¿Eres orgulloso? El precio que pagas

Si hay una emoción poderosa, esa es el orgullo. Campa por sus anchas en las empresas, en las relaciones personales y por supuesto, en la pareja. Tiene su lado amable, pero cuidado, su cara negativa resulta muy poco práctica. Veamos qué podemos hacer cuando somos “orgullosos sin sentido” (o cuando otros lo son).

“A Dios pongo por testigo de que no volveré a pasar hambre” dijo Scarlett O’Hara, mítico personaje de la película “Lo que el viento se llevó”. Su personaje era caprichoso a más no poder pero en un momento de penuria, se promete a sí misma resolver su situación y se lía la manta a la cabeza. Fue un ejemplo de manual de “despertar el orgullo para tomar una determinación que te cuesta” y esta es una de las versiones amables de esta emoción.

Cuando nos pican el orgullo, nos ponemos las pilas. De hecho, es una técnica que a veces utilizan los entrenadores y que se ve en las películas. No es especialmente recomendable, pero a veces tiene su éxito. Existe otra situación en la que el orgullo resulta también positivo en su justa medida, cuando lo sentimos por algo o por alguien. Y si no, que se lo digan a los fans de un equipo de fútbol o a los padres que están entusiasmados viendo a sus hijos hacer alguna proeza. También podemos estar orgullosos de nosotros mismos, cuando terminamos un trabajo que parecía infinito o sencillamente, conseguimos que no se nos queme un plato en el horno. Cada cual tiene un listón personal. Pero por estas cosas el orgullo no estaría en la diana de las emociones poco recomendables. Junto con su lado amable, convive otro bien negativo, que nos hace daño y que nos ayuda a ganar el premio de “seres con poco sentido común”. O si no, piensa ¿qué cosas no has hecho por orgullo aunque lo desearas?

El orgullo está relacionado con la autoestima. Cuando esta se ve dañada por algún motivo, se despierta como un chaleco antibalas. Aunque su intención sea buena, es difícil conectar con la otra persona o con uno mismo desde ese lugar, porque lo que se esconde detrás es uno de nuestros peores miedos: el rechazo a no estar a la altura, a que no nos quieran… Es una respuesta inconsciente, pero que desgraciadamente a la larga, daña mucho. El orgulloso tiene mucha dificultad para ser flexible, para cuestionarse o para recular ante un error. La palabra perdón o el hecho de reconocer “una aparente debilidad” se le atraganta. Y desde ahí, va aguantando los días y es incapaz de ceder. Por eso, esta actitud arrogante nos hace pagar un precio elevado: la soledad. Así somos muchas veces, pero la buena noticia es que podemos salir de ello.

Lo primero que tenemos que preguntarnos: ¿cuál es nuestro objetivo vital, tener la razón o ser felices? Si nos obcecamos por lo primero, podremos quedarnos solos demostrando una y otra vez que el resto del mundo es el responsable de lo que nos duele. Pero desde ahí, no se avanza y encima, nos quedamos peor. Por ello, no es una decisión precisamente práctica. La mejor inteligencia es aquella que nos ayuda a tomar decisiones adecuadas y a veces, es preferible pasar un momento en el que te escuece una palabra (como pedir perdón o reconocer un error) que tirarte los días aguantando por orgullo.

Lo segundo y lo más importante, necesitamos honestidad profunda. Detrás de los arranques de orgullo que nos daña, hemos de reconocer que lo que hay es dolor o miedo, miedo a sentirnos solos, al rechazo o a la crítica. Desde la sinceridad crecemos y podemos avanzar. Hablar en términos de orgullo nos distancia aún más de los otros y de nosotros mismos (recordemos, el chaleco antibalas puede llegar a asfixiarnos). Cuando reconocemos que algo nos duele y no soltamos lo primero que nos dicta el orgullo, podemos entablar una conversación sincera con el otro y con uno mismo.

¿Y qué hacer cuando la persona que tenemos enfrente hace gala del orgullo en su peor faceta? Una vez más, necesitamos cambiar el punto de vista. Si en vez de contemplarle desde esa respuesta exagerada, comprendemos que es una persona que está herida y que no tiene mejores recursos, podremos entablar una conversación más honesta. Pero si el otro se niega a ello porque el orgullo le puede, lo mejor es que sea el tiempo quien le ayude a entrar en razón.

