Los ocho pasos para impulsar el cambio y que la gente te siga

Si algún día tienes que impulsar un cambio, aquí tienes los ocho pasos necesarios para que la gente te siga. Puede ser en una empresa, en una familia o en una comunidad de vecinos. Si el cambio es muy deseado, posiblemente no tengas muchas resistencias. El problema se presenta cuando el resto no lo ve, no lo entiende o surge el miedo. Es ahí cuando necesitas definir una estrategia diferente. John Kotter, profesor emérito de Harvard, después de realizar diversas investigaciones propone los pasos necesarios para que el cambio sea posible, como cuando se lanza, por ejemplo, una nueva estrategia, un nuevo producto o simplemente se quiere implantar una idea innovadora. Veámoslos a continuación:

Primero, has de generar una necesidad real. La pregunta que tendrías que hacerte es: ¿qué pasaría si no se asume el cambio?; ¿realmente es necesario? Si creemos que no sucedería gran cosa si me quedo como estoy, será difícil que nos movamos. Es como cuando nos apuntamos al gimnasio sin una clara intención de cuidarnos… pagaremos la cuota alegremente, pero poco más. Si es por severa prescripción médica, la cosa cambia. Por eso, si quieres movilizar a otros, convence sobre el sentido de urgencia y de necesidad.

Segundo, busca los recursos y la autoridad para llevar a cabo el cambio. Queda muy bonito lanzar mensajes de abrir nuevas líneas de negocio, por ejemplo, pero a menudo luego no se hace ni una mínima inversión. Tampoco podemos pretender conseguir una transformación si no tenemos la autoridad para decidir. Por tanto, la pregunta que has de formularte es: ¿tengo los recursos y la autoridad para hacer frente al cambio?

Tercero, implica a las personas clave. Es posible que la transformación que buscas no puedas hacerla por ti mismo. Para eso es importante trazar un mapa de personas o departamentos que puedan ayudarte y analizar si estarían dispuestos a ello, o si se opondrían. Una vez realizado, define estrategias diferentes para cada uno.

Cuarto, comunica lo que no va a cambiar. Ante lo nuevo, dedicamos mucha energía a hablar de lo que será diferente. Pero recordemos que la sensación de falta de control suele generar miedo. Por ello, en todo momento, además de comunicar lo que va a cambiar, informa sobre lo que permanece constante, aunque sean los valores o la ilusión.

Quinto, elimina barreras que te impiden avanzar. A veces nos lanzamos al cambio sin planificar qué hacer ante los obstáculos. Como resume José Conejos, directivo experto en procesos de transformación: “Resulta más útil quitar el calzo de una rueda para que un camión avance, que animar a las personas a que empujen el camión”. El calzo es una resistencia que cuesta poco quitar pero que tiene un impacto muy fuerte. Por ello, ¿a qué calzos podrías enfrentarte?; ¿cómo podrías retirarlos?

Sexto, crea metas a corto plazo. Todos necesitamos saber si lo que hacemos es adecuado o no o, como se dice en el mundo de la empresa, tener feedback (y lo siento por el anglicismo). Si el reconocimiento solo está al final del proceso, las personas podemos caer en el desánimo y perder la motivación. Por ello, define metas intermedias, comunícalas y, sobre todo, celebra cuando se consigan.

Séptimo, mantén la energía con picos de intensidad.Cualquier transformación atraviesa momentos álgidos y desiertos. Un proceso de transformación necesita dinamismo, en especial para superar los baches. Por ello, lleva a cabo impactos de mejora continua para que la intensidad no se pierda, como iniciativas concretas dentro de todo el proceso.

Octavo, instaura la “nueva normalidad”. Una vez que el cambio haya terminado, necesitas institucionalizarlo a través de un ritual, como un reconocimiento o una comunicación. Cuando se ha conseguido, se ha de decir y, por supuesto, celebrar.

