nombre que en griego significa “técnica de asistir a los partos”. Su madre era comadrona y debió de encontrar la metáfora en el plano filosófico para dar a luz nuevas ideas. Por ello, vale la pena entrenar el músculo de hacer preguntas antes de lanzarse a ofrecer soluciones. Las personas podemos rechazar las opiniones de otros, los consejos o las recomendaciones. Pero es más difícil que demos la espalda a nuestras propias reflexiones o a aquellas ideas que nosotros hemos dado a luz.

La señal que te alerta de que has de cambiar de trabajo (o al menos, intentarlo)

Uno de los emprendedores más innovadores de Estados Unidos tiene su truco personal para saber cuándo ha de cambiar de trabajo: su despertador. Tony Hsieh en su libro autobiográfico explica que, cuando hace años trabajaba en LinkExchange, un buen día tuvo que sonar hasta seis veces la alarma para que se levantara. Fue entonces cuando decidió cambiar de empresa. Entró en Microsoft y, pasado un tiempo, le volvió a suceder. El despertador insistió otras seis veces. Dejó entonces la compañía y montó Zappos, empresa dedicada a la venta de zapatos online… Está claro que el caso anterior es solo un ejemplo y posiblemente de poca aplicación para el resto de los mortales: ni todos tenemos la genialidad de Hsieh, ni estamos en mercados laborales tan alegres como los tecnológicos en Estados Unidos, ni disfrutamos madrugando. Pero matizado todo lo anterior, es un ejemplo para reconocer que cualquiera de nosotros puede tener alguna señal que indique que necesitamos buscar trabajo en otra empresa, en otro departamento o con otro jefe, o al menos intentarlo. Pero, ¿cómo saber reconocerla y no confundirla con una mala etapa que pasa con el tiempo?

Pues bien, curiosamente la primera señal te la suele dar el cuerpo y las sensaciones como, por ejemplo, no tener ganas de levantarse, que descienda la motivación bajo mínimos los domingos por la noche o sufrir un humor de perros durante una temporada larga por culpa del trabajo. Después de estas señales, pasado un tiempo viene la cabeza a dar una explicación de lo más racional y justificada. Pero el orden suele ser así: primero, el cuerpo y las emociones, y después, la mente. Y tiene su explicación. La cabeza que anhela nuevos sueños o proyectos es también la que almacena los miedos y las inseguridades. Si yo deseo cambiar de trabajo es posible que durante el proceso de búsqueda me enfrente a dudas del tipo “¿y si me equivoco?”. Por eso, lo que el cuerpo nos diga es “más puro”, “más sincero”. Lógicamente, no hablamos de trabajos en los que no se llega a fin de mes, cuyo motivo es más que evidente; o de oportunidades muy deseadas, que de repente llegan… sino de aquellas decisiones más difíciles. Así pues, ¿qué podemos hacer?

Lo primero de todo, presta atención a tus sensaciones. Eso no significa que en cuanto tengas un pinchazo en el estómago o se te peguen las sábanas necesites buscar otro trabajo. No, significa no pasar por alto aquellas sensaciones que son una constante, como un estrés continuado todos los domingos, un agotamiento continuo o un carácter endemoniado sin necesidad.

Segundo, conversa sobre lo que te ocurre con honestidad. Para dar forma a lo que sentimos, necesitamos darle palabras. Para ello, puedes escribir para tomar distancia y entenderlo o aún más fácil, hablarlo con alguien de confianza sin juzgarte. Simplemente, conversa sobre ello y pregúntate el porqué.

Tercero, distingue dos momentos: el de tomar una decisión y el de ejecutarla. Quizá sepas que ese trabajo no es para toda tu vida pero tampoco el mercado laboral esté en su mejor momento. Por ello, es bueno no confundir la decisión con el instante en el que se ha de poner en marcha.

Y cuarto, diferencia el motivo por el que no te atreves a dar el paso: puede ser por miedo (hipoteca, hijos, incertidumbre…), porque no tienes claro qué es lo que quieres, o porque sigues confiando en esa empresa… En la medida en que lo identifiques te será más fácil gestionarlo con un plan de acción.

Sin duda el trabajo es una parte importante de nuestra vida. Le dedicamos demasiadas horas como para estar a disgusto. Prestando atención a las señales, estaremos mejor preparados para cerrar una etapa y definir una estrategia para comenzar otra nueva. ¡Buena suerte!

