Las doce preguntas clave para saber si tu ambiente de trabajo ilusiona (o no)

¿Qué caracteriza a los mejores ambientes de trabajo respecto a aquellos que no ilusionan? Esta pregunta se la formularon hace años Marcus Buckingham y Curt Coffman de la empresa Gallup. Estaban interesados en el ambiente de trabajo, no en el mobiliario o en las condiciones físicas, sino en aquello que se respira, que anima o que desmotiva profundamente y que depende del jefe, los compañeros y las políticas organizativas. Para encontrar la respuesta, Gallup realizó una investigación que duró veinte años y por la que pasaron más de un millón de personas. El resultado fueron doce claves. Dependiendo de las respuestas que dieran los trabajadores a doce preguntas, se podría valorar si era un ambiente óptimo o no. Veámoslas a continuación y, si quieres y por simplificar, intenta responderlas con un “sí” o un “no” pensando en tu situación laboral. Después, cuenta el número de respuestas de cada tipo:

  1. ¿Sé lo que se espera de mí en el trabajo?
  2. ¿Dispongo de los materiales y el equipamiento que necesito para hacer correctamente mi trabajo?
  3. En mi trabajo, ¿tengo la oportunidad de realizar diariamente lo que mejor sé hacer?
  4. En los últimos siete días, ¿he recibido algún reconocimiento o elogio por hacer bien mi trabajo?
  5. ¿Tengo la sensación de que mi jefe u otra persona de la empresa se interesan por mí como persona?
  6. ¿Hay en la empresa alguna persona que me anima en mi desarrollo?
  7. ¿Tengo la impresión de que mis opiniones son importantes en mi ámbito de trabajo?
  8. ¿La misión de mi compañía me hace sentir que mi trabajo es importante?
  9. ¿Las personas que trabajan conmigo están comprometidas para hacer un trabajo de calidad?
  10. ¿Tengo un buen amigo en la empresa donde trabajo?
  11. En los últimos seis meses, ¿alguna persona de la empresa me habló sobre mis progresos?
  12. ¿La empresa me brindó oportunidades de aprender y de crecer durante el último año?

Si has contestado a todas “sí”: enhorabuena. Estás en un ambiente motivador, tu jefe se preocupa por ti y la empresa pone los medios para que puedas dar lo mejor de ti mismo. Si, por el contrario has puntuado todas “no”, quizá sea momento de pensar en un cambio. En caso de respuestas intermedias, valora qué porcentaje pesa más para reflexionar sobre ello.

Como habrás podido observar, muchas de las preguntas están relacionadas con la manera en la que dirigen los jefes. Y es lógico. El jefe tiene la capacidad de comunicar con claridad, de darle sentido a lo que haces, de reconocerlo y de preocuparse por ti como persona. Por eso no es de extrañar que en la investigación de Gallup se concluyera que las doce claves que caracterizan a los mejores ambientes de trabajo también son las que definen a los jefes extraordinarios. Aquellos líderes que motivan, ilusionan y, además, obtienen resultados a largo plazo consiguen buenos ambientes de trabajo, es decir, cumplen con las doce claves anteriores, según la investigación posterior que realizó Gallup a 400 jefes.

En definitiva, si tienes equipo, intenta preocuparte por esas doce claves para crear un ambiente de trabajo ilusionante; y si no tienes gente a tu cargo, valora la situación, mira qué cojea en tu empresa y toma decisiones si fuera necesario. Septiembre es un buen mes para plantearse cambios.

Un poderoso truco para alcanzar tus objetivos

Septiembre y enero se caracterizan porque nos llenamos de buenos deseos y objetivos que no siempre cumplimos. Vamos a ver un truco poderoso que nos ayuda a ponernos las pilas.