 

Cómo puedes encontrar oportunidades cuando estás en una vía muerta laboral

La directora de una guardería que conocí dejó su carrera para cuidar a su hija recién nacida. Ella había estudiado Trabajo Social, pero durante aquel tiempo se formó también en economía. Pasados dos años cuando quiso regresar al mundo laboral, se reinventó como community manager de redes sociales de economistas. Y fue gracias a aquel periodo en el que abandonó su “carrera tradicional”. En la actualidad, es autónoma, gestiona su tiempo, está contenta y tiene proyectos para seguir creciendo. Pues bien, el caso de esta mujer es un ejemplo de cómo se pueden aprovechar las vías muertas para reinventarse. Todos en algún momento corremos el riesgo de caer en una vía muerta laboral, es decir, en una decisión que frena el desarrollo de nuestra carrera (también las hay personales y de pareja, pero este es otro cantar). Las vías muertas pueden ser de muchos tipos: empresas que no resultan nada sexys para buscar otro empleo luego, departamentos que no son nada estratégicos, temporadas que tomamos para cuidar a nuestros hijos o parientes, o meses sabáticos. Por supuesto, hay veces en que no nos queda más remedio que tomar dichas decisiones, que la vida no es solo trabajo y existen muchas otras dimensiones apetecibles. Pero aclarado todo lo anterior, veamos qué podemos hacer para convertirlas en oportunidades futuras.

Primero, necesitas reconocer una vía muerta. Puede ser muy deseable un determinado proyecto, dejar el trabajo o tomarse un tiempo de descanso, pero cuidado, es posible que acarree un cierto precio futuro. Los departamentos de selección suelen ser muy tradicionales y no siempre ven con buenos ojos los perfiles que se atreven a hacer cosas diferentes. Y esto no solo ocurre en el mercado laboral: las vías muertas también existen dentro de las empresas. Puedes cambiar de departamento porque te apetece, pero si el nuevo no tiene tanto peso estratégico puede resultar un freno en un posible ascenso. Por ello, si estás en una vía muerta, el primer paso es reconocerla para encontrar la oportunidad y saber que algo nuevo has de comenzar a hacer.

Segundo, necesitas asumir que una vía muerta es un periodo de hibernación, no de retirada. Al igual que los osos que hibernan en invierno siguen manteniendo funciones básicas para la supervivencia, nosotros podemos seguir haciendo ciertas tareas para mantenernos activos en el mercado laboral aunque no estemos trabajando. Realizar cursos gratuitos por Internet en universidades de prestigio que nos actualicen, alimentar las redes sociales, asistir de vez en cuando a conferencias o estudiar cosas que nos gusten, como le pasó a la profesional del caso anterior… El objetivo es demostrar que hemos estado activos y eso se consigue con algo que lo acredite. En caso de que la vía muerta sea dentro de una gran empresa, lo ideal es seguir manteniendo contactos con las personas influyentes o participando en proyectos transversales que ofrezcan visibilidad. Es decir, has de mantener actividades que sean un trampolín para tu futuro más allá del trabajo que hagas en el día a día.

Tercero, necesitas asumir que después de determinadas experiencias, es difícil regresar al punto del que se partía. Igual ocurre cuando uno se toma una baja prolongada en el tiempo: las cosas suelen haber cambiado, bien porque alguien ha ocupado nuestra posición, bien porque nosotros mismos hemos evolucionado. Por ello, después de periodos de ausencia en la “carrera laboral tradicional” vale la pena pararse a reflexionar sobre qué es lo que deseamos, en qué podemos aportar más valor añadido y abrir nuestro abanico de posibilidades. En vez de anhelar un puesto similar al de antes de la vía muerta, podemos reinventarnos e imaginarnos trabajando como autónomos, montando un negocio o tomando parte en un proyecto que nos satisfaga. En otras palabras, puedes aprovechar la vía muerta para repensarte a ti mismo y hacer un viraje en tu carrera profesional.