En definitiva, todas las emociones tienen un por qué. El orgullo presenta su lado amable cuando nos ayuda a superarnos o cuando sentimos satisfacción por otros o por nosotros mismos. Sin embargo, tiene también una mala versión de sí misma, cuando el orgullo actúa como unos zancos que elevan a una autoestima debilitada. Desde ese lugar, es difícil sentirse bien con uno mismo.

¿Qué le sucede al cerebro masculino cuando va a ser padre?

Aunque sea un hijo muy buscado, el mundo de las preocupaciones se puede despertar y tiene su momento más álgido entre la cuarta y sexta semana después de conocer la noticia, según un estudio realizado en Australia en más de 200 parejas.

Las preocupaciones de los futuros papás giran en torno a tres ejes: la relación de pareja, el trabajo y cómo no, el sexo (y ya no hablemos si no fuera deseado, que posiblemente las preocupaciones se convertirían en angustia). Como además, cada persona expresa lo que le inquieta de un modo distinto, no es de extrañar que al principio del embarazo el hombre se pueda mostrar más distante o más ensimismado, dándole vueltas a la cabeza. No es que no le ilusione (que en algunos casos puede que sea así), sino que sencillamente, la química le lleva a ello.

Durante el embarazo el mundo de las preocupaciones continúa, pero la química se encarga de reducir el interés sexual en un momento en el que la fecundación no es posible. Todo ello lo hace a través de dos hormonas, fundamentalmente: la testosterona y la prolactina. La testosterona es la hormona reina del hombre, que le lleva a la fuerza, al dominio y a la agresividad. Cuando la pareja está embarazada, esta hormona desciende y tiene su nivel más bajo durante las tres semanas previas al parto, que llega a ser hasta un 33 por ciento menos. Por el contrario, la prolactina aumenta hasta un 20 por ciento en el mismo periodo de tiempo. Gracias a ella, le ayuda a desarrollar nuevos instintos paternales como agudizar el oído cuando el bebé llore o a disminuir el instinto sexual durante los meses de gestación. Es también la responsable de que algunos padres, sobre todo primerizos, sufran el síndrome de Couvade o “embarazo empático” y que aumenten de peso como si ellos también estuvieran embarazados (si eso te ha ocurrido, al menos, ya tienes la explicación: la prolactina). Pasado un tiempo, las dos hormonas se reajustan, curiosamente, después de la cuarentena y cuando el hijo camina es cuando regresan a su nivel original, tal y como explica Louann Brizendine en su libro “el cerebro masculino”.

Cuando el hombre sabe que su pareja se ha quedado embarazada, comienza un baile hormonal en su cerebro

La química del cerebro del hombre también le lleva a despertar el instinto protector con su hijo y la sensación de satisfacción. Cuando el bebé sonríe a su padre al cambiarle el pañal o al hacerle una carantoña, el circuito de recompensa del hombre se activa, le hace sentirse muy bien y, sobre todo, le refuerza su lazo de unión con su hijo. Por eso, es muy importante que haya un contacto diario del padre con su hijo y que la mujer le deje ser parte de dicho cuidado desde el primer momento, aunque alguna crea que su pareja no es tan ducho en la materia y alguno prefiera escaquearse de ciertas rutinas. Todo ello tiene ventajas muy considerables, una de ellas para el padre, que le ayuda a desarrollar oxitocina, la hormona del placer y que le hace sentirse muy bien consigo mismo. También tiene ventajas para el niño o la niña. El papel coprotagonista del padre ayuda a que el pequeño gane más confianza en sí mismo. Igualmente, la forma de jugar del padre, que suele saltarse algunas reglas o que es bien distinta a la de la madre, es un estímulo para el aprendizaje del hijo. La ventaja del coprotagonismo durante los primeros meses es también para la pareja. Aunque un bebé es un factor de estrés para una relación (no nos engañemos), al menos si el padre se involucra desde el primer momento y la madre no critica lo que él hace, se refuerzan los lazos como pareja. Por todo ello, vale la pena intentarlo.