Jesús Vega, escritor y conferenciante, cuenta cómo consiguió que un amigo suyo dejara de fumar después de un sinfín de métodos, terapias, caramelos y demás inventos. Los dos son muy aficionados al Real Madrid, dato muy relevante para la historia, y un día de invierno, antes de entrar en el campo, su amigo le pidió que le acompañara a echar el último cigarrito. “¿Pero por qué no dejas ya de fumar?”, le dijo. “Pues porque no puedo… he probado con todo”. A Jesús se le iluminó la bombilla y le planteó un reto. “Te propongo algo: si no dejas de fumar en un mes, tendrás que donar mil euros a una fundación”. Su amigo tragó saliva. Es una cantidad que a la mayor parte de los mortales le dolería pagar. “Ahora bien –continuó Jesús–, esos mil euros irán a parar a la fundación del Barça”. La cosa dolía bastante más. Su amigo puso el grito en el cielo. ¡Eso estaba por encima de su nicotina! Sellaron el pacto y, pasado un mes, ya no fumaba. Y esto podría haberle ocurrido a cualquier aficionado del Barça que hubiera tenido que donar dinero al Real Madrid; a uno del Betis con el Sevilla, o viceversa; a uno del Milan con el Inter, o a tantas otras rivalidades clásicas que tenemos los primates en este planeta, solo que en este caso en forma de balón.

Para conseguir un objetivo hace falta tener la determinación de hacerlo y una de las claves para despertarla es un sistema de penalizaciones o de recompensas que realmente te duelan o te entusiasmen. Es decir, has de aplicarte el clásico “palo o zanahoria” adaptado a tu realidad (o tener un amigo que te echa una mano para ello). Dependiendo de tu objetivo, que puede ser hacer deporte, comenzar unas clases o tomarse la vida con menos estrés, funcionará mejor la penalización o la recompensa, como se ha demostrado en otros experimentos.

Roy Baumeister, profesor de la Florida State University, ha analizado una de las claves en los procesos de cambio: el autocontrol para dejar de enfadarnos por nimiedades, por ejemplo, o para no asaltar el frigorífico. Pues bien, ese autocontrol que necesitamos se agota y, cuando ocurre, necesita de una pequeña recompensa. Baumeister lo demostró con un grupo de voluntarios. Les pidió que pasaran a una habitación que olía a sabrosas galletas recién horneadas. A un grupo de ellos les permitió comer las galletas y a otros, unos rábanos que estaban en la otra mesa, con la consiguiente cara que tuvieron que poner. Después, les pidió a todos ellos que resolvieran un rompecabezas geométrico complicado y, curiosamente, los que habían comido rábanos se dieron por vencidos en tan solo ocho minutos, mientras que los que habían disfrutado de las galletas, aguantaron diecinueve minutos de media.

Conclusión: la glucosa ayuda en la gestión de uno mismo, pero lo más importante, cuando estamos ejerciendo autocontrol, es buena una pequeña recompensa por aquello de animarnos. Lógicamente, si el reto es hacer una dieta, las galletas no son lo más recomendable, pero entonces busca otra que te apasione, que no se lleve mal con tu objetivo y que te dé ese regalito que te puedes merecer. Quizá una llamada a un amigo, una película, un masaje, un viaje o lo que tú quieras. Y, si no, siempre puedes recurrir al compromiso de destinar un dinero a un sitio que no te haga la menor gracia.

Ocho libros para ocho respuestas

Si en verano te apetece leer un poco, a continuación te sugiero algunos libros sobre temas que abordamos en el Laboratorio de la Felicidad. Algunos son clásicos y otros son más recientes, pero todos ellos muy interesantes:

– Si quieres dejar de machacarte por no ser perfecto:

“La búsqueda de la felicidad”, de Tal Ben-Shahar. Ben-Shahar es riguroso, explica el perfeccionismo como un problema para conseguir la felicidad y aporta claves para resolverlo. Escribe libros muy cercanos, en los que él se expone como uno más. No es de extrañar que sea uno de los profesores más admirados de Harvard, y lo confieso, este autor es de mis preferidos.

– Si necesitas un cambio en tu vida y no sabes cómo hacerlo:

“El oso, el tigre y el dragón”, ganador del II Premio Urano de Crecimiento Personal y Salud Natural, escrito por Andrés Pascual y Ecequiel Barricart, trata sobre un sastre que atraviesa un momento muy complicado en su vida hasta que recibe un misterioso regalo. Si eres de los que les gustan las fábulas, este es tu libro. Y si prefieres el ensayo, al final tienes una explicación narrada sobre los símbolos, que particularmente me ha encantado.

– Si quieres un método para cambiar pensamientos que no te ayudan:

“El arte de no amargarse la vida”, de Rafael Santandreu. Se apoya en el método de la psicología cognitiva, en el que ofrece herramientas sencillas para cambiar pensamientos que nos hacen daño. Su estilo resulta muy fresco, lleno de anécdotas y muy aterrizado en el día a día. Sigue estando en el top de ventas.