La soledad de las mujeres inteligentes

¿La inteligencia de una mujer atrae a los hombres? Posiblemente, una gran parte de los hombres diría que sí, que por supuesto. Sin embargo, si se preguntara a las mujeres, muchas contestarían justo lo contrario, lo negarían. Y curiosamente, los dos tendrían razón, según un artículo publicado en 2015 en la revista Personality and Social Psychology Bulletin.

Lora Park, una psicóloga social de la Universidad de Buffalo, y sus colegas Ariana Young y Paul Eastwick realizaron diversas investigaciones para comprobar qué les ocurre a los hombres cuando están con una mujer que creen que es más inteligente que ellos. En un primer experimento, se les pidió que evaluaran a una chica que hipotéticamente era más lista y habilidosa en matemáticas y en inglés. Todos ellos calificaron a dicha mujer como una pareja romántica deseable a largo plazo. Hasta aquí todo bien. Esa era la teoría, pero ¿y en la práctica? Para dar respuesta a ello, los investigadores crearon diversas situaciones donde las personas competían. Cuando una chica demostraba ser más inteligente que los chicos, por “arte de magia” dejaba de ser tan atractiva a los ojos de los hombres. E, incluso, llegaban a reconocer que se sentían inseguros frente a ella.

Así pues, la conclusión del estudio anterior podría resumirse en una idea: en teoría la inteligencia de la mujer atrae a los hombres, pero en la práctica y en distancias cortas les genera cierta inseguridad (por supuesto, siempre hay excepciones). Más allá de esta investigación, quizá conozcas a mujeres que consideren que esta habilidad ha sido una barrera a la hora de encontrar una pareja y de mantener con éxito una relación. También es posible que conozcas a hombres que apoyan las carreras profesionales de sus compañeras y que se sienten muy orgullosos de la inteligencia de ellas. De acuerdo, cualquier generalización es incorrecta. Pero, dicho todo esto, hoy por hoy todavía existe una parte de los hombres que se sienten inseguros o que perciben que su masculinidad entra en juego cuando están frente a una mujer brillante.Posiblemente, este resultado dependa de la autoestima personal y de la madurez de cada uno, pero vale la pena tenerlo en cuenta para saber actuar y para gestionar las soledades y las posibles frustraciones.

Nos necesitamos mutuamente. Tanto es así que una de las claves que ayuda al éxito profesional de una mujer (y del hombre) es tener una buena pareja, según Sheryl Sandberg, la directora financiera de Facebook. De hecho, de las 28 mujeres que han sido directoras generales de alguna empresa de las Fortune 500, 26 están casadas, una divorciada y una soltera. Pero los cambios de la sociedad son tan profundos que también están afectando a las dinámicas entre el hombre y la mujer, lo que nos obliga a gestionar nuevos miedos disfrazados de otro modo. Y para poder lidiarlos con éxito, es necesario mejorar el autoconocimiento con el fin de ganar confianza y seguridad por uno mismo más allá de lo que el otro haga o diga. También es importante educar en inteligencia emocional desde la infancia, de forma que tanto hombres como mujeres se puedan preparar para los nuevos roles sociales que van a vivir. Y, por supuesto, necesitamos abrir nuevas conversaciones entre las parejas para encontrar los puntos de conexión y de colaboración, que no de competición. Solo así aprenderemos a superar las dificultades a las que todos y todas nos enfrentamos.

El truco que ha demostrado la ciencia para parecer más atractivos e inteligentes: el “efecto animadora”

Piensa en algún grupo de personas atractivas. Pueden ser las animadoras de un partido, los cantantes de un grupo musical estilo Backstreet Boys o sus secuelas, o jóvenes que están en un bar por la noche. Lo que tú desees. Y, ahora, permíteme una pregunta: ¿es cierto que todos ellos son tan guapos o quizá nos engaña nuestra cabeza o nuestra vista? A las ciencias sociales les encantan este tipo de incógnitas, y Walker y Vul en 2014 publicaron un artículo con la conclusiónlas personas resultan más atractivas cuando se las ve en un grupo que individualmente. Este fenómeno lo bautizaron como el “efecto animadora”, en honor a estas mujeres que resultan tan atractivas en su conjunto, aunque bien podría llamarse “efecto animador”, ya que no depende del género y con un grupo de hombres sucedería de la misma manera. Y, curiosamente, el motivo se debe a los fallos de nuestra percepción.

