Cómo puedes tener más suerte: cuatro claves según la ciencia

Ni tocar madera o cruzar los dedos funciona. Si quieres tener más suerte, la ciencia ha descubierto cómo conseguirlo. Al menos, esa es la conclusión de Richard Wiseman, profesor de la Universidad de Hertfordshire en Reino Unido. Su investigación comenzó con una sencilla pregunta: ¿cómo es posible que haya personas que estén en el lugar adecuado en el mejor momento para que les ocurran cosas positivas y otras, sin embargo, parece que arrastran la mala suerte a sus espaldas? Wiseman, como buen científico social, quiso encontrar la respuesta y para ello realizó varios experimentos. Pidió a un grupo de voluntarios que se clasificaran conforme a su nivel de suerte y que participaran en distintas pruebas. Una de ellas era un experimento muy sencillo: tenían que contar el número de imágenes que veían en un periódico. En mitad del mismo, y sin que los participantes lo supieran a priori, dejó un mensaje fácil de leer que decía: “Dígale al investigador que ha visto esto y gane 250 libras”. Las personas que consideraban que tenían suerte, paraban de contar y leían en voz alta el mensaje del periódico para cobrar el dinero. Así de fácil. Sin embargo, aquellas que previamente se habían considerado como poco afortunadas, se ponían tensas y llegaban incluso a no decir nada. Aquel resultado le inspiró la idea central para su investigación: la suerte es una cuestión de actitud. “La mayoría de la gente simplemente no está abierta a lo que le rodea”, dice Wiseman. Es más, a su juicio, solo el 10% de nuestra existencia es aleatoria, el 90% restante se define por cómo afrontemos lo que no ocurre. Por tanto, estas son buenas noticias. Si queremos tener más suerte, tenemos que comenzar con nosotros mismos, con pensar de un modo más amable.

Así pues, veamos qué cuatro claves nos sugiere Wiseman para sentirnos más afortunados (y ojo, que suerte es diferente de azar; el azar sería que nos tocara la lotería, algo en lo que nuestro único margen de maniobra es comprar un décimo. La suerte es un concepto mucho más amplio):

Primero, ábrete a nuevas experiencias. Si buscas tener el control de todo al milímetro, se te escaparán cosas que se salen de tu objetivo inicial y que pueden ser muy positivas. Vivir de un modo más relajado no solo es bueno para la salud, sino también para la suerte.

Segundo, identifica tus corazonadas y préstales más atención. En nuestro sistema digestivo hay más de 100 millones de neuronas que nos dan pistas sobre lo que no vemos a priori de manera consciente y que nos aportan información muy relevante para tomar decisiones acertadas.

Tercero, confía en que lo que te puede ocurrir es positivo. Por supuesto, es una interpretación, pero ayuda. Sabemos que se vive mejor confiando en que estando siempre a la defensiva. Y parece que de este modo también se entrena la suerte.

Y cuarto, convierte las malas experiencias en positivas. Aprender de los errores con optimismo o imaginar que podría haber sido mucho peor nos alivia y nos hace relativizar los fallos.

Como vemos, la suerte es una percepción, depende de lo que hagamos y de cómo nos narramos lo que nos sucede. Por eso, se puede entrenar, como sugerían Fernando Trías de Bes y Alex Rovira en su libro La Buena Suerte, y como hicieron los participantes que asistieron a la Escuela de la Suerte que inauguró Wiseman en el Reino Unido. Escribieron un libro sobre todo lo bueno que les estaba ocurriendo y, pasado un tiempo, se sintieron mucho más afortunados. Así pues, como es una cuestión de actitud, ¿qué estás dispuesto a hacer hoy para mejorar tu suerte?