– Si necesitas resolver un conflicto que te tiene atrapado:

“Negociar lo imposible”, de Deepak Malhotra, premio Know Square en 2016. Este profesor explica cómo se puede llegar a acuerdos con éxito cuando no se tiene la fuerza o el dinero para resolverlos. Aunque se centra fundamentalmente en los negocios, se apoya en acontecimientos históricos, en el deporte… lo que permite que sus métodos se puedan aplicar a nuestras negociaciones cotidianas.

– Si piensas que tu vida es un desastre y quieres animarte:

“El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl. Un clásico, que debería ser obligatorio leer en nuestras vidas. Este médico judío austriaco estuvo preso en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y pudo analizar qué era lo que nos daba fuerza para superar situaciones límite. Y la clave está en la búsqueda de un propósito. Es un libro absolutamente maravilloso, aporta claves magistrales y nos permite, además, relativizar nuestros problemas.

– Si buscas inspirarte en personas influyentes:

“Aprendiendo de los mejores”, de Francisco Alcaide. El autor hace un recorrido a través del análisis de entrevistas o de la experiencia de personalidades que han tenido gran capacidad de influencia. Además, abarca todo tipo de ámbitos actuales o históricos e incluye a personas como Amancio Ortega, Madre Teresa de Calcuta, Ferrán Adriá o Lao-Tsé. Su estilo resulta muy ameno, en reflexiones breves e interesantes.

– Si quieres mejorar las relaciones con la familia:

“La familia: de las relaciones tóxicas a las relaciones sanas”, de Laura Rojas Marcos. En las familias se crean dinámicas que a veces resultan perjudiciales y de las cuales, no siempre somos conscientes. Laura las tipifica, las explica y ofrece una solución para que se transformen en algo positivo. Muy interesante para reflexionar sobre nosotros.

– Si quieres tomar decisiones que te cuestan muchísimo:

“¿Y si realmente pudieras?”. Sobre este libro ya he hablado en otras ocasiones y se centra en una fuerza desconocida pero poderosa, la de la determinación. Todos nacemos con ella y es la que nos permite superar obstáculos. El libro se centra en cómo despertar nuestra determinación para superar nuestros miedos o para identificar qué queremos a través de seis pasos sencillos, que podemos aplicar en nuestro día a día.

Estos ocho títulos son solo algunos del amplísimo abanico que existe en el mundo de los libros. De hecho, cuando lanzo esta pregunta en redes surgen muchas otras propuestas. Por ello, lo importante es encontrar aquel que te inspire en cada momento y que te permita responder a la pregunta que te esté rondando en ese instante.

Cómo gestionar los seis segundos que te pueden cambiar la vida (a peor)

Seguro que alguna vez has hecho algo en caliente y después te has arrepentido. Puede ser responder rápidamente un email que te ha molestado o decir lo primero que se te pasa por la cabeza ante un comentario desafortunado. Lo que sea, que no haya sido meditado.

Entre esa respuesta incendiaria y nuestra capacidad de razonar pasan al menos seis segundos. Veamos cómo funciona nuestro cerebro y qué podemos hacer para pulsar el botón de pausa en este tipo de situaciones.

Tenemos dos partes diferenciadas en nuestro cerebro, podríamos decir de un modo sencillo: la corteza cerebral, con la que razonamos; y el sistema límbico, el encargado de las emociones. En este último, se encuentra nuestra amígdala y la responsable, fundamentalmente, de registrar respuestas automáticas ante las amenazas, como la huida, el ataque o la inmovilidad. Cuando algo despierta nuestra emoción con intensidad, consigue que nuestra amígdala se inflame y que respondamos de manera automática, sin pensar demasiado. Es decir, contestamos al email enfadados sin valorar si es lo más adecuado. El motivo es evolutivo. En la época de las cavernas dicha respuesta nos podía salvar de un mamut, ahora no tiene mucho sentido si es un mensaje del jefe. Pero así somos. Todos tenemos un botón caliente, que provoca una respuesta exagerada. Lógicamente, el umbral para que se pulse dicho botón dependerá de la persona. Hay quien salta a la mínima de cambio y hay quien tiene muchas más tragaderas. Dependiendo de nuestra edad, nuestra forma de ser y el entrenamiento que tengamos, podremos frenar el botón caliente por otro, el “botón de pausa”.

