Cuando estás cerca de un pasivo agresivo y no lo sabes (aunque lo sufras)

Tienes una fiesta y a tu pareja no le apetece nada ir. Te dice que va, pero pierde el tiempo de tal manera que, cuando está listo, la fiesta casi ha terminado. O puede que trabajes con un compañero al que constantemente le pides informes que nunca envía y que, cuando se lo recuerdas, se hace “el sueco”. Si has vivido algunos de los ejemplos anteriores, ya conoces los comportamientos pasivos agresivos o la agresividad silenciosa. Todos hemos sufrido alguno y puede incluso que los hayamos protagonizado. Si estas actitudes son la única manera que tiene una persona de relacionarse, es cuando se dice que sufre un trastorno. Pero no hace falta llegar a ese extremo para sufrirlo en el día a día. De hecho, la agresividad silenciosa es mucho más común de lo que nos imaginamos. La encontramos en las relaciones laborales, entre amigos y, por supuesto, en la pareja. Es el resultado de diversos factores: conflictos de autoestima, sensaciones de abandono en la infancia, habitualmente de la madre, de conductas aprendidas… Y la experimentan tanto hombres como mujeres. Los comportamientos agresivos silenciosos son difíciles de reconocer a simple vista, resultan en ocasiones resbaladizos, pero son muy dolorosos para quien lo sufre y para ellos mismos. Veamos cómo actúan para entenderlos.

El silencio es su principal arma

Un pasivo agresivo se enfada como cualquier otro mortal, pero no lo verbalizará y lo expresará de otro modo: ignorando a la otra persona durante tiempos dilatados. Detrás de esa actitud hay dolor, pero una mezcla de orgullo de fondo y de miedo les impide expresar sus necesidades reales. De este modo, si un tercero le expone el conflicto, rehuirá hablarlo. Lo negará o hará como que no existe.

Contigo pero sin ti

Un pasivo agresivo es muy dependiente, aunque no lo reconozca. Le gusta que le cuiden pero al mismo tiempo, desea la libertad, su autonomía y que no le den órdenes. Eso hace que sea un carácter ambivalente e incoherente muchas veces con lo que dice o con las expectativas que tiene la otra persona hacia él o hacia ella.

Agresividad escondida

Su dificultad para expresar lo que quiere, su dependencia y el enfado cuando no se siente querido es un cóctel molotov en las relaciones personales, principalmente. Le lleva a actuar con estrategias de no confrontación: no habla, no presta atención al otro apagando el móvil, olvida lo que se le ha dicho antes… Si la otra persona se enfrenta a su comportamiento, él o ella buscará “salir de rositas” en la discusión, negando la mayor.

Victimismo en estado puro

El pasivo agresivo tiene dificultades para reconocerse a sí mismo lo que le ocurre o de reconocérselo a los demás. Su falta de autocrítica y de flexibilidad le lleva a entender que está en lo correcto y que el resto del mundo es culpable de lo que le sucede. Por ello, aunque se haya pasado varios días sin hablar con la pareja o con un amigo que le insiste con llamadas de preocupación, tiene tendencia a ver solo su propio dolor.

¿Y cómo actuar con un pasivo agresivo? Con tres estrategias. La primera, reconoce al otro cuando ha caído en ese estado y deja que se le pase. Si necesitas discutir o hacerle ver que se ha equivocado, estás perdido. El pasivo agresivo se encerrará más en sí mismo. Por ello, dale tiempo. Su miedo al abandono le hará recular en algún momento. Segundo, toma distancia. No lo vivas como un ataque personal, sino como una respuesta a su dolor mezclado con dificultades para expresarlo. Por ello, aunque te duela, mírale con compasión. Y tercera estrategia, cuando haya pasado la intensidad de su comportamiento, razónaselo de manera calmada, sin acusaciones personales, expresando qué te ocurre a ti cuando él o ella actúan de ese modo. El objetivo es encontrar soluciones conjuntas. Lógicamente, si la actitud es sumamente recurrente, la mejor opción es buscar ayuda profesional.