 

 

Siete claves para ser mejor padre o madre sin morir en el intento

Cuando se tiene un hijo, muchas veces se echa de menos un manual de instrucciones para saber qué hacer. Además, como los niños van creciendo, lo que te servía en un momento puede quedar caducado y obligarte a reinventarte. Casi todos lo hacemos lo mejor que podemos y no existe ningún padre o madre perfecta (¡para eso somos humanos, que no personajes de cuentos de hadas!). Pero, dicho todo lo anterior, con un reto de estas dimensiones, ¿qué está en nuestras manos para mejorar en nuestra paternidad de ahora y la de un futuro? El mejor camino es trabajar en nuestra actitud, según Elisabeth Fodor y Montserrat Morán, que se encuentran entre las principales pioneras en educación infantil de España. Aunque el contexto se mantenga igual, si nosotros cambiamos, la relación con nuestros hijos también se transforma. Basándonos en la experiencia de Fodor y Morán, veamos qué podemos entrenar como padres para ayudar a nuestros hijos en su desarrollo y disfrutar de esta parte de nuestra vida.

Primero, necesitamos conocernos mejor. ¿Cómo vamos a enseñarles inteligencia emocional si no sabemos hablar de lo que nos ocurre, si caemos en el reproche, en el silencio o en sentimientos que nos superan? El primer paso para gestionar algo es conocerlo. Por ello, dediquemos tiempo para la autorreflexión. Hagámonos preguntas sobre qué nos está ocurriendo realmente, tengamos personas de confianza para conversar sobre ello y encontrar nuevos puntos de vista.

Segundo, demos rienda suelta a la ternura. Es el primer lenguaje con el que nos comunicamos con nuestros hijos y el que se ha de mantener a lo largo de los años. La ternura significa desear que la otra persona esté bien y cuidarla desde nuestra vulnerabilidad y cercanía, sin corazas. Y para ello una vez más, necesitamos aprender a tratarnos bien a nosotros mismos. Si caemos en la culpabilidad constante o en la autoexigencia, la ternura desaparece por arte de magia… Por ello, cuando nos asalte un pensamiento dañino, relativicémoslo y busquemos la manera de darnos cariño también a nosotros mismos.

Tercero, dejemos los juicios de lado. Nuestros hijos serán lo que quieran ser, no lo que nosotros nos empeñemos en que sean. Si estamos continuamente comparándolos con lo que nos gustaría que fueran, les estamos haciendo un flaco favor. Aceptarles sin expectativas es darles la libertad para ser ellos mismos. Por tanto, aparca lo que “podría haber sido” y valora lo que es.

Cuarto, recuperemos el valor de la lentitud. Posiblemente sea uno de los grandes desafíos. Los móviles y la velocidad son una tentadora distracción para todos. Pero es difícil educar a golpe de WhatsApp. Las emociones requieren su tiempo para ser digeridas y construir una relación sana exige paciencia. Busquemos recursos para entrenar la paciencia y evitar que salten nuestros botones calientes.

Quinto, escuchemos activamente. Cuando nuestros hijos son pequeños, muchas veces nos cuesta escucharles con interés. Sus temas no siempre atrapan nuestra atención, pero si no lo practicamos, será más difícil que de mayores nos cuenten sus problemas. Necesitamos, por tanto, preguntarles por sus cosas con sinceridad y darles un tiempo de calidad de conversación a nuestros hijos.

Sexto, juguemos y pensemos en positivo. Necesitamos retomar el juego, disfrutar, sacar esa parte infantil que todos llevamos dentro. Y, por supuesto, construir una forma de pensar amable. A todos nos asaltan algunos momentos de victimismo o pesimismo. Y un rato puede estar bien. Pero si caemos constantemente en ello, les estamos entregando un lastre, que les vaciará de fuerza y de vitalidad. Comencemos a mirar el vaso medio lleno y a reírnos un poco más de nosotros mismos y de lo que nos rodea.

Y séptimo, orientémonos al aprendizaje. Como dicen Fodor y Morán, “la vida no es solo esperar a que pase la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia”. Y esto lo conseguimos cuando encontramos el aprendizaje en aquello que no nos gusta y conseguimos reinventarnos a pesar de la dificultad. De este modo, les estaremos dando pistas para entrenar la resiliencia. Por tanto, pregúntate: ¿qué me está enseñando este acontecimiento ahora?