Walker y Vul, psicólogos de la Universidad de California, San Diego, hicieron cinco diferentes investigaciones. Mostraron cien fotos de una cara en solitario y, después, el mismo rostro rodeado de otros en un collage. Pidieron que valoraran la belleza en ambas ocasiones. Pues bien, las puntuaciones fueron ligeramente superiores cuando estaban en grupo. ¿Motivo? En un primer golpe de vista y sin darnos ni cuenta, nuestra mente calcula la belleza media de lo que ve y, como se demostró en la investigación, la belleza media calculada suele ser superior a la suma de las bellezas individuales (es decir, la belleza media del equipo de animadoras suele ser mayor que la suma del atractivo de cada una de las mujeres que lo compone, siguiendo con el ejemplo anterior). Y esto no solo nos ocurre cuando vemos mujeres u hombres, sino también cuando analizamos los objetos que nos rodean. Si aceptamos que nuestra percepción comete errores, veamos qué podemos hacer para aprovecharnos de esta peculiaridad de nuestra mente.

Lo primero lo sugieren los propios investigadores en el trabajo académico publicado por Psychological Journal: “Ir con amigos o amigas puede ser una buena estrategia si se queda para una cita, especialmente si sus rasgos faciales se complementan y promedian las peculiares idiosincrasias de uno”. Es decir, buscar personas que te complementen en tus rasgos físicos te ayuda a aparentar ser más atractivo. Y, en este caso, no importa el género. Esta compensación sucede tanto si estás rodeado de hombres como de mujeres. Por ello, en el mundo de la seducción y en el de los negocios, si se quiere aparentar un mayor atractivo es mejor no salir en fotos en solitario, sino rodeado de otros bien seleccionados que complementen nuestros defectillos. Y esto, curiosamente, no afecta solo a nuestra belleza, sino también a nuestra inteligencia. Como se deduce de otras investigaciones, también de manera inconsciente y por un efecto halo, correlacionamos belleza e inteligencia. Ya se sabe, se trata de otro error de la mente, pero así somos.

Y, por último, si tenemos esta tendencia a ser más generosos con el todo, estemos alerta. El marketing conoce este fenómeno antes de que Walker y Vul publicaran su investigación. Por eso, las fotos de los objetos que se ofertan se rodean de un atrezzo que aparenta ser maravilloso. Y como nosotros de manera inconsciente calculamos la belleza media, pues podemos picar tan tranquilamente. Así se observa en las exposiciones de muebles o en Ikea, donde se les da tan bien recrear ambientes. El conjunto nos puede gustar y nos apetecería comprarlo. Sin embargo, si valoráramos los objetos uno a uno, es posible que no nos entusiasmaran tanto como cuando estaban rodeados de los otros. Por ello, si vamos de compras de muebles o de cualquier otro objeto, analicémoslo de manera individual con cierto detenimiento para no caer seducidos por el “efecto animadora” de nuestra propia mente.

Si quieres saber cómo es fulanito, dale un carguito

Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano durante los 70, no era precisamente un adonis, pero tenía fama de seductor. Un día le preguntaron cómo conseguía alcanzar tanto éxito y él respondió con una frase lapidaria: “el poder es el mayor afrodisiaco que existe”. Y es cierto. El poder atrae y llega a convertirse en una droga para más de uno, independientemente de su posición. El problema es que el poder desvela también cómo somos. Podríamos decir que actúa como la “prueba del algodón” o un contraste médico. Es una oportunidad para ver qué hay detrás. Cuando tenemos un cargo, se nos ve el plumero de nuestros valores y de nuestras inseguridades. Y no hace falta tener un puestazo para que esto ocurra. La pasión por el poder habita en un sinfín de lugares: un mando medio que disfruta con el control elevado a la enésima potencia, el presidente de una asociación regional al que parece que se le va la vida defendiendo su puesto, o el portero de discoteca que con cara de matón no deja pasar a alguien sencillamente porque no le apetece. Es decir, cualquier posición que implique una cierta capacidad de influencia. Por eso, hay personas que cuando tienen un pequeño cargo se transforman, porque la inseguridad y el poder actúan como un cóctel molotov poco recomendable. Pero, cuidado, el poder en sí no es malo. Y esto es bueno matizarlo.