En definitiva, la agresividad silenciosa es muy frecuente y muy dolorosa. No hace falta tener un trastorno para manifestarla. En la medida en que sepamos reconocerla en la otra persona o, incluso en uno mismo, sabremos actuar con mayor serenidad y eficacia.

¿Cómo puedes remontar una situación?

Hay veces en que las cosas no te salen como te gustaría. Puede ser una relación o un proyecto, algo en lo que has invertido tiempo y esfuerzo y te gustaría remontarlo. Esto le ocurre muy a menudo a los deportistas profesionales cuando están en una final y el resultado no les acompaña. Si pudiéramos identificar qué hacen ellos cuando consiguen dar la vuelta a un marcador, podría darnos claves para saber qué podemos hacer nosotros en nuestra vida personal o profesional. Y esto es lo que analiza de modo muy interesante José Luis Llorente Gento, el que fuera jugador de la selección española de baloncesto, ganadora de la primera medalla olímpica de plata en 1984 en Los Ángeles. José Luis, en su libro Espíritu de remontada, explica qué técnicas utilizan los jugadores de élite de diversos deportes para remontar situaciones difíciles. Veamos su propuesta para aplicarlo en tu día a día.

La primera clave es el deseo. Las cosas que se resisten requieren pasión y esfuerzo. Si no las deseas con fuerza, es difícil que las consigas. Los jugadores quieren un triunfo, pero esa motivación por sí misma no es suficiente. Como dice José Luis, “la remontada comienza con el deseo de ganar una medalla o de pasar la eliminatoria, pero cuando estás enfrascado en el partido, lo que determina que perseveres en el esfuerzo es, por ejemplo, la sensación de que estás haciendo un buen trabajo”. Por ello, el deseo es el punto de partida, pero tiene que haber algo más, un propósito o un disfrute de lo que haces en cada momento. Si este no existe, es difícil que aguantes para estudiar unas oposiciones o preparar ese informe que parece infinito. Por tanto, ¿qué te mueve exactamente en ese proyecto que tienes entre manos? Y, mientras estás haciéndolo, ¿con qué disfrutas?

El segundo elemento clave en una remontada (y en la vida) son los valores. Los valores no son los compañeros del éxito, son la causa y el sello que nos caracteriza. Cuando las cosas no pintan bien o tenemos dudas en decisiones trascendentes, necesitamos acudir a nuestros valores, a lo que nos identifica como personas y que necesitamos tener muy presente cuando queremos remontar una situación. Por ello, pregúntate, ¿qué valores quieres que te definan en estos momentos?

El deseo y los valores son el punto de partida, pero hacen falta más cosas para que la remontada se produzca. Por una parte, necesitamos trabajo y esfuerzo, confianza en uno mismo y en el equipo, generosidad en lo que hacemos y un entorno que nos rete. El trabajo, aunque sea rutinario, nos ha de entrenar para nuestro objetivo final. Como resume José Luis con la metáfora de la película Karate Kidde fondo: “dar cera, pulir cera: conecta lo que haces con la mejora de tus capacidades”. Las remontadas se consiguen cuando hay energía para ello, porque una vocación sin esfuerzo solo es imaginación. No se consiguen los grandes objetivos sin sudar la camiseta y sin paciencia. Por ello, ¿cuánto estás dispuesto a trabajar para lograrlo?

Otras dos claves importante son la confianza y la generosidad. La confianza en uno mismo y en otros nos crea los espacios de libertad necesarios para sacar lo mejor de nosotros mismos. La confianza es la puerta de la creatividad, tan necesaria para buscar las soluciones a problemas que se nos resisten. La generosidad es la vertiente ética de los valores, la virtud más apreciada en los equipos y una motivación poderosa. Lo que hacemos por otras personas a veces es muy superior a lo que haríamos por nosotros mismos. Por eso es tan importante un entorno retador, con el que compartamos valores y que nos anime a esa remontada. Si piensas en ese proyecto que tienes entre manos, ¿tienes confianza en ti y en quienes te rodean?, ¿estás siendo generoso?, ¿tu entorno te apoya?