El “botón de pausa” es aquel que impide que actuemos con lo primero que se nos pasa por la cabeza durante los primeros seis segundos. Dicho botón se entrena a través de diversas técnicas y tiene como objetivo que la corteza cerebral tome las riendas lo antes posible. ¿Cómo lo pulsamos? La primera clave es desviar la atención.En vez de repetirnos la ofensa que parece que hemos tenido, necesitamos trasladar nuestra atención a nuestro cuerpo como, por ejemplo, sentir los pies en el suelo o fijarse en la respiración. Lo ideal es tomar conciencia de la respiración, para que esta sea profunda y abdominal. De este modo, conseguimos distraer nuestra mente y ayudar a que la amígdala se desinflame. Otra técnica que ya nos decían las abuelas es contar hasta 10. En algunos casos, seguro que es necesario contar hasta 100 o incluso, darse una vuelta, porque una vez más el ejercicio físico ayuda a poner el foco en otras cosas.

El botón de pausa también se activa cuando provocamos que se despierte nuestra corteza cerebral, que se consigue haciéndonos preguntas, ¿qué ha querido decir? ¿qué ha provocado que esta persona me haya dicho esto?… Las preguntas nos sacan de la respuesta automática. En otras ocasiones, ayuda “simular la respuesta”. Si lo que te ha molestado es un email, escribes la respuesta tal cual la sientes, pero no la envías. La dejas en bandeja de salida un día. Pasado ese tiempo, probablemente rebajes el tono incendiario. También ayuda hablar con alguien para desahogarse y que te ofrezca otra perspectiva. Y por último, la técnica más elaborada consiste en contemplar la emoción sin juzgarla. Esto último se consigue a través de la meditación diaria y es, posiblemente, la mejor manera pero también la que requiere más entrenamiento.

En definitiva, muchas tonterías que hemos hecho en nuestra vida se deben a nuestra intensidad emocional durante los seis segundos que nos gobierna la amígdala. Los años atenúan la respuesta, pero también podemos lograrlo si entrenamos diversas técnicas para pulsar el botón de pausa.

El secreto para tomar buenas decisiones

¿Estudio esto que me gusta o me pongo ya a trabajar? ¿Rompo una relación o continúo? Vivir es decidir y decidir es renunciar. Y es ahí donde surge el problema.

Nos atenazamos porque nos enfrentamos a varias alternativas y no tenemos claro qué nos pide el cuerpo. O queremos todo o no nos apetece nada. Nos llenamos de dudas, caemos en el impulso y quizá, luego, cuando miramos hacia atrás nos arrepentimos de lo que hicimos. Y la solución pasa por tomar perspectiva. Cuando estamos deshojando la margarita sobre qué hacer, solemos estar muy apegados al momento presente, a lo que nos angustia en esos instantes, y se nos olvida su impacto futuro. Por ello, necesitamos una técnica sencilla que nos ayude a contemplar el problema desde otro enfoque más amplio. Y esa técnica puede ser 10-10-10.

10-10-10 es la fórmula que propone Suzy Welch, quien fuera editora de la Harvard Business Review, para tomar decisiones tomando en cuenta el plazo inmediato, el medio y el largo plazo. Su idea surgió a raíz de tener que compaginar su vida profesional exitosa, no cabe duda, con ser madre de cuatro hijos. Los problemas en ambas esferas le tensaban la cuerda de tal manera que llegó a la conclusión de que podemos tomar decisiones demasiado impulsivas si no contemplamos el medio plazo; o que podemos centrarnos en el largo, olvidándonos de lo inmediato. Por ejemplo, ¿asisto a un evento social o me quedo en casa tan tranquila? La decisión puede ser errónea si nos dejamos llevar por la responsabilidad de ser “superwoman y estar en todos los sitios” o la de la culpa, en este caso.

Para resolverlo, Welch propone antes de tomar una decisión filtrarla por la regla 10/10/10, es decir, analizar cuál va a ser su impacto y cuáles van a ser sus consecuencias para los próximos diez minutos, los siguientes diez meses y los futuros diez años. Si me voy al evento, ¿me sentiré mal en los próximos 10 minutos?, ¿y en los próximos diez meses?, ¿o me acordaré, incluso, dentro de 10 años? De hecho, si hacemos una revisión de las cosas que nos agobiaban hace tiempo, como ciertos exámenes, decir algo incómodo o hablar en público, nos damos cuenta de que no es para tanto, que nuestra mente exagera cuando se enfrenta a los problemas y que cuanta más capacidad tengamos de tomar perspectiva, más acertaremos con nuestras decisiones.