Decía David McClelland , profesor de psicología de Harvard, que a todas las personas nos mueven diferentes motivaciones sociales en el trabajo (y en la vida). Hay quienes disfrutan con la consecución de objetivos, otros que buscan ante todo ser parte de un grupo, y hay personas a las que les mueve influir en terceros o tener poder. Este último grupo se clasifica a su vez en dos: los que buscan un poder socializante, es decir, el bien común; y los que les mueve el poder individualista o salirse con la suya a costa de terceros. Como es de suponer, en el primero se incluyen los líderes o quienes buscan contribuir positivamente desde cualquier posición, como profesores, psicólogos, políticos o jefes. No importa. En el segundo caso, el poder individualista agrupa a todos aquellos que anteponen sus intereses a los del resto, que miran su ombligo o que se aprovechan para ganar a toda costa. Cuando alguien cae en la seducción del poder individualista, el motor de fondo, a veces muy escondido, son sus propios valores personales (que dejan más o menos que desear) o su inseguridad personal, que quieren compensar con el poder. Por eso no es de extrañar que la baja autoestima fomente el poder individualista, malos jefes y malos gestores. Cuando se actúa así por valores un tanto cuestionables, poco hay que hacer: cambiarle de posición o sacarle de la organización si se puede. Cuando el motor de fondo no son valores, sino inseguridad personal, es una mejor noticia, porque existe margen de maniobra.

Nadie nace líder. Como tampoco se nace ingeniero, secretario o músico. Las habilidades se pueden y se deben aprender. Cuando a uno le ascienden, al igual que tiene que aprender los retos de la nueva posición, necesita mejorar también sus inseguridades, porque si no lo hace, puede que de manera inconsciente abrace el poder individualista, siendo autoritario, no compartiendo información o machacando a todo aquel que se le ponga por el camino. Por ello, es importante que todo aquel que tenga una posición de influencia trabaje sobre sí mismo, a través de formación, de desarrollo o de una reflexión sincera. Solo así podrá conseguir un auténtico liderazgo y reducir la adicción al poder, que deja muy solo a quien la padece, ya que cuando uno pierde el puesto, desaparecen los “supuestos amigos”.

En definitiva, si queremos sentirnos bien con nosotros mismos, no nos creamos demasiado el poder, que es efímero como lo es el éxito, y aprovechemos para analizar lo que nos ocurre si se nos sube mucho a la cabeza. Solo así habrá valido la pena.

Los ocho pasos para impulsar el cambio y que la gente te siga

Si algún día tienes que impulsar un cambio, aquí tienes los ocho pasos necesarios para que la gente te siga. Puede ser en una empresa, en una familia o en una comunidad de vecinos. Si el cambio es muy deseado, posiblemente no tengas muchas resistencias. El problema se presenta cuando el resto no lo ve, no lo entiende o surge el miedo. Es ahí cuando necesitas definir una estrategia diferente. John Kotter, profesor emérito de Harvard, después de realizar diversas investigaciones propone los pasos necesarios para que el cambio sea posible, como cuando se lanza, por ejemplo, una nueva estrategia, un nuevo producto o simplemente se quiere implantar una idea innovadora. Veámoslos a continuación:

Primero, has de generar una necesidad real. La pregunta que tendrías que hacerte es: ¿qué pasaría si no se asume el cambio?; ¿realmente es necesario? Si creemos que no sucedería gran cosa si me quedo como estoy, será difícil que nos movamos. Es como cuando nos apuntamos al gimnasio sin una clara intención de cuidarnos… pagaremos la cuota alegremente, pero poco más. Si es por severa prescripción médica, la cosa cambia. Por eso, si quieres movilizar a otros, convence sobre el sentido de urgencia y de necesidad.

Segundo, busca los recursos y la autoridad para llevar a cabo el cambio. Queda muy bonito lanzar mensajes de abrir nuevas líneas de negocio, por ejemplo, pero a menudo luego no se hace ni una mínima inversión. Tampoco podemos pretender conseguir una transformación si no tenemos la autoridad para decidir. Por tanto, la pregunta que has de formularte es: ¿tengo los recursos y la autoridad para hacer frente al cambio?

Tercero, implica a las personas clave. Es posible que la transformación que buscas no puedas hacerla por ti mismo. Para eso es importante trazar un mapa de personas o departamentos que puedan ayudarte y analizar si estarían dispuestos a ello, o si se opondrían. Una vez realizado, define estrategias diferentes para cada uno.

Cuarto, comunica lo que no va a cambiar. Ante lo nuevo, dedicamos mucha energía a hablar de lo que será diferente. Pero recordemos que la sensación de falta de control suele generar miedo. Por ello, en todo momento, además de comunicar lo que va a cambiar, informa sobre lo que permanece constante, aunque sean los valores o la ilusión.

Quinto, elimina barreras que te impiden avanzar. A veces nos lanzamos al cambio sin planificar qué hacer ante los obstáculos. Como resume José Conejos, directivo experto en procesos de transformación: “Resulta más útil quitar el calzo de una rueda para que un camión avance, que animar a las personas a que empujen el camión”. El calzo es una resistencia que cuesta poco quitar pero que tiene un impacto muy fuerte. Por ello, ¿a qué calzos podrías enfrentarte?; ¿cómo podrías retirarlos?