En definitiva, nuestro cerebro nos ha permitido llegar hasta aquí como especie. Por ello, no es de extrañar que las reacciones químicas del hombre comiencen cuando conoce la noticia de su paternidad y duren toda la vida. El objetivo es la crianza, pero el hecho de ser padre también tiene un beneficio personal para el hombre, que le ayuda a acceder a nuevos registros emocionales donde hay más cariño y más disfrute de las pequeñas recompensas

Los seis consejos que le darías a tu hija en su trabajo

Decía Michelle Obama que Fred Astaire y Ginger Rogers tenían el mismo trabajo. Los dos bailaban, solo que ella lo hacía con tacones.

Y esta es una buena metáfora para reflejar las dificultades que viven muchas profesionales cuando quieren prosperar en el mundo laboral. Tampoco quiero decir que la carrera de los hombres sea un camino de rosas pero, reconozcámoslo, la incorporación de la mujer al trabajo retribuido es relativamente reciente. Por tanto, no es de extrañar que social y educativamente todavía suframos algunos desafíos, que dependen de nosotras y que tenemos (y debemos) plantarles cara para progresar. Y no sirve solo con culpar al mundo de lo que nos ocurre o de quejarnos que cobramos menos comparativamente, que es cierto y que hay que ponerlo encima de la mesa. El auténtico cambio se producirá cuando seamos nosotras las que comencemos a hacer cosas diferentes. Veamos en cuáles podemos comenzar:

Supera del síndrome de niña buena. A muchas nos han educado en ser buenas chicas, es decir, en buscar agradar a todo hijo de vecino para sentirnos queridas y valoradas. Está muy bien, se desarrolla una empatía extraordinaria, genera confianza pero, cuidado, desde ahí se olvida algo fundamental, que es a una misma. Lo que nosotras necesitamos tiene el mismo valor que cualquier otra necesidad, sea la pareja, los hijos, el jefe o los compañeros. No digo hacer todo cuanto se nos ocurra, sino tener el coraje de preguntarse honestamente: “¿Qué es lo que yo realmente deseo, más allá de sentirme querida por el resto?”. Solo así surge la fuerza de la determinación para tomar decisiones.

Gana visibilidad. Hay muchos jefes que te pueden proteger. Como hacen los pájaros, que cuidan a sus crías bajo el ala. Ahí se está a gusto, no hay peligros, pero tampoco se vuela. Muchos jefes que tienen esta tendencia suelen evitar dar visibilidad. Por ello, el camino del liderazgo personal sea en una empresa o en una familia requiere dosis de atrevimiento para salir de posiciones menos cómodas pero mucho más enriquecedoras.

Aprender a “vender” nuestro trabajo. Esta palabra suena mal, lo sé, pero necesitamos hacernos a la idea de que necesitamos poner en valor lo que hacemos. Como dice Sheryl Sandberg, la directora financiera de Facebook y considerada como una de las mujeres más poderosas de Estados Unidos: “A los hombres se les contrata por las expectativas y a las mujeres por los resultados”. Y esto no es responsabilidad de ellos, sino de nosotras mismas. No esperemos a que otros digan lo buenas que somos, sino tomemos nosotras la iniciativa.

Haz de tu pareja tu auténtico compañero. Este punto no siempre es fácil. En casa puedes tener un aliado o alguien que te ponga palos en las ruedas. Desarrollar una carrera profesional es bien complicado si cada vez que abres la puerta de casa se inaugura una batalla campal por el trabajo. El remedio es fácil (decirlo, que no siempre conseguirlo): sustituir los mensajes de o yo, por nosotrospara que tu pareja sea tu aliado. La pareja necesita confianza y sentir que es alguien muy importante en tu vida. Cuando te centras mucho en el trabajo, puedes olvidarte de darle ese espacio y luego surgen los problemas. Por supuesto, que dichos problemas pueden nacer por mil y otros motivos, pero lo que está claro es que la vida es más fácil si la persona que está a tu lado es un auténtico compañero, como así confirman los datos: de las 28 mujeres que han sido CEOs de las Fortune 500, 26 están casadas, una divorciada y una soltera.

Ten un mentor en tu vida. Un mentor o mentora es quien te comparte su experiencia de manera generosa para ayudarte. No tiene por qué gestionarse a través de programas formales de empresa, sino que puede ser una misma quien lo solicite a quien tenga tiempo y ganas de aportar. Por ello, escoge a alguien con quien has tenido una interesante conversación y tómalo como mentor o mentora para ayudarte.