En definitiva, el tiempo posiblemente sea uno de los recursos más escasos que tengas. Piensa que te puede hacer vivir malas pasadas y antes de tomar cualquier decisión en la que te sientas en una encrucijada aplícale la regla 10/10/10. Responde a las tres sencillas preguntas: ¿Qué impacto tendrá esta decisión en los próximos 10 minutos? ¿Y dentro de 10 meses? ¿Y de 10 años? Es un buen hábito para contemplar el tiempo desde la triple dimensión a tu favor, no en tu contra, y ganar un 10.

¿Cuándo un objetivo es un marrón o un desafío?

El estado de flujo se provoca cuando el esfuerzo ante el desafío nos exige emplear a fondo nuestras capacidades. Por el contrario, cuando no hay desafío el aburrimiento dominará la situación.

Viene tu jefe entusiasmado y te dice: “Tengo un reto para ti”. Y tú piensas: “Menudo marrón”. Las opiniones distintas pueden ser por muchos motivos: porque intenta vender algo que es difícil de comprar o porque quizá haya diferencia de expectativas. Y esto último es lo que nos interesa. El director del Quality of Life Research Center de la Claremont Graduate University, en California, Mihaly Csikszentmihalyi, investigó sobre qué actividades nos entusiasman hacer y nos hacen felices o cuáles son realmente un marrón, aunque lógicamente utilizó otros términos. Para ello, propuso dos ejes, uno donde se recoge el nivel de desafío que supone, alto o bajo; y otro, las habilidades que tenemos para ello, altas o bajas. De este modo, obtuvo ocho tipos. El nirvana está en las actividades que nos hacen entrar en un estado de flujo, es decir, en aquellas que suponen un esfuerzo, porque existe desafío, pero al mismo tiempo, nos exigen dedicar un nivel elevado de nuestras capacidades. En esos momentos, necesitamos poner toda la atención y curiosamente, el tiempo pasa volando. Puede ser haciendo deporte, teniendo una conversación interesante, escribiendo o haciendo una marcha por la montaña. Lo que sea que te hace sentirte muy bien. Pero, junto a esas actividades conviven otras que son menos placenteras.

Cuando nuestro nivel de habilidades o conocimientos son bajos, es cuando entramos en el terreno del “marrón”. Si el desafío es escaso, como por ejemplo redactar el informe del informe del requeteinforme o hablar con alguien que se enrolla más de lo que te gustaría, puedes caer en el aburrimiento o la apatía. Hay otros marrones, sin embargo, que lo pasamos peor. Estos son cuando nuestro nivel de preparación es bajo para el desafío que nos supone, como hacer una presentación en público en un idioma extranjero o tener una conversación valiente con alguien que aprecias pero que no te gusta lo que está haciendo.

Existen otras actividades que nos estimulan algo más, aunque no nos ayudan a entrar en el estado de flujo, porque su nivel de desafío es bajo. Eso sucede en aquellas que controlamos mucho la materia o estamos, incluso, en una total relajación, como asistir a una reunión periódica o presentar unos datos a unos compañeros. Si el desafío es algo mayor pero todavía no suficiente, puede que incluso nos sintamos estimulados, pero no se llega todavía al estado de flujo.

¿Y se puede convertir un marrón en un desafío? Como siempre, tenemos margen de maniobra. Si el problema viene por la falta de capacidades, la solución es relativamente fácil: necesitamos entrenar más la presentación que nos angustia o ensayar esa conversación que tanto nos cuesta (por supuesto, hay cosas que requieren más trabajo que otras). Si el desafío es menor, podemos nosotros inventarnos el reto: como cronometrar el tiempo del informe para rebajar nuestra marca, observar a la persona que nos cuesta con otra mirada o incorporar alguna dificultad a aquello que nos hace estar tan relajados o simplemente estimulados.