En definitiva, todos nos enfrentamos a decisiones más o menos complicadas en nuestro trabajo y podemos caer de manera consciente o sin darnos cuenta en una vía muerta. La idea no es evitarlas, porque a veces no es posible, porque no queremos o porque nos apetece vivirlas; sino ser conscientes de lo que implican y poner los medios para convertirlas en oportunidades de aprendizaje y de reinvención personal.

Si quieres resolver un problema con alguien, sigue estos cuatro pasos

En ocasiones los conflictos se enquistan porque no hemos sabido ver lo que la otra persona necesita. Cuando esto ocurre, el otro se enfada o llega a tener comportamientos agresivos aunque no sepa el por qué. Sencillamente, deja de hablarnos, nos grita o actúa con cualquier otra respuesta que tenga en su catálogo habitual. En esos momentos, si decimos “no te enfades” conseguimos lo contrario, que el otro aún se cabree más. Por tanto, reconducir un conflicto requiere un modo diferente de comunicación. Así lo comprobó Marshall B. Rosenberg después de trabajar en situaciones realmente complicadas durante los años 60 en el sur de Estados Unidos. Allí reinaba la segregación racial y los actos de violencia estaban a la orden del día. Este psicólogo desarrolló una metodología denominada Comunicación No Violenta (CNV), que le permitió acercar posiciones y reducir la agresividad de ambos bandos. Y dicha metodología podemos aplicarla en nuestro día a día cuando nos enfrentamos a una discusión o a un conflicto.

La CNV parte del supuesto de que el enfado, la agresividad o la violencia, en último extremo, son expresiones de la desesperación o de la impotencia de alguien ante una necesidad no atendida. Por ello, una comunicación efectiva ha de ver más allá de las palabras, de los hechos o de las emociones (aunque algunas nos saquen de quicio). Ha de reparar en las necesidades de fondo que existen y que no están satisfechas, para conseguir una conexión sincera con el otro y con uno mismo. Y eso es lo que propone la CNV, a través de cuatro fases.

La primera fase consiste en observar la situación sin juicio, tanto lo que ocurre fuera como lo que se nos mueve dentro. Una conversación reparadora comenzaría con una exposición sin valoración. No consiste en frases que le hagan al otro sacar el escudo defensivo como, por ejemplo: “trabajas demasiado”, “eres un desastre” o “te enfadas con cualquier tontería”. La idea es comenzar con algo que no se puede cuestionar, como: “cuando te hablo de algo importante para mí y coges el móvil para consultar tu correo…”. Si ha pasado, no se puede negar.

En el segundo paso se han de identificar los sentimientos que surgen tanto al interlocutor como a uno mismo y que pueden ser emociones o sensaciones físicas. Tampoco sirve acusar al otro pensando que él o ella es responsable de todo cuanto me ocurre, con frases como “por tu culpa me siento fatal” o “me enfadas muchísimo”. Si lo hacemos, recordemos, el otro volverá a sacar su escudo protector y la conversación habrá terminado. El objetivo es expresar lo que nos pasa sin juicios. Si seguimos con el ejemplo anterior, sería “cuando te hablo de algo importante para mí y coges el móvil para consultar tu correo, me duele…” (o “me entristezco…”).

La tercera fase es la más difícil de todas porque significa identificar las necesidades de fondo. Todos tenemos necesidades de sentirnos queridos, de pertenencia a un grupo, de ser válidos o reconocidos y de sentirnos autónomos. Cuando dichas necesidades no se ven atendidas, se expresan en emociones poco amigables, como el miedo, la ira o la tristeza. Por ello, si somos capaces de profundizar más allá del sentimiento, podremos tender un puente para una comunicación más efectiva. Si retomamos el ejemplo, la conversación podría ser: “Cuando te hablo de algo importante para mí y coges el móvil para consultar tu correo, me duele porque necesitaría que ayudaras a encontrar una solución a mi problema”.