En definitiva, los mejores regalos que podemos dar a nuestros hijos se resumen en dos: raíces para crecer y alas para volar, y esto solo lo logramos cuando cultivamos una actitud cercana, sin juicios y orientada al aprendizaje y con ternura. Aunque hagamos todo lo anterior, seguramente nos equivocaremos mil y unas veces, porque seguiremos siendo humanos; pero si consideramos a nuestros hijos maestros de nosotros mismos o espejos en los que nos vemos reflejados, podremos aprovechar esta relación como entrenamiento para completarnos mejor como personas.

 

 

 

Objetivo en 2018: recuperar tiempo para vivir

“Mi objetivo para este año es asistir a los entrenamientos de mi hijo”, me comentó hace unos días un directivo de una gran empresa. Si no iba más veces, era porque en su departamento siempre saltaba algún problema de última hora: un informe importantísimo, una reunión inexcusable o cualquier otro “fuego que apagar”, que le impedía estar los viernes por las tardes viendo a su hijo. “Y lo que es peor –añadió–, la mayoría de las veces lo que se pide no es nada urgente”. El problema reside en los caprichos de la alta dirección o en rutinas en las que caemos sin darnos ni cuenta. Así pues, un buen objetivo para el 2018 es recuperar tiempo para hacer lo que realmente queremos y valoramos: estar con nuestra familia o con nuestros amigos, o disfrutar de series de televisión. Lo que queramos. Para conseguirlo, veamos qué podemos hacer, según nos propone Gustavo Piera en su libro El arte de gestionar el tiempo.

El primer paso consiste en frenar. ¿A qué única persona eres capaz de cambiar? La respuesta es a ti mismo o a ti misma. Por mucho que te gustaría que tu jefe o que tu pareja hicieran algo diferente, resulta un objetivo imposible. Podrás influir, aconsejar o, incluso, dar la tabarra, pero el cambio es una puerta que se abre solo desde dentro. Para recuperar tiempo, necesitamos detener la rutina habitual, preguntarnos qué queremos, adónde vamos, por qué actuamos de tal manera, qué nos hace felices, en qué somos buenos… Y las buenas respuestas surgen cuando despertamos del síndrome del hámster, de dar vueltas sin parar, pero sin llegar a ningún sitio.Por tanto, frenemos un poco y hagámonos preguntas incómodas.

El segundo paso es reflexionar sobre qué nos hace sentirnos bien. La autoconciencia es un automatismo que tenemos perfectamente diseñado. Vemos una foto en grupo o un vídeo e inmediatamente nos localizamos y nos juzgamos. Sin embargo, cuando se trata de cuidarnos, este automatismo muchas veces se diluye. Nos orientamos a los otros, a los objetivos en eltrabajo, pero nos olvidamos de dedicarnos tiempo de calidad a nosotros mismos. Y ahí nos equivocamos, porque si estamos bien, la gente de nuestro alrededor también estará bien. El equilibrio interior nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida y la de las personas que nos rodean, y a sacar lo mejor de nosotros mismos en cualquier ámbito donde estemos. Por ello, ¿qué tendrías que hacer para trabajar más tu equilibrio interior?

Y, como tercer paso, analicemos y decidamos. Para poder recuperar tiempo, necesitamos salirnos de ciertas creencias. Parece que el éxito se asocia con un gran puesto, una extraordinaria carrera profesional o mucha popularidad en redes sociales. Pero, detrás de todo ello, en muchas ocasiones se esconde otra realidad no tan amable. Existen renuncias que duelen con el tiempo o excesos de estrés o de una vida muy escorada hacia el trabajo, que dejan vacíos otros aspectos de la vida. Por eso, el análisis que necesitamos hacer es global: ¿hasta qué punto mi concepto de éxito me ayuda a tener equilibrio interior o me desestabiliza aún más? Una vez que lo hayamos analizado, podemos tomar decisiones y encontrar fuerzas para ello. Podremos establecer ciertos hábitos en nuestra vida personal o en el trabajo, como tener tiempo para nuestras aficiones o aprender a decir “no” a determinadas cosas los viernes por la tarde para asistir al entrenamiento de un hijo, como en el caso del directivo anterior.