Sexto, crea metas a corto plazo. Todos necesitamos saber si lo que hacemos es adecuado o no o, como se dice en el mundo de la empresa, tener feedback (y lo siento por el anglicismo). Si el reconocimiento solo está al final del proceso, las personas podemos caer en el desánimo y perder la motivación. Por ello, define metas intermedias, comunícalas y, sobre todo, celebra cuando se consigan.

Séptimo, mantén la energía con picos de intensidad.Cualquier transformación atraviesa momentos álgidos y desiertos. Un proceso de transformación necesita dinamismo, en especial para superar los baches. Por ello, lleva a cabo impactos de mejora continua para que la intensidad no se pierda, como iniciativas concretas dentro de todo el proceso.

Octavo, instaura la “nueva normalidad”. Una vez que el cambio haya terminado, necesitas institucionalizarlo a través de un ritual, como un reconocimiento o una comunicación. Cuando se ha conseguido, se ha de decir y, por supuesto, celebrar.

 

Los cinco niveles de conversación (y uno es el que te ayuda a tus relaciones personales)

Hay conversaciones que nos llenan y otras que nos dejan vacíos. Hay personas cuya charla es un placer y otras que aburren hasta las ovejas. Y todo ello está relacionado con los niveles de comunicación que tengamos en la pareja, con los amigos o en el trabajo. Veamos cuáles son los cinco niveles de conversación posibles para valorar en qué situación solemos estar con las personas que nos rodean.

Primer nivel. Hablar sobre las cosas, el fútbol, el tiempo… Es una conversación superficial, pero necesaria cuando conoces a alguien o estás en un ascensor. No nos ponemos a contar nuestra vida al vecino del cuarto. En este nivel se habla del tiempo, de lo que se ha comido o de qué se ha visto en el último viaje a Italia. El problema surge cuando en una relación solo y exclusivamente se habla de este tipo de cosas. Nos quedamos vacíos, en especial cuando pasamos momentos en los que necesitamos contar algo que nos afecta.

Segundo nivel. Hablar de los otros. Es una conversación también superficial, pero tiene algo más de sofisticación. En este caso repetimos lo que otros han dicho, sea en casa o en un libro, sin aportar nada de nuestra propia cosecha. Repetimos comentarios enlatados, lecturas o citas sin hacer ningún tipo de valoración. En este segundo nivel se engloba también el cotilleo que, como es de suponer, puede ser simpático, pero una vez más resulta muy escaso para edificar una relación personal duradera.

Tercer nivel. Hablar de mis ideas. En estas conversaciones empiezo a mostrarme más en lo que cuento. Pueden ser ideas políticas, sobre la sociedad o sobre cómo deberían ser las cosas. Este nivel es muy mental y se caracteriza por no involucrar al otro. Por ello, puede convertirse en una “magnífica” charla de monólogos, ya que no necesariamente se escucha o se muestra curiosidad por la otra persona.

Cuarto nivel. Hablar de mis sentimientos. Es un paso muy superior, más constructivo. Hablo de lo que me ocurre y de lo que siento. Requiere un nivel de intimidad mayor que los anteriores, ya que desde aquí incluso me puedo mostrar vulnerable. Si digo que esto me duele o me hace muy feliz, le estoy dando a otra persona una información más sensible que si simplemente comparto mis ideas o hablo de los otros. Ahora bien, continúa siendo insuficiente, porque es unidireccional. Puedo hablar de lo que me ocurre, pero sin esperar que el otro haga lo propio.

Quinto nivel. Compartir sentimientos. Es el nivel más avanzado. Aquí se construyen las relaciones duraderas. No solo se habla de lo que uno siente, sino que se escucha y se intenta entender al otro. Resulta un encuentro de verdad, no un recital de monólogos. Cuando se alcanza este nivel, uno se siente reconfortado en la conversación, en especial, a la hora de hablar de los problemas o de resolver los conflictos.

En definitiva, una relación personal duradera implica poder conversar en los cinco niveles de comunicación. Habrá situaciones en las que necesitemos ser superficiales, hablar de los otros, de nuestras ideas o de nuestras emociones. Pero llegará un momento en el que necesitaremos, además, tener más intimidad y sentirnos escuchados. Y esto último solo lo conseguiremos desde el nivel más avanzado en la comunicación. Si este no se practica, será difícil desarrollar una relación personal plena y duradera en el tiempo. Por cierto, ¿cuáles son los niveles que más vives en tu pareja, con tus amigos o en tu trabajo?