Y la cuarta fase consiste en exponer la petición concreta que satisface la necesidad. En este punto hay que hablarlo con claridad y no esperar a que el otro saque una bola de cristal para deducirlo. El ejemplo anterior se terminaría añadiendo: “Por tanto, en la medida en que pudieras, me gustaría que escucharas mirándome y compartieras tu opinión”. Lógicamente, lo que el otro haga o diga ya no depende de ti. Pero esta comunicación resulta más eficaz que la opción de decirle directamente: “deja el maldito móvil” o “eres tal y cual porque no me escuchas”.

En definitiva, la CNV ofrece un método para tener conversaciones más auténticas, sin tanta carga emocional y que permita resolver los conflictos. Si somos capaces de hacerlo, seguramente nos ahorraremos muchos problemas.

 

¿Cómo puedes remontar una situación?

Hay veces en que las cosas no te salen como te gustaría. Puede ser una relación o un proyecto, algo en lo que has invertido tiempo y esfuerzo y te gustaría remontarlo. Esto le ocurre muy a menudo a los deportistas profesionales cuando están en una final y el resultado no les acompaña. Si pudiéramos identificar qué hacen ellos cuando consiguen dar la vuelta a un marcador, podría darnos claves para saber qué podemos hacer nosotros en nuestra vida personal o profesional. Y esto es lo que analiza de modo muy interesante José Luis Llorente Gento, el que fuera jugador de la selección española de baloncesto, ganadora de la primera medalla olímpica de plata en 1984 en Los Ángeles. José Luis, en su libro Espíritu de remontada, explica qué técnicas utilizan los jugadores de élite de diversos deportes para remontar situaciones difíciles. Veamos su propuesta para aplicarlo en tu día a día.

La primera clave es el deseo. Las cosas que se resisten requieren pasión y esfuerzo. Si no las deseas con fuerza, es difícil que las consigas. Los jugadores quieren un triunfo, pero esa motivación por sí misma no es suficiente. Como dice José Luis, “la remontada comienza con el deseo de ganar una medalla o de pasar la eliminatoria, pero cuando estás enfrascado en el partido, lo que determina que perseveres en el esfuerzo es, por ejemplo, la sensación de que estás haciendo un buen trabajo”. Por ello, el deseo es el punto de partida, pero tiene que haber algo más, un propósito o un disfrute de lo que haces en cada momento. Si este no existe, es difícil que aguantes para estudiar unas oposiciones o preparar ese informe que parece infinito. Por tanto, ¿qué te mueve exactamente en ese proyecto que tienes entre manos? Y, mientras estás haciéndolo, ¿con qué disfrutas?

El segundo elemento clave en una remontada (y en la vida) son los valores. Los valores no son los compañeros del éxito, son la causa y el sello que nos caracteriza. Cuando las cosas no pintan bien o tenemos dudas en decisiones trascendentes, necesitamos acudir a nuestros valores, a lo que nos identifica como personas y que necesitamos tener muy presente cuando queremos remontar una situación. Por ello, pregúntate, ¿qué valores quieres que te definan en estos momentos?

El deseo y los valores son el punto de partida, pero hacen falta más cosas para que la remontada se produzca. Por una parte, necesitamos trabajo y esfuerzo, confianza en uno mismo y en el equipo, generosidad en lo que hacemos y un entorno que nos rete. El trabajo, aunque sea rutinario, nos ha de entrenar para nuestro objetivo final. Como resume José Luis con la metáfora de la película Karate Kidde fondo: “dar cera, pulir cera: conecta lo que haces con la mejora de tus capacidades”. Las remontadas se consiguen cuando hay energía para ello, porque una vocación sin esfuerzo solo es imaginación. No se consiguen los grandes objetivos sin sudar la camiseta y sin paciencia. Por ello, ¿cuánto estás dispuesto a trabajar para lograrlo?