En definitiva, solo cuando encontramos un argumento de fuerza somos capaces de producir un cambio importante en nuestra vida. Y, para ello, necesitamos aprender a frenar, a reflexionar, a analizar nuestra vida en su conjunto y a tomar las decisiones para que el equilibrio interior sea nuestro principal objetivo.

¿Cómo evitar las discusiones navideñas? (o al menos salir airoso)

Se acercan las Navidades y, con ellas, los turrones, las comidas con la familia y alguna que otra posible discusión. Tenemos la intención de pasar un tiempo de paz, pero esta se tuerce con la típica bromita del hermano, el comentario desafortunado del cuñado o las manías de la suegra. Ahora bien, si esto ocurre, no te preocupes (ni te estreses anticipándolo). Veamos cómo podemos aprovecharlo como oportunidad para entrenar algunas otras habilidades. Para ello, nos vamos a basar en lo que sugiere David Kantor, psicólogo experto en comportamiento de grupo.

En cualquier conversación, las personas adoptamos distintos roles o papeles. Según el modelo de Kantor, estos pueden ser de cuatro tipos:

– El iniciador, o el que rompe el hielo y propone una acción. Puede ser el que saca las conversaciones sobre la situación de España, el resultado del fútbol o si se ha de pasar ya a los postres. Es un papel de liderazgo y en todas las familias siempre hay uno o más a los que les gusta llevar la voz cantante.

– El seguidor, o el que sigue la corriente. Le suele parecer bien lo que el iniciador propone y, simplemente, continúa la acción o la conversación. En este caso, seguiría la charla sobre el tema que se está tratando sin pensarlo demasiado.

– El opositor, o el que critica. Mientras que el iniciador propone, el opositor se enfrenta con comentarios más o menos constructivos. Este rol suele ser incómodo, especialmente para el iniciador.

– El observador, o el que comenta lo que sucede. Se coloca en una posición distante ante cualquier discusión y actúa de un modo pasivo, solo cuando ya la acción ha comenzado o cuando alguien le pide opinión.

Pues bien, muchas discusiones en un equipo de trabajo o en una familia están relacionadas con los roles que desempeñamos. Todos actuamos en las conversaciones como iniciadores, seguidores, opositores u observadores. Como es de suponer, los conflictos son más visibles cuando se enfrentan dos de ellos: el iniciador y el opositor. Y, curiosamente, cuando esto ocurre, es decir, cuando salta la chispa, ambos se empeñan en llevarse el gato al agua y comienzan una escalada de argumentos que no sirven para mucho, porque muchas veces el problema no está en lo que se discute, sino en el papel que cada uno ha asumido. Por ello, ¿qué podemos hacer?

Lo primero de todo, si quieres tener la fiesta en paz, evita conversaciones espinosas. No asumas el papel de iniciador sabiendo que tienes un opositor esperándote. Es posible que cuentes con seguidores, pero no es momento para demostrar que tienes razón en política, en fútbol o en cualquier tema que despierte pasión a raudales.

Segundo, si ya has entrado en harina y no tenías capacidad de preverlo (o directamente saltaste al ruedo), para y reflexiona. Pregúntate, ¿qué rol estoy jugando? ¿Cuál está representando el otro? ¿Esta discusión es la que realmente deseo en este preciso momento? En los temas familiares no se prefiere al que tiene la razón y deja un mal sabor de boca al resto por la discusión generada, sino al que sabe crear un buen ambiente. Así pues, medita llegado este punto.

Y tercero, y utilizando la propuesta de Kantor, cambia de papel. Si estás en modo iniciador y ves que te has topado con el opositor, juega a colocarte de seguidor de él o de observador. Saca otro tema de conversación, hazle alguna pregunta o utiliza el sentido del humor. De este modo, evitarás una espiral de discusión que no sirve para mucho.

En definitiva, si quieres que las Navidades sean un espacio de reencuentro bonito con familiares, evita conversaciones estériles y aprende a desempeñar los roles que te interesan en cada momento. Solo así seremos capaces de tener unas fiestas en paz y de disfrutar de nuestros seres queridos.