Y olvídate de la culpa. Posiblemente, el sentimiento de culpa es una de nuestras especialidades. No hablamos de la emoción que surge por cometer un delito, sino de algo más cotidiano y sutil: por no estar a la altura, por no ser mejor madre y profesional, por no estar más tiempo con la pareja… en fin, un sinfín de motivos que nos hacen daño. Pues bien, detrás de la culpa hay dos claves: expectativas de una misma más cerca de superwoman que de otra humana y un perfeccionismo imposible. Así pues, quitémonos la capa de superheroína que puede con el mundo, aceptemos que somos lo que somos y divirtámonos con ello.

Cómo mantener conversaciones cruciales con éxito

Lo que nos molesta y no decimos nos pasa factura con el tiempo. Para evitar que se dañe una relación personal o profesional necesitamos conversar los temas cruciales de un modo saludable. No es fácil, pero es posible. Veamos cómo.

Seguro que hay temas de conversación que se te hacen difícil tratar con la pareja, con un amigo o con una persona del trabajo. Puede que sea para decirle a un colega que no colabora, pedirle a un amigo que te devuelva un dinero, poner un límite a tu hijo adolescente o tratar con tu pareja algo de su familia. Como no sabes cómo abordarlo, puedes optar por varias opciones, desde callarte y pasar página, lanzar algún reproche más o menos velado, utilizar un humor mordaz que no le hace gracia a nadie o entregarte a la causa de la discusión abierta. Pues bien, cualquiera de las anteriores respuestas no son precisamente el modo más adecuado para resolver una conversación crucial. Según Patterson, Grenny, McMillan y Swiltzler, una conversación crucial es aquella que reúne tres características: hay emociones intensas, te enfrentas a opiniones contrarias y existen factores importantes en juego. Y lo que es peor, no estamos preparados (ni nos hemos educado) para mantener con serenidad conversaciones de este estilo. Nos sabemos por dónde empezar, las emociones nos ciegan, improvisamos, y acabamos diciendo cosas poco afortunadas. Pero no está todo perdido. La buena noticia es que aunque no nazcamos con esta habilidad, se puede entrenar la respuesta, como proponen dichos autores y como he comprobado en el acompañamiento de personas a lo largo de estos años.

El primer paso consiste en reconocer cuándo una conversación es crucial. Puede que hayas comenzado hablando del tiempo y, de repente, se comience a sacar trapos sucios del pasado mal resueltos. O puede que lo supieras de antemano, porque fueras a tratar un tema delicado. Sea una opción u otra, necesitas tomar conciencia de que esa conversación, con esa persona y en ese preciso momento es crucial y que muy probablemente, te pueda sacar de tus casillas.

Segundo, necesitas identificar qué te está ocurriendo en dicha conversación. De algún modo, esta habilidad te requiere ser “más inteligente” que tu propio enfado (cosa que suele ser “de nota”). No culpar al otro sino preguntarse, ¿qué me está sucediendo con todo esto? Porque al final, nuestras emociones dependen en gran medida de la lectura que hacemos de la realidad. No es tanto lo que el otro diga, sino la interpretación que tú hagas con eso. Para ello, te puede ayudar reflexionar una pregunta: ¿Qué actitud tomas bajo presión o cuáles son tus descarriladores? Puede ser ironía, salir escopetado, abrir un silencio incómodo o lanzar comentarios agresivos. Cada uno tenemos un “descarrilador preferido”, así que identifica cuál es el tuyo para poder gestionarlo.

El tercer paso consiste en dar seguridad a la otra persona. Si tú te sientes atacado por la situación, el otro seguramente también. Detrás de la ira o del silencio, suele haber dolor y miedo. Si te quedas en el ataque de sus palabras, no habrá manera de salir con éxito de la situación. Por ello, necesitas ampliar la mirada y preguntarte, ¿qué le está ocurriendo al otro más allá de lo que dice o hace? Si eres capaz de ver su miedo, serás capaz de darle más seguridad con tu actitud y no reparar tanto en su reproche o en su silencio.