Otras dos claves importante son la confianza y la generosidad. La confianza en uno mismo y en otros nos crea los espacios de libertad necesarios para sacar lo mejor de nosotros mismos. La confianza es la puerta de la creatividad, tan necesaria para buscar las soluciones a problemas que se nos resisten. La generosidad es la vertiente ética de los valores, la virtud más apreciada en los equipos y una motivación poderosa. Lo que hacemos por otras personas a veces es muy superior a lo que haríamos por nosotros mismos. Por eso es tan importante un entorno retador, con el que compartamos valores y que nos anime a esa remontada. Si piensas en ese proyecto que tienes entre manos, ¿tienes confianza en ti y en quienes te rodean?, ¿estás siendo generoso?, ¿tu entorno te apoya?

En definitiva, todos necesitamos remontar situaciones que nos resultan difíciles y estas pueden resultar más fáciles si nos apoyamos en un deseo real, una motivación que nos anime, valores, confianza y generosidad en un entorno retador. Así sucede a los deportistas de élite según José Luis Llorente, así puede sucedernos al resto.

Los cuatro trucos para mejorar tu memoria

Imagina que pudieras memorizar las cartas de una baraja colocadas aleatoriamente en noventa segundos, o una secuencia de más de cien dígitos en menos de cinco minutos. ¿Imposible? No, Chester Santos ha sido capaz de hacerlo, lo que le ha supuesto, junto a otras pruebas, convertirse en el campeón de memoria en Estados Unidos hace unos años. Y lo que lo ha hecho posible ha sido el entrenamiento, algo que todos en mayor o medida podemos hacer para recordar mejor las cosas según Wendy Suzuki, directora del laboratorio de investigación de Nueva York. Veamos cómo conseguirlo en cuatro fáciles claves.
La primera clave sencilla para mejorar la memoria es la repetición. Seguro que tienes la experiencia de recordar fácilmente un movimiento de baile, de deporte o de conducción cuando lo has repetido un sinfín de veces. El motivo es químico. Hemos generado un nuevo hábito, es decir, un nuevo cableado neuronal, que actúa inconscientemente. Por eso no es de extrañar que sin darte cuenta te hayas dirigido al trabajo en coche cuando realmente querías ir a otro sitio. No es que estés obsesionado, sino que la repetición genera un nuevo surco en la memoria que te juega buenas (o malas) pasadas. Por eso, si quieres aprender algo nuevo, el primer punto es repetir, repetir y armarte de paciencia.

Otra clave para recordar cosas nuevas es la asociación. Según la conferencia TED de Chester Santos, este es su truco cuando memoriza una lista de nombres como, por ejemplo, mono, pesas, casa… En vez de fijarse en la palabra, crea una historia que le ayuda a recordarlo, tipo “el mono está haciendo pesas en una casa…”. La asociación puedes llevarla a tu día a día de muchos otros modos, como a la hora de recordar los nombres de personas que acabas de conocer, algo que, por cierto, solemos olvidar con facilidad según ha demostrado la ciencia (una buena explicación para no sentirnos mal con nosotros mismos). Por ello, el truco es asociar cada nombre a una persona que ya conoces anteriormente. De este modo, cuando te presentan a Juan, por ejemplo, evocas a un amigo tuyo que también se llame así. Si aplicas este pequeño truco, muy posiblemente te resulte más sencillo acordarte de su nombre.

La resonancia emocional es otro de los pegamentos de la memoria. Seguro que recordarás qué estabas haciendo cuando supiste lo del 11S o cuando te dieron una noticia que te sorprendió, o un momento en el que disfrutaste muchísimo. El motivo se debe a la amígdala, la zona del cerebro emocional que tiene la cualidad de registrar sensaciones intensas. Por ello, todo aquello que hayas vivido con intensidad emocional te será más fácil de memorizar, como una asignatura que te gustara mucho en el colegio o la visita que hiciste a algún lugar que te fascinó. Así pues, en la medida en que algo te guste, incluirás emociones y te resultará más fácil memorizarlo.