Qué ocurre cuando no le recomiendas tu trabajo a tu hijo

¿Qué es lo que te gustaría enseñar a tu hijo sobre el trabajo, que es un mal necesario porque da un salario para llegar a fin de mes y poco más, o, por el contrario, que puede ser un sitio apasionante en el que uno se realiza? ¿Qué mensaje te gustaría trasladarle? Pues bien, lo que tú consigas enseñarle no va a depender de lo que le digas, sino de cómo actúes tú. Ya sabemos: educamos con el ejemplo. Si decimos que el trabajo puede ser algo divertido pero llegamos con un humor de perros todos los días, tu hijo se quedará con lo que vea. Si, por el contrario, asumes riesgos, no te conformas con lo que tienes si no te gusta o eres capaz de encontrar un mensaje optimista a las situaciones que no puedes cambiar, le estarás enseñando valores que le ayudarán para su futuro.

La resignación y la queja actúan como un cáncer silencioso, no solo por lo que nos afectan en nuestra vida, sino porque enseñamos parálisis y conformismo a nuestros hijos. Y este es un flaco favor, ya que el mundo laboral también puede ser un lugar para crecer como personas, para superarnos y para encontrar felicidad. Así pues, comenzar con nosotros mismos y buscar o crear un trabajo ilusionante es el primer paso para dar ejemplo (y para no tener un humor de perros en casa). Veamos qué cuatro características ha de reunir un trabajo que nos motiva, independientemente de nuestra edad, género o cultura, según un artículo publicado por Bruce Pfau en Harvard Business Review:

  • ¿Me siento realizado con lo que hago? A todos nos motiva desarrollar nuestro potencial. Si pensamos que podemos hacer más cosas de las que tenemos oportunidad, saltarán las alertas. Nos aburriremos, nos sentiremos frustrados y acabaremos quemados con trabajos que están por debajo de nuestras posibilidades.
  • ¿Me siento reconocido emocional y económicamente? El dinero es importante, pero lo intangible también cuenta, como cuando percibimos que nuestra opinión importa o cuando estamos en un ambiente donde nos encontramos a gusto.
  • ¿Me divierto? ¿Tiene sentido lo que hago? Si disfruto con mi trabajo, tengo un mayor aliciente para estar motivado. Y si además entiendo el para qué, le encuentro sentido, aún me sentiré más comprometido.
  • ¿Me siento orgulloso de la organización en la que trabajo? Nos gusta estar en empresas ganadoras o en aquellas que hagan cosas de las que nos sintamos satisfechos, que podamos comentar a amigos o a familiares.

Las cuatro preguntas anteriores definen los trabajos que realmente nos motivan. Pero, ¿qué ocurre cuando alguna de las preguntas no es un “sí” y no tenemos la posibilidad de cambiar tan alegremente de trabajo? Si queremos dar un buen ejemplo a nuestros hijos ante situaciones que no nos gustan, lo primero que tenemos que hacer es evitar la resignación, mover ficha. No debemos quedarnos en sitios desmotivantes, porque la vida es demasiado corta y porque se trata de una mala enseñanza para los que nos rodean. Ahora bien, si después de intentarlo, no se puede, el siguiente paso es encontrar lo positivo de lo que tenemos. Nadie está obligado a quedarse en un trabajo de por vida. Somos libres, podemos irnos y, si no lo hacemos, al menos quedémonos con aquello que nos aporta algo amable, aunque sea un salario para llegar a fin de mes. Si desarrollamos esta manera de verlo, evitamos la resignación y enseñamos optimismo, nos sentiremos más felices con nuestro día a día.

En definitiva, como dice mi amigo y conferenciante Luis Galindo, a nuestros hijos les tenemos que dar raíces y alas: raíces en formato valores, que les ayuden a sentirse fuertes y con seguridad en ellos mismos, y alas para que se atrevan a conquistar sus sueños. Y eso solo lo conseguimos si sabemos darles ejemplo con nuestra propia vida, incluyendo nuestras decisiones en el mundo laboral.