En definitiva, todos necesitamos remontar situaciones que nos resultan difíciles y estas pueden resultar más fáciles si nos apoyamos en un deseo real, una motivación que nos anime, valores, confianza y generosidad en un entorno retador. Así sucede a los deportistas de élite según José Luis Llorente, así puede sucedernos al resto.

Los cuatro trucos para mejorar tu memoria

Imagina que pudieras memorizar las cartas de una baraja colocadas aleatoriamente en noventa segundos, o una secuencia de más de cien dígitos en menos de cinco minutos. ¿Imposible? No, Chester Santos ha sido capaz de hacerlo, lo que le ha supuesto, junto a otras pruebas, convertirse en el campeón de memoria en Estados Unidos hace unos años. Y lo que lo ha hecho posible ha sido el entrenamiento, algo que todos en mayor o medida podemos hacer para recordar mejor las cosas según Wendy Suzuki, directora del laboratorio de investigación de Nueva York. Veamos cómo conseguirlo en cuatro fáciles claves.
La primera clave sencilla para mejorar la memoria es la repetición. Seguro que tienes la experiencia de recordar fácilmente un movimiento de baile, de deporte o de conducción cuando lo has repetido un sinfín de veces. El motivo es químico. Hemos generado un nuevo hábito, es decir, un nuevo cableado neuronal, que actúa inconscientemente. Por eso no es de extrañar que sin darte cuenta te hayas dirigido al trabajo en coche cuando realmente querías ir a otro sitio. No es que estés obsesionado, sino que la repetición genera un nuevo surco en la memoria que te juega buenas (o malas) pasadas. Por eso, si quieres aprender algo nuevo, el primer punto es repetir, repetir y armarte de paciencia.

Otra clave para recordar cosas nuevas es la asociación. Según la conferencia TED de Chester Santos, este es su truco cuando memoriza una lista de nombres como, por ejemplo, mono, pesas, casa… En vez de fijarse en la palabra, crea una historia que le ayuda a recordarlo, tipo “el mono está haciendo pesas en una casa…”. La asociación puedes llevarla a tu día a día de muchos otros modos, como a la hora de recordar los nombres de personas que acabas de conocer, algo que, por cierto, solemos olvidar con facilidad según ha demostrado la ciencia (una buena explicación para no sentirnos mal con nosotros mismos). Por ello, el truco es asociar cada nombre a una persona que ya conoces anteriormente. De este modo, cuando te presentan a Juan, por ejemplo, evocas a un amigo tuyo que también se llame así. Si aplicas este pequeño truco, muy posiblemente te resulte más sencillo acordarte de su nombre.

La resonancia emocional es otro de los pegamentos de la memoria. Seguro que recordarás qué estabas haciendo cuando supiste lo del 11S o cuando te dieron una noticia que te sorprendió, o un momento en el que disfrutaste muchísimo. El motivo se debe a la amígdala, la zona del cerebro emocional que tiene la cualidad de registrar sensaciones intensas. Por ello, todo aquello que hayas vivido con intensidad emocional te será más fácil de memorizar, como una asignatura que te gustara mucho en el colegio o la visita que hiciste a algún lugar que te fascinó. Así pues, en la medida en que algo te guste, incluirás emociones y te resultará más fácil memorizarlo.