Y el último paso consiste en encontrar un objetivo común. Si te quedas solo en las diferencias, no habrá manera de avanzar. Lo importante es encontrar qué os une (si hay algo que os una). Para ello, vale la pena preguntarse: ¿Qué deseo realmente para mí mismo? ¿Qué deseo para el otro? ¿Qué deseo realmente para la relación? ¿Cómo me comportaría si realmente deseara estos resultados? De este modo, se construye una respuesta mucho más saludable para vosotros dos.

Todo lo anterior necesita entrenamiento y mucha autocrítica. Si tienes interés en continuar la relación, no sirven las frases “es que el otro…”, porque desde ahí no se avanza. Tu única y mejor alternativa consiste en identificar tu margen de maniobra en las conversaciones cruciales y desde ahí, construir juntos una relación más saludable para los dos.

Si quieres triunfar, haz valer tu trabajo

TRIUNFO

Si quieres progresar en una organización, no solo trabaja bien, sino haz valer lo que consigues, porque si tú no lo haces, puede que alguien lo haga por ti.

Pones en marcha una iniciativa, confías que tu jefe se dé cuenta, pero no es así. Un compañero en una reunión de equipo lo comenta como si fuera una idea suya. Y tu jefe, que a veces parece que está en las nubes, le gusta, le pone a él como ejemplo ante el resto y tú te quedas con cara de póquer por lo ocurrido. ¿Situación atípica? En absoluto. Aceptemos que no es justo, que el jefe no ha hecho bien su trabajo y que el compañero se ha colgado una medalla que no le pertenece. De acuerdo, pero en lo que has de fijarte es en tu margen de maniobra: tú podías haberlo comentado antes.

Muchas personas se resisten a hablar de sus éxitos por pudor, por humildad o porque consideran que es el jefe quien ha de saberlo. En un mundo ideal no sería necesario, pero las organizaciones no son perfectas y muchas veces no ascienden los mejores, sino los que mejor han sabido vender su trabajo. Y como siempre, podemos pelearnos por lo que debería ser o bien podemos aceptar la evidencia y actuar desde un punto de vista práctico. Y si quieres reconocimiento o desarrollar tu carrera profesional, vale la pena aprender a poner en valor lo que haces aunque te cueste. Veamos cómo.

Hacer valer tu trabajo forma parte de tu responsabilidad

A casi todo el mundo le gusta el reconocimiento. Algunos lo disimulan más y hay quien se le ve desde lejos. Sin embargo, lo que sí es común es que nos molesta que alguien se atribuya méritos que son nuestros. Por ello, en la agenda de tareas también necesitas incluir el dedicar tiempo para comentar lo que estás haciendo. Al fin y al cabo, vender es humano, como dice Daniel Pink, y de un modo u otro todos lo hacemos. Eso no significa colgarse todo el tiempo medallas, sino en reuniones con jefe o con otras áreas, habla de los proyectos, del posible esfuerzo que te está suponiendo o de lo que estás consiguiendo. No esperes que sea el jefe el que se siente y te lo valore desde el primer momento, porque puede que esté en otros temas o que sinceramente, no sea tan bueno en la gestión de personas.

No olvides al equipo

Cuando decimos hacer valer el trabajo no significa caer en el “yo, yo y solo yo”. Los grandes logros requieren colaboración y trabajo en equipo. Por ello, cuando hables de lo que estás consiguiendo, incluye y reconoce también a las personas que te están ayudando. Al igual que es poco recomendable pasar desapercibido, es preocupante no valorar a quienes colaboran contigo.

Sé sincero y sin exageraciones

Cuando se piensa en hablar de los méritos entra el pudor de qué dirán. Este miedo es, por cierto, muy latino. En la cultura estadounidense no se “cortan” en absoluto y son capaces de venderse a sí mismos en cualquier situación. Pero a nosotros nos cuesta. Por ello, has de encontrar tu estilo sin caer en exageraciones, que rechinarían en nuestra forma de ser. Tampoco hay que atribuirse méritos que no te corresponden. Habla con sinceridad y con humildad (en este contexto podemos decir que humildad no significa no hablar de los logros, sino no amplificarlos y no creérselo tampoco en exceso).