Y por último, el cuarto truco es la novedad. Lo nuevo atrae a nuestro cerebro y lo recuerda. Esto se debe también a la resonancia emocional que nos despierta. Por ello, resulta más fácil recordar los nombres anteriores del ejemplo de mono, pesas, casas, etc., si la historia que construyes es sorprendente o descabellada. Un mono haciendo pesas no es muy habitual, sin duda. Podríamos decir que a nuestro cerebro le gusta divertirse un poco. Por ello, si utilizas también tu imaginación y creatividad a la hora de escribir las cosas que no quieres que se te olviden, se lo pondrás más fácil a tu memoria. Le es más fácil recordar palabras decoradas o pintadas artísticamente que recogidas en un documento de Excel.

En definitiva, la mayor parte de los mortales deseamos tener mejor memoria. Como dicen los expertos y los científicos, esta puede entrenarse si somos capaces de repetir lo que es nuevo, de asociarlo a conceptos que ya conocemos, de vincularlo a emociones y de jugar con la novedad.

Las doce preguntas clave para saber si tu ambiente de trabajo ilusiona (o no)

¿Qué caracteriza a los mejores ambientes de trabajo respecto a aquellos que no ilusionan? Esta pregunta se la formularon hace años Marcus Buckingham y Curt Coffman de la empresa Gallup. Estaban interesados en el ambiente de trabajo, no en el mobiliario o en las condiciones físicas, sino en aquello que se respira, que anima o que desmotiva profundamente y que depende del jefe, los compañeros y las políticas organizativas. Para encontrar la respuesta, Gallup realizó una investigación que duró veinte años y por la que pasaron más de un millón de personas. El resultado fueron doce claves. Dependiendo de las respuestas que dieran los trabajadores a doce preguntas, se podría valorar si era un ambiente óptimo o no. Veámoslas a continuación y, si quieres y por simplificar, intenta responderlas con un “sí” o un “no” pensando en tu situación laboral. Después, cuenta el número de respuestas de cada tipo:

  1. ¿Sé lo que se espera de mí en el trabajo?
  2. ¿Dispongo de los materiales y el equipamiento que necesito para hacer correctamente mi trabajo?
  3. En mi trabajo, ¿tengo la oportunidad de realizar diariamente lo que mejor sé hacer?
  4. En los últimos siete días, ¿he recibido algún reconocimiento o elogio por hacer bien mi trabajo?
  5. ¿Tengo la sensación de que mi jefe u otra persona de la empresa se interesan por mí como persona?
  6. ¿Hay en la empresa alguna persona que me anima en mi desarrollo?
  7. ¿Tengo la impresión de que mis opiniones son importantes en mi ámbito de trabajo?
  8. ¿La misión de mi compañía me hace sentir que mi trabajo es importante?
  9. ¿Las personas que trabajan conmigo están comprometidas para hacer un trabajo de calidad?
  10. ¿Tengo un buen amigo en la empresa donde trabajo?
  11. En los últimos seis meses, ¿alguna persona de la empresa me habló sobre mis progresos?
  12. ¿La empresa me brindó oportunidades de aprender y de crecer durante el último año?

Si has contestado a todas “sí”: enhorabuena. Estás en un ambiente motivador, tu jefe se preocupa por ti y la empresa pone los medios para que puedas dar lo mejor de ti mismo. Si, por el contrario has puntuado todas “no”, quizá sea momento de pensar en un cambio. En caso de respuestas intermedias, valora qué porcentaje pesa más para reflexionar sobre ello.

Como habrás podido observar, muchas de las preguntas están relacionadas con la manera en la que dirigen los jefes. Y es lógico. El jefe tiene la capacidad de comunicar con claridad, de darle sentido a lo que haces, de reconocerlo y de preocuparse por ti como persona. Por eso no es de extrañar que en la investigación de Gallup se concluyera que las doce claves que caracterizan a los mejores ambientes de trabajo también son las que definen a los jefes extraordinarios. Aquellos líderes que motivan, ilusionan y, además, obtienen resultados a largo plazo consiguen buenos ambientes de trabajo, es decir, cumplen con las doce claves anteriores, según la investigación posterior que realizó Gallup a 400 jefes.