 

Qué puedes hacer para convertir una debilidad en una ventaja: la técnica del contrapeso

Todos tenemos alguna debilidad, o un área de mejora, como se dice de un modo “políticamente correcto”. Puede ser de cualquier tipo, desde tener mala memoria o ser disléxicos, hasta no gustarnos las matemáticas y tener que enfrentarnos a un examen. Lo que sea. Cuando esto nos ocurre, nos podemos obsesionar y agobiar, o tenemos otra opción: convertirlo en una ventaja si hacemos algo diferente. Así lo explica Malcolm Gladwell en su libro David y Goliat con distintos ejemplos históricos. A priori, nadie daba un duro por Vietnam cuando Estados Unidos le declaró la guerra. Era un país infinitamente más pobre y con unos recursos armamentísticos muy inferiores. Pero aguantó. Se convirtió en el infierno de los americanos y consiguió que estos quisieran salir de allí pasados unos años. ¿Su clave? Se defendió con una estrategia diferente. Como eran menudos de tamaño y conocían el terreno mucho mejor que cualquier mapa, crearon túneles imposibles de acceder y disimularon su posición con un sinfín de estratagemas. No podían competir con las armas del enemigo, por lo que se inventaron herramientas rudimentarias pero muy efectivas. Y todo ello les permitió sorprender al ejército de Estados Unidos una y otra vez. Igual sucedió con David cuando se enfrentó a Goliat según la Biblia. No se le ocurrió pelearse cuerpo a cuerpo, ya que era casi un niño en comparación con un gigante, sino que le lanzó una piedra con una honda a cierta distancia y le dejó KO. Pues bien, todo lo anterior lo podemos trasladar a nuestras debilidades (salvando las “kilométricas” distancias y sin peleas de por medio).

Cuando algo se nos da mal, tenemos tendencia a esforzarnos mucho y la solución no se encuentra ahí, sino en hacer algo diferente, una estrategia contrapeso, que nos ayude a conseguir nuestro objetivo, como la denomina Anxo Pérez. Veamos cómo aplicarla a nuestro día a día.

Primero, necesitas aceptar que tienes un área de mejora. Parece obvio, pero suele ser habitual negarlo y esto nos hace perder un tiempo precioso. Si se te da mal algo, no hay que echar balones fuera ni pelearse con la realidad. Tampoco ayuda quejarse de la mala suerte o de lo que sea… ¿o acaso conoces a alguien a quien todo se le dé bien al cien por cien? Cada uno tiene lo suyo, así que reconoce que eres humano, y no perfecto.

Segundo, busca el objetivo último y no lo pierdas de vista. Tomemos el ejemplo de mejorar la mala memoria. El objetivo es ser capaz de disponer de ciertas informaciones, y no tanto ganar el premio al que más recuerda lo que le rodea. Por ello, céntrate en lo esencial.

Y, tercero, define tu estrategia contrapeso. La estrategia habitual es entrenar la memoria con ejercicios y es posible que te ayude a mejorar algo, pero seguramente será difícil que te conviertas en el excelente “recordador de todo”. La otra alternativa es tu estrategia contrapeso, es decir, despertar tu creatividad para identificar qué se te da bien para conseguir tu objetivo último. En este caso, podría ser desde tomar apuntes en un cuaderno o hacerlo en el móvil con notas de voz hasta dibujar las ideas que en ese momento te parezcan relevantes. Con tu estrategia contrapeso, consigues acumular mucha información que luego, a la larga, te permite ser incluso más eficaz que aquel que hace gala de una memoria excelente.

En resumen, cualquier aparente debilidad puede ser el motor de partida para despertar la creatividad y buscar estrategias contrapeso, como sucedió con los vietnamitas o con David. La clave está en centrarse en el objetivo final y en reconocer que una aparente “debilidad” es una oportunidad que te ayuda a despertar la superación de ti mismo. Por ello, pregúntate: ¿qué se te da mal? ¿Qué estrategias contrapeso estás dispuesto a poner en marcha?