Y por último, el cuarto truco es la novedad. Lo nuevo atrae a nuestro cerebro y lo recuerda. Esto se debe también a la resonancia emocional que nos despierta. Por ello, resulta más fácil recordar los nombres anteriores del ejemplo de mono, pesas, casas, etc., si la historia que construyes es sorprendente o descabellada. Un mono haciendo pesas no es muy habitual, sin duda. Podríamos decir que a nuestro cerebro le gusta divertirse un poco. Por ello, si utilizas también tu imaginación y creatividad a la hora de escribir las cosas que no quieres que se te olviden, se lo pondrás más fácil a tu memoria. Le es más fácil recordar palabras decoradas o pintadas artísticamente que recogidas en un documento de Excel.

En definitiva, la mayor parte de los mortales deseamos tener mejor memoria. Como dicen los expertos y los científicos, esta puede entrenarse si somos capaces de repetir lo que es nuevo, de asociarlo a conceptos que ya conocemos, de vincularlo a emociones y de jugar con la novedad.

Instrucciones para sobrevivir con demasiados turistas a tu alrededor

Bajas a la playa y no tienes espacio para estirar la toalla por la cantidad de personas que están tomando el sol. Vas a un monumento maravilloso y no consigues hacer una foto sin un sinfín de desconocidos de fondo… Si en esos momentos te enfadas por el exceso de turistas y preferirías que desaparecieran todos de un plumazo, tranquilo, tranquila, es normal. Forma parte de nuestra “incomodidad animal” cuando perdemos nuestro espacio físico deseado, como se explica en la sociología.

Edward T. Hall publicó en 1959 un libro muy inspirador, El Lenguaje Silencioso, en el que analiza la relación que vivimos con el espacio. “Todo ser vivo tiene unos límites que lo separan de su entorno exterior”, escribía, y cuando dichos límites se alteran es cuando se nos despiertan emociones incómodas. Si alguien nos habla demasiado cerca, tendemos a dar un paso atrás para mantener el límite que necesitamos. Si una persona se aleja demasiado cuando le contamos algo importante, nos acercamos inconscientemente. Hall midió las diferentes distancias. Entramos en la “distancia mínima” cuando hablamos con familiares o amigos, y esta oscila de 15 a 45 centímetros; la “distancia social”, la que se utiliza para los negocios o reuniones sociales, es de 1,21 a 2,13 metros en la fase cercana, o de 2,13 a 3,65 metros, en la lejana.

Pues bien, cada persona tiene necesidad de mantener una determinada distancia física a su alrededor dependiendo de su cultura, de su carácter, de con quién hable o del humor del día. Pero cuando hay mucha gente, nuestra querida distancia se rompe. Por eso nos molesta, por una cuestión de supervivencia puramente animal (además de las lógicas incomodidades que acarrea).

Este malestar puede ser ocasional o puede derivar en auténtica fobia, la turismofobia, como la que sufren los habitantes de ciudades bellísimas. Así lo comprobé en Florencia, donde viví hace años; supe que los florentinos tenían sus propios carnés para entrar en restaurantes privados o incluso en sesiones exclusivas de cine con el único objetivo de estar lejos de los turistas. Pues bien, sin llegar a este extremo, ¿qué podemos hacer cuando nos asalta este malestar en vacaciones?

Lo primero, acepta que la sensación de desear estar con menos gente a tu alrededor es normal —y recíproca hacia ti, por cierto—. Tú también eres un extraño para el resto. Si te ocurre, no eres ni más ni menos raro (en todo caso, podrás ser más o menos transigente). Como hemos visto, la incomodidad es una respuesta animal. Ahora bien, vamos de vacaciones donde queremos ir. Nadie nos obliga. Si escogemos un sitio codiciado por el resto de los mortales, por algo será. Cualquier ciudad o paisaje tiene sus temporadas bajas, como sucede con las playas mediterráneas, que si fuéramos en febrero, estarían vacías aunque sería más difícil que nos bañáramos sin congelarnos. Por supuesto que siempre existen opciones “ermitañas”, aunque seguramente menos atractivas o solo accesibles para unos pocos. Así pues, si donde vas hay mucha gente, reconoce las ventajas, acepta el precio de la decisión que has tomado y no te amargues por ello.