En definitiva, si tienes equipo, intenta preocuparte por esas doce claves para crear un ambiente de trabajo ilusionante; y si no tienes gente a tu cargo, valora la situación, mira qué cojea en tu empresa y toma decisiones si fuera necesario. Septiembre es un buen mes para plantearse cambios.

Un poderoso truco para alcanzar tus objetivos

Septiembre y enero se caracterizan porque nos llenamos de buenos deseos y objetivos que no siempre cumplimos. Vamos a ver un truco poderoso que nos ayuda a ponernos las pilas.

Jesús Vega, escritor y conferenciante, cuenta cómo consiguió que un amigo suyo dejara de fumar después de un sinfín de métodos, terapias, caramelos y demás inventos. Los dos son muy aficionados al Real Madrid, dato muy relevante para la historia, y un día de invierno, antes de entrar en el campo, su amigo le pidió que le acompañara a echar el último cigarrito. “¿Pero por qué no dejas ya de fumar?”, le dijo. “Pues porque no puedo… he probado con todo”. A Jesús se le iluminó la bombilla y le planteó un reto. “Te propongo algo: si no dejas de fumar en un mes, tendrás que donar mil euros a una fundación”. Su amigo tragó saliva. Es una cantidad que a la mayor parte de los mortales le dolería pagar. “Ahora bien –continuó Jesús–, esos mil euros irán a parar a la fundación del Barça”. La cosa dolía bastante más. Su amigo puso el grito en el cielo. ¡Eso estaba por encima de su nicotina! Sellaron el pacto y, pasado un mes, ya no fumaba. Y esto podría haberle ocurrido a cualquier aficionado del Barça que hubiera tenido que donar dinero al Real Madrid; a uno del Betis con el Sevilla, o viceversa; a uno del Milan con el Inter, o a tantas otras rivalidades clásicas que tenemos los primates en este planeta, solo que en este caso en forma de balón.

Para conseguir un objetivo hace falta tener la determinación de hacerlo y una de las claves para despertarla es un sistema de penalizaciones o de recompensas que realmente te duelan o te entusiasmen. Es decir, has de aplicarte el clásico “palo o zanahoria” adaptado a tu realidad (o tener un amigo que te echa una mano para ello). Dependiendo de tu objetivo, que puede ser hacer deporte, comenzar unas clases o tomarse la vida con menos estrés, funcionará mejor la penalización o la recompensa, como se ha demostrado en otros experimentos.

Roy Baumeister, profesor de la Florida State University, ha analizado una de las claves en los procesos de cambio: el autocontrol para dejar de enfadarnos por nimiedades, por ejemplo, o para no asaltar el frigorífico. Pues bien, ese autocontrol que necesitamos se agota y, cuando ocurre, necesita de una pequeña recompensa. Baumeister lo demostró con un grupo de voluntarios. Les pidió que pasaran a una habitación que olía a sabrosas galletas recién horneadas. A un grupo de ellos les permitió comer las galletas y a otros, unos rábanos que estaban en la otra mesa, con la consiguiente cara que tuvieron que poner. Después, les pidió a todos ellos que resolvieran un rompecabezas geométrico complicado y, curiosamente, los que habían comido rábanos se dieron por vencidos en tan solo ocho minutos, mientras que los que habían disfrutado de las galletas, aguantaron diecinueve minutos de media.

Conclusión: la glucosa ayuda en la gestión de uno mismo, pero lo más importante, cuando estamos ejerciendo autocontrol, es buena una pequeña recompensa por aquello de animarnos. Lógicamente, si el reto es hacer una dieta, las galletas no son lo más recomendable, pero entonces busca otra que te apasione, que no se lleve mal con tu objetivo y que te dé ese regalito que te puedes merecer. Quizá una llamada a un amigo, una película, un masaje, un viaje o lo que tú quieras. Y, si no, siempre puedes recurrir al compromiso de destinar un dinero a un sitio que no te haga la menor gracia.