Instrucciones para sobrevivir con demasiados turistas a tu alrededor

Bajas a la playa y no tienes espacio para estirar la toalla por la cantidad de personas que están tomando el sol. Vas a un monumento maravilloso y no consigues hacer una foto sin un sinfín de desconocidos de fondo… Si en esos momentos te enfadas por el exceso de turistas y preferirías que desaparecieran todos de un plumazo, tranquilo, tranquila, es normal. Forma parte de nuestra “incomodidad animal” cuando perdemos nuestro espacio físico deseado, como se explica en la sociología.

Edward T. Hall publicó en 1959 un libro muy inspirador, El Lenguaje Silencioso, en el que analiza la relación que vivimos con el espacio. “Todo ser vivo tiene unos límites que lo separan de su entorno exterior”, escribía, y cuando dichos límites se alteran es cuando se nos despiertan emociones incómodas. Si alguien nos habla demasiado cerca, tendemos a dar un paso atrás para mantener el límite que necesitamos. Si una persona se aleja demasiado cuando le contamos algo importante, nos acercamos inconscientemente. Hall midió las diferentes distancias. Entramos en la “distancia mínima” cuando hablamos con familiares o amigos, y esta oscila de 15 a 45 centímetros; la “distancia social”, la que se utiliza para los negocios o reuniones sociales, es de 1,21 a 2,13 metros en la fase cercana, o de 2,13 a 3,65 metros, en la lejana.

Pues bien, cada persona tiene necesidad de mantener una determinada distancia física a su alrededor dependiendo de su cultura, de su carácter, de con quién hable o del humor del día. Pero cuando hay mucha gente, nuestra querida distancia se rompe. Por eso nos molesta, por una cuestión de supervivencia puramente animal (además de las lógicas incomodidades que acarrea).

Este malestar puede ser ocasional o puede derivar en auténtica fobia, la turismofobia, como la que sufren los habitantes de ciudades bellísimas. Así lo comprobé en Florencia, donde viví hace años; supe que los florentinos tenían sus propios carnés para entrar en restaurantes privados o incluso en sesiones exclusivas de cine con el único objetivo de estar lejos de los turistas. Pues bien, sin llegar a este extremo, ¿qué podemos hacer cuando nos asalta este malestar en vacaciones?

Lo primero, acepta que la sensación de desear estar con menos gente a tu alrededor es normal —y recíproca hacia ti, por cierto—. Tú también eres un extraño para el resto. Si te ocurre, no eres ni más ni menos raro (en todo caso, podrás ser más o menos transigente). Como hemos visto, la incomodidad es una respuesta animal. Ahora bien, vamos de vacaciones donde queremos ir. Nadie nos obliga. Si escogemos un sitio codiciado por el resto de los mortales, por algo será. Cualquier ciudad o paisaje tiene sus temporadas bajas, como sucede con las playas mediterráneas, que si fuéramos en febrero, estarían vacías aunque sería más difícil que nos bañáramos sin congelarnos. Por supuesto que siempre existen opciones “ermitañas”, aunque seguramente menos atractivas o solo accesibles para unos pocos. Así pues, si donde vas hay mucha gente, reconoce las ventajas, acepta el precio de la decisión que has tomado y no te amargues por ello.

Segundo, si estás en sitios muy concurridos, cambia los horarios para disfrutar en una cierta soledad. Almuerza antes o después, madruga o trasnocha para estar con menos gente a tu alrededor.

Y tercero, cuando estés rodeado de más personas de las que te gustaría, encuentra las ventajas, cambia de actividades y míralo en positivo. Quizá no puedas leer tranquilamente un libro, pero sí puedes conocer gente u observar comportamientos, como hacen los sociólogos.

En definitiva, todos precisamos mantener una cierta distancia física con extraños para sentirnos bien, pero también necesitamos descansar en vacaciones. Si hay demasiada gente, ya sabes, has decidido “bien”. Acéptalo, reconoce que tú también eres un extraño para el resto, busca tus momentos para estar tranquilo y encuentra nuevas actividades que hacer bajo esas circunstancias. Las vacaciones son para disfrutarlas y no para amargarnos porque el resto haya decidido exactamente lo mismo.