Acepta los reconocimientos sin echar tierra sobre tu propio tejado

Y por último, el pudor excesivo nos impide aceptar los reconocimientos, aunque sean muy deseados. Los comentarios del tipo “no, si no importa… no es nada… no vale la pena…” ocultan muchas veces una falsa modestia o un matiz cultural. Si te nacen, de acuerdo, no pasa nada, pero no te excedas. Por agradar al otro no caigas en la tentación de desmontar tu propio esfuerzo. Por ello, ante un reconocimiento, reconoce también a quien te ha ayudado y aguanta el tipo sin echar tierra sobre tu propio tejado.

 

Hazte más inspirador con las claves de Obama

OBAMA

Obama es uno de los grandes oradores de la historia y todos podemos aplicar cuatro de sus claves para que nuestras presentaciones en público sean más inspiradoras y efectivas. 

Seguramente alguna vez habrás tenido que hacer alguna presentación en público. Puede que tengas que remontarte a la época del colegio o puede que sea más reciente, delante de compañeros o de alguien a quien quieres proponerle una idea. La capacidad de hablar en público se puede mejorar si se sabe cómo y para ello, te sugiero apoyarte en algunas de las claves que ha utilizado el presidente Obama, uno de los grandes oradores de los últimos tiempos. Veamos cuáles.

Habla en clave de nosotros (no solo yo, yo y solo yo)

Cuando presentas tienes dos opciones: decir a la audiencia que ellos pueden conseguirlo o bien, que tú vas a conseguirlo por ellos. Son dos estrategias diferentes y dos invitaciones distintas. En el primer caso, la audiencia toma un papel protagonista para movilizarse y para trabajar en equipo. En la segunda, tú quedas como salvador y el resto, espera. Obama optó por la primera y muy probablemente, en la mayor parte de las ocasiones, sea tu mejor estrategia: hacer sentir que quien te escucha puede cambiar, que está en sus manos. “Yes, we can” (“sí, nosotros podemos”) fue el mensaje que le hizo famoso y que ha sido de inspiración para más de uno. Y en su discurso de despedida trasladó la misma idea: “os pido que creáis, no en mi capacidad de hacer cambios, sino en vuestra propia capacidad”.
Por tanto, si quieres movilizar a las personas para un fin y para que trabajen en equipo, habla en términos de nosotros. Si te pones tú de ejemplo, podrán admirarte, podrán votarte (si aspiras a presidente de algo), pero ten por seguro, que también esperarán que seas tú quien le saques del problema… y la parte de las dificultades son más fáciles si se trabaja en equipo.
Convence con la razón y con la emoción
Una buena presentación en público requiere de una buena presentación. Y las buenas preparaciones son aquellas que llegan al mayor número de personas posibles tanto a los analíticos como a los emocionales, como hemos hablado en otras ocasiones. Si solo das datos, datos… podrás llegar solo a los primeros y si lo que dices tiene sobre todo mucha carga emocional, los analíticos se mostrarán escépticos. Por ello, combina análisis y emoción sin renunciar a ninguna de las dos. Un ejemplo de Obama fue su discurso en Newtown (Connecticut) después de que un tirador asesinara a 20 niños en un colegio. Expresó con dureza su rechazo a las armas y al mismo tiempo, se conmovió en público.

Sorprende positivamente

Es poco habitual que un equipo esté entusiasmado a la hora de escuchar a alguien. Normalmente, quien habla tiene que ganarse al público, aunque sea a los compañeros que asisten por rutina a una reunión. Una manera de ganarte su atención es cuando les sorprendes positivamente, con una broma o con un guiño a su trabajo. Así hizo Obama cuando en su primer discurso en Cuba habló en español y mencionó a un poeta cubano; o cuando terminó su discurso en la iglesia histórica de Charleston (Carolina del Sur) con una canción que unió a todos los oyentes.

Convence con lo que eres, no solo con lo que dices

Y no olvides algo. Como demostró Albert Mehrabian, profesor de UCLA, en una charla solo recordamos el 7 por ciento de las palabras, mientras que el resto son emociones o lenguaje no verbal de quien habló. Por ello, para hacer una buena presentación es fundamental trabajar también los miedos personales. Los discursos de Obama no son solo palabras, sino su elegancia, su templanza a la hora de hablar y la confianza que genera. Y todo ello, puedes trabajarlo revisando hasta qué punto te sientes seguro con lo que estás diciendo, entrenando el texto de lo que vas a decir y revisando los puntos que no acabas de tener claro. Con un trabajo personal previo harás una presentación con mayor confianza en ti mismo y tendrás más impacto positivo en quien te escucha.