En resumen, los marrones pueden dejar de serlo cuando aumentamos la percepción de desafío y mejoramos en las capacidades que se requieren poner en juego. Y no olvidemos que los estados de flujo tan deseados se perciben cuando conviven ambas variables. Por ello, no es de extrañar que actividades cómodas como ver la televisión esté en el furgón de cola, donde solo entre el 7 y 8 por ciento de las ocasiones nos ayudan a entrar en dicho estado. Así pues, busquemos desafíos y mejoremos nuestros niveles de capacidades requeridas.

¿Por qué a algunos les encanta mandar hasta en la comunidad de vecinos?

Hay personas que se orientan a resultados pase lo que pase, otros que prefieren sentirse uno más del grupo de amigos y otros que les encanta mandar aunque sea en la comunidad de vecinos.

Esas diferencias dependen de la motivación que tengamos. Lo que nos mueve a las personas ha sido un tema de estudios desde hace más de un siglo, pero fue David McClelland, profesor de Harvard, quien sugirió una clasificación más sencilla. McClelland clasificó las necesidades sociales que tenemos cualquiera de nosotros en tres grandes grupos: logro, afiliación y poder. Todos tenemos de las tres necesidades, pero lo interesante es entender cuál es la que más nos mueve o cuál es más importante en el trabajo que desempeñamos. Veámoslas:

  • A las personas orientadas al logro les motiva alcanzar resultados, superarse a sí mismas (o a otros), les gustan los retos, aguantan bien el estrés y, por supuesto, son exigentes. Pueden trabajar bien solos y les gusta cualquier retroalimentación positiva. Si tomáramos de referencia el deporte no profesional, sino el que hacemos la mayor parte de los mortales, la práctica del atletismo sería un buen ejemplo de motivación al logro.
  • Los afiliativos ponen el foco en las relaciones con las personas, les cuesta trabajar solos, prefieren la colaboración a la competición y tienden a conformarse con las normas del grupo. En el caso del deporte, las personas afiliativas preferirían todos aquellos que se practiquen en equipo o como me dijo una persona en un taller de liderazgo, “a mí me gusta jugar al fútbol con los amigos por las cañitas de después”. Un buen ejemplo afiliativo, sin duda.
  • A las personas orientadas al poder les atrae influir en otros, expresan emociones abiertamente y se esfuerzan porque el resto puedan seguirles. En este apartado, necesitamos diferenciar dos tipos de poder: el individualista o personal, que podría resumirse en “el poder lo tengo para salirme con la mía a costa de otros” (cuando alguien se aprovecha de un determinado puesto, ya sabemos qué clase de motivación tiene); o poder institucional o socializante, que su capacidad de influencia lo orienta a la consecución de objetivos comunes, como caracteriza a muchos líderes. En el caso del deporte, las personas orientadas al poder preferirán ser capitán, entrenador o árbitro (en las artes marciales o boxeo, por ejemplo, también se observa mucho este perfil y no siempre institucional).

Pues bien, todos tenemos las tres motivaciones. Ninguna es mejor o peor. Simplemente, su eficacia depende del tipo de trabajo que estemos desarrollando. De una forma u otra, a cualquiera de nosotros nos atrae orientarnos a los resultados, sentirnos parte de un equipo e influir en el resto. La diferencia está en la intensidad. Hay personas que por alcanzar un objetivo son capaces de sacrificar su tiempo libre sin problemas (logro), hay quien prefiere quedarse en un trabajo por el ambiente con los compañeros, aunque se aburra como una ostra (afiliación), y hay quienes prefieren trabajar en una casa regional porque tienen el cargo de tesorero (poder). Lo curioso es que dichas motivaciones van cambiando con el tiempo y nos condicionan qué trabajos nos gustan más o menos y en cuáles somos más brillantes.

Si eres una persona muy orientada al logro, busca retos y desafíos. No te contentes con un trabajo estable pero que te estimula poco. Te acabará quemando. Si por el contrario, crees que la motivación afiliativa es la más importante para ti, cuida las relaciones personales y acepta puestos en donde se prime la colaboración, que no la competitividad interna. Y si lo tuyo es el poder institucional (del otro no hablamos), selecciona trabajos que te den visibilidad, que te permitan influir en otros aunque no sea con una posición jerárquica. Todo ello es por una razón muy simple: si tu trabajo no alimenta tus motivaciones, tarde o temprano entrarás en conflicto. Por ello, vale la pena conocer la motivación más importante que se requiere en el trabajo que realizas.