Segundo, si estás en sitios muy concurridos, cambia los horarios para disfrutar en una cierta soledad. Almuerza antes o después, madruga o trasnocha para estar con menos gente a tu alrededor.

Y tercero, cuando estés rodeado de más personas de las que te gustaría, encuentra las ventajas, cambia de actividades y míralo en positivo. Quizá no puedas leer tranquilamente un libro, pero sí puedes conocer gente u observar comportamientos, como hacen los sociólogos.

En definitiva, todos precisamos mantener una cierta distancia física con extraños para sentirnos bien, pero también necesitamos descansar en vacaciones. Si hay demasiada gente, ya sabes, has decidido “bien”. Acéptalo, reconoce que tú también eres un extraño para el resto, busca tus momentos para estar tranquilo y encuentra nuevas actividades que hacer bajo esas circunstancias. Las vacaciones son para disfrutarlas y no para amargarnos porque el resto haya decidido exactamente lo mismo.

Ocho libros para ocho respuestas

Si en verano te apetece leer un poco, a continuación te sugiero algunos libros sobre temas que abordamos en el Laboratorio de la Felicidad. Algunos son clásicos y otros son más recientes, pero todos ellos muy interesantes:

– Si quieres dejar de machacarte por no ser perfecto:

“La búsqueda de la felicidad”, de Tal Ben-Shahar. Ben-Shahar es riguroso, explica el perfeccionismo como un problema para conseguir la felicidad y aporta claves para resolverlo. Escribe libros muy cercanos, en los que él se expone como uno más. No es de extrañar que sea uno de los profesores más admirados de Harvard, y lo confieso, este autor es de mis preferidos.

– Si necesitas un cambio en tu vida y no sabes cómo hacerlo:

“El oso, el tigre y el dragón”, ganador del II Premio Urano de Crecimiento Personal y Salud Natural, escrito por Andrés Pascual y Ecequiel Barricart, trata sobre un sastre que atraviesa un momento muy complicado en su vida hasta que recibe un misterioso regalo. Si eres de los que les gustan las fábulas, este es tu libro. Y si prefieres el ensayo, al final tienes una explicación narrada sobre los símbolos, que particularmente me ha encantado.

– Si quieres un método para cambiar pensamientos que no te ayudan:

“El arte de no amargarse la vida”, de Rafael Santandreu. Se apoya en el método de la psicología cognitiva, en el que ofrece herramientas sencillas para cambiar pensamientos que nos hacen daño. Su estilo resulta muy fresco, lleno de anécdotas y muy aterrizado en el día a día. Sigue estando en el top de ventas.

– Si necesitas resolver un conflicto que te tiene atrapado:

“Negociar lo imposible”, de Deepak Malhotra, premio Know Square en 2016. Este profesor explica cómo se puede llegar a acuerdos con éxito cuando no se tiene la fuerza o el dinero para resolverlos. Aunque se centra fundamentalmente en los negocios, se apoya en acontecimientos históricos, en el deporte… lo que permite que sus métodos se puedan aplicar a nuestras negociaciones cotidianas.

– Si piensas que tu vida es un desastre y quieres animarte:

“El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl. Un clásico, que debería ser obligatorio leer en nuestras vidas. Este médico judío austriaco estuvo preso en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y pudo analizar qué era lo que nos daba fuerza para superar situaciones límite. Y la clave está en la búsqueda de un propósito. Es un libro absolutamente maravilloso, aporta claves magistrales y nos permite, además, relativizar nuestros problemas.

– Si buscas inspirarte en personas influyentes:

“Aprendiendo de los mejores”, de Francisco Alcaide. El autor hace un recorrido a través del análisis de entrevistas o de la experiencia de personalidades que han tenido gran capacidad de influencia. Además, abarca todo tipo de ámbitos actuales o históricos e incluye a personas como Amancio Ortega, Madre Teresa de Calcuta, Ferrán Adriá o Lao-Tsé. Su estilo resulta muy ameno, en reflexiones breves e interesantes.