Dieta ante el “hiperpresentismo” o cómo evitar echar más horas que un reloj al trabajo

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Hemos caído en la era del hiperpresentismo: gracias a los dispositivos móviles trabajamos más que nunca incluso desde nuestras casas. Superarlo no solo depende de lo que hagan las empresas, sino también de la actitud que nosotros tomemos.

Francia ha reconocido el derecho del trabajador a desconectar del trabajo cuando ha terminado la jornada laboral. La nueva reforma laboral intenta poner límites a lo que vivimos casi diariamente: emails a las tantas de la noche o sensaciones de culpa o miedo por no haber contestado incluso un domingo. Parece que los dispositivos móviles nos han puesto un cartel de cara al mundo: “abiertos 24 horas por siete días a la semana”. Y es ahí donde reside la trampa. Internet no cierra, pero nuestro cerebro necesita desconectar. La hiperconexión nos agota.

No somos tan multitareas como nos pensamos. Según investigaciones de la universidad de Stanford, cuando hablamos por el móvil o consultamos algo en la tableta mientras hacemos otra cosa, reducimos nuestra atención y nuestra creatividad. Y recordemos que los dispositivos móviles se han hecho nuestros “amigos inseparables”. Consultamos el smartphone unas 150 veces de media, nos despertamos con él e incluso nos acompaña al baño a un 33 por ciento de personas, según el informe de Bank of America. Y cuando todas estas actitudes las aplicamos al trabajo conseguimos dar una vuelta de tuerca al presentismo o al hecho de “calentar el sillón” sin necesidad. Cuando el trabajo se adentra en nuestras vidas privadas a través de la tecnología podemos decir que sufrimos “hiperpresentismo”. Pero para abordarlo no solo los jefes no han de exigir más allá de la cuenta, sino ser nosotros mismos los que aprendamos a ponernos límites. Y el motivo es muy simple: por nuestra salud y por evitar un agotamiento severo que nos desgaste.

En 2016 el 53 por ciento de las empresas españolas sufría de presentismo, según la III Encuesta Adecco sobre el tema. Y lo que es peor, ha supuesto un incremento del 12 por ciento más que el año anterior. Existen muchas razones: hábitos culturales que ni se cuestionan, escasez de recursos para alcanzar un objetivo, tiempos perdidos en conversaciones innecesarias, “ganar puntos” (a determinadas horas es cuando se producen reuniones en los despachos importantes) o formas de gestión que dejan mucho que desear (egoísmo o “me siento grande si veo que todos están cuando yo llego o cuando me voy”). Pues bien, la tecnología amplifica todo lo anterior y dirigir equipos en la era digital supone entender que el talento es más que nunca el recurso más valioso, aunque esté detrás de los dispositivos o trabaje desde casa, y gestionarlo implica no exigir comportamientos ilógicos o que dañan la motivación futura.

Y por nuestra parte, también tenemos margen de maniobra. Comprender que responder emails o no saber desconectar tiene un precio, quizá no a corto plazo, pero sí a medio o largo: el erosionante agotamiento aunque se tengan veinticinco años. De hecho, tratar el agotamiento lleva mucho más tiempo y no se consigue con un fin de semana de ensueño, sino con crear espacios de cuidado personal: con saber dejar el móvil apagado durante unas horas diarias, no consultarlo los emails nada más levantarse o saber guardarlo cuando estamos en casa o con la familia. Todo ello porque necesitamos reconocer que consultamos el smartphone muchas veces no solo por lo que diga el jefe, sino porque nos aporta intensidad, que entretiene a la mente. Si no sabemos separarnos de él aun cuando estamos de vacaciones o en una cena con amigos, tampoco culpemos solo a la empresa de hábitos que nos hacen daño.

Así pues, si queremos comenzar el año con una mejor salud, empecemos por encontrar espacios para cuidarnos del hiperpresentismo en el trabajo o bien poniendo límites, o buscando otras alternativas laborales si estamos en una empresa que nos lo exige, o bien poniéndonos una dieta más saludable para estar mejor con nosotros mismos.