– Si quieres mejorar las relaciones con la familia:

“La familia: de las relaciones tóxicas a las relaciones sanas”, de Laura Rojas Marcos. En las familias se crean dinámicas que a veces resultan perjudiciales y de las cuales, no siempre somos conscientes. Laura las tipifica, las explica y ofrece una solución para que se transformen en algo positivo. Muy interesante para reflexionar sobre nosotros.

– Si quieres tomar decisiones que te cuestan muchísimo:

“¿Y si realmente pudieras?”. Sobre este libro ya he hablado en otras ocasiones y se centra en una fuerza desconocida pero poderosa, la de la determinación. Todos nacemos con ella y es la que nos permite superar obstáculos. El libro se centra en cómo despertar nuestra determinación para superar nuestros miedos o para identificar qué queremos a través de seis pasos sencillos, que podemos aplicar en nuestro día a día.

Estos ocho títulos son solo algunos del amplísimo abanico que existe en el mundo de los libros. De hecho, cuando lanzo esta pregunta en redes surgen muchas otras propuestas. Por ello, lo importante es encontrar aquel que te inspire en cada momento y que te permita responder a la pregunta que te esté rondando en ese instante.

El verano aumenta el deseo sexual, pero ¿y el amor?

Llega el verano y, con él, el incremento de la atracción física y los flechazos. El motivo tiene que ver con el mayor número de horas de sol y con nuestros bailes hormonales. ¿Y también incrementa el amor?

Nuestra química varía a lo largo del año y en verano se activa la relacionada con la atracción sexual y los flechazos. Al menos esa es la conclusión de la experta Helen Fisher, profesora de la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, y quien se puso de moda hace unos años con su libro Por qué amamos: Naturaleza y química del amor romántico (Punto de lectura). Según está bióloga y antropóloga, la testosterona es uno de los protagonistas en el mundo de la atracción sexual y alcanza su nivel álgido en verano. Motivo: los días son más largos. Por eso, la seducción vive su agosto en fiestas, playas y demás eventos sociales. El clima ayuda. Pero no solo le pasa a la testosterona, sino también a la serotonina y a las feromonas.

La serotonina, el neurotransmisor que influye en el placer, tiene su mayor actividad en verano. Y las feromonas, las sustancias que desprendemos por la piel y que actúan como atractor sexual, están más expuestas en los meses de calor. Por ello, no es de extrañar que el verano “haga su trabajo” y mayo haya sido durante años el mes con más nacimientos de niños en España. Ahora bien, aunque la química nos lleve al deseo sexual, esta no podemos confundirla con el amor romántico o con la necesidad de apego o de establecer vínculos estables con una persona. Por supuesto que están relacionadas, pero son diferentes incluso en su impacto en nuestros mecanismos cerebrales.

El amor romántico despierta zonas del cerebro vinculadas a la atención, al aprendizaje y a la recompensa (“dejo de perder tiempo en el flirteo, para centrarme en quien me importa”, podríamos resumir en términos sencillos). La experiencia del amor es algo más que una emoción o una respuesta química. Está relacionada con decisiones y con motivaciones profundas, que activan otras zonas de nuestro cerebro, como las áreas del septum o el área ventral tegmental (AVT). Por ello, podríamos decir que el amor está en el cerebro y que es un impulso incluso más fuerte que el sexo. Como lo explica Fisher: “Si le pides a alguien que se vaya contigo a la cama y te rechaza, no entras en una depresión, ni te suicidas, ni matas a nadie; pero la gente sufre terriblemente, y puede hacer estas cosas, tras la ruptura de una relación romántica”.

En definitiva, el verano ayuda a que haya mayor predisposición a la atracción sexual y a los flechazos. Nuestras hormonas, neurotransmisores y sustancias químicas ayudan a que eso ocurra. Y es divertido y apasionante. De hecho, casi todas las canciones del verano se basan en esta experiencia, como está ocurriendo ahora con Despacito. Pero esto es algo diferente al amor romántico o al apego, que puede relacionarse o no. Depende de la motivación de la persona y de sus deseos más profundos. Así pues, en verano disfrutemos de los buenos momentos que podamos sabiendo que el amor romántico pertenece a otro capítulo de nuestro cerebro.

Por qué hay que tomarse también vacaciones de la familia

Hace años conocí a una persona que me explicó que distribuía sus vacaciones del siguiente modo: tres semanas con su familia, dos con su pareja y una para él solo, que aprovechaba para irse con amigos o sencillamente para estar solo. Aquello era un acuerdo que tenía con su mujer desde hacía tiempo y les funcionaba a las mil maravillas. Esta persona era alemana, tenía seis semanas de descanso a lo largo del año y en su opinión, se trataba de algo muy común en su país. Más allá de que esta práctica estuviera realmente extendida, no cabe duda de que encierra muchas ventajas, siempre y cuando sea aceptada por ambos cónyuges y no se sientan culpables por ello.

Cuando somos más jóvenes, pasamos las vacaciones con familia o con amigos. La dificultad se presenta cuando tenemos una relación estable o aún más, cuando hay hijos de por medio. En ese momento, se presentan las expectativas cruzadas, no siempre coincidentes. Escaparse la pareja a solas puede ser difícil por logística o por posibles culpabilidades de dejar a los niños con otra persona, pero el problema se agrava cuando el planteamiento es irnos solos si el otro no lo ve con buenos ojos. Y curiosamente para recargar pilas y sentirnos bien, necesitamos también tiempo para nosotros mismos.

Los buenos momentos son aquellos en los que uno disfruta haciendo algo que le gusta. Por supuesto que es preferible vivirlo con quien nos apetece, pero, aceptémoslo, no siempre se coincide en gustos o en momentos tanto con la pareja como con los amigos o con la familia. La solución habitual es negociar y sacrificarse. Pero, a la larga, sacrificarse continuamente tiene un precio a medio y largo plazo. Puede que no seamos conscientes al principio, pero pasado el tiempo, genera un mar de fondo que nos lleva, por ejemplo, a enfadarnos por cualquier tontería. Por tanto, vale la pena quizá buscar una tercera vía: las vacaciones a la alemana, tomando el gentilicio de la persona que conocí. Es decir, incluyamos en la dinámica de pareja, de amigos o de familia un tiempo compartido y un tiempo para estar solo, para hacer el Camino de Santiago en bici, subir a una montaña o estar tirado a la bartola en una hamaca un día sí y otro también. Lo que sea.

La calidad de una relación de pareja (y amigos) se puede medir por el miedo y las suspicacias que se levantan por la otra parte si decidimos irnos solos unos días. Pero las relaciones se construyen con los pasos que vamos dando. Por tanto, para vivir unas vacaciones a la alemana necesitamos ser conscientes de que es una práctica muy saludable pasar tiempo con la familia, como pareja y solos haciendo lo que nos gusta. Para ello, requiere que seamos muy honestos y preguntarnos qué queremos hacer realmente. ¿De verdad que te apetece ir a la playa o te gustaría escaparte a ese sitio al que llevas años queriendo ir y nunca encuentras el apoyo para hacerlo? Segundo, es necesario negociarlo con la otra parte. La decisión ha de ser en ambos sentidos. Los mismos días que se toma uno los ha de permitir al otro sin reproches o quejas. Y tercero, aceptar la culpabilidad de no agradar siempre al 100 por cien de los que nos rodean, pero es el precio de ser también uno mismo. Así pues, si ya tenemos la agenda de vacaciones cerrada, al menos, tomémonos un rato para estar con la pareja si la tenemos, o para estar solos, y disfrutemos de lo que realmente nos gusta.